Después de olvidarte 35 · Ivy
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35 · Ivy

M e empeño en ir a merendar a mi cafetería favorita de Willow Creek, la que hace las tostadas tan bonitas que da pena comérselas.

Estoy sentada en nuestra mesa de siempre, la de la esquina, que tiene un enchufe cerca «por si las correcciones se alargan», según Eli. Hoy no hemos traído ordenadores. Solo dos tazas y una decisión que ya no me cabe dentro.

Eli llega con el pelo recogido en un moño apresurado, gafas en la cabeza y aire de necesitar sentarse y beber café hasta el fin del mundo.

—Perdona el retraso —dice, dejando el bolso en la silla—. La reunión con el comité se ha alargado. ¿Qué trama Crescent Hollow sin mí?

—Nada grave —respondo—. Solo una conversación pendiente.

Me mira. Se sienta. No toca el café todavía.

—Vale. Me das miedo cuando pones esa cara de determinación —dice—. Y también un poco de orgullo, no te voy a mentir.

Sonrío, porque la conozco. Porque me conoce. Cojo la taza con las dos manos, respiro el calor y suelto el aire despacio.

—Me han ofrecido formalmente el puesto en la UC Davis.

No hace falta que le traduzca nada. Sabe lo que significan esas palabras juntas.

—¿Cuándo te lo han dicho? —pregunta, sin parpadear.

—Hace unos días.

—¿Y por qué no me lo has contado antes?

—Porque quería estar segura de que no me arrepentía después de contestarles —respondo.

Hay un silencio breve, denso pero no incómodo. Ella se recuesta en la silla, me observa en silencio. Está trabajando: no como directora, sino como amiga.

—¿Y lo estás? —pregunta al fin—. ¿Estás segura?

Miro por la ventana. Afuera, el mundo se mueve en su propia normalidad: adolescentes con mochilas, coches viejos, un señor paseando un perro diminuto que ladra como si midiera el triple.

Por primera vez, no me aferro al paisaje.

—Pues por primera vez en mucho tiempo, sí —respondo.

Vuelvo la mirada hacia ella. Siento la certeza alineada en el pecho, sin estridencias.

—No es una huida —añado, más para mí que para ella—. Es… algo mío. Un paso hacia delante.

Eli inclina la cabeza.

—¿Y Noah? —pregunta, pero no como reproche. Como parte de la ecuación.

No cierro los ojos, pero podría. El nombre pesa y al mismo tiempo no duele como antes.

—No es por Noah —digo despacio—. Y tampoco en su contra.

Juego con el borde de la taza.

—Simplemente… es por mí.

Ella asiente, muy lento.

—Eso suena a respuesta adulta, de las que me gustan —dice—. Y de las que me dan ganas de abrir champán y llorar a la vez.

Se toma un sorbo de café, deja la taza en la mesa y añade:

—Te apoyo. Ya lo sabes. Si te vas a Sacramento, iré a verte, te mandaré memes, te preguntaré por tus alumnos y me quejaré de mis reuniones eternas por videollamada.

Hace una pausa.

—Pero hay algo que no puedes saltarte, Ivy.

—Lo sé —susurro.

—Tienes que ser honesta con él antes de irte —dice—. No se merece enterarse por otros. Ni por una postal.

Sonrío con tristeza.

—No pienso irme sin decirle nada.

—¿Y qué le vas a decir? —pregunta.

Miro mi reflejo en la superficie del café, levemente tembloroso.

—La verdad que puedo darle —respondo—. Nada más… y nada menos.

Eli me sostiene la mirada. Está midiendo si esa verdad es suficiente también para mí.

—Le debo una despedida, Eli —añado, al fin—. No una explicación.

Ella asiente y estira el brazo para tocar mi mano.

Y, en ese momento, siento que no estoy luchando contra una marea, sino eligiendo hacia dónde nado.

✽✽✽

El olor del sofrito me llega antes que la imagen.

Noah está en la cocina, concentrado en algo que burbujea en la sartén.

La luz del atardecer entra por la ventana y lo envuelve en un dorado que no ayuda nada.

Me quedo un segundo en la puerta. «Ojalá quedarme aquí».

Pero no se puede vivir en un paréntesis.

—Noah… —digo.

Él gira la cabeza y sonríe automáticamente. Cálido. Después la sonrisa se atenúa cuando ve mi expresión.

—¿Todo bien? —pregunta, bajando el fuego.

Asiento para que no se preocupe. Camino hacia la isla central y dejo allí las llaves. Las oigo chocar con más fuerza de la necesaria.

—Tengo que contarte algo.

No dice ni «vale» ni «qué pasa». Solo aparta la sartén del fuego y me dedica toda su atención.

Respiro hondo.

—Me han ofrecido un puesto de profesora en la universidad. En Sacramento.

La mano con la que estaba sujetando la espátula se queda suspendida en el aire, a medio camino. Es un microgesto, pero me atraviesa.

—¿Y has aceptado? —pregunta, en voz baja.

—Sí.

Asiente dos veces. Como si necesitara procesarlo físicamente con la repetición. Luego sus dedos se tensan alrededor de la encimera, como si se agarrara a algo para no vacilar.

—¿Es por mí? —su voz no está rota, está… desnuda—. ¿He hecho algo que te haya hecho daño?

El golpe me corta el aire.

—No, Noah —respondo enseguida—. No es por ti.

Él traga saliva. Una vez. Otra. Como si la garganta no le funcionara del todo.

—Solo… dime si he hecho algo —repite, bajando la mirada.

No pide explicaciones. Pide… no ser la causa del dolor. Eso es lo que más duele.

—No me has hecho nada, Noah —insisto—. Esta decisión es solo por mí.

Él asiente de nuevo, pero el gesto es tan frágil que parece que el aire pueda partirlo.

La respiración se le acelera un poco. Los hombros se le hunden. Solo lo justo para que yo lo note. No se sienta no se mueve. Está ahí, midiendo el peso de las palabras.

—Vas a ser increíble —dice al fin—. La mejor profesora que cualquier universidad podría tener.

Me arde la garganta. Tiene los ojos brillantes. No llorosos. Brillantes. Como si algo detrás se hubiera movido de sitio.

—Se me va a hacer raro no verte casi todos los días. Se me va a hacer raro estar aquí sin ti. No sé cómo voy a hacer esto sin ti.

Alargo la mano y toco la suya.

—Noah…

No sé qué decir. Él tampoco.

Lo veo cerrar los ojos un instante y abrir la boca para decir algo, pero no lo dice. Sólo me mira y sé exactamente qué ha estado a punto de hacer: decir «quédate».

Pero también sé por qué no lo hace: porque no siente que deba hacerlo. Porque ahora ya sabe que ya lo hice una vez. Me quedo sin aire. Porque no decir nada es la forma más pura de amor que ha tenido conmigo. Cuando vuelve a abrir los ojos, están limpios, abiertos, honestos.

—Solo prométeme una cosa —le digo—: Que vas a seguir con tu vida como hasta ahora. Que vas a estar bien.

—Voy a intentarlo —responde—. No sé si sabré… pero voy a intentarlo.

La mandíbula le tiembla una vez. Rodea la encimera y me abraza. Fuerte y sincero. Noto cómo coge aire profundo. Yo me pierdo en su olor a canela y a aftershave. Unos minutos después, da un paso hacia atrás, como si necesitara no desmoronarse encima de mí.

Cojo las llaves de la encimera y me voy, sabiendo que una parte de mí siempre estará con él. Esté donde esté.