Dos años después #4
Entonces todos hacen exactamente lo que no deberían hacer.
Me miran a la vez.
Joder.
Ivy tarda un segundo en seguir la dirección de las miradas y encontrarse conmigo detrás de ella.
—¿Noah?
—Hola.
Ivy gira el cuerpo para poder verme mejor y todavía tiene una sonrisa en la cara, aunque ahora es más pequeña.
—¿Tú sabes qué hacen aquí?
Podría decir que no.
Teniendo en cuenta cómo ha ido el día, añadir una mentira más a la colección tampoco supondría una gran diferencia. Esta mañana intenté convencerla de que mi hermano era un grupo de niños peligrosos. Mi credibilidad ya está bastante dañada.
—Más o menos.
La sonrisa desaparece.
—¿Más o menos?
Wes se mueve en el sofá.
Lo miro.
Se queda quieto.
Bien.
Ivy apoya una mano sobre mi rodilla.
—¿Ha pasado algo?
El cambio en su voz hace que deje de prestarle atención a todos los demás.
—No.
—Entonces, ¿por qué está aquí todo el mundo?
—Porque son idiotas.
Ray protesta desde algún sitio, pero ni siquiera lo miro.
Ivy sí. Mira a Ray, después a Wes y finalmente vuelve a mí. Hay una pequeña arruga entre sus cejas que no estaba ahí hace un minuto.
—Noah.
—No ha pasado nada malo.
—¿Seguro?
—Seguro.
Me estudia durante unos segundos. Y ahí está el problema: la conozco.
Sé perfectamente lo que está haciendo. Está repasando mentalmente posibilidades, intentando encontrar la explicación que nadie quiere darle.
Dentro de un minuto tendrá cinco. Dentro de dos habrá descartado las razonables y empezará con las otras.
Todo porque yo quería esperar a que se fueran.
Miro a toda la gente que lleva desde esta mañana invadiendo nuestra casa porque, aparentemente, ninguno tenía nada mejor que hacer con su sábado.
Vuelvo a mirar a Ivy.
Sigue preocupada.
A la mierda.
—Espera un segundo.
Se levanta conmigo cuando aparto las piernas.
—¿Adónde vas?
—Arriba.
—¿Por qué?
—Porque necesito una cosa.
—¿Qué cosa?
—Ivy.
—¿Qué?
La miro.
—Cinco segundos sin preguntas, por favor.
Abre la boca.
La vuelve a cerrar.
Me inclino y le doy un beso rápido antes de dirigirme hacia las escaleras.
Cuando vuelvo a bajar, Ivy está sentada en el reposabrazos del sofá.
No sé qué han hablado mientras estaba arriba, pero tiene los brazos cruzados sobre el pecho y mira hacia las escaleras como si llevara todo ese tiempo esperando a que apareciera. En cuanto me ve, se incorpora un poco.
—¿Va todo bien?
Asiento mientras termino de bajar.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Esta vez sus hombros se relajan un poco.
Me acerco a ella y, durante unos segundos, me olvido de que hay alguien más en el salón.
Supongo que debería decir algo antes. Tenía pensado hacerlo.
He pensado tantas veces en este momento durante las últimas semanas que debería saber exactamente qué palabras utilizar, pero ahora mismo no recuerdo ninguna de las frases que había ensayado.
—Me has asustado —dice.
—Lo sé. Perdona.
—¿Entonces qué pasa?
Meto una mano en el bolsillo.
Todavía no saco la caja.
—Que llevo desde ayer intentando hacer una cosa y me está saliendo bastante mal.
Frunce el ceño, aunque enseguida aparece una pequeña sonrisa.
—¿Qué cosa?
—Ayer quería hacerlo después del entrenamiento, pero estabas corrigiendo. Después pensé que podía hacerlo durante la cena, pero seguías corrigiendo. Luego decidí esperar a la película y te quedaste dormida.
La sonrisa crece.
—Estaba cansada.
—Ya.
—Había corregido diecisiete trabajos.
—Lo sé. El bulto que había a tu lado era yo.
Ivy se ríe por lo bajo y durante un instante tengo que mirar al suelo.
Estoy nervioso. Mucho más de lo que esperaba.
He jugado delante de estadios llenos de gente, según YouTube. He dado ruedas de prensa que no recuerdo, me he despertado en un hospital sin saber quién coño era y he tenido que empezar una vida con un montón de desconocidos diciéndome quién había sido.
Nada de eso me sirve ahora.
Porque Ivy está delante de mí.
Y esto sí voy a recordarlo.
Levanto la vista.
—Esta mañana iba a intentarlo otra vez.
Ivy deja de sonreír.
No porque se haya preocupado. Creo que acaba de entender que está ocurriendo algo que todavía no sabe nombrar.
—Pero ha aparecido Wes —continúo—. Y luego todos los demás. He pasado las últimas cinco horas esperando a que todos ellos entendieran la indirecta y se fueran.
Escucho una protesta detrás de mí.
No miro.
Ivy sí, apenas un segundo, antes de volver a mí.
—Y no se han ido —dice.
—No.
—Ya veo.
—Así que este no era el plan.
La sonrisa vuelve poco a poco a su boca.
—¿Había un plan?
—Había uno muy bueno.
—¿Sí?
—Éramos dos personas.
Se ríe.
—Muy ambicioso, Carter.
—Eso pensaba.
Ahora también me río yo, y me viene bien porque consigo respirar de nuevo.
Ivy sigue mirándome, esperando.
Llevo semanas intentando encontrar una manera de explicarle por qué quiero hacer esto.
He pensado en contarle cuándo compré el anillo, en decirle que supe que quería casarme con ella mucho antes de entrar en aquella joyería y en explicarle todas las pequeñas razones que se me han ido acumulando durante estos dos años.
Pero hay demasiadas.
Están en esta casa.
En sus libros ocupando más estanterías de las que acordamos cuando nos mudamos.
En las tazas que deja por todas partes y que nunca lleva al fregadero hasta que ya no queda ninguna limpia.
En los trabajos de sus alumnos encima de la mesa, en mis zapatillas junto a la puerta, en las cenas que pedimos porque ninguno tiene ganas de cocinar y en las noches en las que se queda dormida antes de terminar una película que ella misma ha elegido.
Están en escucharla hablar de una clase que le ha salido bien y verla llegar a casa enfadada porque un alumno brillante está convencido de que no sirve para escribir.
En las mañanas en las que yo salgo antes y ella protesta porque hago demasiado ruido, aunque después me manda un mensaje para preguntarme cómo ha ido el entrenamiento.
En todas las veces que entro por esa puerta y sé que ella está al otro lado.
Hace años que la gente me cuenta cosas de mi vida.
Pero ahora tengo recuerdos propios con ella.
Miles.
Y quiero más.
—Cuando me desperté después del accidente no sabía nada de ti —digo.
Su expresión cambia.
—Noah...
—Déjame terminar.
Asiente.
—No sabía quién eras pero estabas en todas partes y eras imposible de ignorar.
Ivy abre la boca, ofendida.
—Eso no es romántico.
—Todavía no he terminado.
Sonrío.
Claro que sí.
—No sabía por qué confiaba en ti. No sabía por qué me gustaba tenerte cerca ni por qué eras la única persona capaz de hacerme sentir que todo aquello podía ser un poco menos difícil.
Y durante mucho tiempo pensé que tenía que descubrirlo.
Que debía haber algo que no recordaba que explicara por qué tú.
Trago saliva.
Ivy ya no sonríe.
—Han pasado tres años desde ese día y sigo sin recordar la primera vez que te conocí. Tampoco recuerdo la primera vez que me enamoré de ti.
Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas.
Los míos probablemente tampoco están mucho mejor.
—Pero sé perfectamente cómo ocurrió la segunda.
Ivy se lleva una mano a la boca.
Y joder.
Tengo que parar un segundo.
Porque llevo semanas pensando qué decirle y al final era esto.
Siempre ha sido esto.
—Recuerdo exactamente cómo me enamoré de ti, Ivy.
Recuerdo volver a Crescent Hollow y encontrarte allí.
Recuerdo cuándo te quedaste unas semanas en mi casa y cuándo dejó de parecer que estabas de visita.
Recuerdo venir aquí contigo. Elegir esta casa contigo.
Verte conseguir ese despacho y llegar el primer día diciendo que estabas segura de que tus alumnos iban a descubrir en menos de una semana que no tenías ni idea de lo que estabas haciendo.
Se ríe entre las lágrimas.
—Fueron tres días.
—Tres días. Lo recuerdo.
Le limpio una lágrima con el pulgar.
—Recuerdo todo lo que hemos hecho después. Y quiero seguir haciéndolo contigo.
Ahora sí saco la caja del bolsillo.
Ivy baja la vista hacia mi mano.
Se queda completamente quieta.
Creo que detrás de mí tampoco respira nadie.
Abro la caja.
—Joder —susurra Ivy.
Me río, porque esa es probablemente la reacción más Ivy que podía tener.
Entonces me arrodillo.
Sus ojos vuelven inmediatamente a los míos y la mano que tenía sobre la boca baja hasta su pecho.
Por primera vez en todo el día, no estoy pensando en la gente que ocupa nuestro salón. No estoy pensando en que debería haber hecho esto anoche, ni esta mañana, ni de otra manera.
Solo la miro.
—No puedo prometerte que no vaya a perder la memoria otra vez —digo—, pero sí puedo prometerte que voy a estar aquí para perderla contigo.
Quiero seguir despertándome contigo. Quiero seguir escuchándote quejarte cada vez que intento convencerte de hacer cualquier actividad física y quiero seguir encontrando tus vasos por toda la casa aunque tengamos un lavavajillas perfectamente funcional.
Quiero verte dar clase, llenar otra estantería y discutir conmigo porque estás convencida de que necesitamos una quinta taza exactamente igual que las otras cuatro sólo porque es de otro color.
Ivy se ríe y se limpia las mejillas con las dos manos.
Yo también sonrío.
—Quiero hacerme viejo contigo, Ivy. Todo lo viejo que consiga hacerme soportándote.
—Idiota —consigue decir.
Respiro hondo.
Ya no necesito pensar nada más.
—¿Quieres casarte conmigo?
Ivy me mira.
Durante un segundo que dura aproximadamente seis años, no dice nada. Solo llora y se ríe al mismo tiempo mientras niega con la cabeza, como si todavía no pudiera creer que llevo todo el día intentando hacer esto a dos metros de ella.
Después se agacha frente a mí, en el suelo, me coge la cara entre las manos y apoya su frente contra la mía.
—Por supuesto.