Después de olvidarte Dos años después #3
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Dos años después #3

Cada cierto tiempo me mira y tengo la certeza absoluta de que sabe exactamente lo que estoy pensando. Le basta con estar aquí, sentado en mi cocina un sábado por la mañana, disfrutando de un desayuno que no necesitaba mientras contempla cómo intento expulsarlo telepáticamente de Sacramento.

—¿Queréis más café? —me pregunta Ivy.

Niego con la cabeza.

Wes levanta su taza.

—Yo sí.

Por supuesto.

Ivy se levanta para coger la cafetera y aprovecho el momento para mirar el reloj. Las diez y cincuenta y tres.

Miro a Wes. Él mira el reloj, después me mira a mí y sonríe.

Entrecierro los ojos.

Aquí pasa algo raro.

Antes de que pueda decidir cuánto de raro, Ivy vuelve a sentarse y la conversación continúa. A las once y siete empiezo a plantearme preguntarle directamente cuánto tiempo piensa seguir en mi casa. A las once y nueve decido que me da igual que Ivy esté delante y voy a echarlo.

Abro la boca.

El sonido de un coche entrando en la propiedad me distrae.

No le prestaría atención si no fuera porque Wes levanta la vista un segundo hacia la ventana y después vuelve a su café.

Entrecierro los ojos.

Me levanto con la excusa de coger un vaso de agua y me acerco lo suficiente para mirar hacia fuera. Reconozco el coche de Ray.

No. Esto no puede estar pasando.

Salgo pitando.

—¿Dónde vas? —pregunta Ivy.

—Ahora vuelvo.

Cruzo la cocina, llego a la entrada y cierro la puerta detrás de mí justo cuando el coche termina de aparcar detrás del de Wes.

Bajo los escalones del porche mientras Ray apaga el motor.

La puerta del conductor se abre.

—Pero tío, ¿qué hacéis aquí?

Lo digo en voz baja, acercándome antes de que tenga tiempo siquiera de salir del todo.

Ray pone un pie en el suelo.

—Buenos días.

—No. Buenos días no. ¿Qué haces aquí?

—Hemos venido a pasar el día.

La puerta del copiloto se abre y sale Eli con las gafas de sol puestas.

—Buenos días, mi querido Noah —dice ella a modo de saludo.

—Largo.

—Yo también me alegro de verte.

Me giro hacia Ray, que está riéndose, y yo tengo que recordarme que es mi mejor amigo y que normalmente me gusta tenerlo cerca.

Hoy no es normalmente.

—Relájate, Carter. Te veo muy estresado. Hemos venido a ver a los futuros novios.

—Ayer se quedó dormida —murmuro.

Eso consigue que deje de sonreír durante medio segundo.

—¿En serio?

—Como te rías…

Ray se muerde el interior de la mejilla.

—¡TÍO NOAH!

Maisie me ha visto. Mierda.

Echa a correr antes de que pueda pedirle a Ray que vuelva a meter a todo el mundo en el coche. Se me lanza encima y consigo agarrarla a tiempo.

—¡Hemos venido de sorpresa!

—Ya veo.

—Papá no quería decirme para qué.

Miro a Ray.

Él encuentra de repente algo fascinante en el jardín.

—¿Ah, no?

—No. Solo ha dicho que nos íbamos a Sacramento.

—Qué misterioso.

—¿Dónde está la tía Ivy?

No respondo lo bastante rápido.

Maisie mira hacia la casa.

—¡TÍA IVY!

—No grites.

Grita más fuerte.

—¡TÍA IVY!

—Maisie, por favor, no grites tanto.

—¡TÍA IVY!

Fantástico.

La puerta de casa se abre y Ivy aparece en el porche, mira a Maisie, después a mí, después al coche.

—¡¿MAISIE?!

Ya está. Treinta segundos: eso es lo que ha durado mi operación de contención.

Maisie se baja de mis brazos y corre hacia ella. Ivy la recibe riéndose y, en cuanto levanta la vista y descubre a Eli detrás, abre todavía más los ojos.

—¡¿Pero qué hacéis aquí?!

Eli sube al porche para abrazarla.

—Hemos venido a pasar el día.

—¡¿Y por qué no me habéis dicho nada?!

—Queríamos darte una sorpresa.

Desde la ventana de la cocina veo a Wes, apoyado contra la encimera con la taza en la mano. Sonríe.

Esto está organizado. No sé hasta qué punto, pero está organizado.

Y voy a averiguarlo.

—Noah.

Me giro.

Dar está junto al coche, con Newman en brazos.

—No.

Dar frunce el ceño.

—Todavía no he dicho nada.

—¿También ha venido el gato?

Newman me mira.

Yo miro a Newman.

Ninguno de los dos parece especialmente contento con la situación.

—No podía dejarlo solo —dice Dar.

—Es un gato. Ese es prácticamente un sueño hecho realidad para él.

—A Newman le gusta la compañía.

—A Newman le gusta la comida.

El gato sigue observándome con aires de suficiencia. Me agacho un poco hacia él.

—Tú tampoco querías venir, ¿verdad, pequeño?

Newman parpadea despacio.

—¿Ves? —digo—. Estamos de acuerdo.

—No hables por mi gato.

Entonces veo algo azul asomando del bolso de Dar.

Levanto la vista.

Ella sigue la dirección de mis ojos y coloca una mano encima.

—¿Has traído la pajarita?

—Por si cambias de opinión.

—No voy a cambiar de opinión.

—Le queda preciosa.

—No pienso darle el anillo a Newman.

—No tienes que dárselo. Se lo ato yo.

—Eso es todavía peor.

Dar pone los ojos en blanco, deja a Newman en el suelo y se dirige hacia la casa tirando de la correa de lentejuelas con la que pasea a su mascota.

Miro a todos: Ivy está abrazando a Eli, Maisie ya ha entrado, Dar va detrás, Ray carga con la mochila de juguetes de su hija y mi hermano sigue disfrutando de todo este espectáculo a través de la ventana.

Vale. Puedo manejarlo.

Pasan unas horas aquí y consigo echarlos antes de la hora de comer.

Esta tarde sigo teniendo a Ivy para mí.

Todavía tengo un plan.

Entonces escucho otro motor.

Ray se detiene.

Me giro.

El coche entra en la propiedad y aparca detrás del suyo.

Reconozco el vehículo.

—Ray.

—Antes de que te enfades…

—Ray.

La puerta del conductor se abre y el entrenador Brooks, el padre de Ivy, baja del coche.

Se acabó.

Hasta ese momento todavía conservaba una mínima esperanza de poder echar a todo el mundo de mi casa antes de comer.

Ya no.

No voy a decirle a mi futuro suegro que se vuelva a Crescent Hollow.

Quiero casarme con su hija.

Y quiero sobrevivir para hacerlo.

Cecilia baja por el otro lado y, antes de que haya cerrado la puerta, Ivy aparece detrás de mí.

—¡¿MAMÁ?!

Me aparta. Otra vez.

Empiezo a sospechar que mi única función en esta casa es abrir puertas para que mi novia pueda empujarme.

—¡¿Qué hacéis aquí?!

Cecilia abre los brazos y Ivy baja los escalones para abrazarla.

El entrenador Brooks se acerca más despacio.

Me mira.

Yo lo miro.

Hay un momento de silencio.

—Carter.

—Entrenador.

Me tiende la mano.

Se la estrecho.

—Bonita mañana.

—Sí, señor.

Ray tose detrás de mí. No necesito girarme para saber que se está riendo.

El entrenador Brooks mira hacia la casa.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

—Pareces tenso.

—No, señor.

—¿Seguro?

—Completamente.

Me da una palmada en el hombro.

—Pues relájate, hijo.

Pasa a mi lado y entra en casa.

Ray espera hasta que está lo bastante lejos.

—«Sí, señor».

Lo miro.

—«No, señor».

—Cállate.

—«Perfectamente, señor».

—Te voy a echar de mi casa.

Sonríe.

—Ahora ya no.

Tiene razón. Ray me da una palmada en el hombro y entra.

Me quedo solo en el porche. Son las once y diecinueve de la mañana.

Ayer, a esta misma hora, tenía un plan.

Ahora tengo ocho okupas y un gato en mi casa.

✽✽✽

A las cuatro y media de la tarde he aceptado mi derrota.

Durante la comida he interpretado cada movimiento como una señal de retirada: cuando Cecilia ha empezado a recoger los platos, he pensado que se iban, pero solo quería quitar las cosas de enmedio.

Cuando el entrenador Brooks se ha levantado de la mesa, me he incorporado en la silla con esperanza, pero solo iba al baño.

Ahora la casa es una mezcla de vasos a medio terminar y conversaciones cruzadas entre el salón y la cocina.

Newman duerme estirado en mitad de la alfombra, panza arriba y con una pata apoyada contra el sofá.

Dar insiste en que el gato mejora la propuesta, pero Dar está equivocada.

Wes sigue en una esquina del sofá dedicándome esa pequeña sonrisa de suficiencia cada vez que me mira.

Ivy, en cambio, está feliz. Ha pasado la comida hablando con su madre, discutiendo con Ray sobre una historia de Crescent Hollow y prometiéndole a Maisie que un día podrá ir con ella a la universidad. Ahora está sentada en el suelo, apoyada contra mis piernas, enseñándole fotos a Eli.

La miro y me resigno: el plan original no incluía a ocho personas de público ni a un gato de ocho kilos durmiendo a dos metros. Solo me queda esperar, ¿no?

En algún momento tendrán que marcharse, no pueden quedarse aquí para siempre... ¿o sí?

—Vale, tengo una pregunta.

La voz de Ivy consigue que vuelva a prestar atención a la conversación. Ha dejado el teléfono sobre la mesa y está mirando a su alrededor, haciendo ese movimiento de nariz de cuando algo no termina de cuadrarle.

—¿Qué hacéis todos aquí?

Nadie contesta.

No es un silencio dramático. Es peor.

Es el silencio de ocho personas que no se han puesto de acuerdo sobre qué iban a decir cuando llegara esta pregunta.

Ray bebe.

Eli mira a Ray.

Cecilia se interesa muchísimo por la botella de vino y Dar baja la vista hacia Newman como si el gato pudiera proporcionarle una coartada. Wes ni siquiera hace el esfuerzo. Se limita a apoyar un brazo sobre el respaldo del sofá y esperar.

Fantástico.

Ivy se ríe un poco.

—No, en serio. ¿Qué pasa?

—Nada —dice Eli demasiado rápido.

Ivy la mira.

—Eso ha sonado sospechosísimo.

—Solo hemos venido a veros.

—Todos.

—Sí.

—El mismo día.

Eli sonríe.

Mal.

Muy mal.

Ivy gira la cabeza hacia su madre.

—¿Mamá?

—Nos apetecía venir a Sacramento.

—Papá odia conducir hasta Sacramento.

Desde el otro sillón, el entrenador Brooks levanta la vista.

—No odio conducir hasta Sacramento.

Ivy arquea una ceja.

—La última vez dijiste que preferías hacerte una colonoscopia.

Wes se atraganta con la cerveza.

—Ese día había mucho tráfico —dice el entrenador Brooks.

Durante unos segundos parece que eso va a bastar para pasar de la conversación.

Pero no ocurre.

—Y tú —dice de repente.

Wes deja de reírse.

—¿Yo qué?

—Has aparecido esta mañana sin avisar. ¿Y si no hubiésemos estado?

—Me gusta arriesgarme.

Ivy entrecierra los ojos.

—¿Sabías que venían?

Mi hermano podría mentir.

Pero no lo hace.

Sonríe.

Ivy deja escapar una risa incrédula y mira otra vez alrededor. Empieza por Wes, pasa a Ray, después a Eli, a sus padres, a Dar. Hasta Maisie parece darse cuenta de que algo raro está ocurriendo porque ha dejado de preguntar qué es una colonoscopia.