34 · Ivy
E l auditorio del instituto huele a laca barata, nervios y cartón pintado. Es el olor oficial del teatro escolar.
Estamos a una hora del estreno de Romeo y Julieta versión New Era , y yo tengo la sensación de que, si no estrenamos ya, se me va a salir el alma por la boca. Ahora entiendo a las madres de los artistas.
—Respira, Ivy —me digo en voz baja, en mitad del escenario vacío—. No es una operación a corazón abierto. Solo adolescentes fingiendo morirse por amor.
Una luz parpadea sobre de mi cabeza.
—Y focos que quieren sabotearte —añado, mirando hacia arriba.
Escucho la puerta lateral abrirse de golpe.
—¿Dónde está mi novia de Shakespeare? —ruge una voz que podría mover montañas.
Dar.
Aparece entre bastidores cargando tres perchas con trajes de época modernizados y empujando el carrito de Newman. Lleva un pañuelo rojo en el pelo, pendientes enormes y cara de haber planeado algo que no sé si me va a gustar.
—Aquí —respondo, levantando la mano.
Me mira de arriba abajo al llegar a mi lado.
—Tienes cara de «si algo más sale mal, me tomo yo el veneno en lugar de Romeo».
—No descartes nada —respondo—. Falta que se caiga el decorado, que Julieta entre en crisis y se bloquee o que alguien se tropiece con el cable de las luces.
Dar suelta las perchas en una silla, se sacude las manos y destapa a Newman, que estaba debajo de su manta.
—Bueno, por lo menos una cosa va a salir perfecta.
Me quedo estupefacta.
—No —susurro—. No puede ser.
Newman se incorpora un poco y gira la cabeza hacia mí: gordo, esponjoso, con sus bigotes estirados y una dignidad que no merece lo que están intentando hacerle.
—Te presento al verdadero protagonista de esta noche —dice Dar.
El gato lleva puesto un chaleco diminuto de terciopelo verde, con una especie de cuello de encaje y una capa ridícula con el escudo mitad Capuleto mitad Montesco pintado a mano.
Cierro los ojos un segundo.
—Por favor, dime que esto no es real.
—Es Verona, cariño. ¿Cómo no va a haber un gato? —Dar alza la barbilla—. Oficialmente es «El Gato de la Plaza del Mercado». Sale en la escena del baile. Es la mascota de todos. Y no se sabe si es Montesco o Capuleto, metáfora de la paz, bla, bla, bla.
Me mira, orgullosa de su propia genialidad.
—No puedes decir que no.
—Dar… —suspiro—. No puede salir un gato real en escena. Es un riesgo.
Como si me entendiera, Newman se sienta con toda la calma del mundo y empieza a lamerse la pata, haciendo vibrar el encaje. Noto cómo me mira de reojo.
—Míralo —dice Dar—. Ha nacido para esto. No puedes truncar su sueño.
Julieta está repasando el monólogo final mientras se termina de hacer la trenza y se coloca unos pendiente de aro enormes.
Romeo pregunta por tercera vez si la espada va a cortar algo de verdad.
Las madres rondan con horquillas en la boca y alguien ha perdido un zapato que no debería perderse.
Tengo la sensación de que se están confundiendo de historia.
Dar se mueve entre ellos como una sargento:
—¡Súbete esos pantalones, por favor! ¡No necesito ver tus calzoncillos de cactus!
—¡Ese corpiño no va así, que esto es Verona, no una despedida de soltera en Las Vegas!
—¡Ah! ¿Que la hacéis con música moderna? Madre mía qué invenciones.
—¡Que alguien traiga a Newman, que tiene que practicar!
Julieta se gira hacia mí, con los ojos gigantes.
—Profe, creo que me voy a desmayar.
—Te desmayas al final, cariño, en el mausoleo —respondo—. Antes no, por favor.
Me aparto un poco, saco el móvil del bolsillo trasero y lo miro como quien mira una bomba a punto de estallar.
La bandeja de entrada está llena de correos de tiendas de ropa y de promociones para que me vaya de viaje.
Solo tengo fijado un correo arriba, de hace dos días.
UC DAVIS — OFERTA DE PUESTO DOCENTE
Cierro los ojos un instante. La escena de la entrevista me viene a la cabeza con una nitidez casi teatral.
Una sala luminosa. Libros por todas partes. La directora del departamento me miraba por encima de sus gafas de ver mientras ojeaba papeles.
—Sus artículos y ensayos nos han parecido fascinantes —dijo—. Y su experiencia en instituto nos parece un plus, no un obstáculo.
Me habló de la plaza: un año de prueba, posibilidad real de quedarse.
Yo escuchaba y asentía mientras tomaba notas absurdas mentales sobre que debería comprar una planta para mi nuevo despacho.
Y ahí lo supe.
Cuando el correo con la oferta llegó al día siguiente de la entrevista, me temblaba todo. Lo leí tres veces. Y contesté en menos de diez segundos.
Sin consultarlo con nadie. Sin pedir permiso a nadie. Por primera vez, solo por mí.
—Ivy, cielo, ¿estás aquí o has tenido un viaje astral a otro plano? —la voz de Dar me arranca del recuerdo.
Parpadeo. Estoy otra vez entre bambalinas. La realidad: telón rojo raído, olor a desodorante barato, adolescentes prerevolución hormonal y un gato con aires de estrella emergente.
—Estoy —respondo.
Dar me clava la mirada. Lleva demasiados años leyéndome la cara.
—Tienes cara de estar guardándote algo.
Trago saliva.
—¿Yo? Que va.
Ella se encoge de hombros.
—No voy a obligarte a contar nada que no quieras —dice—. Aunque podría, y lo sabes —añade, amenazante—. Solo recuerda una cosa: los estrenos son para celebrar lo que has conseguido, no para castigarte por lo que todavía no has decidido si quieres decir.
Me aprieta el antebrazo.
—Y ahora, relájate. No quedaría bien que te pusieras a vomitar encima de los de la primera fila.
Quedan menos de veinte minutos para que comience la obra y el público empieza a entrar.
Eli está en la primera fila con el móvil preparado para grabar.
Ray por fin lleva una camisa más o menos decente, pero con zapatillas deportivas.
Maisie se ha colocado estratégicamente en la butaca del pasillo para poder levantarse y moverse por el auditorio antes de que su madre la sujete al asiento.
Wes está a su lado, intentando entretenerla.
Dar se pasea por las filas colocando a los padres histéricos.
—Los móviles en silencio. Si grabáis, me pasáis todos los videos, y si pillo a alguien hablando en voz alta le prohíbo la entrada al Sweet Hollow —anuncia.
Newman, desde sus brazos, maúlla secundando todo lo que dice su dueña.
Miro hacia la cabina del técnico. Noah está allí, con dos alumnos del club de audiovisuales. Lleva vaqueros, la camiseta del instituto y auriculares en el cuello. Está revisando la mesa de luces como si pilotara una nave espacial.
Lo observo desde abajo. Él no sabe que lo estoy mirando.
Habla con los chicos, señala botones, les hace una broma. Ellos se ríen. Uno le choca la mano. El otro le enseña los controles de las luces. Parece que todo esto —decorado, cables, focos, alumnos enloquecidos— fuera el lugar al que siempre ha pertenecido.
Y pienso: este Noah, este del foco en la mano, de la gorra del equipo puesta aunque le quede fatal, el de los alumnos que lo buscan para pedirle consejo… este Noah es el mejor de todos.
Y yo… Yo tengo un correo respondido. Una ciudad nueva esperándome. Una vida que no lo incluye por defecto.
El nudo en el estómago se me aprieta.
—Profe —me saca de mis pensamientos Julieta, tirando de mi camiseta—. ¿Puedo abrazarlo al final aunque esté muerto? Es que me sale.
—Abraza lo que quieras, corazón —respondo—. Solo no le resucites, que nos cargamos la tragedia.
Las luces de la sala bajan. Mi corazón sube.
Se alza el telón.
La obra va sorprendentemente bien: Mercucio se ha comido el escenario con su monólogo rapeado. Benvolio se olvida una frase, pero se inventa otra mejor.
El público ríe en los sitios que esperábamos que riera cuando organizamos la nueva versión. Desde mi lateral, veo cómo Noah sube y baja intensidades de luz al ritmo de la música, como si llevara toda la vida haciéndolo.
Llega la escena del baile.
—¡Gato! —susurra Dar, empujando a Newman hacia el chico que hace de criado.
El chaval coge a Newman como si fuera dinamita. O pesara una tonelada.
—Por Dios, sujetadlo bien —digo—. Si se cae es posible que hagamos un agujero en la madera.
Newman sale al escenario con su chaleco verde y su capa absurda. El público se derrite: risas, «ooooh», algún «mira qué bien le queda la ropa».
Julieta entra con su máscara, se cruza con Newman y... se agacha y lo acaricia. Vale. No estaba planeado, pero el gato es achuchable.
Newman decide que ese es su momento. Se pasea contoneando la cola, girando sobre sí mismo y mirando al público. De verdad que este gato es una estrella.
Romeo entra, dice su frase mirando al suelo porque el gato le ha roto la concentración.
—«Si profano con mi mano indigna este santuario...» —recita, intentando no pisarlo.
Desde la cabina, se oye la carcajada ahogada de Noah por el intercomunicador.
Dar está llorando.
—Es… perfecto —susurra ella—. Es arte.
Yo me tapo la boca para no reírme en voz alta. El público aplaude espontáneamente al gato cuando lo sacan en brazos. Él ni se inmuta.
La obra está fluyendo con menos caos del previsto y con todo el flow que teníamos planeado.
Cuando llega la escena de la pelea entre los Capuleto y los Montesco, mis ganas de vomitar se multiplican. Es la escena que más hemos ensayado y, cuando los chicos salen al escenario, estoy a punto de tirarme del pelo de los nervios.
Tibaldo está provocando.
Mercucio responde.
Los alumnos lo están clavando.
Noto cómo los nervios en el público están creciendo y… cambio de luces. Todo a oscuras. Un solo foco sobre los Capuleto.
«Hey, hey
Bye, bye, bye (bye, bye)»
Los Capuleto empiezan a bailar al ritmo de N’Sync.
Se burlan de Mercucio. Él se enfada. Romeo intenta calmarlo pero no puede, la humillación es demasiado.
Los Capuleto se acercan y hacen un círculo alrededor de Mercucio. Pasos sincronizados. Manos al aire. Cada « bye » es un empujón emocional y yo estoy a punto de ponerme a llorar.
Y de repente...
Silencio.
La música se corta de golpe.
Y la pelea estalla.
Un foco rojo cae sobre Mercucio. Los Capuleto se alejan lentamente, respirando fuerte, sudando del baile.
Mercucio cae de rodillas.
—«¡Que la peste caiga sobre vuestras dos casas!».
Y oscuridad.
Silencio.
En ese momento, el auditorio estalla. Aplausos, lágrimas, risas contenidas. El público en pie.
A mí se me han terminado de caer las lágrimas y no puedo dejar de sonreír.
Cuando Julieta coge el puñal y mira al público, algo se me clava a mí también.
Aplausos.
Muchos.
De los de verdad.
Los chicos salen a saludar. Romeo y Julieta se cogen de la mano, se miran y casi se echan a llorar.
Mercucio hace una reverencia ridícula. Los Capuleto bailarines se vuelven a llevar una ovación enorme.
Newman no está en el saludo final porque a esas alturas ha decidido que ya ha hecho bastante por el arte contemporáneo y está dormido en el regazo de Maisie.
Yo salgo al final, porque los alumnos me empujan.
—¡Profe! ¡Profe! —gritan.
El público aplaude más fuerte.
Veo a Eli de pie, a Wes silbando, a Ray gritando «¡Bravo, Brooksy!», a mis padres en pie aplaudiendo.
Y, desde la cabina, Noah aplaudiendo. Solo para mí. Me hace un gesto de «enhorabuena» y yo quiero grabarme a fuego este instante.
Cuando el público se ha ido, los chicos recogen decorado, se hacen selfies con los trajes, se prometen mandarse los vídeos. Dar está ayudando a guardar vestidos en fundas.
—Ha sido precioso, niña —dice, abrazándome por detrás—. Esto que has hecho… esto no se va a olvidar jamás. Ya ha pasado a ser Historia de Crescent Hollow.
—Gracias —susurro, escondiendo la cara en su hombro.
—Y ahora, cuando acabe el drama shakespeariano, te sientas contigo misma y decides qué telón quieres abrir ahora —añade en voz baja antes de soltarme—. Y los demás, que se adapten.
Se va antes de que yo pueda protestar y me quedo sola en mitad del escenario medio desmontado.
—Está feo que el director técnico se vaya sin felicitar a la jefa de todo esto —dice Noah.
Me giro.
Está ahí, sobre el escenario, con una linterna en la mano y el pelo revuelto de haber llevado los cascos puestos.
—Han estado increíbles —le digo.
—Han estado increíbles porque tenían a alguien que creía que podían hacerlo —responde—. Y porque alguien se ha dejado la piel aquí.
Me mira con esa dulzura que me desarma.
—Te he visto desde arriba —añade—. Corriendo de un lado a otro, animándolos, calmándolos… Estabas… —busca la palabra— en tu elemento.
Me río.
—Mi elemento es el caos organizado —respondo.
—Pues ojalá todos los caos se parecieran a éste —dice—. Gracias por dejarme formar parte.
Lo dice con una honestidad que me pincha en un sitio que intento no tocar.
En la respuesta que ya envié.
En la vida que está a dos horas de aquí.
Y también pienso en el hombre que tengo delante, con una linterna en la mano, la sonrisa cansada y la mirada más limpia que le he visto en años.
—Noah… —empiezo.
Pero no es el momento.
No aquí.
No con las cartulinas de Verona por el suelo y el eco de la música flotando todavía.
—Lo has hecho muy bien —termino, en vez de decirle nada de lo que me está subiendo por la garganta.
Él sonríe, se encoge de hombros.
—Bueno, ya sabes. Si el fútbol no se me da bien, siempre me quedará el teatro escolar —dice.
Apagamos todas las luces y salimos juntos del auditorio .
A partir de mañana, la que tiene salir a escena soy yo.