Destellos de amor PRESAGIO #4
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PRESAGIO #4

―Veintiuno. ―Mi voz es apenas un débil susurro, pero me obligo a continuar, aunque me temo que ya sé cuál será su respuesta―. ¿Y tú?

―¡Qué maravillosa coincidencia! Yo también ―exclama, ajeno a mi sufrimiento.

Se me escapa un sollozo amargo y mis manos vuelan directo a mi boca, para tratar de amortiguar el sonido.

―Margaret, ¿se encuentra bien? ―cuestiona, preocupado.

―Sí, claro ―miento de forma descarada―. ¿Me dijiste Margaret? ¿Escuché bien?

―Lo siento, yo… no quise… ¡Perdón por la impertinencia!

―¡No! ¡Al contrario! ―Aun en medio de esta situación, logra sacarme una sonrisa. Es un protagonista de Austen en toda regla―. Me gusta que me llames así. Preferiría Daisy, pero Margaret ya es un avance.

―Entonces Margaret será. ―Suspira―. No sé por qué, pero, pese a nuestras escasas interacciones, siento que la conozco desde siempre. Me resulta natural hablar con usted, aunque no tenga sentido alguno.

―Nada de esto tiene sentido, pero me pasa lo mismo ―admito, y su risa tímida me estruja el corazón.

―No me apetece en lo más mínimo, pero por ahora debo despedirme, sabrá usted disculparme. Mañana me espera un ajetreado día en Londres y, si quiero llegar a tiempo a mis obligaciones, será mejor que me marche. Ya tienen listo mi carruaje.

―¿Es una travesía muy larga? ―Una búsqueda rápida en Google me dice que ambas ciudades están a aproximadamente dos horas de distancia en la actualidad. En su época, deben ser…

―No menos de diez o doce horas, si la suerte me acompaña.

―Intenta descansar, aunque supongo que un carruaje no debe ser muy cómodo para pasar la noche. Hablaremos en otra ocasión, no hay problema.

―Sin duda no lo es. ―Ríe―. Pero le agradezco su preocupación. Hasta luego, Margaret.

―Hasta luego, William. ¡Que tengas un buen viaje!

El eco de sus palabras resuena en mi cabeza una y otra vez. Ya no me preocupa mi cordura ni el porqué de mi tan extraño don familiar; no puedo evitar pensar en que, en cualquier momento, él podría morir. ¿Y si esta despedida fue la última? ¿Cuál será la causa de su muerte? ¿Debería advertirle?

No tiene sentido indagar más, solo me hará sentir más miserable y, por hoy, ya tuve mi cuota de emociones fuertes, muchas gracias. Dejo la computadora en su lugar y, a pesar de que la hora no es la adecuada, me voy a la cama. Necesito dormir como respirar y, sobre todo, necesito dejar de pensar.

A diferencia de lo que me pasó anoche, es tanto el agotamiento mental que siento, que me duermo al instante.

Varias horas después, me revuelvo inquieta entre las sábanas mientras una imagen se proyecta fuerte y clara en mi cabeza.

En las afueras de una enorme mansión, una mujer corre bajo la lluvia. Su hermoso vestido de muselina está empapado, pero aún luce magnífico.

El diseño es sencillo pero sofisticado, con la cintura muy alta, anudada bajo el pecho sin marcar la figura.

La falda se extiende hasta los tobillos y deja al descubierto sus zapatillas llenas de lodo.

Para protegerse del inusual frío que azota a la ciudad en pleno verano, solo cuenta con una chaquetilla corta de lana fina, y su cabello está cubierto por un precioso bonnet .

Se la nota preocupada, corre de un lado a otro sin rumbo fijo, como si buscara algo.

Un carruaje se acerca a toda velocidad y, al poco tiempo, puedo notar que uno de los caballos está descarriado.

Ella se da vuelta, pero no atina a moverse. El carruaje cada vez está más cerca.

De pronto, un hombre llega montado en un caballo negro como la noche y se atraviesa entre la chica y el vehículo.

Un rayo ilumina el cielo en el momento en que el hombre sale despedido a causa del impacto y cae unos metros más adelante, en medio del camino. Ella sale de su trance y comienza a correr, desesperada por alcanzarlo.

Se trata de un joven muy apuesto, con una incipiente barba que le perfila el rostro.

Su cabello oscuro, otrora peinado a la perfección, le cae desordenado sobre la frente.

Con mano temblorosa, la mujer corre un mechón e intenta abrirle los ojos.

Los iris verdes más hermosos que ha visto en su vida aparecen frente a ella, pero carentes de brillo.

Le toma el pulso. Un momento después, se desploma sobre él. Lo abraza y su cuerpo se contrae en dolorosos espasmos.

Es demasiado tarde.

Me despierto sobresaltada. Miro el reloj en mi mesa de noche y descubro que se ha quedado sin batería. ¿Cuánto tiempo llevo dormida?

El rostro de ese hombre inconsciente me persigue. Tengo la horrible sensación de que no ha sido un sueño al azar. ¿Y si ese hombre es William? ¿Y si acabo de ser testigo involuntaria de su muerte?

Rezo a los dioses de todas las religiones conocidas por el hombre que ese terrible suceso aún no haya ocurrido. Necesito tiempo, necesito decírselo. ¡Si tan solo hubiera visto el rostro de la muchacha para poder describírsela!

―¡Ahhhhh! ―grito con frustración.

―¿Margaret? ¿Está usted bien?

¡Mierda! ¿Por qué puede escucharme justo ahora?

―Lo siento, no quería despertarte ―digo para evitar responder a su pregunta.

―¿Despertarme? ―Ríe―. Acabo de volver a la casa de Henry para tomar un almuerzo ligero antes de seguir con mi jornada. ¿Seguro que está bien?

―Sí, solo... tuve una pesadilla. Nada importante ―miento una vez más. Estoy a punto de volverme una experta―. ¿Dijiste a la casa de Henry? ¿Henry Austen?

―El mismo. Como sabe, es un gran amigo mío. Nos conocemos desde niños y, por fortuna, siempre me recibe en su hogar cuando vengo a la ciudad. Es una excelente persona y me ha ayudado mucho. Sobre todo, tras la muerte de mis padres.

—Me alegra que haya estado a tu lado para afrontar ese momento tan difícil ―respondo, de corazón.

—La verdad es que sí, Henry y Eliza se han convertido en parte de mi familia, y siempre estaré en deuda con ellos.

—¿Eliza? ¿Quién es ella? —pregunto y no puedo evitar sorprenderme por mi tono de voz. ¡Parezco una novia celosa!

—La Señora Austen, esposa de Henry. Ella insiste en que la llame de ese modo, se llevaría bien con usted. —Su tono es dulce y casi puedo ver su sonrisa en mi mente.

―¿Tuviste un buen viaje?

―Dentro de lo esperable, aunque debo admitir que, cada vez que lograba conciliar el sueño, una imagen se me venía a la cabeza, una y otra vez.

―¿Una imagen? ¿Qué imagen? ―pregunto intrigada.

―No quiero sonar impertinente, pero me animaría a aventurar que usted es la mujer de mis sueños. Es decir, la mujer con la que soñé anoche… Eso, eso quise decir ―balbucea nervioso.

―¿De verdad? ―pregunto. Agradezco que no pueda ver lo mucho que me hace ruborizar su comentario―. ¿Podrías describirme?

―Piel nívea, ojos turquesa como el más bello de los océanos, cabello dorado que se mece al compás de la brisa. Una sonrisa cálida que quita el aliento ―carraspea, como si necesitara salir de un trance―. Estaba en medio de una pradera, rodeada de arbustos con hojas moradas.

Wow . Simplemente wow . Un escalofrío me recorre toda la columna vertebral al escucharlo. El corazón amenaza con salirse de mi pecho.

―Lo siento, ¿la he incomodado? Le ruego me disculpe, yo…

―No, no. Perdón. ―Encuentro al fin la voz―. Solo me perdí en mis pensamientos, no hay nada que disculpar. Creo que no estás del todo equivocado, me desorienta lo del cabello, pero, por tratarse de ti, puedo darlo por válido.

¡Perfecto! Lo único que te faltaba, Daisy. Hazte la linda con él, intenta seducirlo… Total, las cosas no son nada complicadas tal como están. ¡Faltaba más!

―Agradezco la deferencia ―replica en un tono que me hace debilitar las rodillas―, pero me ha dejado intrigado. ¿No es ese el color de su cabello?

―Solía serlo, sí. Es solo que, en este momento, lo llevo de color violeta.

―¿Y eso? ¿En el futuro hay alguna anomalía que haga variar el color del cabello? ¿Es algún tipo de enfermedad?

Sé que no debería reírme, porque se lo escucha preocupado por mi bienestar, pero la situación es tan surrealista que me es imposible resistir la carcajada que brota en medio de mi pecho.

Jamás pensé que algo, que es parte de mi día a día, fuera tan difícil de explicar.

Pero bueno, jamás pensé hablar con alguien de la Regencia.

―No, no ―niego, aún muerta de risa―. Lo cambié porque quise… existen tintes de todos los colores para el cabello.

―¿Sabe una cosa? La mitad de las veces no entiendo lo que dice, pero me resulta fascinante escucharla. A pesar de lo extraña que es nuestra situación, no desearía que hubiera sido de ninguna otra forma. Me siento muy dichoso por haberla conocido.

Su confesión me desarma.

―Yo también William, yo también. ―Suspiro―. ¿Tú vas a decirme cómo eres o lo tengo que adivinar?

Sé que, al igual que él, yo debería hablarle de mi sueño, pero no puedo. Necesito saber si, en verdad, era él.

―Yo soy un hombre corriente. Cabello castaño oscuro, casi negro, y ojos verdes.

Al escucharlo se me cae el alma a los pies. Ya no hay dudas.

―Intuyo un poco de falsa modestia ―respondo con guasa. Trato de ignorar el modo en que el mundo acaba de derrumbarse sobre mí―. Estoy segura de que eres un caballero muy apuesto, elegante y, sobre todo, una persona increíble.

―Margaret, yo…

―¿Sí?

―Yo… Nada, no me haga caso ―dice a media voz y, enseguida, cambia de tema―. Por poco lo olvido, quería contarle que esta mañana me encontré con la Señorita Jane.

―¿En serio? ¡Daría cualquier cosa por conocerla!

―Aún no entiendo como es que, al vivir tan lejos en tiempo y espacio, es usted capaz de saber sobre ella, pero… solo es otra de las cosas que tanto me fascinan sobre usted. ―Hace una pausa―. Le consulté por Orgullo y Prejuicio , esa obra que usted mencionó.

―¿Y qué te dijo? ―pregunto intrigada.

―Que no tenía ninguna novela con ese nombre, pero que estaba en proceso de corregir un manuscrito y ese título le sentaba como un guante. Ella iba a llamarlo…

― Primeras impresiones ―lo interrumpo.

¡ Wow ! ¿Ahora resulta que soy yo la responsable del título de mi novela favorita?

―¿Cómo lo supo?

―Admiro mucho su obra, solo eso ―respondo.