Dos años después
Noah
M i teléfono vibra por cuarta vez en menos de diez minutos y no necesito mirarlo para saber quién es, aunque, como soy imbécil y todavía conservo cierta esperanza en la humanidad, lo saco del bolsillo.
Wes: ¿Ya?
Aprieto la mandíbula y vuelvo a bloquear la pantalla. No han pasado ni tres segundos cuando vuelve a vibrar.
Wes: ¿¿¿Ya???
Hay personas que consiguen llegar a los cuarenta años, tener un trabajo, pagar impuestos y desenvolverse en sociedad sin aprender a interpretar un silencio.
Noah: Estoy recogiendo a Ivy del trabajo.
Considero bloquearlo para siempre, pero me conformo con hacerlo durante una hora porque, dadas las circunstancias, me parece una reacción bastante madura.Levanto la vista hacia el edificio y compruebo la hora otra vez.
Ivy dijo que saldría a las cinco y son las cinco y diecisiete, así que en realidad podría haberme ahorrado los últimos diez minutos mirando la puerta como un imbécil.
En los dos años que lleva dando clase aquí, no recuerdo una sola ocasión en la que una tutoría haya terminado cuando se suponía que tenía que terminar.
Entro.
Después de tantas tardes viniendo a buscarla, ya no necesito mirar los carteles para llegar hasta su despacho y tampoco tengo que preguntar si sigue allí. La puerta está abierta y hay dos alumnos esperando fuera; uno de ellos me reconoce cuando me acerco y señala el interior con la cabeza.
—Está con Emily.
Asiento como si esa información significara algo para mí, aunque no conozco a Emily.
Nunca he hablado con ella y probablemente no sabría reconocerla si me cruzara con ella fuera de este edificio, pero sé que suspendió el primer parcial, que escribe muy bien cuando deja de intentar hacerlo «como alguien que lleva muerto doscientos años» y que hace dos semanas consiguió un sobresaliente en un trabajo que Ivy me explicó con bastante detalle mientras yo intentaba dormir.
Me apoyo contra la pared justo cuando escucho la voz de Ivy desde dentro.
—No puedes copiar de Wikipedia, Emily.
—No la he copiado.
—La has puesto en la bibliografía.
—Porque lo he consultado.
—Puedes consultarlo. También puedes consultar a tu madre y no la incluyes en las referencias.
La chica que espera frente a mí se ríe y yo tengo que bajar la cabeza para disimular, porque he tenido esta misma discusión con Ivy unas quince veces desde que empezó a dar clase y todavía no ha conseguido aceptar que sus alumnos utilizan Wikipedia.
—Vale —cede Emily—. Lo cambio.
—Y revisa el último párrafo. Sabes hacerlo mejor.
—Sí, profesora Brooks.
Emily sale un momento después con el portátil pegado al pecho y, ahora que por fin puedo ponerle cara, entiendo por qué Ivy lleva dos semanas convencida de que va a conseguir que deje de escribir introducciones como si estuviera optando al Pulitzer.
Ivy aparece detrás de ella con el pelo recogido, las gafas puestas y un bolígrafo enganchado al cuello de la camiseta. Me ve apoyado contra la pared y se detiene.
—Mierda.
—Yo también me alegro de verte.
Mira inmediatamente el reloj que hay sobre la puerta.
—Te dije a las cinco.
—Lo sé.
—¿Cuánto llevas esperando?
—Dieciocho minutos.
Su expresión cambia.
—Noah.
Miro mi reloj.
—Diecinueve.
—¿Y a qué hora empieza el entrenamiento?
—En una hora y... —miro de nuevo el reloj— once minutos.
—Podrías haber entrado —suspira, haciendo un puchero.
Señalo con la barbilla a las dos personas que todavía esperan junto a la puerta.
—No quería interrumpir al club de fans.
—Son tutorías.
—Claro.
Una de las chicas levanta la mano.
—Yo sí soy fan.
Ivy la señala con el bolígrafo.
—Tú quieres que te suba la nota.
—También.
—Fuera, anda. Nos vemos el lunes.
Las dos se ríen mientras recogen sus cosas y yo sigo a Ivy hasta el interior del despacho, que ha cambiado bastante desde la primera vez que vine y, al mismo tiempo, sigue pareciendo un lugar en el que ella acaba de provocar un pequeño desastre.
Entonces había una planta encima del archivador.
Duró veintiséis días. Ivy sostiene que la mató el aire acondicionado.
Yo sigo diciendo que hay motivos por los que no tenemos plantas en casa.
Ahora el hueco lo ocupan una pila de libros, varios trabajos, una taza que pone «LAS COMAS IMPORTAN» y una fotografía nuestra que lleva ahí desde su primer semestre.
Sobre la pantalla del ordenador hay además una nota adhesiva que he leído tantas veces que podría recitarla de memoria.
«NO ACEPTAR TRABAJOS FUERA DE PLAZO».
Debajo, con la letra de Ivy:
«SALVO CAUSA JUSTIFICADA».
Y añadido unas semanas después:
«O SI LLORAN».
—No juzgues mis protocolos docentes, Carter —dice sin mirarme mientras empieza a guardar cosas en el bolso.
Mi teléfono vuelve a vibrar justo cuando Ivy está intentando meter tres libros en un bolso en el que, por una cuestión básica de física, no caben tres libros.
Ray: Eli dice que no te presione.
Fantástico. Eli tampoco debería saberlo.
—¿Quién es? —pregunta Ivy.
—Ray. Molestando.
No pregunta nada más y sigue peleándose con el bolso, lo cual confirma que Ray molestándome un viernes por la tarde entra dentro de los parámetros normales de nuestra amistad.
Consigue finalmente cerrar la cremallera, se cuelga el bolso del hombro y mira alrededor del despacho como si estuviera comprobando mentalmente que no se deja nada.
—Ya.
—¿Seguro? —pregunto—. Todavía podrías corregir un trabajo más, salvar otra carrera universitaria o adoptar a algún alumno.
Se pone de puntillas para besarme antes de salir del despacho y yo la sigo mientras apaga la luz. Todavía estamos a mitad del pasillo cuando se gira hacia mí caminando de espaldas.
—Por cierto, esta noche tenemos que cancelar la reserva que teníamos y pedir algo para cenar. Me quedan diecisiete trabajos y quiero quitármelos de encima para tener el finde libre.
Diecisiete. Miro a Ivy, que ya vuelve a caminar mientras empieza a contarme algo sobre uno de sus alumnos, y después miro el teléfono que llevo en la mano y pienso en la pequeña caja escondida en casa desde hace tres días.
Perfecto.
✽✽✽
El silbato sigue colgado de mi cuello cuando el teléfono vibra en el bolsillo.
No pienso mirarlo.
Vuelve a vibrar.
Tampoco.
Una tercera vez.
Joder.
Espero hasta que termina la jugada, saco el teléfono y me preparo mentalmente para encontrarme otro interrogatorio de Wes.
Es Gabe.
Contesto.
—Dime.
—Antes de que preguntes: no llamo por Ivy.
Me quedo quieto.
—¿Tú también lo sabes?
Hay un silencio al otro lado.
—Ahora sí.
Cierro los ojos.
—Olvida los últimos cinco segundos.
—¿Vas a pedirle matrimonio?
—Gabe —me pongo serio—. ¿Para qué llamabas?
Se ríe.
—Vale. Trabajo. Ya tenemos el horario definitivo para el partido benéfico.
—¿Han confirmado todos?
—Diecinueve de los chicos tienen el alta médica. Los otros tres todavía están esperando el visto bueno.
Diecinueve. Hace un año, cuando empecé a reunirme con veteranos de la fundación para ver quién quería formar un equipo, no llegábamos ni para completar una alineación. Ahora tengo diecinueve tipos con ganas de jugar un partido de verdad, contra rivales de verdad, delante de gente de verdad.
—¿Y los Seahawks? —pregunto.
—Catorce confirmados. Wilson cree que puede convencer a dos más.
Sonrío. Llamar uno a uno a mis antiguos compañeros de equipo y convencerlos de jugar contra un puñado de veteranos heridos para recaudar fondos para la fundación fue, sorprendentemente, la parte más fácil de todo esto.
Bastó con explicarles para qué era el partido y aguantar sus comentarios sobre mi brazo, mi edad, y la última vez que alguno de ellos corrió cuarenta yardas sin necesitar oxígeno.
No recuerdo haber compartido vestuario con ellos, pero llevo dos años creando recuerdos nuevos con esos tíos. Y esos sí son míos.
—Llevamos treinta y ocho mil entradas vendidas —dice Gabe—. Y aún queda un mes. Vamos a venderlas todas enseguida.
No puedo evitar sonreír.
—Joder.
—Sí, así que intenta no morirte de los nervios.
—Haré lo que pueda.
—Especialmente esta noche.
Mi sonrisa desaparece.
—No sabes nada.
—Claro que no.
—Gabe.
—Dile a Ivy que enhorabuena de mi parte.
Cuelgo.
Lo voy a despedir.
No sé exactamente cómo se despide a un agente, pero voy a averiguarlo.
Cuando llego a casa son casi las ocho y el coche de Ivy está aparcado en la entrada.
Podría ir andando a la universidad —tardaría poco más de veinte minutos, y Davis es probablemente una de las pocas ciudades del mundo donde desplazarse en bicicleta parece un requisito para obtener la residencia— pero Ivy conduce.
Una vez cometí el error de señalarle que podríamos ayudar al medio ambiente si fuera andando.
No pienso cometerlo dos veces.
Dejo la bolsa de deporte junto a la puerta del garaje y encuentro sus zapatos en mitad del recibidor, el bolso sobre una silla y una taza vacía encima de la consola que compramos específicamente para dejar las llaves.
Las llaves, por supuesto, no están.
—¿Ivy?
—¡Salón!
La encuentro exactamente como esperaba: sentada en una esquina del sofá con las piernas dobladas debajo del cuerpo, el portátil encima, tres trabajos impresos repartidos sobre la mesa y un rotulador entre los dientes.
Lleva unos pantalones de chándal, una camiseta que estoy bastante seguro de que era mía y el pelo sujeto encima de la cabeza con algo que parece un lápiz.
En la televisión, Phoebe llega a casa de Joey.
—¿Estás corrigiendo con Friends puesto?
Ivy saca el rotulador de la boca.
—No lo estoy viendo.
Joey «habla» en francés y Ivy suelta una carcajada sin levantar la vista del portátil.
La miro fijamente y ella lo nota.
—No necesito verlo para saber lo que está pasando.
Eso, desgraciadamente, es cierto.
Me inclino sobre el sofá para besarla y ella levanta la cara sin apartar las manos del teclado. El beso dura poco porque tengo la sensación de que, si intento prolongarlo, va a seguir escribiendo mientras lo hace.
—¿Qué tal el entrenamiento?
—Bien.
—Mientes.
Dejo de caminar hacia la cocina.
—¿Por qué?
—Has dicho «bien».
—¿Qué se supone que tengo que decir?
—Normalmente llegas quejándote de alguien.