Capítulo 6
Elegirme
“Entender por qué alguien no sabe amarte no cambia la manera en que duele no ser amada como necesitás.”
Con Nicolás todo empezó sin que ninguno de los dos pareciera estar buscando demasiado.
Primero fueron las noches. Las salidas. Las risas. Los besos. Las aventuras que parecían no tener demasiadas consecuencias.
Después vino la amistad. Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a ocupar un lugar importante en la vida del otro.
Nicolás era de esas personas con las que podía hablar durante horas sin mirar el reloj. Podíamos pasar de una conversación a otra en cuestión de segundos.
Con él podía ser yo. O, al menos, eso creía. Había algo muy lindo entre nosotros. Algo que no quería perder. Y quizás por eso tardé tanto en preguntarme qué éramos.
Una noche estábamos sentados hablando. Él me miró y se rió.
—¿Sabés que me encanta estar con vos?
—A mí también me encanta estar con vos.
—Somos raros, ¿no?
Me reí.
—Bastante.
—Pero estamos bien.
Lo miré.
—Sí. Estamos bien.
Y era verdad. Estábamos bien.
El problema era que, a veces, estar bien no significa estar donde uno quiere estar.
Con el tiempo, nuestra relación se fue haciendo más seria. Sin grandes anuncios. Sin una conversación que marcara exactamente el momento en que dejamos de ser solamente amigos. Simplemente pasó. Empezamos a compartir más cosas. Más tiempo. Más días. Más partes de nuestras vidas.
Y durante mucho tiempo pensé que quizás el problema era yo.
Después de Alfonso había quedado rota en lugares que no sabía nombrar. Tal vez todavía tenía miedo. Tal vez había aprendido a querer con una parte del corazón escondida. Tal vez ya no podía enamorarme como antes.
Eso era lo que me decía a mi misma. Y me resultaba bastante cómodo pensarlo. Porque si el problema era Alfonso, entonces algún día iba a sanar. Algún día iba a volver a sentir. Algún día Nicolás iba a convertirse en ese amor que yo todavía no terminaba de sentir.
Pero los años empezaron a pasar. Y ese día no llegaba.
Nicolás creía que estaba enamorado de mí. Y quizás, a su manera, lo estaba. Me quería. Muchísimo. Eso nunca lo dudé. Me cuidaba. Me buscaba. Estaba. Compartíamos cosas que solamente nosotros entendíamos. Éramos compañeros. Cómplices. Amigos. Y también éramos pareja.
Pero había una parte de mí que seguía esperando algo. Algo que no sabía explicar. Una intensidad distinta. Una entrega distinta. Una sensación de estar completamente ahí.
Una noche, después de una discusión pequeña, me preguntó:
—¿Vos me amás?
La pregunta me dejó en silencio.
Lo miré. Quise responder rápido. Quise decir que sí. Porque sabía que era lo que esperaba escuchar. Pero no pude.
—Te quiero muchísimo.
Él frunció el ceño.
—No te pregunté si me querés.
Bajé la mirada.
—Ya sé.
—Te pregunté si me amás.
Sentí un nudo en la garganta.
—No sé.
Nicolás se quedó callado.
—¿Todavía no sabés?
Negué suavemente.
—Creo que no.
Esperé que se enojara. Que se fuera. Que me dijera algo horrible. Pero solamente respiró profundo.
—¿Es por Alfonso?
Esa pregunta me dolió. Porque durante mucho tiempo había creído que sí.
—Creo que sí.
Él asintió.
Y por un momento pareció conformarse con esa explicación. Yo también.
Pero algo empezó a cambiar. No de golpe. Sino lentamente.
Empecé a darme cuenta de que quizás había estado culpando a Alfonso por una herida que ya no era la responsable de todo.
Porque sí, Alfonso había dejado marcas. Me había enseñado a desconfiar de las certezas. Me había dejado miedo. Me había hecho conocer el dolor de amar a alguien que no sabía si quería quedarse.
Pero también había pasado mucho tiempo. Yo había crecido. Había construido una nueva vida. Había aprendido a estar sola. Había vuelto a confiar.
Y, sin embargo, con Nicolás seguía existiendo una distancia que no podía explicar solamente por mi pasado.
Hasta que un día entendí algo que me costó aceptar. Quizás yo no estaba enamorada de Nicolás porque él tampoco me dejaba llegar del todo hasta él.
Nicolás tenía sus propias heridas. Sus propios miedos. Sus propias formas de protegerse. A veces podía estar completamente cerca y, al mismo tiempo, parecer lejísimo.
Había cosas que nunca terminaba de decir. Conversaciones que empezaban y quedaban a mitad de camino. Momentos en los que sentía que había una puerta delante mío y que, cuando intentaba abrirla, él la cerraba un poco más.
No siempre lo hacía conscientemente. No creo que quisiera lastimarme. Pero lo hacía. Una tarde se lo dije.
—A veces siento que no me dejás entrar.
Me miró sorprendido.
—¿Cómo que no?
—No sé cómo explicarlo.
—Estoy con vos.
—Sí.
—Entonces, ¿qué querés?
Me quedé pensando.
—Quiero conocerte de verdad.
—Me conocés.
—Conozco muchas cosas de vos.
Hice una pausa.
—Pero hay partes tuyas a las que nunca llego.
Se quedó callado.
—No sé qué querés que haga.
—Nada.
—¿Entonces?
—Solamente quería que lo supieras.
Él bajó la mirada.
—Hay cosas que me cuesta hablar.
—Ya sé.
—No es por vos.
Sonreí con tristeza.
—También aprendí eso.
Durante años intenté entenderlo. Intenté respetar sus tiempos. No presionarlo. No pedir demasiado. No convertir cada silencio en una discusión.
Pensaba que amar también era darle espacio. Y quizás lo era. Pero empecé a descubrir que darle espacio a alguien no significa desaparecer vos dentro de ese espacio.
Yo seguía esperando. Esperando una apertura. Una certeza. Una manera distinta de mirarnos.
Y, mientras tanto, nuestra amistad seguía siendo hermosa. Eso era lo más difícil.
Porque si todo hubiera sido malo, habría sido más facil irme. Pero no lo era.
Nicolás me hacía reír. Me conocía. Sabía cuándo estaba triste aunque yo dijera que estaba bien.
Yo conocía sus silencios. Sabía cuándo necesitaba compañía y cuándo necesitaba estar solo.
Podíamos hablar de cualquier cosa. Habíamos vivido momentos hermosos. Nos queríamos. Muchísimo. Solamente que empezábamos a querer cosas diferentes.
Una noche volvimos a hablar del tema.
—¿Vos estás feliz conmigo? —me preguntó.
Lo pensé.
—Hay muchas cosas de nosotros que me hacen feliz.
—No te pregunté eso.
Lo miré.
—Ya sé.
—¿Entonces?
Respiré profundo.
—No sé si estoy feliz de la manera en que debería estar.
Se quedó mirando al piso.
—¿Y qué te falta?
—No sé si me falta algo.
—Entonces no entiendo.
—Creo que no buscamos lo mismo.
—¿Qué querés vos?
La respuesta salió más rápido de lo que esperaba.
—Quiero sentir que estamos construyendo algo juntos.
—¿Y no lo hacemos?
—A veces siento que sí.
—¿Y otras?
—Otras siento que estoy esperando.
Se hizo silencio.
—¿Esperando qué?
Lo miré.
—Que algún día quieras lo mismo que yo.
No respondió.
Y en ese silencio entendí mucho más de lo que hubiera querido.
Durante mucho tiempo pensé que amar a alguien significaba entender sus heridas. Y quizás sí. Pero había confundido entender con justificar.
Yo podía entender por qué Nicolás era como era. Podía entender sus miedos. Sus inseguridades. Sus dificultades para abrirse. Podía comprender que quizás había cosas que ni siquiera él sabía cómo resolver.
Pero entenderlo no hacía que a mí me doliera menos. Y tampoco convertía nuestra relación en algo que no era.
Nicolás no era una mala persona. Yo tampoco.
No había un culpable. No había una traición. No había un gran desastre. Había algo mucho más difícil de aceptar: nos queríamos, pero no queríamos lo mismo para nosotros.
Los años siguieron pasando. Y nuestra relación tuvo momentos de verdad muy lindos. También momentos difíciles.
Hubo acercamientos. Distancias. Reconciliaciones. Conversaciones que creíamos definitivas y que después volvían a aparecer.
Pero había algo que nunca terminaba de cambiar. Yo seguía sintiendo que una parte de mí esperaba más. Y él seguía sintiendo que lo que podía dar era suficiente.
Una tarde, mientras hablábamos, me dijo:
—Yo siento que te amo.
Lo miré. No quise discutirle lo que sentía.
—Te creo.
—¿Entonces por qué no alcanza?
Sentí que esa pregunta era, en realidad, la pregunta de los dos.
—Porque quizás no alcanza para lo que yo necesito.
—¿Y qué necesitás?
Pensé en Alfonso. Pensé en mí. Pensé en todos los años que habían pasado.
—Necesito un amor en el que no tenga que preguntarme todo el tiempo dónde estoy parada.
Nicolás suspiró.
—Yo nunca quise hacerte sentir así.
—Ya sé.
—Entonces, ¿por qué?
Lo miré.
—Porque a veces no hace falta querer lastimar a alguien para terminar lastimándolo.
No dijo nada. Y yo tampoco.
Por primera vez entendí que quizás el problema no había sido solamente que Alfonso me había roto. Quizás también había elegido una relación en la que no podía terminar de enamorarme porque, en el fondo, yo sentía que tampoco podía ser amada como necesitaba.
Y eso no hacía que Nicolás fuera malo. Lo hacía humano. Con sus límites. Con sus heridas. Con su manera de querer.
Y me hacía humana a mí también. Con mis necesidades. Con mis errores. Con mi manera de buscar algo que él no podía darme.
Lo más doloroso fue entender que no quería perderlo. Porque Nicolás era importante para mí. Muy importante.
No quería borrar nuestros años. No quería convertir nuestros recuerdos en algo triste. No quería que todo lo hermoso desapareciera solamente porque nuestra relación no funcionaba.
Y quizás ahí estaba la verdadera dificultad. Aprender que una persona puede ser fundamental en tu vida y, aun así, no ser la persona con la que tenés que compartirla.
Nicolás y yo nos queríamos muchísimo. Eso era indiscutible. Pero también empezábamos a saber algo que ninguno de los dos quería decir demasiado fuerte: no buscábamos lo mismo en el amor.
Una noche estuvimos sentados juntos, en silencio. No había una discusión. No había enojo. Solamente esa sensación de que estábamos frente a algo que los dos habíamos sabido durante mucho tiempo.
—¿Vos creés que esto algún día va a cambiar? —me preguntó.
Lo miré. Esta vez no tuve que pensar demasiado.
—No lo sé.
Él sonrió apenas.
—Siempre decís que no sabés.
Sonreí también.
—Porque esta vez es verdad.
Nos quedamos callados. Después apoyé mi cabeza sobre su hombro. Y por un instante pensé que quizás el amor también podía ser esto.
Querer muchísimo a alguien. Cuidarlo. Agradecerle. Y aceptar que no alcanza.
Todavía no sabía qué iba a hacer con todo eso. Todavía no sabía cómo se termina una historia cuando no hay un villano. Cuando todavía hay cariño. Cuando todavía hay amistad. Cuando todavía existe una parte de vos que quisiera que las cosas fueran diferentes.
Pero por primera vez, en lugar de preguntarme cómo hacer para que funcionara, me hice otra pregunta. Una mucho más difícil.
¿Y si esta vez elegirme a mí significaba dejar de intentar?
La respuesta estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.