30 · Ivy
M e despierto en la casa de los Carter como si llevara meses aquí. No debería sentirme así. Pero me siento así.
Bajo a la cocina y Noah ya está ahí, sirviendo café y escuchando la radio. Sí. La radio.
—Buenos días —dice, con una sonrisa demasiado tranquila para lo temprano que es.
—Buenos días —respondo yo, intentando sonar normal.
—Oye Ivy, ¿qué te parece el cartel de la gala de la Fundación? —pregunta, enseñándome el móvil—. Es dentro de dos semanas. ¿Vendrás? Wes viene. Y Ray y Eli también.
—Cuenta conmigo —respondo sin pensar, mirando cómo se le ilumina la cara con mi respuesta.
La convivencia se ha vuelto… fácil. Como si no hubiese pasado nada. Como si las rutinas ya fueran nuestras: él prepara el café, yo corto fruta. Él roba un trozo de mi cuenco, yo protesto por costumbre. Él dice que no es robar si me mira y sonríe. Yo hago como que no lo escucho.
Y así todos los días.
Demasiado fácil.
Noah lleva tres días intentando convencerme de salir a correr con él.
—No corro —le digo.
—Sí corres —dice él.
—No.
—Sí.
—Noah, ¿sabes cuántas veces he salido a correr en los últimos dieciocho años?
—¿Cero? —pregunta él, sin levantar la vista de las zapatillas.
—Cero.
—Pues hoy vamos a por una.
Y aquí estoy. Corriendo. Sudando. Al lado de un exatleta profesional que corre como si avanzara sobre nubes.
—¿Estás bien? —me pregunta, sin que ni siquiera le falte un poquito el aire.
—Perfectamente —miento, jadeando a punto de morir.
—Podemos ir más despacio.
—¡No! Si vamos más despacio nos puede adelantar hasta una hormiga —respondo, por orgullo, aunque tengo los pulmones a la altura de las amígdalas.
Al final, él reduce el ritmo. Yo dejo de querer matarlo. Terminamos andando —bueno, él anda y yo lucho contra la languidez de mi cuerpo para no arrastrarme por el suelo— y compartimos una botella de agua.
—Lo has hecho muy bien —dice.
—¿Porque no me he muerto?
—Precisamente por eso. Es un gran paso.
—No me gusta esto.
—Te gustará. Mañana salimos otros diez minutos a trote suave —insiste, con esa sonrisa que debería estar prohibida.
No voy a volver a salir a correr con él. No me ha gustado.
Bueno. Me ha gustado un poco.
Pero no voy a decírselo.
✽✽✽
Llego al auditorio pensando que hoy va a haber cuatro alumnos contados para el ensayo y que el decorado y la escenografía no van a estar a tiempo para el estreno de la obra, lo típico de un miércoles.
Pero cuando abro la puerta… hay diez personas que no forman parte del elenco oficial: tres del equipo de fútbol que son de penúltimo curso, dos de tecnología, dos del club de arte y tres del coro.
Y Noah en medio, organizándolos a todos.
—¿Qué… es esto? —pregunto.
—Refuerzos —dice él, levantando una ceja—. Te veía cansada. Y pensé… «¿y si convertimos el decorado en algo digno ?»
—¿Has reclutado a medio instituto?
—Puede.
De repente, se abre la puerta del auditorio como si alguien pretendiera llevársela a cuestas.
—¡A ver, criaturas del arte! ¿Dónde hacen falta mis hermosas manos para arreglar este vestuario?
Me giro hacia Noah.
—¿En serio?
—Se ha apuntado ella. Y no he podido frenarla.
Y yo… siento ese calorcito en el pecho otra vez.
«Noah, ¿qué estás haciendo?», pienso.
Pero también pienso:
«Gracias».
Estoy recolocando unas telas con una alumna cuando siento el móvil vibrar en el bolsillo trasero del vaquero. Lo saco sin pensar, esperando un mensaje de mi madre o de Eli.
Pero el nombre que aparece en la pantalla es otro.
Jake.
Abro el mensaje.
Y ya está. Normal. Natural. Muy Jake.
No me sorprende. No me incomoda. No me altera.
Es… un mensaje de un amigo que formó parte de una etapa de mi vida que no me duele recordar.
Pero lo extraño no es el mensaje.
Lo extraño es mi reacción.
Porque lo leo… y mi mirada se va directamente a Noah. Instintiva. Sin buscarlo. Sin pensarlo.
Él está al otro lado del escenario con dos alumnos, discutiendo muy seriamente la mejor forma de fijar un panel sin que parezca que se va a caer en mitad de la obra.
Se pasa una mano por el pelo, sonríe, se agacha, les muestra algo en el panel de madera. Pura naturalidad. Pura luz.
Y yo me quedo con el móvil en la mano, aún con el mensaje de Jake abierto… y con Noah en el centro de mi campo visual.
Un cruce extraño. Inesperado. Casi simbólico.
No sé si voy a contestar ahora o luego. Ni siquiera me lo planteo todavía.
«Nunca creí que mis dos mundos llegarían a chocar así».
Cierro el móvil. Guardo el mensaje en un rincón mental para más tarde. Y vuelvo al ensayo.
✽✽✽
Esta noche hace muchísimo calor y no puedo dormir.
Estamos a principios de mayo, ¿a qué vienen estas temperaturas?
Cansada de dar vueltas en la cama bajo a la cocina a por un poco de agua fría.
Abro la puerta de mi cuarto con cuidado y sin hacer ruido para no despertar a nadie.
La camiseta que llevo para dormir es una vieja de Noah que tengo desde hace mil años.
Está súper desgastada y me llega a mitad de muslo.
No necesito que me vea en bragas vagando por la casa.
Llego a la cocina alumbrándome con la linterna del móvil y cojo un vaso de la encimera. La luz del interior del frigorífico corta la oscuridad de golpe y me echo agua fría de la jarra que hay en la puerta.
—¿Ivy?
Doy un salto del susto.
Me giro.
Noah está en el marco de la puerta. Descalzo. Pantalón de chándal bajo, colgando de la cadera. Torso desnudo. Ojos entrecerrados, voz ronca de haberse despertado hace un segundo.
—¿Qué haces despierta? —pregunta somnoliento.
—Tenía sed —contesto, dándome tirones de la camiseta hacia abajo disimuladamente sin dejar de mirar la «V» de su vientre bajo.
Él camina directo hacia mí. Bueno, hacia mí no, hacia el frigo. Cuando lo abre, la luz le ilumina el pecho.
Trago saliva. No ayuda.
Se coloca a mi lado y cierra el frigorífico suavemente con la mano. Quedamos cara a cara, muy cerca. Demasiado. Siento su calor desde donde estoy.
—Estás… —empieza a decir, bajando la mirada a mi camiseta.
—¿Qué? —pregunto, casi sin voz.
Sus ojos suben despacio, muy despacio, hasta los míos.
Ahí se jode todo.
El aire cambia. Él lo sabe. Yo lo sé. Y ninguno parece estar dispuesto a frenarlo.
Noah acerca una mano a mi cara. No me toca. La pasa a un centímetro de mi mejilla, como si comprobara si estoy temblando.
Lo estoy.
La retira un poco. Respira hondo. Y entonces me mira la boca. Ese segundo es más indecente que cualquier roce físico.
—Noah… —susurro, casi en un gemido.
Un sonido que ni sé si quiero que él escuche. Pero lo oye. Su mandíbula se tensa y da un paso más hacia mí. Yo me echo hacia atrás para verlo mejor y me topo con la encimera. Nuestras respiraciones chocan.
Comienza a acariciarme los brazos con la yema de los dedos, tan sutilmente que no sé si realmente me está tocando o es que la electricidad se está apoderando de mí.
Noto como me tantea, pidiéndome permiso para seguir.
No me resisto y sigue el camino que estaba trazando hacia arriba, hasta que sus dedos me acarician la cara.
—He dibujado tantas veces estas facciones… Ni te imaginas la de bocetos que he hecho de tu cara… de tus labios… —añade, mientras me roza los labios con el pulgar.
Cierro los ojos instintivamente y noto un pulso debajo del vientre.
—Eres preciosa, Ivy. Y lo peor es que ni siquiera te das cuenta. No eres consciente de cómo iluminas cada habitación en la que entras. Al menos para mí.
—Noah… no podemos… —respondo, perdida en su caricia.
Su otra mano baja por mi costado, por encima de la camiseta, lenta. Casi científica. Casi cruel. Un dedo roza el borde inferior de la prenda, apenas un tirón hacia arriba, y mi piel se eriza entera. Noah me mira como si acabara de descubrir algo prohibido.
—Dime que pare —susurra.
No puedo decirlo. En cambio, doy un paso hacia adelante y rozo sus labios con los míos. Y entonces él me besa. No es un beso dulce. Es un choque. Una explosión contenida que nos estaba esperando desde hace demasiado. Un nuevo big bang.
Me agarra la cintura con ambas manos y me sube a la encimera. Yo lo rodeo con las piernas y lo atraigo hacia mí. Me aferro a su cuello, hundiendo los dedos en su pelo, y el beso se vuelve más profundo, más húmedo, más desesperado. Lo siento duro contra mi centro y me arde todo el cuerpo.
—Dios, Ivy… —murmura contra mi boca—. No sabes lo que haces conmigo.
Él se coloca mejor entre mis piernas. Encaja.
Perfecto. Peligroso. Sus manos suben por mis muslos, firmes, calientes, posesivas de una manera que jamás había visto en él.
Cuando llega a la parte alta, sube despacio la camiseta y me deja los pechos al descubierto.
Se separa un poco para mirarme y su respiración se corta.
—Eres lo más maravilloso que he visto nunca —consigue decir antes de volver a besarme. Esta vez, más calmado, pero más profundo y firme.
Su boca baja por mi cuello. Mis dedos se hunden en su espalda.
Recorro los trazos de tinta negra de su pecho y sus brazos como si fuera la primera que los veo.
Noto como se eriza bajo el tacto de mis manos.
Bajo la mano hasta colocarla entre los dos y noto su erección entre mis dedos.
Él gime. Un sonido bajo, masculino, que me enciende todavía más.
Su mano sube lentamente por el interior de mi muslo. Esta vez no hay duda, no hay pausa, no hay freno.
Me toca exactamente donde necesito. Como si recordara exactamente dónde y cómo hacerlo.
Un roce. Un círculo. Una presión perfecta.
Mi boca se abre sin sonido. Mis uñas se clavan en su espalda.
Él me sostiene la cadera con una mano, firme, como si temiera que me escapara del borde al que me está llevando.
Con un movimiento rápido se separa un segundo de mí para bajarse los pantalones. No lleva ropa interior. Me deleito mirándolo. Perfecto. Glorioso. Solo para mí.
Me levanta un poco de la encimera y me quita la ropa interior.
Noto cómo palpito de la anticipación.
Él vuelve a encajarse entre mis piernas y me roza la entrada para ver si estoy lista.
Y sí, estoy más que lista. Entra un poco en mi interior y sale, volviéndome loca.
Lo busco con las caderas y lo introduzco de nuevo, entero, y lo beso con una pasión desmedida.
Él gruñe sobre mis labios y aprieta un poco más, lo que me hace soltar un gemido, esta vez sin contención.
El movimiento se repite. Rítmico. Hipnótico. Deliberado.
—Así… —susurra contra mi cuello.
Mete la mano entre los dos y me toca el clítoris con el dedo pulgar. Mi cuerpo se tensa entero. Mi respiración es un desorden. Se me nubla la vista.
Sus dedos aumentan la presión. Un poco más. Exacto. Justo donde...
Mis piernas tiemblan. Mi abdomen se contrae. Estoy ahí. A un segundo. A un pulso. A un golpe de cadera más.
—Noah, voy a irme.
—Déjate —murmura él, y su voz me rompe—. Estoy contigo. Siempre.
Su pelvis se aprieta contra mí y yo lo acerco aún más con las piernas.
Su mano se mueve más rápido.
Más profundo.
Mi espalda se arquea.
Mi boca se abre mientras él sigue besándome.
Oh dios. Oh dios.
Es ahora.
Es ya.
—Noah me…
Me despierto.
Sudando.
El corazón desbocado.
La camiseta pegada al pecho y las sábanas hechas un nudo bajo mi cuerpo.
Miro a mi alrededor. Necesito unos minutos para asimilar donde estoy. La habitación de invitados de los Carter. Oscura. Silenciosa.
Mis muslos tiemblan.
Mi clítoris late con pulso propio.
El orgasmo fallido aún vibra dentro de mí, cruel, incompleto e indignado.
—NO.
NO, NO, NO.
NO PUEDE SER.
Me dejo caer de espaldas sobre la almohada y me tapo la cara con las manos.
—Necesito terapia urgente. Y volver a mi casa ya de una vez. Y apagar este cerebro de mierda.
Me quedo así unos segundos. Luego me incorporo, miro el reloj.
04:39.
Perfecto.
La hora oficial del sabotaje psicológico.
«Mierda, Ivy».