Capítulo 7
Después de todos ellos, yo
“Después de tantos años buscando el amor de mi vida, tuve que aprender que también podía ser el amor de la mía.”
La respuesta llegó una noche cualquiera.
No hubo una gran pelea. No hubo gritos. No hubo una traición que hiciera todo más fácil.
Simplemente llegó ese momento en el que entendí que ya no quería seguir intentando que una relación fuera algo que no podía ser.
Miré a Nicolás. Él estaba sentado frente a mí, en silencio. Y por primera vez no sentí miedo de perderlo. Sentí miedo de perderme a mí misma si me quedaba.
—Creo que tenemos que terminar —dije.
Nicolás levantó la mirada. No parecía sorprendido. Quizás, en el fondo, los dos sabíamos que esa conversación iba a llegar.
—¿Estás segura?
Respiré profundo.
—Sí.
Se quedó callado.
—¿Es definitivo?
Esta vez no dudé.
—Sí.
Me dolió decirlo. Pero no me rompió. Y esa diferencia era enorme.
Nos quedamos un rato en silencio.
Pensé en todos los años que habíamos compartido. En las noches. En las risas. En las conversaciones interminables. En los viajes. En las peleas. En los abrazos. En todo lo que habíamos sido.
Y sentí tristeza. Pero no arrepentimiento.
—No quiero que esto termine mal —le dije.
—Yo tampoco.
—No quiero que dejemos de querernos.
Nicolás sonrió apenas.
—No creo que podamos dejar de querernos de un día para el otro.
—Yo tampoco.
Y quizás esa fue la despedida más sincera que podíamos darnos.
No dejamos de querernos. Dejamos de intentar convertir ese cariño en algo que ninguno de los dos podía sostener.
Los días siguientes fueron raros.
Había momentos en los que me preguntaba si había tomado la decisión correcta.
No porque quisiera volver. Sino porque terminar cualquier relación después de tantos años deja un espacio. Y durante un tiempo uno no sabe con qué llenarlo.
Había mañanas en las que me despertaba y pensaba en escribirle. Había cosas que quería contarle. Alguna estupidez. Alguna noticia. Algo que solamente él entendería. Y entonces recordaba que ya no éramos pareja. Pero tampoco quería borrar todo lo demás.
Nicolás seguía siendo una persona que había querido muchísimo. Y que, de otra manera, seguiría queriendo. Solo que ahora necesitábamos aprender a querernos desde otro lugar.
Después de Nicolás quedé desencantada del amor.
No voy a mentir. Durante un tiempo pensé: Quizás esto del amor no es para mí.
Había amado. Había esperado. Había apostado. Había intentado. Había entendido. Había perdonado. Había vuelto a empezar. Y cada vez había terminado de una manera diferente.
Primero había creído que el amor era encontrar a alguien que me hiciera sentir especial. Después creí que era encontrar a alguien con quien construir una vida. Más tarde creí que amar significaba jugarme entera. Y finalmente había aprendido que también podía significar soltar.
Entonces decidí dejar de buscar respuestas. Dejar de preguntarme cuándo iba a llegar alguien. Dejar de pensar que necesitaba encontrar al hombre indicado para que mi vida estuviera completa.
Por primera vez no quería encontrar a nadie. Quería encontrarme a mí.
Ser soltera después de tantos años fue una experiencia extraña.
Al principio había demasiado silencio. Después descubrí que el silencio también podía ser libertad.
Empecé a hacer planes conmigo. A salir. A viajar. A disfrutar de mis amigos. A trabajar mucho. A volver a lugares que me gustaban. A descubrir otros. A tomarme un café sola sin sentir que alguien tenía que estar sentado enfrente. A llegar a casa y disfrutar de mi propia compañía.
Un sábado por la tarde me arreglé para salir. Me miré al espejo, y me acordé de aquella adolescente que alguna vez había pasado demasiado tiempo frente al mismo espejo arreglándose para Mauri.
Sonreí.
—Mirá vos —me dije—. Otra vez arreglándote.
Pero esta vez era diferente.
No estaba esperando que alguien me eligiera.
Estaba eligiéndome yo.
También hubo otros hombres. Claro que los hubo. La vida no se detiene porque una historia termine.
Hubo algún beso inesperado. Alguna noche divertida.
Alguna persona que apareció de repente y me hizo sentir mariposas durante un rato.
Hubo algún "amor" fugaz. De esos que llegan sin pedir permiso y se van antes de que uno tenga tiempo de ponerles un nombre.
Y aprendí a disfrutarlos sin exigirles un futuro.
Una noche, una amiga me preguntó:
—¿Y este?
Me reí.
—Este, nada.
—¿Nada?
—Nada.
—Pero te gusta.
—Sí.
—Entonces...
—Entonces me gusta.
Ella me miró como si no entendiera.
—¿Y no querés saber qué va a pasar?
Sonreí.
—No.
—¿No te da miedo?
—Antes sí.
—¿Y ahora?
Pensé un segundo.
—Ahora prefiero disfrutar lo que es sin obligarlo a convertirse en algo que todavía no es.
Mi amiga levantó su copa.
—Mirá cómo maduraste.
Me reí.
—No exageremos.
Y brindamos.
Había algo nuevo en mí. Ya no necesitaba que cada historia tuviera un futuro. Ya no necesitaba que cada beso significara amor. Ya no necesitaba transformar cada conexión en una promesa.
Podía conocer a alguien y simplemente disfrutar. Podía sentir deseo sin confundirlo con amor. Podía sentir cariño sin imaginar una vida juntos. Podía enamorarme un poquito sin entregarle mi vida entera. Y, sobre todo, podía irme cuando algo dejaba de hacerme bien.
Eso quizás era lo más importante que había aprendido.
A veces pensaba en los tres. En Mauri. En Alfonso. En Nicolás. Y me daba cuenta de que cada uno había llegado a mi vida en un momento diferente.
Mauri había sido mi descubrimiento. Con él había conocido el primer temblor del amor. La ilusión. Las primeras veces. También había aprendido que algunas historias terminan aunque uno todavía quiera quedarse.
Alfon había sido la gran apuesta. El amor que durante mucho tiempo pensé que podía ser definitivo. Con él había aprendido a entregarme. A construir. A esperar. Y también a entender que no puedo hacer por dos personas el trabajo que corresponde a dos.
Nico había sido diferente. Había sido amistad. Compañía. Cómplices. Años. Un amor que, de alguna manera, existía, pero que nunca terminó de convertirse en el amor que los dos necesitábamos.
Con él aprendí algo todavía más difícil: que querer mucho a alguien no siempre significa que tengamos que quedarnos a su lado.
Y después de todos ellos quedé yo.
Yo. La misma que durante tantos años había pensado que necesitaba ser elegida. La misma que había confundido amor con permanencia. La misma que había creído que si quería lo suficiente podía hacer funcionar cualquier historia.
Pero también una mujer distinta. Una mujer que ahora sabía que podía amar profundamente y no perderse.
Que podía comprender las heridas de alguien sin hacerse responsable de curarlas.
Que podía extrañar y seguir adelante. Que podía estar sola y no sentirse incompleta.
Que podía decir que no. Que podía irse. Que podía elegirse.
Una tarde estaba caminando sola. Era uno de esos días tranquilos en los que no pasa nada muy raro.
El sol empezaba a bajar. Había gente en la calle.
Parejas caminando de la mano. Personas apuradas.
Amigos riéndose. La vida sucediendo alrededor mío.
Y pensé que, durante mucho tiempo, había esperado que mi vida empezara cuando llegara alguien.
Como si la felicidad estuviera en el futuro. Como si necesitara compartirla para que fuera verdadera.
Y entonces me reí.
Porque mi vida ya estaba pasando. Estaba pasando ahora.
En ese momento. Con mis amigos. Con mi trabajo.
Con mis viajes. Con mis risas. Con mis errores.
Con mis días buenos y mis días malos. Con los besos que quizás durarían una noche.
Con las personas que se quedarían años. Con las que llegarían y se irían. Con todo.
Y no necesitaba saber quién iba a ser el próximo amor de mi vida. Si es que iba a existir.
A veces todavía me preguntaban:
—¿No querés enamorarte de nuevo?
Y yo respondía:
—Sí.
Claro que sí. A pesar de todo. A pesar de Mauri. A pesar de Alfon. A pesar de Nico. A pesar de todas las veces que había sentido que el amor me dejaba un poco más rota.
Todavía quería conocerlo.
Pero ya no lo estaba esperando con desesperación. Había una diferencia enorme.
Antes necesitaba que llegara. Ahora solamente quería que, cuando llegara, fuera verdadero.
Que no tuviera que perseguirlo. Que no tuviera que convencerlo.
Que no tuviera que explicarle cuánto valgo.
Que no tuviera que conformarme con menos por miedo a quedarme sola.
Quería un amor que pudiera caminar a mi lado. No uno al que tuviera que arrastrar.
No sé si el verdadero amor existe. Durante muchos años pensé que sí. Después dejé de creer. Y ahora, si me preguntan, creo que no necesito saberlo.
Quizás exista. Quizás no. Quizás aparezca cuando menos lo espere. Quizás llegue dentro de muchos años. Quizás llegue en una conversación cualquiera. Quizás en un lugar al que nunca pensé ir. Quizás tenga una cara que todavía no conozco. Y quizás, cuando llegue, yo no lo reconozca inmediatamente.
Pero hay algo que sí sé.
No voy a volver a abandonarme por amor. No voy a dejar de ser yo para que alguien se quede. No voy a aceptar migajas solamente porque alguna vez tuve hambre. Y no voy a confundir compañía con amor.
Hoy estoy soltera. Y estoy bien. A veces muy bien.
Disfruto de mi vida. Me río. Salgo. Viajo. Trabajo. Conozco personas. Me permito algunos besos. Algunas historias. Algunos errores. Y sigo caminando.
No estoy cerrada al amor. Simplemente ya no estoy desesperada por encontrarlo. Porque después de tantos años buscando a alguien que me quisiera, entendí algo que quizás era mucho más importante.
El amor que más necesitaba no estaba esperando afuera. Estaba acá. Conmigo.
Y por primera vez no tengo miedo de quedarme sola. Porque sé que no estoy sola. Me tengo.
Quizás algún día vuelva a escribir estas páginas y tenga que cambiar todo lo que acabo de decir. Quizás algún día aparezca alguien y me haga reír de todas mis certezas. Quizás vuelva a sentir ese vértigo. Ese miedo hermoso. Esa sensación de mirar a alguien y pensar: “¿Y si esta vez...?”
No lo sé. Y por ahora está bien no saberlo. Porque quizás esa sea la verdadera historia. No saber quién viene después. No saber cuánto va a durar. No saber si será para siempre. Solamente saber que, pase lo que pase, esta vez no voy a dejarme atrás.
Cierro estas páginas. Miro hacia adelante.
Estoy sola. Estoy entera.
Y, por primera vez, no estoy esperando que alguien venga a salvarme.
Pero justo cuando estoy a punto de cerrar el libro, el teléfono vibra sobre la mesa.
Miro la pantalla. Un nombre que no esperaba. Un mensaje. Lo leo una vez. Después otra. Y me río ilusionada.
Porque quizás la historia de mis amores que creía terminada… todavía no había empezado a escribirse.