Después de olvidarte 29 · Noah
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29 · Noah

L a casa está demasiado tranquila después de que Ivy se haya ido con sus padres.

Me quedo en la cocina un momento, apoyado en la encimera, mirando el suelo donde habíamos bailado hace un rato.

Todavía puedo escuchar la canción en mi cabeza.

Todavía puedo sentir su mano en la mía. Todavía puedo ver la forma en que se reía, medio sorprendida, feliz.

Creo. O espero.

Me froto la nuca. Sigo sonriendo como un idiota. Es ridículo. Llevamos días conviviendo, y hoy… no sé. Hoy ha sido distinto.

No sé qué hacer con esa sensación que me sube por el pecho, así que hago lo único que sé hacer: moverme.

Wes también se ha ido. Ha quedado con sus amigos de la academia en Eureka. «Me viene bien ver caras nuevas. Ivy y tú os estáis poniendo intensitos», me ha dicho al irse.

Así que estoy solo en la casa. Y cuando estoy solo, pienso demasiado.

Miro hacia la puerta del sótano. Está ahí, llamándome, lleno de cajas sin abrir y herramientas viejas. He dicho mil veces que quiero hacerme un taller. Pues hoy es el día.

—Venga, Carter —murmuro—. Algo útil tienes que hacer.

Cojo una botella de agua, bajo las escaleras y enciendo la luz.

«Aquí hay mucho trabajo que hacer».

Perfecto. Un desastre que SÍ puedo arreglar.

Empiezo a abrir cosas al azar. Una caja de cables. Otra de adornos navideños. Una con juguetes viejos que supongo que serían nuestros. Otra con herramientas que no sé si están en condiciones.

Me siento en el suelo para abrir una caja sin etiqueta. Dentro hay cuadernos míos de cuando era pequeño, recortes, una bufanda de los 49ers… «Vaya, vaya, Noah. Con que ibas con el rival cuando eras pequeño».

Me levanto del suelo y empiezo a mirar estanterías. Encuentro una caja de plástico con documentos e intuyo el nombre de mi madre en una de las carpetas que hay dentro.

Mi estómago se tensa un poco mientras cojo la caja y la abro. Papeles, carpetas, documentos doblados. Informes médicos. El nombre de mi madre en la primera página. Me quedo quieto, con la caja entre las piernas, como si se me hubiera caído el mundo encima muy despacio.

Empiezo a leer. No de golpe, sino línea a línea. Como si tuviera miedo de romper algo si paso la página demasiado deprisa.

Hay fechas que no recuerdo. Palabras médicas que no entiendo.

Resultados. Tratamientos. Evolución. Es como entrar en una habitación a oscuras.

Y lo peor: me doy cuenta de que nunca conoceré de verdad su fortaleza.

Que no sé cuánto sufrió. Que no sé cuánto hizo por nosotros ni cuánto cargó Wes a solas.

Y eso… me duele. Apoyo la espalda en la estantería y respiro hondo.

—No estuve —susurro, aunque no haya nadie.

No estuve cuando debería. No recuerdo haber faltado, pero sé que no estuve. Sé que me escondí en el fútbol, en entrenamientos, en viajes… Sé que, al final, dejé a Wes solo con la parte más difícil. Y no sé cómo lidiar con esta culpa que no tengo memoria para sostener, pero que igualmente me pesa.

Paso los dedos por uno de los informes. Hay notas escritas por ella en los márgenes. Notas para sí misma. Recordatorios. Cosas que apuntaba para no olvidarlas.

Mi garganta se cierra en un nudo.

Querría recordarla de verdad. Querría haber sido mejor hijo. Querría que hubiera conocido a esta versión de mí, la que lo ha perdido todo pero que sabe lo que es realmente importante.

Me recompongo como puedo y me limpio las manos en el pantalón. Cojo el móvil antes de pensarlo demasiado.

Escribo:

​ Te quiero, hermano.

Lo envío.

En menos de veinte segundos aparece:

​ ¿Estás bien?

Cierro los ojos. Me río, pero no es risa de verdad. Es otra cosa.

Respondo:

​ Sí. Solo quería que lo supieras.

Tarda más esta vez. Mucho más. Tanto que pienso que quizá lo he pillado de sorpresa.

Finalmente llega:

​ Yo también a ti.

Y eso… me afloja un poco más el nudo de culpa.

Tras un rato, guardo los papeles con cuidado. No los escondo, pero tampoco puedo seguir mirándolos hoy. Los pongo de nuevo en la estantería, donde pueda encontrarlos cuando esté preparado para seguir leyendo.

Cuando subo a la cocina de nuevo, veo la pala de madera apoyada en la mesa. La misma con la que bailaba esta mañana.

Me giro ligeramente hacia el frigorífico, donde hay una foto de mamá sujeta con el imán de Hawaii. Como si pudiera verla a ella. Siento un golpe cálido en el pecho.

—Esta vez… estoy intentando hacerlo bien, mamá —murmuro.

Apago la luz. Y cierro la puerta.