Después de olvidarte El día antes de olvidarte
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El día antes de olvidarte

Noah

Llevo semanas sintiéndome fuera de lugar.

O quizá sean los últimos años.

Seattle me pesa. La casa es grande, fría, anónima.

Los días se repiten y no queda nadie que me conozca de verdad.

He estado tan centrado en autocompadecerme que solo mantengo relación con Wes y con la tía Dar.

Quiero llamar a Ray, pero no me merezco ni que me coja el teléfono.

Y Ivy…Ivy está en otra vida.

Y yo, en ninguna.

Esta mañana me he mirado en el espejo y he pensado: este no eres tú . Pero, a decir verdad, ¿quién soy yo ya a estas alturas?

Definitivamente, no quiero seguir siendo este Noah.

Cojo el móvil, pero no consigo escribirle, así que busco un bolígrafo. El papel me tiembla entre los dedos.

Ivy,

He tardado demasiado en entenderlo.   Mi vida no era Seattle, ni el fútbol, ni la prensa.   Eras tú.   Siempre fuiste tú y cuando te fuiste, me quedé sin brújula.

No quiero que me perdones.   Solo que sepas que lo intenté.   Que me he pasado años buscándote en todas partes, y que no estabas en ninguna.

Si algún día puedo volver a recuperar tu confianza, lo haré mejor.

N.

Doblo la hoja.

La guardo en el bolsillo trasero del vaquero.

No sé si se la daré.

Solo sé que tengo que hablar con Wes antes de seguir derrapando por dentro.

El Lambo arranca con un rugido que me embriaga.

Es por la tarde.

El cielo de Seattle está cubierto, plomizo.

Pongo música sin pensar y bajo las ventanillas. El aire huele a lluvia.

Conduzco hacia el sur, dirección a la base. No hay tráfico. Solo la autopista, los árboles y el zumbido constante de los 700CV del motor.

Pienso en Wes, en lo que voy a decirle: que necesito volver, que necesito ayuda, que la he perdido, a ella y a todos, que no puedo seguir así.

Pienso en Ivy. En el sonido de su risa. En lo que haría si me viera ahora.

Un coche me intenta adelantar por la derecha, demasiado cerca.

«Inténtalo si puedes».

Ni parpadeo, acelero.

La carretera ya es sólo mía.

Empieza a llover muy fuerte.

Asfalto brillante.

Los cristales se cubren de una cortina de agua que no me deja ver. Cuando el limpiaparabrisas funciona, estoy en una curva.

El coche patina. Intento corregir, pero el eje trasero muerde el agua.

Freno tarde y siento el volantazo en los brazos.

El guardarraíl llega antes.

Un golpe seco.

Metal.

Vidrio.

Algo me está aplastando.

Un instante blanco.

Después, nada.