31 · Noah
E stoy en el sofá con Wes, viendo un documental que él ha puesto «porque le calma la mente». Él está comiendo patatas y yo finjo ver la tele mientras me caliento la cabeza, pensando en por qué Ivy lleva unos días evitando quedarse mucho tiempo conmigo a solas.
Todo normal cuando estás en plena crisis emocional. Hasta que escucho pasos en la planta de arriba.
Tac. Tac. Tac .
Y entonces la veo.
Ivy baja despacio, abrochándose un pendiente. Lleva un vestido negro de manga corta entallado que le marca todas las curvas de su cuerpo. El pelo suelto, ligeramente ondulado. Se me cae el alma a los pies. O se me sube al pecho. No sé. Wes deja de masticar. Ese es el nivel.
—¿Qué tal? —pregunta Ivy, tímida, desde el último escalón—. ¿Muy arreglada?
Yo abro la boca.
Cierro la boca.
La vuelvo a abrir.
No digo nada.
Wes me da un codazo que casi me perfora el costado.
—Estás espectacular, Ivy —dice él, como si yo no existiera.
Yo asiento, muy lento, como un robot viejo.
—S-sí —consigo articular—. Mucho.
Ella sonríe, ajustándose la chaqueta.
—Voy a salir. No me esperéis despiertos.
Mi cerebro hace «¿qué?»
Intento recordar si ha comentado en algún momento que tuviera planes o si Ray me ha dicho que las chicas iban a salir. Nada. No encuentro esos datos.
Voy a salir.
Voy.
A.
Salir.
¿Salir dónde? ¿Con quién? ¿Durante cuánto?
—Si quieres te llevo —suelto sin respirar, una vez que me he repuesto.
Ella se gira hacia mí.
—No hace falta —dice, amable—. Vienen a recogerme. Y me traerán de vuelta.
Vienen.
A.
Recogerme.
Me da un microinfarto de esos que no salen en las pruebas médicas. Voy a preguntar «¿quién?» pero no llego porque su móvil vibra antes de que abra la boca. Ella mira la pantalla y sonríe. No necesito ver el nombre para sentir cómo me baja la tensión. Me estoy mareando un poquillo.
—Ya está aquí —dice Ivy, guardándose el móvil—. Me voy, chicos.
Nos dedica una sonrisa dulce.
—Pasad buena noche.
Yo intento decir algo.
Ella sale por la puerta y la cierra con cuidado.
En menos de un segundo estoy en la ventana como un resorte.
Corro un poco la cortina y miro hacia fuera.
Hay un coche negro aparcado delante de casa con el motor encendido y las luces iluminando la acera.
Ivy baja los tres escalones de la entrada con esa manera tranquila de cuando está cómoda.
Un chico sale del coche. Un tío. Bien vestido.
Seguro de sí mismo. Me cae mal. No lo conozco y me cae mal.
«¿Pero qué coño me pasa?».
Sonríe al verla de una forma que no me gusta nada y me gusta menos cada segundo. Veo a cámara lenta cómo se dan un abrazo sincero y él le da un beso en la mejilla. Siento a Wes colocarse detrás de mí, mirando por encima de mi hombro.
—Pareces la vieja del visillo.
—¿Quién es ese? —pregunto, sin quitar la cara de la ventana. Me sale la voz rara. Tensa.
Wes entrecierra los ojos, como si necesitara confirmar algo.
—Es Jake —dice.
Me giro hacia él un segundo, confundido.
—¿Jake?
Vuelvo a la ventana justo a tiempo para ver cómo Jake —quien demonios sea— le abre la puerta del coche a Ivy.
Ella se mete dentro y se acomoda mientras él cierra la puerta y se va hacia el lado del conductor.
El coche arranca y yo me quedo ahí, con la mano aún aferrada a la cortina, como si eso fuera a traerla de vuelta.
—¿Y quién cojones es Jake? —digo, girándome hacia Wes.
Me apoyo un poco en el marco de la ventana. Trago saliva. Siento el golpe justo en el centro del pecho.
—¿Y por qué Ivy sale con Jake… y no conmigo?