Destellos de amor
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PRESAGIO
Es una verdad universalmente aceptada que toda fanática de Jane Austen necesita un Señor Darcy en su vida.
Daisy Donovan siempre afirmó que nació en el siglo equivocado y que su hombre ideal sería el mismísimo Señor Darcy; sin embargo, como suele ocurrirle a la mayoría, al enfrentarse a la soltería del siglo XXI, casi pierde la fe en el romance.
Pero… ¿Quién dijo que los caballeros de época solo existen en los libros? Un tropezón a través del tiempo, un desconocido y una historia que nace en la Inglaterra de la Regencia pondrán a prueba el poder del verdadero amor.
Dicen que rompe todas las barreras. ¿Podrá con las barreras del tiempo?
Feliz patético cumpleaños
Sí. Es definitivo. ¡Perdí la poca cordura que me quedaba!
Podrían haberme advertido lo que iba a pasar hoy y, aún así, no lo habría creído. Es más, seguro que hubiera encerrado en un manicomio al pobre mensajero. Ahora, sin embargo, creo que soy yo la que necesita internarse… y de manera urgente.
Antes de contarte, deja que me presente. Así me conoces un poco antes de declararme «insana».
Mi nombre es Margaret Donovan, pero todos me dicen Daisy. Así como yo soy una fan declarada de Orgullo y Prejuicio , y de toda la obra de Jane Austen en general, mi abuela bien podría ser la presidenta del club de fans de Louisa May Alcott y su icónica Mujercitas .
Cuando leyó la novela por primera vez y descubrió que no uno, ni dos, sino tres personajes compartían su nombre, se hizo una promesa: si llegaba a ser bendecida con una hija propia, la llamaría Margaret, igual que ella. ¡Y vaya que la cumplió!
El tiempo pasó y mi madre, que creció bajo la influencia de la mujer más loca e increíble que conocí en mi vida, quedó embarazada. Seguro ya sabes lo que pasó después, ¿no?
¡Bingo! Me convertí en la tercera Margaret de la familia.
¿Y sabes qué es lo más gracioso? Nadie, jamás, nos llama así. Al igual que a las March, nos conocen como Marmee, Meg y Daisy. Salvo que… ahora, solo somos Marmee y yo.
El día de mi décimo cumpleaños, mis padres, Meg y John, tuvieron un accidente. ¡Sí, John! Como John Brooke, el esposo de Meg March… ¡pero juro que eso sí fue coincidencia! O, al menos, eso es lo que me dijeron.
Recuerdo con dolorosa exactitud el momento en que me llevaron a la casa de Marmee para ir a buscar mi pastel y ultimar los detalles para la fiesta que, con tanto cuidado, habíamos organizado juntos.
Me dieron un beso, un abrazo, y con la más dulce de la sonrisas, se subieron al auto para nunca regresar.
Al parecer, una falla eléctrica dio lugar a la tragedia.
Mi abuela, que había enviudado un par de años atrás, se convirtió en mi tutora legal y dedicó su vida a cuidar de mí.
Estilista de profesión y dueña de una peluquería que, para sorpresa de nadie, se llama Little Women, tuvo que hacer muchos sacrificios para asegurarse de que nunca me faltara nada.
El local se convirtió en mi segunda casa y, a medida que crecía, me contagiaba de su pasión. Al notarlo, Marmee no dudó en enseñarme el oficio. Ahora soy yo la que se hace cargo del negocio la mayor parte del tiempo.
Por supuesto, ella sigue trabajando y tiene clientas fijas a las que nunca les falla, pero estar tantas horas de pie comenzó a pasarle factura, así que decidió mantener un horario reducido.
Como toda peluquera que se digne de serlo, empecé a experimentar en mi propio cabello a muy temprana edad.
Soy rubia de nacimiento, pero también he sido pelirroja, morena y castaña.
Cuando los tonos tradicionales empezaron a escasear, probé con otros más atrevidos…
hasta llegar a hoy, el día de mi cumpleaños número veintiuno, con mi flamante cabellera violeta.
Y creo que me arriesgaría a decir que me lo dejaré así por mucho tiempo.
¡Es mi color favorito! Tal vez, ahora, empiece a experimentar con diferentes cortes.
Después de todo, siempre me pregunté cómo me quedaría el flequillo.
Pero bueno, me voy por las ramas. Lo sé. Es que todavía estoy en estado de shock , me van a saber disculpar.
¿Qué más puedo contarles? A ver. Vivo sola, en un pequeño pueblito de Estados Unidos que ni siquiera figura en el mapa.
Hace un par de meses, mi abuela me cedió su casa y decidió ir a vivir a una residencia con sus dos mejores amigas.
Tienen total libertad para entrar y salir, servicio de cuartos, piscina…
¡hasta jacuzzi ! Pero, si necesitan atención médica, están en el lugar indicado.
Según ella, es la combinación perfecta entre un hotel cinco estrellas y un hospital.
Es como vivir en un all inclusive a tiempo completo y, si admitieran a menores de sesenta, no dudaría en mudarme con ellas.
Hoy es lunes, así que, como lo indica la ley peluqueril, es nuestro día libre. Y sí, me inventé el término, ¿ ok ?
A la mañana temprano la fui a visitar y desayunamos juntas en el jardín. ¡Un lugar que parece sacado de un cuento!
Cuando era chica, amaba festejar mi cumpleaños, pero, después de lo ocurrido con mis padres, no quise volver a hacerlo. Marmee siempre me entendió y lo respetó, así que solemos organizar algo muy sencillo, solo nosotras dos.
Todo comenzó en el desayuno… aunque en ese momento no me diera cuenta. Mi abuela estaba superemocionada, y empezó a hacerme preguntas de lo más extrañas: «¿Notaste algo distinto cuando te despertaste? ¿Escuchaste algo interesante? ¿Tuviste alguna visión?».
Yo me mostré sorprendida y ella me dijo que solo jugaba conmigo, así que no le di mayor importancia. Grave error. ¡Gravísimo!
Para el mediodía, quedé en encontrarme en un bar con mis amigas. Cuando llegué, me acomodé en nuestra mesa preferida, una bastante apartada junto a un gran ventanal.
Sue es la única persona en la que puedo confiar a ojos cerrados, mi confidente y mejor amiga. Con Clary, prima de Sue, y Letty, compañera de secundaria de ambas, me llevo bien, pero no tengo tanta afinidad. De cualquier modo, formamos este loco cuarteto desde hace ya varios años.
Mi teléfono sonó y me encontré con un mensaje de las chicas en nuestro grupo de WhatsApp… venían las tres en el auto de Sue, pero había un embotellamiento y avanzaban a paso de hombre. ¡Mi buena suerte siempre me acompañaba! ¡Fantástico!
Ordené una Coca Cola y unas papas fritas para hacer más amena la espera y, antes de tomar el primer sorbo, brindé al aire.
―¡Feliz patético cumpleaños! ―dije al tiempo que me llevaba la copa a los labios.
―¿Quién dijo eso? ¿Quién está ahí? ―me respondió la voz de un hombre. Parecía asustado.
Miré a mi alrededor, pero ese sector estaba completamente desierto y habría sido imposible que alguien que se encontrara más lejos me escuchara.
Además, lo oí de forma tan nítida que debía estar cerca, muy cerca.
Me asomé por la ventana, pero tampoco había nadie del otro lado del cristal.
¿Qué demonios ocurría? Decidí ignorarlo, pero no me lo permitió.
Apenas unos segundos después, lo escuché de nuevo.
―¡Esto no es gracioso! ¿Quién es? ¿Cómo…? ―Hizo una pausa―. ¿Cómo sabe que es mi cumpleaños? ¿Cómo entró a mi morada?
―¿Su morada? ―repetí inconsciente mientras escudriñaba el lugar una vez más.
―Sí, mi morada, mi hogar. ¡Salga de su escondite ahora mismo! ―respondió.
Si bien parecía enfadado, su voz era melodiosa, y su acento... ¡Su acento! Era como escuchar a Hugh Grant o Collin Firth en sus mejores épocas; un acento inglés demasiado interesante y seductor, de esos que te debilitan las rodillas y te cortan la respiración.
Agarré el teléfono y me fijé si no había hecho alguna llamada por accidente. No sé de dónde iba a sacar yo el número de un inglés sexy , pero cualquier cosa hubiera tenido más sentido que aquello que me sucedía.
―¿Perdón? ―dije, dubitativa―. No sé quién eres, pero no quise ofenderte… es mi cumpleaños, me lo decía a mí misma.
―¿Dónde se encuentra? ―volvió a preguntar, esta vez, un poco más calmado.
―Iba a preguntarte lo mismo… ―respondí―. Yo estoy al fondo del local, en la mesa junto al ventanal. ¿Y tú? No logro verte y eso me está volviendo loca.
―Yo… ―titubeó―. No quiero faltarle el respeto, pero no tengo tiempo ni ganas de seguirle el juego, señorita. Como debe saber, estoy sentado en mi escritorio, en la biblioteca de mi propiedad de Southampton.
―¿Southampton? ―pegué un grito que hizo que el mozo al otro lado del salón me mirara extrañado. ¿Acaso él no escuchaba a la persona con la que hablaba?
―Exacto ―dijo con aire de suficiencia―. Soy el Señor William Darcy, de la ancestral casa de Rosemund.
―¡Esto es increíble! ¿En serio? ¿Darcy? ―cuestioné entre risas―. ¿Como Fitzwilliam Darcy, de Orgullo y Prejuicio ?
―No sé que le causa tanta gracia, pero sí, ese es mi apellido. Aunque no conozco a ningún Fitzwilliam, y no me considero una persona ni orgullosa ni prejuiciosa. No entiendo a qué se refiere.
―A Orgullo y Prejuicio , el libro de Jane Austen. ¡Es un clásico!
―¿Clásico? Conozco a la familia Austen y soy consciente de la afición de la señorita Jane a la escritura, pero ninguna de sus obras lleva ese nombre.
Ella reside en Chawton, pero, si me encuentro con Henry en Londres, le consultaré.
Él es el que se encarga de negociar con los editores.
Como sabe, no está bien visto que una dama lo haga.
Lo primero que pensé fue que él había perdido un tornillo, ¡o varios! ¿Acaso ese hombre creía conocer a Jane Austen en persona? ¿Creía que aún vivía?
Aunque, claro, si lo ponemos en perspectiva, lo más probable fuera que los tornillos extraviados fueran míos. ¡Él no estaba por ningún lado! ¿Lo estaría imaginando?
―Esto ya me está asustando. Es una cámara oculta, ¿no? Algo que planearon mis amigas para reírse de mí un rato. ―Largué una carcajada histérica.
―¿Se encuentra usted bien, señorita...?
―Daisy, soy Daisy… pero seguro ya te lo han dicho. ¿Cuánto te han pagado? ¿ Hackearon mi teléfono? ¿O escondieron un parlante debajo de la mesa?
Me agaché para comprobar mi loca teoría y terminé con un golpe en la cabeza. ¡Justo lo que me faltaba!