Destellos de amor PRESAGIO #2
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PRESAGIO #2

―No tengo idea de lo que dice pero no se escucha bien, señorita. ¡Por favor, cálmese!

―¡No puedo calmarme! ¡Esto es de locos! ¡Y no me digas más señorita! ¡Te dije que me llamo Daisy!

―Es que aún no hemos sido presentados ―expresó, azorado―. Sería inapropiado que la tratara con tal familiaridad. ¿No podría usted decirme su nombre, por favor? Tiene que haber una explicación lógica a todo esto. La encontraremos juntos. ―Su tono suave logró tranquilizarme un poco.

―Margaret Donovan, ese es mi nombre ―respondí a media voz.

―Encantado, Señorita Donovan. Tiene usted un nombre muy hermoso, si me permite decirlo.

―Gracias ―No sé por qué, pero en ese momento me ruboricé. Lo sé, algo estúpido, dado que el hombre era invisible, se creía un lord inglés y había altas probabilidades de que solo fuera un producto de mi sobreestimulada imaginación.

Pensaba qué más decirle cuando vi a mis amigas entrar al restaurante y aproximarse a la mesa.

―¿William? ―lo llamé en un susurro, pero él no respondió. Se había ido.

¿Quieres que te sea sincera? No tengo ni la más remota idea de lo que hablaron las chicas durante el almuerzo, mi cabeza estaba en otro lugar.

Cuando terminamos de comer, me excusé; les dije que no me sentía del todo bien, y volví a casa. Me pasé la tarde con esa conversación en la cabeza. ¡Parecía tan real!

Me planteé leer un rato para despejarme, pero al pasar la vista por mi biblioteca, y encontrar la emblemática obra de Austen, desistí de la idea.

Ahora es de noche. Doy vueltas en la cama, como una idiota, y hablo con la hipotética lectora de la hipotética historia de la que, hipotéticamente, soy protagonista. ¡Lo sé, una locura! Y no hay nada de hipotético en ello. Perdí la cabeza, eso es un hecho.

Apago la luz y busco una vez más una posición cómoda, aunque tengo la certeza de que no lograré conciliar el sueño. De pronto, el sonido de una llamada entrante en mi teléfono celular me hace estremecer. Es mi abuela.

―Hola, Marmee. ¿Estás bien? ―Me apuro en contestar, por miedo a que algo le haya sucedido.

―Sí, tesoro, no te preocupes. Soy vieja, pero no tanto, puedo llamarte de noche y que no sea una emergencia. ―Ríe―. Solo quería decirte que, si no puedes dormir, saques dos hojitas de la planta violeta del balcón y las pongas debajo de tu almohada. Eso te va a ayudar.

―¿Cómo sabes que no puedo dormir? ―pregunto confundida.

―Es lo más lógico, cielo. Debes haber pasado un día de lo más peculiar.

―Pero… no entien… ―Trago saliva y miro alrededor, con los ojos desorbitados―. ¿Qué…? ¿Cóm…? Yo… ―balbuceo.

―Shhh, tranquila, Daisy. Sé que tienes muchas preguntas y te prometo que las voy a responder, pero no ahora ni por teléfono. ¡Que tengas dulces sueños! ¡Y feliz cumpleaños, mi amor!

Y así, sin más, corta la llamada.

Cuestionando seriamente mi salud mental, me levanto y decido salir al balcón, tal como ella me dijo; a pesar de saber a ciencia cierta que no hay ninguna planta violeta. Después de todo, las riego sin falta todas las mañanas.

Busco un abrigo y, en cuanto pongo un pie afuera, lo primero que veo es mi planta favorita; aquella del rincón que solía tener hojas de un color verde claro precioso y que, ahora, hacen juego con mi cabello . ¡Esto ya es demasiado!

Sin fuerzas para darle más vueltas al asunto, corto dos hojas y vuelvo a la cama. Las acomodo debajo de la almohada y, al instante, caigo rendida en un largo y profundo sueño.

¿Perspectiva?

Suena la alarma de mi despertador y, a regañadientes, abro los ojos, todavía enganchada al sueño.

Fue de lo más extraño. Era el día de mi cumpleaños y, de la nada, empezaba una charla con un hombre, pero no podía verlo por ningún lado. Él hablaba como personaje de novela de época, y yo estaba en plan protagonista romántica, para qué negarlo. Se me escapa una sonrisa solo de pensarlo.

Me desperezo y estiro los brazos. El movimiento hace que corra la almohada y mis dedos tocan algo extraño sobre las sábanas. Cuando me incorporo, descubro que se trata de dos hojas violáceas cuya forma es muy parecida a la de la planta que…

¡Un momento! ¡No fue un sueño! No. Fue. Un. Puto. Sueño.

―William. ―Suspiro.

―¿Señorita Donovan? ―Escucho al instante. Otra vez esa voz en mi cabeza. ¿Qué me pasa?

―Sí, soy yo ―respondo, resignada.

―No he parado de pensar en usted desde nuestra charla del día de ayer ―admite, y podría jurar que, de tener rostro, ser real y esos pequeñísimos detalles, estaría ruborizado. No sé cómo, pero lo sé―. Revisé cada rincón de la casa en vano y no pude localizarla.

―Es que no estoy allí. Estoy en Dreamside, Maryland. Jamás en mi vida puse un pie en Inglaterra.

―¿Dónde? ―inquiere confundido.

―En Estados Unidos.

―¿América? ¿Cómo puede ser eso posible?

―No tengo ni la más remota idea; pero, dadas las circunstancias, la geografía es lo que menos me preocupa. ―Me alboroto el cabello con las manos―. La verdad no sé por qué me empeño en continuar esta charla, es inútil. Debe ser todo producto de mi imaginación, no existe otra explicación.

―Yo tampoco sé lo que ocurre, pero, de lo que estoy seguro, es de que soy una persona real, de carne y hueso, nacida el diecinueve de julio de 1789.

―¿En serio? ―Una pequeña sonrisa se me escapa de los labios de forma involuntaria―. Yo nací el diecinueve de julio de 2004. ¡Todo esto es ridículo!

Un silencio sepulcral se instala en mi habitación. Me levanto, dispuesta a olvidarlo todo e ir a darme una ducha. Una vez más, su voz me hace parar en seco en el lugar.

―No voy a negar que yo mismo dudo de mi cordura, pero tenemos que descubrir qué es lo que ocurre.

¿No le parece? ―Me resulta imposible ignorarlo cuando me habla así, se escucha tan…

¿vulnerable?―. ¿No habrá forma de que investigue sobre mí?

Si está en el futuro, como parece creer, a lo mejor puede hacer un viaje a Southampton y buscar información. Mi familia es muy reconocida.

―¡No puedo ir a Inglaterra! ¡Sería una locura! ―dejo escapar un grito de frustración―. Aunque, tal vez…

―¿Tal vez qué?

―Tal vez pueda encontrar algo en internet ―digo, no tanto para que él me escuche, sino, más bien, pensando en voz alta.

―¿En Internet? ¿Y eso dónde queda?

Rio, no quiero, pero me resulta imposible no hacerlo. ¿Cómo contestar a esa pregunta? Si habláramos de un sketch cómico de la televisión, me reiría aún más fuerte. Pero no, hablamos de mi vida y del caos en el que se ha convertido de la noche a la mañana.

―Es difícil de explicar, pero es una forma de buscar información sin moverme de mi casa ―digo sin más―. Si encuentro algo, te lo haré saber.

Espero un rato, pero, al no obtener más respuestas de su parte, entro a la ducha. Dejo que el agua corra más de la cuenta, en un desesperado intento por relajarme un poco.

Cuando termino, me preparo el desayuno. Todavía me queda algo de tiempo antes de ir a la peluquería así que, perdido por perdido, prendo la computadora e invoco a mi Sherlock Holmes interior.

Ni bien pongo las palabras «William Darcy» en el buscador, obtengo la siguiente respuesta: «Se incluyen resultados de Fitzwilliam Darcy» . ¡El estúpido Google piensa que quiero saber sobre mi personaje ficticio favorito! ¡Va a ser imposible encontrar algo que me sirva! ¿No podía tener otro nombre?

Intento de nuevo, esta vez con «William Darcy Rosemund Southampton 1789», toda la información que tengo.

Tras pantallas y pantallas de cosas sin sentido, justo cuando estoy a punto de apagar la computadora, encuentro un titular que me llama la atención.

Accedo al link y, lo que leo a continuación, me deja completamente helada.

«William Darcy (1789-1810). Nacido en Southampton, Inglaterra; hijo de los señores William y Elizabeth Darcy.

Joven poseedor de una fortuna que ascendía a las diez mil libras anuales y dueño de la vasta propiedad de Rosemund, conocida actualmente como el Museo de la Rosa.

Si bien no existe mucha documentación al respecto, se ha recuperado correspondencia que lo vincula con la familia de la célebre autora inglesa Jane Austen.

Al parecer, era íntimo amigo de su hermano, Henry.

Este hecho, ligado a su nombre y al de sus parientes, indicaría ―según algunos críticos― que la autora se habría inspirado en él para llevar a cabo su obra Orgullo y Prejuicio .

Algunos, incluso, aventuran que puede haber sido un amor de juventud de la novelista.

No obstante, William Darcy murió a la temprana edad de veintiún años, por causas desconocidas, poco tiempo después de romper su compromiso con la entonces Señorita Fairchild, luego Señora Bennet».

Las cosas cada vez se ponen más interesantes. Y, por interesantes, quiero decir ¡aterradoras! Acabo de comprobar que este hombre existió. Los datos son reales. ¡Mierda!

No puedo evitar sentir una opresión en el pecho. ¡Murió tan joven!

Aún anonadada por mis recientes descubrimientos, caigo en la cuenta de un detalle que logra helarme la sangre en cuestión de milisegundos.

Si olvidamos las leyes naturales, quitamos toda lógica de la ecuación y asumimos que todo esto que sucede es real, ayer fue su cumpleaños. Ayer. Fue. Su. Maldito. Cumpleaños.

¿Y si cumplió veintiuno, igual que yo? Después de todo, compartimos el día de nacimiento, no me sorprendería que tengamos la misma edad. Debo continuar con mi investigación y, si mis sospechas son ciertas, tengo que advertirle. No va a morir, no sé cómo, pero no lo voy a permitir.

Cuando quiero darme cuenta, es tardísimo, así que salgo a toda prisa hacia la peluquería.

Al llegar, me sorprende ver la persiana ya levantada. ¿Qué hace Marmee aquí tan temprano? Por lo general, solo atiende por la tarde.

―Hola, princesa ―me saluda ni bien traspaso la puerta―. Aguardaba tu llegada.

―¿Estás bien? ―pregunto, la preocupación es más que evidente en mi rostro.