Capítulo 1
La niña que creía en el amor
“Antes de aprender a elegirme, pasé mucho tiempo esperando que alguien me eligiera.”
Hay recuerdos que no desaparecen.
Pueden pasar diez, veinte o treinta años y, de pronto, una canción, un perfume o una calle cualquiera consigue abrir una puerta que creíamos cerrada.
Y entonces volvemos.
Volvemos a tener la edad de aquel recuerdo. Volvemos a sentir lo mismo.
Yo todavía puedo volver de a ratos a ser esa Cami.
La recuerdo sentada frente al espejo, arreglándose el pelo más veces de las necesarias. Tenía esa mezcla de nervios y emoción que solamente se siente cuando alguien empieza a importarte demasiado.
No sabía exactamente qué estaba haciendo. Pero sabía que quería verme linda.
—¿Por qué te estás arreglando tanto? —me preguntó mamá desde la puerta.
Me miré en el espejo.
—No me estoy arreglando tanto.
La respuesta salió demasiado rápido. Eso era una señal. Cuando uno necesita explicar que algo no importa, generalmente es porque importa muchísimo.
Sonreí.
Tenía esa sonrisa que aparece cuando una está intentando esconder una ilusión.
Él era mayor que yo. Siete años.
En aquel momento, sin embargo, siete años no me parecían una distancia. Me parecían apenas un número.
Yo solamente veía lo que quería ver. Veía su seguridad. Su manera de hablar. La forma en que parecía conocer cosas que para mí todavía eran nuevas.
Cuando estaba con él, sentía que el mundo se volvía un poco más grande.
Y yo quería conocerlo entero.
—¿Vas a salir? —volvieron a preguntarme.
—Sí.
—¿Con quién?
Hice una pequeña pausa.
—Con Mauri.
Decir su nombre en voz alta me provocaba algo extraño. Como si pronunciarlo hiciera que todo fuera más real. Como si, de alguna manera, alguien pudiera descubrir lo que estaba empezando a sentir.
Salí de casa intentando aparentar tranquilidad. Pero iba pendiente de todo.
De mi ropa. De mi pelo. De mi perfume. De cómo caminar. De cómo mirarlo. De cómo no mirarlo demasiado.
Porque cuando una es adolescente cree que enamorarse también consiste en aprender a comportarse frente a la persona que te gusta.
Yo todavía no sabía que el amor no se aprende. Se siente. Y a veces se siente antes de que tengamos palabras para explicarlo.
Cuando lo vi, el corazón me dio ese pequeño salto que después reconocería tantas veces en mi vida.
Él sonrió. Yo también.
—Hola.
—Hola.
Una misma palabra, dos veces. Nada más. Y, sin embargo, para mí significaba muchísimo. Nos pusimos a hablar como si nada.
Yo intentaba escuchar lo que decía, pero una parte de mí estaba ocupada observándolo.
Me gustaba su voz. Me gustaba cuando se reía. Me gustaba esa sensación de estar junto a alguien que me hacía sentir diferente.
En un momento me preguntó:
—¿Estás nerviosa?
—No.
Se rió.
—Sí, estás nerviosa.
—Bueno, un poco.
—¿Por qué?
No supe qué responder.
¿Cómo podía decirle que estaba nerviosa porque me gustaba? ¿Cómo explicarle que, de repente, todo lo que él hacía parecía importante?
Así que me encogí de hombros.
—No sé.
Él volvió a sonreír. Y yo pensé que quizás eso era el amor. Sentir que una sonrisa podía cambiarte el día.
Con él llegaron muchas primeras veces. No necesariamente todos grandes acontecimientos.
A veces eran cosas más pequeñas. Una conversación que duraba más de lo esperado.
Un mensaje que esperaba durante horas. Una llamada que no quería terminar.
Una mirada que me hacía sentir especial. Una despedida que quería prolongar.
Yo iba descubriendo, poco a poco, que el amor también estaba hecho de espera. Esperar que escribiera. Esperar para verlo. Esperar que me dijera que me quería. Esperar que eligiera estar conmigo.
Y, sin darme cuenta, empecé a medir mis días según su presencia.
Cuando estaba, todo parecía estar bien. Cuando no estaba, algo faltaba.
Eso debería haberme enseñado algo. Pero yo era demasiado joven para entenderlo.
A esa edad uno cree que amar mucho es una virtud suficiente. Que mientras el sentimiento sea verdadero, todo lo demás puede resolverse. Que si dos personas se quieren, tienen que poder estar juntas.
Yo todavía creía en esas cosas, quizás por eso fui tan feliz. Y quizás por eso dolió tanto cuando descubrí que no siempre funcionan así.
Una tarde caminábamos juntos.
No me acuerdo exactamente de qué hablábamos. Me acuerdo del cielo. Me acuerdo del aire. Me acuerdo que yo estaba feliz.
Él me miró.
—¿Sabés que sos muy especial para mí?
Sentí que algo se prendía dentro de mí.
—¿De verdad?
—Sí.
Sonreí.
No necesitaba nada más. No quería nada más.
En ese momento me alcanzaba con saber que alguien me había elegido.
Hoy, tantos años después, pienso en aquella mujercita y me dan ganas de abrazarla. Decirle que no necesita que nadie la elija para saber cuánto vale.
Pero entonces no lo sabía. Entonces necesitaba sentirme especial para alguien. Y él consiguió hacerme sentir así.
Por eso fue importante. Porque fue el primero. El primero que hizo que mi corazón entendiera algo que mi cabeza todavía no podía explicar.
Con el tiempo aparecieron también las primeras dudas. No llegaron de golpe. Llegaron despacio. Como llegan casi siempre las cosas que terminan rompiéndonos.
Una conversación diferente. Una distancia que antes no existía. Una respuesta que no era la que esperaba. Una sensación difícil de explicar.
—¿Estás bien? —le pregunté una vez.
—Sí.
—Te noto raro.
—No pasa nada.
Quise creerle. Claro que quise creerle. Cuando queremos mucho a alguien, a veces preferimos creer en sus palabras antes que nuestras propias sensaciones.
Yo todavía estaba aprendiendo a escucharme. Así que dejé pasar esa incomodidad. Y luego otra. Y otra. Por un tiempo aprendí a vivir incómoda. Hasta que entendí algo que me costó aceptar: el amor no siempre termina con una gran pelea.
A veces empieza a terminar en silencio. En pequeñas cosas. En espacios que antes no existían. En palabras que dejan de decirse. En dos personas que poco a poco comienzan a caminar en direcciones diferentes sin darse cuenta.
No me acuerdo cuál fue exactamente el día en que terminó. Quizás porque cuando una historia termina, el corazón no siempre acepta la fecha. La cabeza puede decir: Fue ese día. Pero el corazón responde: No. Terminó mucho antes.
Lo que sí me acuerdo es cómo me sentí: vacía. Como si alguien hubiera apagado una luz que yo todavía necesitaba.
Por primera vez entendí que alguien podía formar parte de tus días y de un día para otro dejar de hacerlo. Que podías acostumbrarte a una voz y tener que aprender nuevamente a vivir con el silencio. Que podías extrañar incluso aquello que sabías que ya no funcionaba.
Lloré. Lloré mucho.
Por él. Por mí. Por lo que habíamos sido. Y también por lo que había imaginado que seríamos. Porque ésa es una de las cosas más dolorosas de perder un amor: no solamente perdemos a la persona. También perdemos el futuro que habíamos construido alrededor de ella.
Con los años entendí que aquel primer amor no tenía que ser perfecto para ser importante. Fue lo que pudo ser. Fue lo que yo pude vivir con la edad que me tocó y con las herramientas que tenía.
No lo juzgo. Tampoco me juzgo.
Aquella Cami amaba con todo lo que sabía. Y eso era suficiente.
Lo que ella todavía no sabía era que aquel hombre no sería el último. Ni siquiera sería el amor que más la marcaría.
Después de él vendrían otros. Uno, especialmente, le haría creer que finalmente había encontrado al hombre de su vida. Y otro le enseñaría la lección más difícil de todas.
Pero eso todavía estaba lejos. Mucho más lejos de lo que yo podía imaginar aquella tarde en que, con los ojos llenos de lágrimas, me prometí que nunca volvería a enamorarme así.
Qué poco sabía entonces. Porque años después volvería a mirar a alguien de la misma manera. Volvería a sentir mariposas. Volvería a confiar. Volvería a entregar el corazón. Y esta vez, sin saberlo, estaría dispuesta a apostarlo todo.