Después de olvidarte Dos años después #2
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Dos años después #2

—Reynolds le ha echado la culpa al sol por no coger un pase.

—Mucho mejor.

Sigo hasta la cocina y abro el frigorífico.

Vacío. No exactamente: hay medio limón, tres yogures, una bolsa de espinacas que ninguno de los dos recuerda haber comprado y varios recipientes cuyo contenido no estoy dispuesto a investigar en este momento.

Cierro.

—¿Qué quieres cenar?

—¡Lo que tú quieras! —me grita desde el sofá.

Le doy dos opciones desde la cocina y las rechaza las dos —tailandés porque lo pedimos el miércoles, chino sin motivo aparente— antes de gritarme, en resumen, que decida yo.

—¿Pizza? —propongo.

Ivy aparece en la puerta de la cocina con el portátil todavía en las manos.

—Me parece bien.

—¿Has venido hasta aquí para decirme eso?

—Necesito café.

Miro el reloj del horno.

—Son las ocho.

—Sé leer.

—Luego no duermes.

—Eso es un problema para la Ivy del futuro.

—La Ivy del futuro se queja conmigo.

—Porque la Ivy del futuro confía en ti.

Deja el portátil sobre la encimera y va hacia la cafetera. Le quito la taza de la mano antes de que llegue.

—Agua —digo, ignorando su mirada de advertencia—. Son las ocho.

—Tengo once trabajos.

—Cuando salimos de la universidad eran diecisiete.

Su expresión cambia inmediatamente.

—¿Verdad que voy rápido?

Sonríe, satisfecha consigo misma.

Tengo que apartar la vista.

El anillo está arriba.

Podría hacerlo ahora.

No es el momento que había imaginado, pero estamos solos, Ivy está contenta y por primera vez desde que salimos de la universidad no está mirando una pantalla.

Podría subir, cogerlo, volver y…

—¿Qué pizza quieres? —me pregunta.

Parpadeo.

Ivy tiene mi teléfono en la mano.

—¿Cuándo me lo has quitado?

—Estabas en otro planeta.

—Dámelo.

—Estoy pidiendo la cena.

—Con mi teléfono.

—El mío está en el salón.

—Ve a por él.

Me mira como si acabara de sugerirle cruzar California a pie.

Le quito el teléfono.

—Yo la pido.

—Pepperoni.

—Lo sé.

—Con extra de queso.

—Lo sé.

—Y…

—Sin champiñones.

Ivy sonríe.

—Te quiero.

Y vuelve al salón.

✽✽✽

Ivy lleva un rato leyendo la misma página y empiezo a sospechar que estamos llegando al final.

Yo llevo más de dos horas pensando en la pequeña caja escondida en el cajón de mi mesita de noche y he encontrado aproximadamente catorce momentos adecuados para ir a buscarla.

No he aprovechado ninguno.

No estoy nervioso.

Estoy esperando.

Hay una diferencia.

No sé cuál, pero tiene que haberla.

—Este chico me odia —dice Ivy.

Estamos sentados en el suelo, apoyados contra el sofá, con la caja de pizza abierta sobre la mesa. Yo he terminado de cenar hace casi una hora. Ivy sigue teniendo el mismo trozo en el plato.

—¿Por qué?

Gira el portátil para enseñarme una página llena de texto.

—Tres mil ochocientas palabras.

—¿Eso es mucho?

—Le pedí dos mil quinientas.

—A lo mejor le gusta escribir.

Ivy me mira.

—Él lo hace para torturarme.

Vuelve a mirar la pantalla y empieza a bajar por el documento.

—Además, ha puesto seis veces «en cierto modo».

—Despídelo.

—No puedo despedir alumnos.

—Suspéndelo.

—Tampoco puedo suspenderlo por repetitivo.

—Entonces no sé qué esperas de mí.

—Apoyo emocional de mi novio.

—Lo estás haciendo genial.

—Gracias.

Sigue leyendo.

Mi teléfono vibra sobre la mesa.

Wes: ¿YA?

Lo pongo boca abajo.

Vuelve a vibrar.

No lo toco.

A las diez y treinta y ocho, Ivy cierra finalmente el portátil.

—¡Por fin! He terminado.

Deja el ordenador sobre la mesa, estira los brazos por encima de la cabeza y se queda unos segundos así, con los ojos cerrados.

Es el momento.

Me levanto.

—¿Adónde vas?

—A…

Miro hacia las escaleras.

—A cambiarme. Voy a ponerme un chándal.

—Ya llevas pantalones de chándal.

—Quiero otros.

Me mira durante un segundo.

—Vale…

Subo las escaleras antes de que pueda seguir preguntando.

En el dormitorio abro el cajón de la mesita y saco la caja. Es pequeña, mucho más pequeña de lo que debería ser algo capaz de hacerme actuar como un completo imbécil durante todo el día.

La abro. El anillo sigue dentro.

Por supuesto que sigue dentro. No sé qué esperaba.

Me siento en el borde de la cama y vuelvo a cerrarla.

No necesito un discurso. Llevo semanas intentando pensar qué voy a decirle y cada versión me parece peor que la anterior. Ivy sabría en menos de cinco segundos si hubiera memorizado algo y probablemente se reiría de mí antes de que consiguiera terminarlo.

Así que voy a bajar.

Vamos a poner una película.

Y se lo voy a pedir.

Fácil.

Guardo la caja en el bolsillo del pantalón y vuelvo al salón.

Ivy ya está tumbada en el sofá.

—¿Qué vemos? —pregunto.

—Me da igual.

Paso diez minutos buscando una película mientras Ivy rechaza las cinco primeras y asegura que no le importa lo que pongamos.

Al final consigo que acepte una.

Me siento a su lado y ella levanta las piernas para colocarlas encima de las mías sin preguntar. Lo hace siempre. Empiezo a acariciarle distraídamente el tobillo mientras comienza la película.

La caja me presiona contra el muslo.

Ahora.

No.

Acaba de empezar.

Espero un poco.

Cinco minutos.

Diez.

Ivy hace un comentario sobre el protagonista.

Quince.

Se ríe.

Veinte.

Ahora.

Respiro hondo y giro la cabeza.

—Ivy.

Nada.

—Ivy.

Miro mejor.

Tiene los ojos cerrados, la mejilla hundida contra el cojín y una mano metida debajo de la cara.

—¿Ivy?

Me inclino y le aparto un mechón de pelo de la cara.

Ivy murmura algo que no entiendo y se acurruca un poco más contra el cojín.

Podría despertarla.

No voy a despertarla. Si lo hago me dice que no solo por fastidiarme. Saco la caja del bolsillo antes de que termine clavándomela en la pierna, me levanto con cuidado para no moverle los pies y apago la televisión.

Mañana.

Mañana no tiene que trabajar. Yo no tengo entrenamiento. No tenemos ningún plan y, por primera vez en semanas, nadie nos espera en ninguna parte.

Mañana estaremos solos.

¿Qué podría salir mal?

✽✽✽

Estoy preparando café y, por primera vez desde que me desperté, he conseguido dejar de pensar en el anillo durante aproximadamente cuatro minutos. Suena el timbre y miro en el reloj que son las diez y doce de la mañana. ¿Quién va a molestar a una casa tan temprano?

Dejo la taza y voy hasta la puerta. Al abrirla, veo a Wes al otro lado, sonriendo.

Le cierro la puerta en las narices.

—¡Eh! —se queja mi hermano.

Apoyo la frente contra la madera.

Vuelve a llamar.

No me muevo.

Llama otra vez.

—Sé que sigues ahí —dice.

Sigo sin moverme.

—Ábreme, Noah.

—Vete.

—He conducido una hora.

—Pues ya te sabes el camino para volver.

—Abre la puerta.

—No.

Se hace un breve silencio al otro lado y durante un segundo pienso que quizá haya conseguido algo.

Entonces suena de nuevo el timbre.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

Y otra.

—¡¿QUIÉN NO PARA DE LLAMAR?! —grita Ivy desde arriba.

—¡Nadie!

Hay un silencio.

—¡¿Cómo que nadie?!

El timbre vuelve a sonar.

Lo voy a matar.

—¡Unos niños!

—¿Qué niños?

—Unos niños que están dando el follón.

—¿Y por qué no se van?

Buena pregunta. Tengo que pensar algo rápido.

—¡Porque sus padres no los quieren!

Al otro lado de la puerta escucho una risa. Oigo los pasos de Ivy en el piso de arriba.

No. Me quedo delante de la puerta mientras Ivy aparece en el último tramo de las escaleras con el pelo mojado tras salir de la ducha, con una camiseta mía que no recuerdo haberme puesto nunca. Creo que la compró para mí y se la quedó ella.

El timbre sigue sonando.

—No hacía falta que bajaras. Lo tengo todo controlado.

—Pues no lo parece.

Ivy llega al recibidor.

Me mira.

Mira la puerta.

Después vuelve a mirarme.

—Apártate.

—Ya les he dicho que se vayan.

—No te han hecho mucho caso.

—Se cansarán.

El timbre vuelve a sonar.

Ivy frunce el ceño.

—Joder.

—Déjalos, ya se están cansando.

—Noah, llevan dos minutos tocando el timbre.

—Precisamente. En algún momento tendrán que tener hambre.

Intenta pasar.

Me muevo.

Ivy se detiene.

—¿Por qué no quieres que abra?

—Me dan mala espina.

—Son niños.

—Los niños pueden ser peligrosos.

—Tienes un equipo entero de universitarios a tu cargo.

—Por eso lo sé.

Ivy da un paso hacia mí y me aparta. Después abre la puerta.

Wes está al otro lado, con sonrisa triunfal.

—Hola, enana.

Ivy abre mucho los ojos.

—¡¿WES?!

Se le ilumina toda la cara y sale al porche antes de que yo pueda plantearme cerrar la puerta con los dos fuera.

Wes la recibe con los brazos abiertos cuando ella se le echa encima y la levanta del suelo.

—¡¿Qué haces aquí?!

—Al parecer, dar el follón.

Ivy se gira hacia mí todavía abrazada a él.

—¡¿Wes era «los niños»?!

—Pluralizar me pareció menos preocupante.

—¡Noah!

Wes se está riendo. Él me mira por encima del hombro de Ivy y sonríe todavía más. No necesito decirle nada,  llevamos toda la vida siendo hermanos. O eso me han contado. Tiene que saber reconocer una amenaza de muerte.

—¿Por qué no me dijiste que venías? —pregunta Ivy cuando por fin lo suelta.

—Quería darte una sorpresa.

—¡Pues vaya sorpresa!

Vuelve a abrazarlo. Wes me mira por encima de su cabeza. Esta vez articula sin voz: ¿Se lo has pedido?

Niego una vez.

Su sonrisa desaparece durante medio segundo.

Después vuelve.

Más grande.

Voy a matarlo.

—Entra —dice Ivy, agarrándolo del brazo—. ¿Has desayunado?

—Sí.

—¿Quieres volver a desayunar?

—Sí.

—Voy a hacer tortitas.

—Te quiero, enana. Tú sí que me cuidas.

Pasan los dos a mi lado.

Wes espera a que Ivy le dé la espalda para darme una palmada en el hombro.

—Buenos días, hermanito.

—Que te den.

—Yo también te quiero.

Cierro la puerta.

Me gusta que Ivy y mi hermano se quieran.

De verdad.

Pero hoy podrían quererse por teléfono.

Media hora después estoy sentado a la mesa de la cocina viendo a mi hermano comerse su cuarta tortita.

Ahora están hablando de algo que ocurrió en la base hace un par de semanas mientras Ivy bebe café y Wes se sirve más sirope.

Yo llevo varios minutos sin participar en la conversación porque estoy ocupado intentando averiguar cuánto tiempo puede tardar una persona en comerse una tortita si realmente se esfuerza.

Wes parece dispuesto a ayudarme a descubrirlo.

Corta un trozo.

Lo mastica.

Da un trago al café.

Le cuenta algo a Ivy.

Se ríen.

Corta otro trozo.

Lo odio un poco.