PRESAGIO #5
Ambos nos quedamos callados un momento, como si buscáramos un tema para continuar la conversación.
Sin embargo, el sonido del timbre de casa nos interrumpe y, si tengo compañía, ya no podré escucharlo.
Me da un poco de tristeza, lo tengo que admitir, pero…
por otro lado, creo que necesito un tiempo sin hablarle.
Necesito procesar esta maraña de sentimientos que amenaza con asfixiarme.
Me apresuro en abrir la puerta y allí está Clary, con los ojos vidriosos y la nariz roja de tanto llorar.
Su cabellera castaña, con mechas más claras que coloqué de forma estratégica para darle mayor luminosidad, se encuentra revuelta; viste ropa holgada y tiene las uñas desprolijas, con el esmalte saltado.
Para muchas mujeres, no habría nada de raro en estos detalles; pero, en el caso de Clary, es preocupante.
¿Por qué? Porque trabaja cuatro días a la semana como personal trainer , es una amante empedernida de la moda y ama usar calzas para toda ocasión.
Si a eso le sumamos que los fines de semana viene a la peluquería a ofrecer servicios de manicura…
―¡Daisy! Perdón que venga así, pero… ―Solloza.
Le quito importancia con un simple gesto y la miro, preocupada—.
Es que discutí con Tom ―admite―. Llevo horas dando vueltas como una loca.
Iba a ir a lo de Sue, pero sabes cómo se pone cada vez que lo nombro, y no puedo lidiar con ella ahora mismo ―dice entre lágrimas.
―Nada que uno de mis increíbles lattes no pueda solucionar ―bromeo para hacerla sonreír, al tiempo que le hago una seña para invitarla a entrar.
Puede que suene egoísta, pero, aunque odio verla sufrir, en cierto punto me alegra que esto haya pasado. De otro modo, Clary no estaría aquí ahora; y puede que yo necesite la compañía tanto o más que ella.
Estúpidas reglas
Nos quedamos dormidas en la sala de estar, así que me levanto con un dolor de cuello insoportable. Pero eso no es lo peor, no. Lo peor es que se me hizo tardísimo.
Me despido de mi amiga, me cambio de ropa y me sujeto el cabello como puedo. No quiero ni mirarme al espejo; aunque, si quisiera, tampoco podría hacerlo. Tictac. Tictac.
Me tomo un Uber y me bajo en la puerta de la peluquería poco más de cuarenta minutos después del horario de apertura.
No tengo a una, sino a varias clientas enojadas que aguardaban mi llegada.
Después de pedirles disculpas de mil maneras diferentes, me pongo a trabajar.
Estoy tan atareada que no tengo tiempo ni para pensar.
Menos mal que el trabajo lo tengo tan automatizado que no me supone esfuerzo alguno.
Si tuviera que hacer cuentas o redactar algún informe, estaría perdida.
Un poco más tarde, aparece Marmee y no puedo estar más agradecida.
Entre las dos, todo es más simple; así que, para el mediodía, ya nos ponemos al día.
Como el siguiente turno es recién a las dos de la tarde, decidimos ir a almorzar a un restaurante cercano para continuar con nuestra charla pendiente.
Antes de salir, le pido que me aguarde un momento mientras voy al tocador. Cierro la puerta, respiro profundo para tomar valor y…
―¿Will? ¿Puedes escucharme? ―digo a media voz.
―¡Margaret! ¡Por fortuna! Deseaba hablar con usted. ―Cierro los ojos en un vano intento de no sentirme tan afectada por sus palabras o su irresistible acento, pero lo único que consigo es formar su imagen tras mis párpados cerrados―. Por cierto, nadie me llama Will. Me gusta, es… refrescante.
―¡Ay, lo siento! No estoy acostumbrada a la formalidad de tu época, pienso en que tenemos la misma edad y me resulta muy raro. Debes pensar que soy una irrespetuosa.
―No, por favor, no se disculpe. A decir verdad, no es convencional, es cierto…
pero nada en nuestra relación lo es. Creo que, de saberse lo nuestro, lo último en lo que repararía la gente sería en la forma en que nos dirijamos el uno al otro, ¿no le parece?
Además, no ofendemos a nadie… bueno, al menos creo que no.
Me tomo unos segundos para procesar la forma en que se refiere a nosotros como si fuéramos una pareja.
―Claro que no. ¿A quién ofenderíamos? ―respondo, al fin.
―No lo sé, tal vez… ―Baja tanto el tono de voz que me cuesta comprenderlo― a su ¿pretendiente?, ¿marido?
―No ofendemos a nadie, tranquilo. ―Es tan dulce y anticuado que logra sacarme una sonrisa―. En mi época no es lo más habitual que una mujer de mi edad esté casada, y no tengo ningún pretendiente.
―Eso lo dudo. Con su belleza, sería imposible.
¿Por qué será que, de pronto, siento que se acaba todo el oxígeno de la habitación? Me miro al espejo y me sorprendo al notar el furioso tono rojizo de mis mejillas. Abro la canilla y me mojo un poco la cara, a la vez que trato de controlar el latir desbocado de mi corazón.
No tiene sentido y, sin embargo, este hombre me afecta más de lo que me gustaría admitir. Es tan perfecto que parece escrito por una mujer… por Jane Austen, de hecho.
Se me escapa una risita tonta, no sé si por mi loca ocurrencia o si por nervios. Trato de disimularla con una tos para nada creíble y, cuando logro volver a poner a trabajar a las pocas neuronas que me quedan, le respondo.
―Bueno, no hay nadie por aquí que me interese en ese sentido ―afirmo, y no puedo evitar notar el modo en que, de forma inconsciente, hago especial énfasis en el «por aquí».
―En ese caso, por favor, llámeme Will. Yo haré mi mayor esfuerzo por corresponderle, Daisy.
―¡Gracias, Will! Lo aprecio mucho. —Cierro los ojos y, tras una larga inhalación, continúo—. Creo que antes no te lo dije, pero yo también deseaba hablar contigo, solo temía no poder comunicarme.
―Bueno, creo que, en honor a la verdad, debo admitir que he hecho lo posible por favorecer nuestra conexión. Es probable que, a estas alturas, la gente haya comenzado a creer que me estoy convirtiendo en un ermitaño.
―¿Te has esforzado por quedarte a solas solo para hablar conmigo? ―Me siento eufórica.
―Me temo que sí ―responde avergonzado―. Estaba pasando una época bastante difícil y, desde que usted, o, mejor dicho, su voz, se cruzó en mi camino… cambió mi vida por completo. Me intriga mucho todo esto y…
―Will, hay algo que quiero contarte, pero todavía no tengo suficiente información ―confieso―.
Ahora tengo que irme, pero más tarde hablamos y te digo lo poco que sé, ¿está bien?
―Hago una pequeña pausa―. Al parecer, esto no es tan anormal en mi familia como yo pensaba, voy a intentar averiguar lo más que pueda.
―¿En verdad? Eso es increíble, gracias por contármelo. Cuando quiera que hablemos, me avisa. Aquí la esperaré el tiempo que sea necesario.
―No, no. Por favor, no hace falta. Yo me liberaré en cinco horas, más o menos. No sé qué horario será allí, pero…
―No se preocupe por eso, en cinco horas estaré aquí. ―Hace una pausa―. Una última cosa. ¿Usted cree que será posible que…? No, olvídelo.
―¿Si será posible qué? Dime, por favor…
―Me preguntaba si habrá alguna oportunidad de que la conozca en persona alguna vez.
Uf. ¿Quiere conocerme? ¿Él también sentirá esto que yo siento? ¿Mis palabras tendrán el mismo efecto que las suyas tienen sobre mí?
Lo dijo de un modo tan vulnerable, que creo que me salté una respiración o dos.
―Creo que sí… Espero. No lo sé con certeza —susurro— pero voy a averiguarlo. Hablamos luego, ¿sí?
―Sí, por supuesto, no la demoro más. Solo quiero que sepa que sería el hombre más afortunado del mundo si el universo me diera la posibilidad de estar frente suyo, aunque más no sea una vez.
Es tan extraño todo esto. No lo conozco, ni siquiera compartimos el mismo tiempo ni espacio, ¡por Dios santo! Y, sin embargo, aquí estoy, con palpitaciones y mariposas en el estómago.
Marmee golpea a la puerta para ver si estoy bien y aprovecho la vía de escape para irme sin darle respuesta.
Cuando llegamos al restaurante, una camarera viene a tomarnos el pedido y, unos minutos después, al fin llega el momento que esperaba.
―Quiero que me lo cuentes todo―sentencio al fin.
Me mira y asiente, me regala una pequeña sonrisa. Me conoce demasiado bien y sabe que los preliminares no son mi fuerte. Necesito información y la necesito en este preciso instante, no puedo esperar más.
―No sé cuándo ni cómo comenzó, pero mi madre me dijo que, hasta donde pudieron indagar en nuestro árbol genealógico, todas las mujeres poseemos el don. Lo único, hay ciertas reglas que debemos cumplir.
―¿Qué clases de reglas? ―pregunto intrigada.
―No podemos viajar más de una vez al día, nunca funciona. Ah, y no podemos permanecer allí por más de dos horas seguidas.
―¿Y eso? ¿Por qué?
―Por lo que tengo entendido, al cumplirse las dos horas, la persona sufre un ligero temblor que le indica que debe regresar a casa. En caso de que no lo haga, se rompe la conexión y queda atrapada para siempre en ese tiempo.
―¿Y cómo puedes saberlo? Quiero decir, ¿cómo saber si es real o solo un mito?
―Mi abuela podía viajar cinco años hacia el futuro; algo raro, por cierto, ya que la mayoría viajamos al pasado.
El punto es que ella no pudo regresar a tiempo y así, sin más, desapareció.
Por ese entonces, mi madre tenía diez años.
Para su cumpleaños número quince, ella regresó y no había envejecido ni un solo día.
Fue entonces que le explicó la herencia familiar y lo que le había sucedido.
Al ser tan chica, mamá encontró muy difícil asimilar la noticia.
Es por eso que esperó hasta mi vigésimo primer cumpleaños para contármelo a mí…
y yo hice lo mismo con Meg, y ahora contigo.
―Qué locura ―Suspiro―. ¡Ay, Marmee! No sé qué hacer.
―Sé que no es algo normal, ni mucho menos, pero no entiendo, cielo. ¿No sabes qué hacer sobre qué?
―¡Sobre Will, claro!
―¿Will? ―Enarca una ceja y me parece notar que, mientras espera mi respuesta, el color abandona poco a poco sus mejillas.