Capítulo 2
Volver a creer
“Después de un corazón roto, volver a creer no significa olvidar el dolor; significa animarse a sentir otra vez.”
Después de Mauri aprendí algunas cosas. No muchas. Las suficientes para creer que sabía algo del amor.
Aprendí que no todo lo que empieza tan soñado termina bien. Que las personas pueden quererse y aun así separarse. Que extrañar a alguien no significa que tengas que volver. Y que, aunque en ese momento me parecía imposible, el corazón vuelve a latir después de una despedida.
Con el tiempo dejé de pensar tanto en él. O eso creía. Porque una no olvida realmente a las personas que amó por primera vez. Simplemente aprende a vivir en un mundo en el que ya no están.
Yo seguí creciendo.
Cambié de amigos, de lugares, de sueños. Cambié yo.
La niña que se miraba al espejo antes de salir ya no era la misma. Había aprendido a conocerme un poco más. Ya no necesitaba que alguien me dijera que era especial para sentir que lo era. O al menos eso pensaba.
Había pasado suficiente tiempo como para que el amor dejara de parecerme una urgencia. Ya no lo buscaba. Y quizás por eso apareció.
No hubo fuegos artificiales. No sonó ninguna canción de fondo. No sentí que el mundo se detuviera. Fue mucho más sencillo. Lo conocí. Y después volví a pensar en él. Eso fue todo.
Al principio fue una conversación. Después otra.
Y luego empezamos a encontrar excusas para vernos más seguido y seguir hablando.
—¿Siempre sos así? —me preguntó Alfon una vez.
—¿Así cómo?
—No sé... difícil de leer.
Me reí.
—¿Y vos siempre intentás leer a las personas?
—Solamente a las que me interesan.
Lo miré. No supe qué decir.
Y él sonrió como si hubiera conseguido exactamente la reacción que buscaba.
Ese tipo de momentos empezaron a repetirse. Una mirada. Una broma. Un mensaje. Una conversación que empezaba sin importancia y terminaba en horas de la madrugada.
Y sin darme cuenta, empecé a esperarlo. Esperaba sus mensajes. Esperaba verlo. Esperaba que me contara algo. Esperaba cualquier señal, por más chiquita que fuera, que me confirmara que lo que yo estaba sintiendo también estaba pasando del otro lado.
Una noche apareció un mensaje suyo.
“¿Estás despierta?”
Miré la pantalla. Era tarde. Me reí.
“Sí.”
La respuesta llegó enseguida.
“No sé por qué, pero tenía ganas de hablar contigo.”
Me quedé mirando esas palabras durante unos segundos. Después escribí:
“A mí también me pasa.”
Y fue en ese momento, aunque todavía no lo sabía, cuando algo empezó.
Con Alfonso todo parecía fácil.
Podíamos hablar durante horas. De cosas importantes y de cosas absolutamente absurdas. De nuestras familias. De nuestros miedos. De lo que queríamos hacer algún día. De lo que nos había pasado. De lo que todavía nos dolía.
Pero también podíamos reírnos por cualquier idiotez. Eso era lo que más me gustaba. No necesitaba estar pendiente de qué decir. Podía ser yo.
Y cuando encontrás a alguien con quien podés ser vos misma, hay una parte de tu corazón que empieza a bajar la guardia.
Eso fue lo que hice. Bajé la guardia. Sin darme cuenta.
Una tarde estábamos sentados juntos y él me miró durante unos segundos sin decir nada.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Ya sé.
—Entonces algo debe ser.
Se rió.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
Hizo una pausa.
—En que me gusta estar contigo.
No parecía exactamente una declaración de amor. Era una frase sencilla. Pero a mí me llegó muy adentro.
—A mí también me gusta estar contigo.
Alfonso bajó la mirada y sonrió. Yo también.
Y en ese pequeño silencio sentí algo que hacía mucho tiempo no sentía. Tranquilidad.
No eran las mariposas desesperadas del primer amor. Era otra cosa. Algo más profundo. Más sereno. Más adulto. Y por primera vez pensé: Quizás ahora sí.
No tardé demasiado en enamorarme.
Aunque durante un tiempo me negué a llamarlo así. Decía que simplemente me gustaba. Que estábamos bien. Que no había que ponerle nombre a todo.
Pero yo sabía la verdad. La sabía cada vez que veía su nombre aparecer en mi teléfono. Cada vez que esperaba verlo. Cada vez que una buena noticia era algo que quería contarle primero a él. Cada vez que algo me hacía pensar: Esto le va a causar gracia.
El amor empezó a ocupar pequeños lugares en mi vida hasta que, sin darme cuenta, terminó ocupándolos todos.
Y entonces llegó el momento en que tuve que reconocerlo. Estaba enamorada. Enamoradísima.
Pero esta vez era diferente. Ya no era la niña que pensaba que amar significaba necesitar. Ahora sentía que podía elegir. Y lo elegía a él, todos los días.
Una noche hablamos sobre el futuro. No recuerdo cómo llegamos a ese tema. Quizás fue una conversación cualquiera que terminó volviéndose importante.
—¿Vos pensás que existe eso de encontrar a una persona para toda la vida? —me preguntó.
Pensé unos segundos.
—No sé.
—¿No creés?
—Sí creo. Pero creo que también hay que construirlo.
Me miró.
—¿Construirlo?
—Sí. No creo que exista una persona perfecta que aparece y hace que todo funcione. Creo que dos personas se encuentran y deciden intentarlo.
Alfon se quedó callado.
—¿Y vos lo intentarías?
Lo miré.
—Sí.
—¿Conmigo?
Sonreí.
—Con vos.
Todavía recuerdo esa sensación. La seguridad. La certeza.
No sabía que algún día iba a recordar esa conversación de otra manera. No sabía que las mismas palabras que esa noche me hicieron sentir tan segura serían, años después, parte de una pregunta que no tendría respuesta.
Porque el amor también tiene esa costumbre.
Te deja creer que finalmente llegaste a destino. Y justo cuando empezás a acomodarte, mueve el mapa.
Al principio yo no lo noté. Él seguía siendo cariñoso. Seguíamos hablando de todo, todos los días. Seguíamos riéndonos juntos. Seguíamos haciendo planes a futuro.
Pero había algo. Una pequeña sombra. Una pausa más larga de lo normal. Una mirada que se quedaba en otro lugar. Un silencio que antes no estaba.
La primera vez que lo noté estábamos juntos, hablando de cualquier cosa. De repente se quedó callado.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Otra vez con el “nada”.
Sonrió, pero no era la misma sonrisa.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
—En nosotros.
Sentí un pequeño vacío en el estómago.
—¿Y?
No respondió inmediatamente.
Lo miré esperando. Finalmente dijo:
—No sé.
Dos palabras. Solamente dos. Pero fueron suficientes para que algo dentro de mí se moviera.
—¿No sabés qué?
Suspiró.
—No sé qué siento.
Me quedé quieta. No sabía qué decir.
Yo sí sabía. Yo sabía perfectamente qué sentía.
Lo miré y pensé que quizás simplemente necesitaba tiempo. Que quizás era normal tener miedo. Que quizás el amor también consistía en acompañar las dudas del otro.
Así que hice lo que tantas veces hacemos cuando queremos que una historia funcione. Me quedé.
Le dije:
—No tenés que saber todo ahora.
Me miró.
—¿No?
Negué con la cabeza.
—No. Podemos descubrirlo juntos.
Me agarró la mano. Y yo apreté la suya.
En ese momento todavía creía que el amor podía vencer cualquier duda. Todavía no sabía que algunas dudas no necesitan respuestas. Necesitan decisiones.
Después de esa conversación, intenté no pensar demasiado.
Seguimos. Yo seguí queriéndolo. Quizás incluso más. Porque cuando sentimos que podemos perder algo, a veces empezamos a cuidarlo con una fuerza que antes no necesitábamos.
Yo quería demostrarle que valía la pena. Que nosotros valíamos la pena. Que aquello que habíamos construido no podía desaparecer simplemente porque él tuviera miedo.
No quería presionarlo. No quería exigirle. No quería convertirme en alguien que preguntaba todo el tiempo: ¿Me querés? ¿Me amás?
Así que elegí confiar. Y durante un tiempo funcionó. O eso quise creer.
Hasta que una noche, mientras caminábamos juntos, él volvió a detenerse.
—Cami.
—¿Sí?
Me miró.
Esta vez no sonreía.
—Tenemos que hablar.
Sentí que el corazón me golpeaba fuerte contra el pecho.
—¿Sobre qué?
Bajó la mirada.
Después volvió a mirarme.
Y dijo algo que nunca olvidé. Algo que, muchos años después, todavía puedo escuchar exactamente con la misma voz.
—No sé si puedo darte el amor que vos me estás dando.
Y por primera vez desde que lo había conocido, tuve miedo. No de perderlo. Todavía no. Tuve miedo de descubrir que quizás yo había llegado al lugar que creía definitivo… y él todavía estaba buscando el camino para llegar.