Desquiciado (Reyes de la Bratva 4) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Le sigo, con las mejillas ardiendo por más que intente controlar mi reacción mientras se mueve por la casa, y con mis pies descalzos silenciosos sobre el reluciente suelo de madera.

La casa es exactamente lo que esperaría de él: madera oscura, cara, brutalmente elegante.

Ni un solo borde suave en ninguna parte.

Quizás yo seré ese borde suave. Una vez que ponga mis manos en una de sus tarjetas de crédito, voy a meter algo de puto rosa aquí.

Tal vez incluso algunos cristales de bruja: un poco de cuarzo rosa para suavizar sus bordes y algo de obsidiana para darme algo de maldita protección.

Abre una puerta en el pasillo, revelando un cuarto de lavado: moderno, impecable, eficiente. Los estantes están repletos de ropa perfectamente doblada, suavizante y detergente alineados como soldados. Incluso su maldito cuarto de lavado parece que está listo para la guerra.

—¿Asistenta?

Solo quiero llenar el silencio, pero también quiero saber quién va a entrar y verme medio desnuda porque eso es definitivamente lo que va a pasar. Algunas personas beben para aliviar el estrés. Otras toman drogas.

Quizás Matvei es una droga.

Se encoge de hombros.

—A veces, sí. Principalmente, soy solo yo. No estoy aquí mucho.

—¿Ah?

—Pero eso va a cambiar.

Eso me desconcierta. Miro sus enormes manos, las mismas que me inmovilizaron y me sostuvieron, e imagino que dobla cuidadosamente… toallas. Es inquietantemente íntimo. Doméstico. Porque ahora no puedo dejar de imaginar esas manos de nuevo sobre mí, quitándome la ropa en lugar de lavarla.

Trago con dificultad y desearía tener un montón de ropa sucia que lavar, de repente ansiosa por la distancia. Ya necesito un descanso de la intensidad. Su mirada baja, arrastrándose por la curva de mi espalda, y lo siento: su deseo, un pequeño zumbido entre nosotros.

—Me sorprende que te importe tanto como lo hace —dice de repente, con voz baja, cortante.

Me enderezo lentamente y me giro para enfrentarle.

—¿El qué?

No me digas que ya ha visto a través de mi falsa indiferencia.

Da un paso hacia mí, cerrando el espacio hasta que mi espalda golpea la secadora.

—Cómo te ves. Lo que piensa mi familia. Lo que veo cuando te miro.

Joder .

—Vale, supéralo ya, Matvei —le espeto, pero mi voz me traiciona—. En realidad, no me importa nada de eso.

Me enseña los dientes, y sería una sonrisa si no pareciera tanto una amenaza.

—Mentirosa.

¿Y qué si me importa? ¿Y qué si me gustan los disfraces porque se sienten como una armadura? ¿Y qué si me gusta el hecho de poder moverme de un lugar a otro sin echar raíces nunca, porque cuando lo hago, si lo hago, siempre aparece alguien que las arranca de nuevo?

¿Y qué?

¿Cómo consigue desollarme sin siquiera intentarlo?

Y la parte más aterradora: ¿Por qué me gusta?

Se inclina hacia mí, con una mano apoyada junto a mi cabeza. Sus ojos son tormentosos y hermosos. Mi corazón late más rápido. Quiero que me toque, y no quiero que sea gentil.

Huele a vodka y a jabón. Me lamo los labios.

—¿Por qué crees que ya no tengo miedo de que huyas? —pregunta en un susurro.

La verdad es que debería tenerlo.

Debería estar esperando a que cometa un error, pero en su lugar, me observa.

El aire entre nosotros crepita como electricidad.

Pongo los ojos en blanco con la esperanza de ocultar mi reacción a los latidos de mi corazón.

—Porque sabes cómo rastrearme.

Me toca la barbilla, trazando su contorno. Mi respiración se entrecorta por un segundo.

—Sí, pequeña fantasma. Pero ambos sabemos que esa no es la verdad. Al menos no toda, ¿verdad?

Está tan jodido por mí como yo por él.

Se supone que debe odiarme. Incluso sus padres lo insinuaron.

No puedo apartar la mirada. No puedo detenerme.

Mis dedos se curvan en la parte delantera de su camisa, arrastrándolo hacia mí.

Su cuerpo se presiona contra el mío, y anhelo estar más cerca, conectada.

Piel contra piel, boca contra boca, lenguas enredadas.

Porque nunca me he sentido más atraída por alguien en mi vida.

No sé qué demonios dice eso de mí.

Sus manos recorren mis costados, ásperas y posesivas, dejando un rastro de calor a su paso.

—¿Cuánto dura el ciclo de lavado? —susurro.

Su risa baja y oscura hace que mis pezones se endurezcan.

—Lo suficiente.

Suspiro y cierro los ojos mientras sus labios se encuentran con los míos.

Su beso no es suave; es demasiado deseo, demasiada necesidad. Sus manos se cierran en mi cabello despeinado, manteniendo mi boca unida a la suya, y lo siento… lo siento.

La forma en que se contiene.

La forma en que el control se escapa entre sus dedos como arena.

A la mierda. Quiero hacer que pierda el control. Quiero ver exactamente qué sucede cuando Matvei Kopolov estalla.

—La visita —le digo—. ¿Vas a terminar de enseñarme la casa?

—Claro.

Siento una risita burbujear porque, Dios me ayude, es algo adorable cuando no sabe qué hacer consigo mismo.

—Así que este es el cuarto de la lavadora. Al final del pasillo hay algunas habitaciones de invitados, y arriba está el dormitorio. Nuestro dormitorio —dice atropelladamente.

—Eso es genial, pero espero que sepas que voy a comprar algo rosa. Quizás muchas cosas rosas.

Hace una mueca.

—¿Rosa?

—El color femenino por excelencia, y es mi favorito. No juzgues.

—No quiero rosa en mi dormitorio. —repone, arrugando la nariz.

—¿Desafiando tu frágil ego masculino? ¿No dijiste que era nuestra habitación?

Gruñe y me pellizca el trasero.

—Vale, entonces. Cremas, dorados, neutros. ¿Mejor? Toda tu casa es como una especie de manifiesto de maníaco del control.

Sacude la cabeza.

—Eres increíble.

Le sonrío dulcemente, y mi estómago gruñe. Sigo hambrienta.

Algo vibra entre nosotros.

—O llevas un vibrador encima o alguien te está llamando.

—La segunda opción.

Contesta su móvil, se lo lleva a la oreja y, con la otra mano, me mantiene inmovilizada contra la pared, sujetándome como si pudiera desvanecerme si no me agarra.

Observo sus ojos mientras habla, y sin ninguna razón, me lamo los labios. Sus dedos se tensan en mi hombro, un silencioso ni se te ocurra empezar .

Delicioso .

Trago saliva con dificultad.

—Sí. No hay problema. Sí, ella lo sabe porque mi madre tiene una bocaza, así que necesitamos reunirnos pronto. Por supuesto, sí. Adiós.

Cuelga y me mira. Se encoge de hombros, con indiferencia, pero su mano sigue sobre mí.

—Parece que al final no vendrán.

Se me hace un nudo en el estómago. No sé qué hacer con el remolino de sentimientos contradictorios.

Por un lado, estoy decepcionada. Tengo una hermana y quería conocerla. Seguramente nadie puede ser tan malo como su madre, ¿verdad?

Por otro lado, no tengo absolutamente ningún deseo de ver a Rafail pronto, así que sí, alivio.

Y sigo muerta de hambre.

—Supongo que tengo un poco más de tiempo para conseguir algo de ropa.

—O no.

Mi sexo palpita.

—Y algo de comida —dice—. Estoy a unos cinco minutos de empezar a tirar cosas.

Se aleja de la pared, pero sus dedos se entrelazan con los míos.

Me está cogiendo de la mano.

No soy de las que dan la mano. No soy de las que se acurrucan. Pero me gusta darle la mano a él .

—Toma —dice, entregándome su móvil—. Pide lo que quieras.

Cojo su móvil con mi mano derecha mientras me guía por el pasillo.

—¿Lo que quiera? ¿Y si quiero un poni?

Gruñe.

—¿Un poni rosa?

—Habitaciones de invitados —murmura, señalando con la barbilla hacia varias puertas—. Baño. Este es bonito, tiene una cascada… eso. Como se llame.

Habla con un orgullo tranquilo. Esta es su casa, una que diseñó de alguna manera para sí mismo, una que es toda suya, lejos de la asfixiante mierda de sus padres. Incluso si todavía están rondando, esperando para arrastrarlo de nuevo.

—Y realmente me importa una mierda lo que pidas. Solo consígueme algo de comida. Rápido.

Abro la aplicación, me desplazo y hago un pedido de la comida para llevar más grasienta que puedo encontrar. Añado una ensalada para aplacar mi conciencia.

Pulso el botón.

—¿Eres de los que dan buenas propinas?

—Por supuesto. Me traen comida y no tengo que cocinar. Dales la propina que te dé la gana.

Me gusta eso.

Doy una buena propina y le devuelvo el móvil.

Abre una puerta al final del pasillo.

—Y esta habitación, es…

Se detiene. Yo también. En lugar de avanzar, me quedo mirando.

Dentro, las paredes están forradas de estanterías. Libros viejos, gastados, con los lomos agrietados por el uso. Huele a madera barnizada y a papel añejo.

Una cita enmarcada cuelga sobre el escritorio.

"Incluso en la tumba, no todo está perdido".

Me quedo paralizada.

—¿Edgar Allan Poe? —Mi voz suena suave.

Matvei se encoge de hombros, pero hay algo reservado en la posición de su mandíbula.

—Sí. ¿Y qué?

Lo miro fijamente, con el corazón acelerado.

—Sabes que me gusta Poe.

Inclina la cabeza. No responde. ¿Lo ha puesto aquí para mí? O…

Se me pone la piel de gallina, ese familiar destello de cuánto tiempo lleva vigilándome burbujea en mi interior. Por supuesto que lo sabe. Por supuesto que ha estado husmeando en mis cosas.

Excepto que…

No he leído a Poe en años.

Años.

Pero cuando lo hacía, no solo leía, devoraba . Memorizaba. Era lo único que leía porque, por primera vez en mi vida, me sentía comprendida. Alguien más entendía las complejas emociones de ser humano, de querer vivir y a veces odiar cada segundo.

Pero ¿cómo lo sabría él?

No dejé ese rastro para que él lo siguiera. No lo publiqué, no dejé un libro por ahí, apenas pensé en ello… hasta ahora mismo.

—Entonces, ¿cómo lo sabías? —susurro.

Sus ojos se oscurecen.

—No lo sabía. ¿Me estás tomando el pelo?

Niego con la cabeza.

Nos miramos fijamente, y el aire entre nosotros cambia. No solo hay hambre. Algo más extraño. Más antiguo.

—Quizás has sido tú quien me ha estado acosando a mí —dice, con voz baja y peligrosa.

Se me corta la respiración.

—¿Es una broma? —Me río para disimular cómo se me dispara el pulso. —Ya te gustaría.

Pero mis manos tiemblan cuando toco el libro que hay sobre el escritorio. Mis huellas dactilares nunca han estado en este, pero aun así siento que es mío.

O suyo.

O nuestro.