Después de olvidarte 32 · Ivy
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32 · Ivy

J ake aparca frente al restaurante y me abre la puerta antes de que yo pueda protestar. Siempre ha tenido esa educación suave, un poco anticuada, pero que en él nunca me molestó.

—Después de ti —sonríe.

Y yo sonrío también, porque… me sale natural. Porque me alegro de verlo. En serio. Sin contradicciones internas.

—Hacía tiempo que no venía aquí —dice Jake mientras entramos.

—Yo también —respondo—. Demasiado.

Nos sentamos. La camarera nos reconoce a pesar de que hace años que no hemos venido y marcha «lo de siempre». Todo fluye con una facilidad inesperada.

Hablamos de su trabajo, de Nueva York, de mis proyectos con los alumnos, de los viajes que nunca haremos, de libros. Jake siempre tuvo esa forma honesta de mirar a la gente, como si nada de lo que digas le pareciera estúpido.

—Supe lo de Noah —dice, a media cena—. El accidente. ¿Él está bien?

Asiento.

—¿Y tú, Ivy? ¿Tú estás bien?

Bajo la mirada a mi copa.

—Sí… bueno, ahora sí. Ha sido intenso. Al principio fue difícil.

Jake sonríe con esa melancolía amable suya.

—Supongo que eso tuvo que removerte. Fueron muchos años.

—Sí —no esquivo la verdad. —Lo removió todo. Pero ahora él ya tiene una vida aquí y yo estoy muy bien.

Él no presiona. Nunca lo hizo.

Hablamos un rato más, hasta que deja los cubiertos y me mira con el brillo claro que le sale cuando va a decir algo importante.

—Ivy… —dice, entrelazando los dedos sobre la mesa—. Tengo algo que contarte.

Me quedo quieta. Me pone muy nerviosa cuando alguien suelta una frase así. Estoy… expectante.

—Un colega de la UC Davis me ha comentado que hay una plaza nueva de profesor en el departamento de Literatura. En principio sería solo un año, pero si funciona, sería una plaza fija.

—Jake… —me ilumino por él—. ¡Eso es increíble! ¿Pero vas a dejar Nueva York para volverte? Pensaba que te encantaba estar en la NYU, y allí ya tienes un puesto fijo.

—No, Ivy. No voy a dejar Nueva York —sonríe—. Te he recomendado a ti.

Me quedo mirándole. Creo que mi corazón se salta un par de latidos. Él continúa:

—Y sé que te encanta tu trabajo en el instituto.

Que te encanta estar aquí con tu familia, con tus amigos —dice rápido, levantando las manos—.

Pero terminaste el doctorado hace unos años.

Diste clases de adjunta y te publicaron varios artículos.

Eres una profesora magnífica, Ivy. De las mejores que he conocido nunca.

Me quedo en silencio. Él sigue.

—Me tomé la libertad de enviarles tu tesis y tus publicaciones. Les gustaste y me pidieron tu correo electrónico. Quieren concertar una entrevista contigo.

Yo sigo sin poder articular palabra.

El murmullo del restaurante se vuelve un ruido lejano. Los cubiertos suenan. La luz del techo cae cálida sobre la mesa.

Y dentro de mí, algo se enciende. Una chispa. Pequeñita, pero real. Una ilusión que no tiene que ver con nadie más. Ni con Jake. Ni con Noah. Ni con lo que fui o perdí. Sino conmigo. Con lo que quiero ser.

—No tienes que darme una respuesta ahora —añade Jake—. Solo quería que lo supieras.

Asiento despacio.

—Prométeme que lo pensarás.

—Lo haré —susurro—. Gracias. De verdad.

Y lo digo en serio.

✽✽✽

No he pegado ojo en toda la noche, así que conforme me despierto me pongo un pantalón de chándal fino, la camiseta más vieja que he encontrado y voy a casa de Eli temprano.

Tienen horario infantil, así que sé que está despierta porque Maisie abre los ojos a las siete de la mañana y no entiende que haya gente a la que le guste abrazar la almohada hasta las doce de un domingo.

La he avisado antes de salir de casa, así que me espera con café y tostadas en el porche.

Lleva una bata fina de color rosa sacada de un mercadillo vintage.

—Buenos días, drama queen —dice ella, moviendo las cejas. —Espero que vengas a decirme que Jake te empotró contra el capó del coche.

—Pero qué bestia eres… Y no, anoche nadie empotró a nadie. O al menos no a mí —respondo, dejando el móvil sobre la mesa—. Vengo… a contarte una cosa.

Eli me mira con atención. Ella huele los giros emocionales antes de que yo abra la boca.

Le cuento todo: la cena, Jake, la proposición para la UC Davis, la chispa que se encendió anoche y que aún no se ha apagado...

No le digo nada de Noah porque no hace falta.

Él está en cada silencio. En cada gesto que no nombro.

Cuando termino, Eli se cruza de brazos, observándome.

—¿Y qué piensas hacer? —pregunta.

Me quedo muy quieta.

—Pues… pienso que quizá por primera vez, no estoy pensando en irme a un nuevo sitio por nadie más que por mí.

Eli sonríe. Orgullosa.

Y la luz de la mañana cae sobre nosotras como si todo encajara.