Desquiciado (Reyes de la Bratva 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Capítulo Quince

Anissa

Su cuerpo pesa contra el mío, y su respiración aún está agitada contra mi cuello. Debería sentirme atrapada. En cambio, siento… algo mucho más peligroso.

Comprendida.

Completa.

Y me asusta de manera jodida.

Cuando levanta la cabeza, con ojos oscuros e indescifrables, me mira fijamente.

—Esto no cambia nada.

Le sonrío y me doy la vuelta, pasando mis dedos por las líneas de verdugones y los arañazos en su espalda y brazos.

—Oh, cariño. —Le guiño un ojo para distraerlo. No quiero que sepa lo expuesta y vulnerable que me siento ahora mismo. —Sigue diciéndote eso a ti mismo.

Hago una mueca cuando baja la mirada hacia los moretones que me ha dejado. Marcas de dedos en mis brazos, arañazos en la cara interna de mis muslos. Mordiscos y verdugones. Donde otros podrían mirar y sentirse maltratados, esto es mío. Lo poseo .

Que me duela así cuando tenemos sexo es la experiencia más liberadora de mi vida.

Nunca he deseado nada más. Otras personas, incluso el irlandés, me trataban como si fuera una jodida flor delicada.

Y no lo soy. Me gusta que me empujen, me provoquen, me rompan.

No puedo explicarlo, pero hay algo en ser desollada así que me hace sentir tan satisfecha.

Es como si su dolor hiciera el mío más llevadero. Está controlado.

—¿Quizás deberíamos ponerte… algo de antiséptico? —Ahora que la neblina de la lujuria se está disipando, veo que lo arañé como una gata enfurecida.

Él toma mi hombro, y yo me estremezco. ¿Qué demonios? Bajo la mirada para ver una marca de mordisco que ya está amoratándose.

—Oh, por dios. Joder. Me pasé. —Su voz se quiebra al decir: —Lo siento.

Pongo mi mano en su hombro y lo empujo un poco.

—Para ya. Ni se te ocurra disculparte. Ha sido brillante.

El calor de su cuerpo, la forma entrecortada con la que respira contra mi piel, el peso de lo que acabamos de hacer nos presiona a ambos. Sé que es así por la forma en que apoya su frente contra la mía, y respira pesadamente.

Él niega con la cabeza.

—Podría haberte hecho daño.

Le sostengo la mirada.

—Podría haber soportado más.

Silencio.

Pesado.

Cargado.

Entonces, un cambio, tan pequeño, tan letal. Su agarre se estrecha, y su pulgar recorre la cara interna de mi muñeca como si buscara un punto débil, necesitando sentir mi pulso latiendo como algo enjaulado.

—Lo sé —murmura. Suena como una confesión. Su voz es más tranquila ahora pero no menos peligrosa—. Eso es lo que te aterroriza, ¿verdad?

Se me corta la respiración. No puedo apartar la mirada. Porque… tiene razón. He pasado toda mi vida corriendo, siendo más lista, esquivando a los pocos hombres que alguna vez se acercaron a mí.

Hasta… él.

No solo me persigue: me ha atrapado. Y podría llegar a romperme.

Me mira a los ojos, y me preocupa que pueda leerme, que sepa lo que temo más que a la muerte.

Respiro aliviada cuando asiente hacia el baño.

—Dúchate. Ahora. He recibido un mensaje al que tenemos que responder.

Pero no hace ningún movimiento.

—¿Eh?

Mis extremidades están pesadas, me duele el cuerpo, y mi piel está en carne viva donde me azotó, me mordió y me sujetó. Debería levantarme y moverme, escabullirme como siempre hago. Esta vez, no lo hago. No puedo. Porque él sigue aquí, y algo va mal.

—¿Matvei?

Casi espero que se aleje rodando, que se ponga esa máscara fría, ese desapego calculador que me recuerda que yo pedí esto. Porque lo hice.

Pero no lo hace. En cambio, me toca. No de forma brusca o posesiva.

Sus dedos recorren mi piel, cada moratón y marca que dejó, como si memorizara el daño.

Su respiración se entrecorta, y cuando lo miro, hay algo en su expresión que no comprendo.

¿Arrepentimiento? ¿Culpa? Es casi como si estuviera avergonzado de sí mismo.

Como si se odiara por la forma en que acaba de follarme.

Una parte de mí piensa en echárselo en cara, reírme de él, provocarle. Pero no lo haré. No puedo. Porque cuando se mueve, cuando deja la cama, siento su ausencia como si se hubiera llevado una parte de mí. ¿Qué coño es eso?

Me incorporo lentamente, con mi cuerpo dolorido y mis muslos temblando. Me folló de forma brutal, y no fue nada gentil.

Y entonces… calidez. Suavidad. Un paño presionado contra mi piel, limpiando el sudor, el desorden, la evidencia de lo que acabamos de hacer. Me quedo inmóvil. No hay nada que pudiera haber hecho que me hubiera dejado tan desprevenida como esto.

No sé qué hacer. Se arrodilla frente a mí, y su expresión es indescifrable mientras me limpia y me cuida. Cuidadosamente, delicadamente, como si fuera algo frágil. Como si le importara.

Me muerdo el labio con tanta fuerza que duele porque algo dentro de mí se está rompiendo, y no puedo soportarlo. No quiero que sepa que su ternura me deshace de una manera que su rudeza nunca podría.

Puedo soportar su crueldad, su castigo. Puedo soportar la forma en que me sujeta y me toma como si le perteneciera, me zarandea, me azota, me muerde, me marca. ¿Pero esto? ¿Esta ternura? ¿Esta jodida delicadeza?

Quiero empujarlo y decirle que pare, porque me está entristeciendo. Tengo la garganta apretada, el pecho vacío, y mis manos se cierran en puños sobre mi regazo. Sus dedos se deslizan por mi piel, y su toque es ligero.

—Anissa. —Su voz es baja y tensa.

Niego con la cabeza. No quiero mirarlo porque, si lo hago, podría llorar. Y yo no lloro. ¿Por qué me está tratando como si fuera algo precioso?

Por primera vez… no quiero huir. Quiero quedarme justo aquí.

—Vamos a la casa de los Kopolov —dice, con una mueca autocrítica—. Deberías llevar… mangas largas.

—Debería llevar un top sin tirantes y sin espalda —respondo bruscamente—. No me avergüenzo de las marcas que me has dejado. ¿Tú sí?

Por un segundo, la momentánea suavidad se evapora, y en su lugar está mi despiadado captor.

—No estoy jodidamente avergonzado —dice en voz baja—. Pero cualquier cabrón en esa casa te echará un vistazo y sabrá lo que te hice, y tendría que matarlos. Yo soy el único que te toca. Yo soy el único que te folla. Yo soy el único que sabe cuándo te follo. ¿Entendido?

Asiento cuando consigo reaccionar.

—Espera un momento. ¿Has dicho casa de los Kopolov?

Mierda. Mierda. No. Joder, mierda…

—Sí. Vas a estar bien.

Niego con la cabeza. No estoy preparada para esto.

No importa.

—Rafail nos ha llamado. Polina y él estaban de viaje. Tuvieron que irse por una emergencia, pero ahora han vuelto. Quiere que conozcas a tu hermana y quiere hablar contigo.

Ay, mierda.

Palidezco y no sé qué decir.

—¿Perdona? —digo, arqueando una ceja. Tiene la osadía de sonreír con suficiencia porque no es habitual que me pille desprevenida, pero acaba de hacerlo. Menuda insolencia.

—Ya me has oído. —Se recuesta contra el cabecero, completamente relajado, estirando un brazo tras la cabeza. —Es hora de conocer a la familia.

Mi estómago se congela. No. No, no, no. La mansión de los Kopolov no. La guarida del león.

Rafail.

No quiero ver al hombre del que escapé. No quiero verle a él, ni al resto de sus lobos, esperando. Observando. Juzgando. Quemé ese puente hace años. Lo reduje a cenizas. Me marché y nunca miré atrás. Matvei vino a por mí, pero… ¿y si todavía me ven como una traidora?

Preferiría ser una vagabunda, huyendo de un lugar a otro. Preferiría no tener ningún vínculo a estar bajo el yugo de Rafail y sus hermanos. ¿Y si me dan un escarmiento?

Mi pulso retumba en mis oídos. Me apresuro a salir de la cama, con las sábanas enredadas en mis piernas. Sacudo la cabeza.

—No me… no me encuentro bien. Diles que estoy enferma. No puedo… no puedo…

Se abalanza sobre mí en un instante. Una mano se cierra alrededor de mi muñeca, tirando de mí contra él. Caigo sobre la cama, y él me atrae hacia sí, con su pecho sólido e inamovible contra mi espalda. Su aliento está caliente en mi oído, su voz baja. Oscura.

—Tú. Eres. Mía.

Un escalofrío me recorre y me odio por ello. Me odio a mí misma.

—Te encontré —continúa, apretando su agarre—. Te tomé. Te he castigado.

Sus labios rozan mi mandíbula. Sus siguientes palabras me dejan sin aliento:

—Nadie va a tocarte, mi pequeña bruja. Nadie va a hacerte daño. Y si alguien se atreve siquiera a mirarte, me ocuparé de ellos.

Quiero luchar contra él, apartarlo, decirle gruñendo que no soy su posesión, que no pertenezco a nadie… pero ¿la verdad? ¿La cruda y honesta verdad?

Hay una parte de mí que ha estado huyendo, escondiéndose, siendo nada más que un fantasma, que quiere creerle.

Así que lo disimulo todo como siempre hago, porque ser seria y honesta a veces duele.

—¿Y si alguien se me cuela en la fila del supermercado?

Sus labios tiemblan.

—Historia.

Casi sonrío.

—¿Y si voy conduciendo y alguien me corta el paso?

—Le rajo los putos neumáticos.

—¿Y si…?

Me levanta la barbilla hasta que mis ojos se clavan en los suyos. Cierro la boca.

—Ahora eres mía. ¿Me entiendes?

Esto debería aterrorizarme.

Vale, sí me aterra.

Sin embargo, una parte peligrosa e imprudente de mí exhala ante el peso que acaba de quitarme de los hombros.

Aun así, niego con la cabeza y le dirijo una mirada curiosa.

—Esto no funciona exactamente así.

—Ahora sí.

Está tan seguro…

Le miro fijamente, a toda esa tinta y esos ojos tormentosos y sombríos. No puedo decidir si quiero abofetearle o besarle.

Mis dedos se aferran a las sábanas.

—¿Y si no me aceptan? —Me siento como una niña en su primer día en un colegio nuevo.

—Tendrán que hacerlo —dice, soltando una risa oscura y queda.

—¿Y si no lo hacen? —insisto, con la voz más afilada ahora. Temblorosa. Odio que tiemble.

Su mandíbula se tensa.

—Creía haberlo dejado claro. Entonces responderán ante mí .

Sé perfectamente lo que significa responder ante él. Es una maldita buena amenaza.

Un calor peligroso se desliza por mi piel. Odio que me haga sentir tan segura. Trago saliva, y mi voz es apenas un susurro.

—Sigo teniendo un poco de miedo.

Lo que me cuesta admitir eso… Nunca le he dicho a nadie que tengo miedo. Jamás.

Exhala bruscamente, luego me agarra la nuca, arrastrándome hacia delante hasta que nuestras frentes se tocan.

Cierro los ojos. Se siente tan jodidamente bien, y eso me aterroriza.

—Bien. —Su voz es más queda ahora, más áspera. —Eso significa que todavía tienes algo que perder.

Estoy perdida. Me ha atrapado.

—Si te hace sentir mejor, una parte de mí también se siente como un marginado. Mi hermano una vez fue uno de los nuestros.

—¿Una vez? —pregunto—. ¿Qué pasó?

Los ojos de Matvei se oscurecen como nubes de tormenta, más grises que azules. Su frente se arruga, y desliza el pulgar por mi mejilla como si le reconfortara. Como si yo fuera su pequeño amuleto de la suerte. Su juguete.

—Nos traicionó. Sufrió el castigo definitivo.

—Lo siento.

—Yo no. Tenía que pasar. —Aparta la mirada. —Mis padres nunca me lo perdonarán. Yo nunca me lo perdonaré.

Así que su hermano les traicionó. Y Matvei fue quien actuó como ejecutor. Quien impuso el castigo.

Eso es jodidamente brutal. Me duele el corazón.

—Por eso tus padres te odian —susurro.

Se encoge de hombros y sonríe con suficiencia, pero no es una sonrisa real. Sus ojos están tristes. Una parte de mí quiere mejorarlo.

—Bah, siempre quisieron más a mi hermano.

Me pregunto cuál es el castigo definitivo por traición cuando eres uno de ellos. No sería una multa, o la cárcel, o algo civilizado. No.

Deben herirles, golpearles, hacer algo físicamente doloroso. Y luego matarles o algo así. ¿Verdad?

Su propio hermano pequeño.

Mi mente da vueltas a mil por hora. Estoy a punto de conocer a mi hermana. ¿Y si me odia? ¿Y si no nos parecemos en nada?

Y mi madre… tengo una madre.

Soy un manojo de nervios al pensar en enfrentarme a Rafail y Polina en su propia casa.

—¿Tenemos que hacer esto?

Nunca he estado tan vulnerable ante él. No después de todo lo que hemos pasado.

Cuando pasa su pulgar por mi mejilla otra vez, siento humedad.

Estoy llorando.

Dios mío, estoy llorando.

Odio esto.

—¿Realmente tienes tanto miedo, preciosa? ¿Mi pequeña bruja? —Sus labios se curvan. —Lanza un hechizo y protégete.

Luego, habla más suave.

—Y confía en mí. Estarás bien.

La profundidad de su lealtad… me resulta difícil de entender. ¿Mató a su propio hermano? ¿Por amor a la bratva ?

—¿Cuándo tenemos que irnos?

Él mira el pequeño despertador en la mesita de noche.

—Tenemos aproximadamente una hora.

Salto de su regazo, pero me atrapa en el aire, tirando de mí hacia abajo otra vez.

Caigo en su regazo con un rápido golpe.

—Ven aquí —murmura, presionando un suave beso en mi frente—. No vayas tan deprisa. Acabamos de revisar muchas cosas. ¿Estás bien?

Tiene que dejar de ser tan dulce.

—Estoy bien —resoplo—. ¿Puedes volver a ser un capullo, por favor? —Me encojo de hombros. —Me hace sentir más cómoda.

Me deslizo fuera de la cama justo cuando su mano conecta con mi trasero.

Doy un pequeño grito, sonriendo, mientras me dirijo al baño.

Tengo que prepararme para mi gran entrada.