Después de olvidarte 37 · Ivy
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37 · Ivy

L a casa está extrañamente silenciosa. Ni el frigorífico suena. Estoy sentada en el sofá, con una manta fina sobre las piernas y un libro abierto que no estoy leyendo. Llevo mirando la misma frase desde hace diez minutos sin procesarla.

Siento algo. Una inquietud tenue, como si estuviera esperando que algo pasara, aunque no quiero que pase nada. Cierro el libro. Apoyo la frente en las manos y respiro hondo.

El primer golpe me sobresalta. Es fuerte. El segundo es aún peor. Urgente. Como si alguien necesitara entrar ya.

Me levanto de un salto.

—Un segundo —digo, aunque mi voz tiembla.

Abro la puerta con cautela y el mundo se detiene.

Noah está ahí. Jadeando y sudando. Lleva la camiseta pegada al pecho y el pelo revuelto, como si hubiera corrido desde el fin del mundo. Y en la mano, una hoja de papel arrugada.

Localizo mi nombre en la tinta.

Mi pecho se cierra.

—La he encontrado —dice.

La voz se le rompe en la última sílaba.

Noah no entra. Se queda en el umbral, como si no supiera si puede pasar.

Abro más la puerta y él entra, pero no se acerca mucho.

Como si tuviera miedo de pisar algo sagrado.

Me tiende la carta que lleva en la mano.

La cojo y reconozco su caligrafía en las tres letras de mi nombre.

Empiezo a leer la carta cuando Noah da un paso hacia mí y me coge la mano.

La baja y me obliga a mirarlo. Tiene los ojos llenos de lágrimas que no caen y un temblor en el labio inferior que no le había visto nunca.

Ahí es cuando sé que lo que viene va a cambiarlo todo.

Él respira como si le faltara el aire.

—No sé qué hice para perderte, Ivy. Igual que tampoco sé que hice para enamorarte. Pero ahora sé lo que sentía el día en el que perdí todo lo que era y sé lo que siento ahora que sé quién soy.

Me sonríe.

—Eres tú, Ivy. Lo sabía cuando cogí el coche ese día para buscarte y lo supe cuando apareciste en el hospital. Cuando sonó una alarma dentro de mí que me decía «ella es tu familia». Y no eras mi hermana ni solo mi «amiga Ivy», sino mi hogar. Mi mundo.

Trago saliva. Me arde el pecho.

Él continúa.

—Amo la forma en la que te muerdes el labio cuando estás nerviosa, como ahora.

Sonrío, tímida, con los ojos húmedos y el corazón en la garganta.

—Adoro la manera que tienes de tratar a tus alumnos. Cómo cuidas a los que quieres. Cuando hablas, siempre estoy atento a todo lo que dices. Tus bromas, tu humor sarcástico que me vuelve loco. Cómo sonríes cuando ves a Maisie aparecer.

Da un paso más. Está tan cerca que puedo escuchar el latido de su corazón.

—Yo quiero que me mires así, que sonrías así por mí. Quiero todo eso y más contigo. Todo lo que me dejes.

Sus manos tiemblan.

—Entiendo que te hice daño. Que fui un imbécil por dejar que te fueras. Pero no soy ese , sino é ste . Estoy aquí, y no me voy a ir.

Me mira como si fuera la única luz de la habitación.

—Quiero estar contigo, sea donde sea. Donde tú quieras ir, yo iré. Si tú me dejas.

No puedo hablar. Las palabras están ahí, atrapadas, golpeando contra mis cuerdas vocales buscando una salida.

Él interpreta mi silencio como un rechazo. Lo noto en cómo se le apaga la mirada. Los hombros le tiemblan. La respiración se le corta. La mano que aún roza la mía se retira un poco.

—Lo siento, Ivy... —susurra. —No… no quería molestarte.

No lo entiende.

Y yo doy un paso adelante.

Sujeto su cara entre mis manos. Él contiene el aliento.

—Noah… —susurro.

Y ya.

Me pongo de puntillas y lo beso.

Nos separamos apenas un suspiro. Él apoya su frente en la mía, respirando como si acabara de correr otra vez hasta aquí. La carta tiembla entre mis dedos.

—Dime que no estoy soñando —susurra, con la voz rota.

Su mirada es tan vulnerable que me parte entera.

Le rozo la mejilla con la punta de los dedos. Estoy temblando también.

—No… no estás soñando. Creo.

Él sonríe.

—Pero si esto es un sueño… —trago, sonrío, feliz, real— soñaremos juntos.

Los ojos de Noah se cierran un segundo, como si esa frase fuera el lugar exacto al que quería llegar desde el día en que despertó sin recuerdos.

Me besa otra vez.

Suave. Tembloroso. Y ese beso sabe a miedo y felicidad, algo que solo se siente cuando has perdido algo y lo encuentras de nuevo, aunque sea distinto.

Yo le agarro la camiseta. Él me coge de la cintura y me levanta, haciendo que lo abrace con las piernas.

Y algo se recoloca dentro de los dos.

Silencioso.

Preciso.

Inequívoco.

Que esto no es el pasado.

Es el principio.