DESPUÉS DE TODOS ELLOS, YO Capítulo 3
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Capítulo 3

Me la juego toda

“Yo creía que amar era darlo todo. Todavía no sabía que también había que saber qué cosas no estaba dispuesta a perder.”

Hay momentos en la vida en los que uno sabe que algo está cambiando.

No siempre sabe qué. No sabe si es el comienzo de algo hermoso o el principio del final. Solamente siente que ya no está parado en el mismo lugar.

Después de aquella conversación con Alfonso, yo tampoco volví a estarlo:“No sé si puedo darte el amor que vos me estás dando.” Esas palabras me quedaron sonando adentro de a ratos.

No las repetía en voz alta. Pero estaban ahí.

Cuando me despertaba. Cuando estaba sola. Cuando veía su nombre en mi teléfono. Cuando estábamos juntos y él me abrazaba como si nada hubiera pasado. Y quizás eso era lo que más me confundía.

Porque Alfonso seguía siendo Alfonso.

Seguía haciéndome reír. Seguía buscándome. Seguía queriendo verme. Seguíamos compartiendo cosas que para mí eran importantes.

Entonces, ¿cómo podía alguien que te quiere no saber si puede amarte?

Durante mucho tiempo intenté encontrarle una explicación. Quizás tenía miedo. Quizás había sufrido mucho antes. Quizás necesitaba tiempo. Quizás yo estaba sintiendo demasiado rápido. Quizás el amor no tenía que sentirse igual para los dos al mismo tiempo. Y, sobre todo, quizás yo podía esperar.

No quería perderlo.

Eso era lo único que tenía claro.

Así que decidí hacer algo que siempre me había salido demasiado bien. Entender. Intentar entenderlo.

Me preguntaba qué pasaba por su cabeza. Qué lo asustaba. Qué necesitaba. Qué podía hacer yo para que se sintiera seguro.

Y sin darme cuenta empecé a ponerme en segundo lugar.

No lo hice de golpe. Fue mucho más sutil.

Primero dejé de preguntar algunas cosas para no presionarlo.

Después empecé a medir mis palabras. Si estaba distante, pensaba que necesitaba espacio.

Si estaba raro, pensaba que había tenido un mal día.

Si dudaba, pensaba que era cuestión de tiempo.

Y cada vez que aparecía una señal que me hacía ruido, encontraba una explicación para no tener que enfrentarla.

Porque cuando queremos mucho a alguien, a veces nos volvemos expertos en justificar aquello que nos duele.

Una tarde estábamos sentados juntos.

Había sido un día tranquilo. De esos en los que no pasa nada extraordinario, pero uno se acuerda igual. Él estaba mirando el teléfono y yo lo miraba a él.

—¿Qué? —preguntó sin levantar la vista.

—Nada.

Sonrió.

—Me estás mirando.

—Ya sé.

Dejó el teléfono a un lado.

—¿Qué pasa?

Dudé.

Había algo que quería preguntarle. Algo que llevaba varios días dando vueltas en mi cabeza.

—¿Vos me amás?

La pregunta salió más bajita de lo que esperaba.

Alfonso se quedó quieto. Me miró. No respondió enseguida. Y esos segundos me parecieron muchísimo más largos de lo que realmente fueron.

—Sí —dijo finalmente.

Sentí alivio.

Pero antes de que pudiera alegrarme, agregó:

—Pero no sé si sé amar como vos necesitás.

Ahí estaba otra vez. La duda. La misma que intentaba no mirar.

—¿Y cómo sabés cómo necesito que me amen?

Me miró con una expresión triste.

—Porque vos lo das todo, Cami.

No supe qué responder.

—¿Y eso está mal?

—No.

Hizo una pausa.

—Pero a veces siento que yo no puedo darte lo mismo.

Bajé la mirada.

—No necesito que me des exactamente lo mismo.

—¿Entonces qué necesitás?

Pensé unos segundos.

—Que quieras estar.

Él me agarró de las dos manos y me miró fijo.

—Quiero estar.

Y yo le creí. Le creí porque quería creerle. Porque cuando alguien que amás te dice que quiere estar, no pensás en todas las maneras en las que podría dejar de hacerlo. Pensás en todas las razones por las que todavía puede quedarse.

A partir de ese momento empecé a quererlo de una manera todavía más consciente.

Ya no era solamente sentir. Era decidir. Yo había dicho que creía que el amor se construía. Y ahora tenía la oportunidad de demostrar que realmente lo creía.

Así que me la jugué. Toda. No porque no tuviera miedo. Sino porque, a pesar del miedo, pensaba que valía la pena.

Quería construir algo con él. Quería acompañarlo. Quería que pudiéramos atravesar sus dudas juntos.

No quería un amor perfecto. Nunca lo había querido. Quería uno real. Uno en el que pudiéramos hablar. Equivocarnos. Perdonarnos. Aprender. Volver a intentarlo. Y yo estaba dispuesta a intentarlo. Las veces que hiciera falta.

Hubo días hermosos. Eso también tengo que decirlo. Porque cuando una historia termina mal, es fácil mirar hacia atrás y pensar que todo fue un error.

Pero no fue así. Hubo risas. Hubo abrazos. Hubo noches en las que hablábamos hasta quedarnos sin sueño. Hubo momentos en los que sentí que no necesitaba nada más.

Una vez estábamos caminando y empezó a llover. No teníamos paraguas. Corrimos hasta encontrar un lugar donde refugiarnos. Yo estaba empapada y él no paraba de reírse.

—¡No te rías!

—¡Es que mirate!

—¡Vos estás igual!

—Pero yo me veo bien mojado.

Lo miré y me reí.

—Sos un idiota.

—Pero me querés.

Lo dijo con una sonrisa. Yo también sonreí.

—Sí.

Y en ese momento lo pensé. Lo quiero, claro. No había dudas en mí. Yo sabía. Sabía lo que sentía. Sabía lo que quería. Y quizás por eso me costaba tanto entender que él pudiera estar en otro lugar.

A veces intentaba hablar del futuro. No para presionarlo. Solamente porque me gustaba imaginarlo.

—¿Te imaginás viviendo juntos? —le pregunté una noche.

—Sí.

—¿Conmigo?

Sonrió.

—Puede ser.

—¿“Puede ser”?

Se rió.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

—Sí, estás empezando.

Le pegué suavemente en el brazo.

—Solamente pregunté.

Me miró.

—Cami, no quiero prometerte cosas que no sé si voy a poder cumplir.

La sonrisa se me borró un poco.

—No te estoy pidiendo promesas.

—¿Entonces?

—Te estoy preguntando qué querés.

Se quedó callado. Otra vez. Ese silencio. Siempre ese silencio.

—No sé —dijo.

Y esa vez no intenté convencerlo. Solamente asentí.

—Está bien.

Pero por dentro no estaba bien. Por dentro empezaba a cansarme de escuchar las mismas dos palabras: No sé.

Con el tiempo aprendí que hay palabras pequeñas capaces de ocupar muchísimo espacio.

“No sé.”

“Necesito tiempo.”

“Ya veremos.”

“Quizás.”

Palabras que no dicen que sí. Pero tampoco dicen que no. Y cuando amás a alguien, uno puede quedarse muchísimo tiempo viviendo en ese lugar intermedio.

Yo me quedé. Porque todavía había amor. Porque todavía había momentos hermosos. Porque todavía sentía que había algo que salvar. Y porque, en el fondo, creía que si yo le demostraba lo suficiente cuánto lo quería, quizás él finalmente dejaría de tener miedo.

Ese fue mi error. Pensar que podía amar por los dos.

Una noche tuvimos una discusión.

No fue una de esas peleas enormes que terminan con puertas cerradas y gritos.

Fue peor. Fue tranquila. De esas discusiones en las que uno habla bajito porque sabe que cualquier palabra puede romper algo.

—Siento que estás cada vez más lejos —le dije.

—No estoy lejos.

—Sí.

—Cami...

—No quiero pelear.

—Yo tampoco.

Me quedé mirándolo.

—Entonces decime qué pasa.

Suspiró.

—No sé.

Cerré los ojos un segundo. Otra vez.

—Siempre es “no sé”.

—Porque realmente no lo sé.

—¿Y cuánto tiempo necesitás para saber?

No respondió.

—¿Un mes? ¿Un año? ¿Toda la vida?

—No me hagas esto.

—¿Hacerte qué?

—Presionarme.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba un poco.

—No te estoy presionando, Alfonso. Te estoy preguntando dónde estoy yo en todo esto.

Se quedó callado. Yo seguí.

—Porque yo sí sé dónde estoy.

—¿Dónde?

Lo miré directamente.

—Acá.

—¿Acá dónde?

—Con vos.

Su expresión cambió.

—Yo también estoy acá.

—Sí. Pero no sé si estás conmigo de la misma manera.

No respondió. Y esa vez no intenté llenar el silencio. Lo dejé ahí. Entre los dos. Por primera vez.

Después de esa noche entendí que algo había cambiado. No sabía exactamente qué. Pero ya no podía seguir fingiendo que las dudas de Alfonso no afectaban nuestra relación.

Afectaban todo. Nuestros planes. Mis expectativas.

La manera en que lo miraba. La manera en la que él me miraba.

Incluso los momentos felices tenían una pequeña sombra.

Porque ahora yo sabía que mientras yo estaba pensando en cómo construir un futuro juntos, él todavía estaba tratando de descubrir si quería ese futuro conmigo.

Y eso dolía. Muchísimo. Pero aun así me quedé. Porque todavía lo amaba. Y porque hay veces en que el corazón demora más que la razón en entender algo.

Un día, después de una de esas conversaciones difíciles, él me abrazó.

Apoyé la cabeza en su pecho. Escuché su corazón. Por un momento todo pareció estar bien.

—No quiero perderte —me dijo.

Cerré los ojos.

—Entonces no me pierdas.

Me abrazó más fuerte.

—Tengo miedo.

Levanté la cabeza.

—¿De qué?

Me miró.

—De lastimarte.

Sentí un nudo en la garganta.

—Ya me estás lastimando un poco.

No lo dije para hacerle un mal a él. Lo dije porque era verdad, era lo que sentía. Se quedó mirándome.

—Perdón.

Y yo también lo abracé. Porque lo amaba. Porque veía sus dudas. Porque entendía sus miedos. Porque todavía creía que podíamos encontrar una salida. Todavía.

Hoy, cuando recuerdo aquella época, me pregunto cuántas veces confundí amor con resistencia.

Pensaba que amar era quedarse. Esperar. Comprender. Dar otra oportunidad. Tener paciencia.

Y quizás algunas veces lo sea. Pero también aprendí que el amor no puede convertirse en una prueba de cuánto dolor somos capaces de soportar.

En ese momento todavía no lo sabía. Todavía pensaba que si me esforzaba un poco más, si esperaba un poco más, si lo amaba un poco mejor, Alfonso iba a encontrar la certeza que estaba buscando.

Así que hice lo único que sabía hacer. Me la jugué toda.

Sin imaginar que, mientras yo apostaba todo por nosotros, él todavía estaba decidiendo si quería jugar.

Y una noche, finalmente, llegó una conversación que cambiaría todo. La recuerdo perfectamente. Porque algunas conversaciones no terminan cuando uno se va. Algunas se quedan para siempre.

Y aquella todavía estaba por empezar.