Destellos de amor PRESAGIO #3
9%

PRESAGIO #3

―¿Por qué siempre que te llamo o vengo a verte tiene que haber pasado algo malo?

¿Tan mal me ves? Y yo que pensaba que me conservaba bastante bien para mi edad ―replica, con una sonrisa.

Luego, me hace una seña para que me siente a su lado, en uno de los sillones de la sala de espera.

La obedezco, aliviada, y continúa―. Cancelé todos los turnos de la mañana, pero ya organicé la agenda…

―¿Por qué?

―Porque tenemos que hablar de lo que te ocurre, Daisy.

―¿A mí? ¿Cómo sabes? Yo… ―Las palabras salen atropelladas de mi boca y se fusionan entre sí.

―No lo sé con exactitud, pero sé que es algo grande, algo que no puedes comprender. ¿Me equivoco?

Solo atino a negar con la cabeza, incapaz de decir algo más al respecto, antes de que ella siga con su discurso.

―Mucho me temo que, cuando te lo explique, tampoco lo entenderás. Ni yo misma lo hago. ―Suspira―. Supongo que, al final, solo es cuestión de asimilarlo.

―¿Qué tengo que asimilar? ¿Me estoy volviendo loca? ¿Hay antecedentes en la familia o algo así?

—No, mi vida. Bueno, no es locura, pero sí hay antecedentes.

―Hace una breve pausa―. Jamás pensé que iba a tener esta charla dos veces.

Me encantaría que Meg estuviera aquí, pero…

―Se seca una lágrima que se le escapa sin remedio al nombrar a mi madre―.

Me conoces, y sabes que no me suelo andar con rodeos, así que aquí va: todas las mujeres de la familia poseemos una cualidad bastante peculiar, cualidad que comienza a manifestarse el día de nuestro vigésimo primer cumpleaños.

―¿Cómo? ―Es lo único que logro articular, y a duras penas.

―No hay una forma de decirlo que te ayude a verlo con mayor claridad, cielo. Tenemos una especie de don, la habilidad de movernos entre dos tiempos y espacios diferentes.

―¿Qué? ¿Te golpeaste la cabeza? ―grito histérica, incrédula. Me pongo de pie, doy una vuelta y me dejo caer otra vez sobre el asiento. Creo que mi cerebro acaba de entrar en cortocircuito, ¿es acaso posible?

―Así como lo escuchas, cielo. Solo con proponérnoslo, podemos viajar en el tiempo y el espacio hasta una coordenada específica. En mi caso, París de 1920. En el caso de tu madre, Sidney de 1841. No sé cuál es el criterio, varía de acuerdo a la persona.

―¿Me… me quieres decir que podrías cerrar los ojos ahora mismo y aparecer en Francia? ¿Y en otra época?

―Así es, y creo que puedo demostrártelo. Una imagen vale más que mil palabras, al fin y al cabo ―termina de decir eso y sonríe con picardía.

Se pone de pie, se acerca al pequeño armario que tenemos junto a la puerta para que nuestras clientas dejen sus pertenencias y, con un sutil movimiento, revela que el mismo tiene un doble fondo.

Estupefacta, miro en silencio mientras agarra un abrigo estilo flapper y se lo pone.

Es largo hasta las rodillas, de una tela aterciopelada, con mangas anchas, un botón lleno de pedrería y un cinturón suelto que poco hace por marcar su figura.

Vuelve a posar la vista sobre mí mientras acomoda el amplio cuello de piel que le acaricia la mejilla y, literalmente, se esfuma en el aire.

No está. Puf. Desapareció. ¡De-sa-pa-re-ció!

Tomo asiento con la cabeza entre las piernas, me entierro las manos en el cabello y comienzo a llorar de frustración, de miedo… ya no sé de qué.

No tengo idea de cuánto tiempo permanezco en la misma posición. ¿Tal vez minutos? ¿Horas? Solo sé que, en algún momento, alguien posa una mano en mi hombro y me hace sobresaltar.

Al borde de un colapso nervioso, miro hacia el costado y la veo: Marmee. En mi ensimismamiento, ni me di cuenta de su regreso. Con su sonrisa dulce de siempre, descarta su abrigo con rapidez y vuelve a sentarse a mi lado.

Abro la boca, para decir algo, lo que sea; pero solo consigo soltar un sonido estrangulado que ni siquiera parece humano. Me acaricia con ternura y, con sumo cuidado, como si tuviera miedo de que pudiera quebrarme ante su contacto, me acerca en un dulce abrazo.

―¡Aquí estoy! Todo va a estar bien, no tienes nada de qué preocuparte.

―¿No? ¿Segura? ―Río histérica―. Mi vida se convirtió en una maldita película fantástica de la noche a la mañana, ¿y me dices que no hay de qué preocuparse?

Se levanta y se acerca a uno de los maceteros que tenemos junto a la ventana… que solía ser una planta verde, preciosa, sí, pero común y corriente. Salvo que ahora, ¿cómo no? Es violeta.

Parece que también me puede leer el pensamiento, porque corta una hojita y me habla de nuevo.

―Esta planta siempre fue violeta, pero antes no la podías ver bien. Se llama « tempus fugit ». ―Abre mi mano y la deposita allí―. Mantén el puño cerrado, te calmará y te ayudará a ver las cosas con mayor perspectiva.

―¿Perspectiva? No necesito perspectiva, necesito un psicólogo. O, mejor aún, un maldito psiquiatra.

Ella ríe ante mi comentario y, aunque quiero enfadarme, me río con ella. De a poco, siento como cada uno de los músculos de mi cuerpo se relaja, me siento invadida de paz.

―¿Mejor?

―Sí… eso creo.

―No siempre se manifiesta de la misma manera. Puedes tener visiones de ese otro mundo, como pequeños pantallazos; escuchar una conversación ajena; experimentar pequeños baches en tu memoria… ¿Quieres contarme cuál fue tu caso?

La verdad, necesito desahogarme, así que ni lo dudo. Le cuento con lujo de detalles mis dos conversaciones con William y lo que investigué esta mañana, con la esperanza de que me ayude a darle sentido. Sin embargo, parece haberse quedado muda.

―Marmee, ¿me estás escuchando? ―verifico.

―Sí, sí. Perdón, me quedé pensando. ¡Es muy extraño!

―Lo dice la mujer con el abrigo parisino de otra época… —expreso, al tiempo que señalo la prenda sobre la silla contigua—. ¿Recién ahora te das cuenta? ―retruco, sarcástica.

―Me refiero a que nunca nadie había podido interactuar con alguien a la distancia… al menos que yo sepa. A lo sumo, podemos escuchar voces, pero ellos no nos escuchan a nosotras.

¡Genial! Soy la más anormal dentro de una familia de anormales. Perfecto.

―Estoy… ¿sobrepasada? No sé qué hacer, abu. El solo hecho de poseer este poder extraño que me comentas es de locos, y si le sumamos lo que averigüé… ―Suspiro―. No quiero ni puedo permitir que le pase algo, yo…

―Por ahora, ve a tu casa, a descansar. Yo me haré cargo de todo aquí. Tienes mucho que procesar antes de que pueda contarte más cosas, y un largo camino hasta que se desarrolle por completo tu poder. Ya pensaremos en algo, te lo prometo.

―¿Hay más? ¿Es que acaso todo esto no es suficiente?

―Otro día seguimos, hazme caso.

Y así, me voy, más confundida que cuando llegué, si es que eso es acaso posible.

El vestido de muselina

No soy una novata en lo que a dolores de cabeza se refiere, pero hoy siento que, si me descuido, me puede estallar en cualquier momento.

Llego a casa por pura inercia. Lo primero que hago es asaltar el botiquín y, a falta de algo más fuerte, buscar un ibuprofeno.

Entre idas y vueltas ya se hizo el mediodía, así que como algo y abro una vez más mi computadora, a ver si logro encontrar algo más de información. Sin embargo, no llego ni a presionar el botón de encendido.

―¿Señorita Donovan? ¿Puede escucharme? ―cuestiona esa voz que tan poco conozco, pero que ya me resulta tan familiar.

―¡William!

―¡Gracias al cielo! Señorita Donovan, estuve pensando en nosotros todo este tiempo… quiero decir, en nuestra… ¿conexión?  Quisiera hacer un experimento, si me lo permite, claro. ¡Espéreme, por favor!

―¿Qué? ―pregunto al aire, pero no me responde hasta un par de minutos después.

―¿Hola? ―dice dubitativo.

―Hola ―respondo sin más.

―¡Eso es! ―exclama eufórico―. Le hago una consulta… las veces que conversamos, ¿usted se encuentra sola o acompañada?

―Sola, ¿por?

―¡Lo que imaginé! ―Hace una breve pausa―.

Solo se establece esta extraña comunicación entre nosotros cuando ambos nos encontramos sin compañía.

He intentado localizarla al lado de mi ama de llaves y lo único que he conseguido ha sido una mirada preocupada por su parte.

En cambio, al entrar a la intimidad de mi despacho, de nuevo soy capaz de hablarle.

―No lo había pensado ―admito―. La primera vez, yo estaba en un lugar público, pero no había nadie a mi alrededor y, en el momento en que llegaron mis amigas, dejé de escucharte.

Esta vez soy yo la que se toma un respiro. Me da pavor, pero tengo que conseguir más información. Tomo coraje e intento no sonar tan aterrada como me siento.

―Yo también investigué un poco. ¿Por casualidad tus padres se llaman Elizabeth y William?

―¡Sí! Esos eran sus nombres, por desgracia fallecieron hace tiempo. ¿Cómo lo supo? ¿Fue a ese sitio extraño con información del que me habló? ―No puedo evitar reírme.

―Sí, digamos que sí…

―¡Qué bueno! ¿Ha averiguado algo más?

―Que eres amigo de Henry Austen y que conoces a una tal Señorita Fairchild. ¿Puede ser? ―Como toda respuesta, obtengo un largo silencio―. ¿William? ¿Sigues allí?

―Sí, lo siento. ―Se puede notar la turbación en su tono de voz―. Supongo que se refiere a la Señora Bennet. Ella… solía ser mi prometida, pero su padre ha decidido que las conexiones del Señor Bennet son más importantes que mi renta y rango. Su enlace se festejó ayer.

―¿En el día de tu cumpleaños? ―Las palabras me saben amargas y siento un nudo en la garganta.

―Sí, resultó conveniente, dado que ya todo había sido organizado para nuestras nupcias. Solo han tenido que hacer algunas modificaciones en la lista de invitados.

―Eso es terrible, de verdad lo siento.

Una sensación de vacío desgarradora se apodera de mí y una punzada de dolor me atraviesa de lado a lado. La crueldad de la situación es terrible, pero aún más lo es saber que su compromiso ya ha sido cancelado. Eso solo puede significar una cosa: su muerte se aproxima.

―Le agradezco su empatía, es usted muy amable ―dice con su marcado acento inglés―. No quiero pecar de atrevido, pero ¿podría preguntarle cuántos años ha cumplido?