DESPUÉS DE TODOS ELLOS, YO Capítulo 4
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Capítulo 4

El amor que no alcanzó

“Hay amores que no terminan porque dejan de existir, sino porque ya no alcanzan para que dos personas puedan quedarse.”

Después de tantas conversaciones, decidimos dar un paso más. Irnos a vivir juntos. No sé si fue una decisión tomada de golpe o si, en realidad, veníamos caminando hacia ella desde hacía mucho tiempo.

Quizás los dos necesitábamos creer que cambiar de escenario podía cambiar también lo que nos estaba pasando.

Yo quería pensar que sí. Quería creer que compartir una casa, despertarnos juntos, hacer las compras, cocinar, volver del trabajo y encontrarnos al final del día iba a ayudarnos a construir aquello que tantas veces habíamos hablado.

Una vida. Nuestra vida.

—¿Estás segura? —me preguntó Alfonso una noche. Estábamos sentados en el piso, rodeados de cajas.

—Sí.

—Es un montón.

—Ya sé.

Sonrió.

—¿Y no te da miedo?

Lo miré.

—Sí.

—¿Entonces?

Me acerqué un poco más.

—Que me dé miedo no significa que no quiera hacerlo.

Alfonso me agarró de la mano.

—¿Y si las cosas no salen como pensamos?

Lo miré durante unos segundos.

—Entonces veremos qué hacemos.

No le dije lo que realmente pensaba. Esta vez va a funcionar. Eso era lo que quería creer.

Los primeros días de convivencia fueron extraños. Hermosos y extraños.

De repente, esa persona que antes esperaba durante horas para ver estaba ahí. Todos los días. Al lado mío. Su ropa estaba en el placard. Su cepillo de dientes junto al mío. Sus cosas ocupaban espacios que antes estaban vacíos. Y había algo profundamente emocionante en esas pequeñas cosas.

Una mañana me desperté antes que él. El cuarto estaba en silencio. Entraba un poco de luz por la ventana y Alfonso dormía a mi lado.

Me quedé mirándolo. Pensé en todo lo que habíamos vivido para llegar hasta ahí. En Mauri. En todo lo que había aprendido después de aquella primera historia. En las dudas de Alfonso. En todas las veces que había pensado que quizás necesitábamos tiempo.

Y sonreí. Porque, por un instante, sentí que finalmente habíamos llegado.

Me levanté despacio para no despertarlo. Fui a la cocina. Puse a calentar agua para el café. Y mientras preparaba el desayuno pensé: Esto es lo yo que quería.

No sabía que a veces conseguir lo que uno quiere no significa que sea lo que necesita.

Convivir también nos mostró cosas que antes no veíamos.

Las pequeñas. Las que aparecen cuando ya no hay una cita preparada, ni una conversación especial, ni tiempo para extrañarse.

Estaban los días buenos. Y estaban los otros. Los días en que uno llegaba cansado. Las cuentas. Las compras. El desorden. Quién cocinaba. Quién limpiaba. Quién se había olvidado de comprar algo.

—Alfonso, te pedí que compraras leche.

—Me olvidé.

—Te lo mandé por mensaje.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué no la compraste?

—Porque me olvidé, Cami.

Respiré hondo.

—Está bien.

—No, no está bien. Estás enojada.

—No estoy enojada.

Me miró.

—Sí, estás.

—Estoy cansada.

Se hizo un silencio.

Después se acercó y me abrazó.

—Perdón.

Y yo lo abracé también. Porque no quería que una bolsa de leche se convirtiera en una pelea. Porque lo amaba. Porque todavía pensaba que todas las cosas podían arreglarse hablando. Y porque había aprendido a ceder antes de aprender a preguntarme si siempre quería hacerlo.

Pero las dudas seguían ahí. No se habían ido con la convivencia. No desaparecieron porque ahora compartíamos una cama. No se fueron porque teníamos una casa. Simplemente cambiaron de lugar.

Antes aparecían en nuestras conversaciones. Ahora aparecían en sus silencios. A veces llegaba del trabajo y lo encontraba distante.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

Ya conocía esa palabra.

—Alfonso.

—De verdad, nada.

—Te conozco.

Él sonreía.

—Y yo a vos.

—Entonces sabés que me doy cuenta.

Me miraba. A veces me abrazaba. A veces cambiaba de tema. Y yo, otra vez, intentaba entender.

Había noches en las que hablábamos durante horas. Y otras en las que sentíamos que estábamos a kilómetros de distancia aunque estuviéramos acostados en la misma cama.

Una de esas noches recuerdo haberme dado vuelta hacia él.

—¿Estás despierto?

—Sí.

—¿Podemos hablar?

Suspiró.

—Sí.

Me incorporé.

—¿Seguís teniendo dudas?

Se quedó mirando el techo.

—Sí.

Sentí ese vacío conocido.

—¿Sobre nosotros?

—Sí.

—¿Sobre mí?

—No es sobre vos.

—Pero estoy yo.

Se quedó callado.

—No sé cómo explicártelo.

—Intentá.

Giró la cabeza y me miró.

—Siento que vos estás mucho más segura que yo.

—Porque lo estoy.

—Ese es el problema.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque siento que no puedo estar a la altura de lo que vos sentís.

No sabía si abrazarlo o llorar.

—Alfonso, yo no te estoy pidiendo que estés a la altura de nada.

—Pero yo sí me lo pido.

—Entonces eso es algo que tenés que resolver vos.

Lo dije con calma. Pero por dentro empezaba a entender algo que todavía me costaba aceptar. Sus dudas no tenían que ver conmigo. Y yo no podía resolverlas por él.

Pasaron los meses. La convivencia se volvió rutina. Y la rutina, a veces, tiene una forma extraña de mostrarte la verdad.

Ya no había manera de esconderse detrás de los momentos especiales. Éramos nosotros. Todos los días. Con nuestras virtudes. Con nuestros defectos. Con nuestras ganas. Con nuestros miedos.

Y yo empecé a sentirme sola estando acompañada. Eso fue lo que más me dolió. Porque él estaba ahí. Pero yo no sentía que estuviera conmigo del todo. Yo seguía intentando. Seguía preguntando. Seguía escuchando. Seguía cuidando. Seguía imaginando.

Y cada vez me preguntaba más seguido: ¿Hasta cuándo?

Entonces apareció la posibilidad de un viaje. Un trabajo en el exterior. Un nuevo país. Una nueva ciudad. Otra oportunidad.

Cuando me lo contó, lo miré sorprendida.

—¿Solo por un tiempo?

—Sí.

—¿Los dos?

Asintió.

—Si querés.

No necesité pensarlo demasiado.

—Quiero.

Quizás fue la última gran apuesta que hice por nosotros. Porque en el fondo pensé que quizás necesitábamos eso.

Estar lejos de todo. De nuestras familias. De nuestros amigos. De los lugares conocidos. De las historias que ya traíamos.

Pensé que, si empezábamos de cero, quizás podríamos encontrarnos de nuevo. Quizás Alfonso finalmente pudiera dejar atrás sus dudas. Quizás nosotros pudiéramos ser solamente nosotros. Sin pasado. Sin miedo. Sin preguntas.

Yo quería creerlo. Y él también pareció quererlo.

El día del viaje sentí una mezcla extraña de emoción y miedo. El aeropuerto estaba lleno de gente. Valijas. Abrazos. Despedidas. Personas corriendo para no perder vuelos.

Yo llevaba una valija demasiado pesada y el corazón todavía más cargado.

Alfonso me miró mientras esperábamos.

—¿Nerviosa?

—Muchísimo.

—Yo también.

Sonreí.

—¿Te arrepentís?

Me miró.

—No.

Me acerqué y lo abracé. Cerré los ojos.

Esta vez sí. Eso pensé.

El nuevo país nos recibió con clima cálido, calles desconocidas y una sensación permanente de estar empezando.

Los primeros meses fueron intensos. Descubrimos lugares. Aprendimos a movernos. Nos equivocamos. Nos perdimos. Nos reímos mucho. Lloramos un poco. Hicimos nuevos amigos. Hacíamos muchas cosas juntos.

Y hubo días en los que pensé que todo había valido la pena. Una tarde caminábamos por una calle que no conocíamos. Hacía frío y yo tenía las manos escondidas en los bolsillos. Alfonso me agarró una de ellas.

—¿Estás feliz?

Lo miré.

—Sí.

—¿De verdad?

Sonreí.

—Sí.

Él también sonrió.

Y por un momento fuimos solamente dos personas caminando por una ciudad desconocida. Sin dudas. Sin pasado. Sin miedo. Solamente nosotros.

Pero los momentos así empezaron a ser cada vez más cortos.

Con el tiempo, las dudas volvieron. Y esta vez no había ningún lugar al que escapar.

—¿Estás bien? —le pregunté una noche.

Estábamos cenando.

—Sí.

—No parecés estar bien.

—Estoy cansado.

—¿De qué?

Me miró.

—De pensar.

Bajé los cubiertos.

—¿En qué?

Suspiró.

—En todo.

—¿Otra vez nosotros?

No respondió. Y esa falta de respuesta fue suficiente.

—Alfonso.

—No quiero lastimarte.

Sentí que algo dentro de mí se apagaba.

—Ya me lastimás cuando no me decís la verdad.

—No sé qué querés que te diga.

—La verdad.

—La verdad es que sigo sin saber.

Miré mi plato. Ya no tenía hambre.

—¿Después de todo este tiempo?

—No es tan fácil.

—Para mí sí.

Levantó la mirada.

—¿Qué querés decir?

Lo miré.

—Que yo sé que te quiero y cómo te quiero.

Silencio.

—Y sé que quiero estar con vos.

Otro silencio.

—No puedo seguir esperando que algún día vos sepas lo mismo.

Él bajó la mirada.

—Cami...

—No.

Me levanté de la mesa.

—No quiero discutir.

—Entonces, ¿qué querés hacer?

No le respondí. Porque todavía no lo sabía. Pero por primera vez, la pregunta ya no era cómo salvar nuestra relación. Era cuánto de mí estaba dispuesta a perder para mantenerla.

Los días siguientes fueron difíciles. Nos hablábamos menos. Nos mirábamos distinto. Seguíamos viviendo bajo el mismo techo, pero algo se había roto.

Yo empecé a caminar sola. A recorrer la ciudad. A sentarme en cafés. A escribir. A pensar. Y cuanto más pensaba, más clara se volvía una verdad que había tratado de evitar durante mucho tiempo.

Yo no podía hacerlo por los dos. Podía amar. Podía esperar. Podía comprender. Podía acompañar.

Pero no podía decidir por él. No podía darle certezas que no tenía. No podía convencerlo de amarme. Y tampoco podía seguir viviendo de las posibilidades.

Una tarde volví a casa antes de lo previsto.

Alfonso estaba sentado en el sillón. Me miró.

—Tenemos que hablar.

Sentí que esas palabras ya no me daban miedo. Antes me habrían hecho temblar. Esta vez no.

Dejé las llaves sobre la mesa. Me senté frente a él.

—Sí.

—¿Estás segura?

Lo miré. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que sí.

—Sí.

Él respiró hondo.

—No quiero perderte.

Me dolió escucharlo. Porque todavía lo amaba. Pero había algo que había cambiado.

—Yo tampoco quería perderte.

—Entonces...

Negué suavemente con la cabeza.

—No alcanza.

Se quedó callado.

—Te quiero, Alfonso.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero ya no puedo seguir esperando que algún día estés seguro de querer estar conmigo.

—Cami...

—No te culpo.

Una lágrima me cayó por la mejilla.

—De verdad que no.

Él también tenía los ojos húmedos.

—Entonces, ¿por qué?

Tragué saliva.

—Porque yo también tengo que elegirme.

Y decirlo en voz alta me dolió más de lo que imaginaba. Pero también me dio una paz extraña. Como si después de tanto tiempo hubiera dejado de correr detrás de algo.

Esa noche no dormí. Miré el techo durante horas. Pensé en todo. En mi familia y amigos que habían quedado en Uruguay. En la niña que había sido. En Alfonso. En todos los momentos hermosos. En las discusiones. En las dudas. En aquel primer “¿Conmigo?” al que yo había respondido “Con vos”.

Y lloré. Lloré porque lo amaba. Lloré porque no quería que terminara. Lloré porque sabía que tenía que terminar.

Y quizás eso fue lo más difícil de aprender: que algunas veces terminar una relación no significa dejar de amar. Significa aceptar que el amor, por sí solo, no siempre alcanza.

A la mañana siguiente preparé mi valija. Alfonso estaba en la puerta del cuarto. Me miraba en silencio.

—¿Te vas hoy?

Asentí.

—Sí.

—¿Te volvés?

Lo miré. Y esa pregunta me atravesó.

—Sí.

—¿Sola?

Sentí un nudo en la garganta.

—Sí.

Se acercó. Nos quedamos frente a frente. Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Después me abrazó. Y yo también. Fue uno de esos abrazos que parecen contener una historia entera.

No hubo reproches. No hubo gritos. No hubo culpables. Solamente dos personas que se habían querido mucho y que, de alguna manera, ya no podían seguir queriéndose de la misma forma.

Cuando nos separamos, Alfonso me miró.

—Perdón.

Cerré los ojos.

—Yo también.

—¿Por qué vos?

Sonreí entre lágrimas.

—Por haber tardado tanto en entender.

En el aeropuerto llevaba solo un par de valijas. Pero sentía que estaba dejando atrás mucho más que un año en el exterior.

Estaba dejando una relación. Una casa. Una vida que había imaginado. Una versión de mí que había pasado demasiado tiempo intentando que alguien estuviera seguro de elegirme.

Miré por la ventana mientras el avión despegaba. La ciudad se hacía cada vez más chiquita. Y por primera vez no sentí que estaba huyendo.

Estaba volviendo. Volviendo a casa. Volviendo a mí.

No sabía todavía cuánto iba a doler. No sabía cuánto tiempo iba a tardar en dejar de extrañarlo. No sabía si algún día podríamos volver a ser amigos. Ni siquiera sabía quién iba a ser yo después de todo aquello.

Pero mientras miraba las nubes desde la ventanilla, entendí algo. A veces el final no llega cuando dejamos de amar. Llega cuando finalmente entendemos que también tenemos que amarnos a nosotros mismos.

Y yo todavía no sabía que aquella decisión iba a abrir la puerta a una historia completamente distinta. Una historia que, al principio, parecería amistad. Y que terminaría enseñándome una de las lecciones más difíciles de mi vida.