Después de olvidarte 28 · Ivy
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28 · Ivy

E s sábado y por primera vez en días, no tengo alarma, no tengo ensayo, no tengo seguro al que llamar ni muebles llenos de humedad en mi cabeza.

Estoy saliendo de la ducha cuando escucho algo desde abajo.

Música.

No cualquier música.

Una canción viejísima, de esas que reconoces aunque no hayas elegido nunca en tu vida ponerla a propósito.

Me asomo por el hueco de la escalera.

La batería empieza.

Las palmas.

La voz.

«Noah ha puesto su canción».

La casa vibra. Literalmente. La música está súper fuerte.

Y yo… sonrío. Sin querer. Sin poder evitarlo.

Bajo los escalones despacio, sin hacer ruido.

Y cuando asomo la cabeza por el marco de la cocina...Noah está de espaldas, en mitad de la estancia, bailando.

No «moviéndose un poco». No «marcando el ritmo».

No.

Bailando de verdad, con las caderas, con los hombros, con toda la convicción del mundo.

Lleva una pala de madera como micrófono. Pantalón de pijama gris. Camiseta blanca arrugada. Calcetines que resbalan un poco en el suelo. Y está tan metido en la canción que no se da cuenta de nada.

Yo me apoyo en el marco, sin hacer ruido, sin respirar casi. No quiero interrumpirlo. Quiero recordarlo así. Guardarlo para mí.

Da un giro sobre sí mismo, sonrisa ancha, moviendo los hombros al compás…

Y entonces me ve.

Se queda congelado durante una milésima de segundo. Justo cuando la canción grita:

«YOU MAKE MY DREAMS COME TRUE!»

Él me mira. Sonríe. Y sin darme tiempo a huir —ni a procesar nada—, se desliza hacia mí con los hombros marcando el ritmo, como si estuviera ejecutando un paso ensayado toda la vida.

Me tiende la mano.

Yo no tengo tiempo de negar. Ni de reírme. Ni de esconder la cara. Porque él me coge la mano y me arrastra al centro de la cocina como si fuera lo más natural del mundo.

En un único movimiento: él, yo, la canción, el giro, los dedos entrelazándose un segundo.

Su mano en la mía. Mi corazón en cualquier sitio menos donde debería estar.

Ya estamos bailando cuando mi cerebro finalmente reacciona:

«¿Qué demonios está pasando?».

Pero mis pies ya siguen el ritmo. Mis hombros también. Y Noah… Noah sonríe como si este momento llevara años esperándolo.

La pala sigue en su mano, entre los dos. La canción sigue subiendo. Yo sigo ahí. Cantando y bailando con él.

Riendo sin saber por qué.

Sintiendo cosas que no deberían despertarse tan fácil.

Y entonces él se inclina un poco hacia mí y dice —gritando por encima de la música—:

—¡He encontrado un montón de CDs viejos!

Da un giro.

—¡Y en todos estaba esta canción!

Alza la pala al aire.

—¡Esta canción es la mejor canción del mundo!

Yo me río, porque no puedo no hacerlo.

Y en ese momento exacto, él hace un paso.

Ese paso.

El suyo. El de siempre. El que hacía cuando todavía me recordaba. El que hacía cuando la vida era otra. El que creí que nunca volvería a ver.

Y me quedo sin aire.

Porque baila igual.

Igual que antes. Igual que siempre.

Pero es otro. Uno que tiene la esencia del de antes pero todo lo bueno del de ahora.

Y, por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta de algo que no quiero reconocer:

Me gusta este Noah.

Mucho.

—Me gusta como amigo —me corrijo mentalmente.

Por supuesto.

Obvio.

Somos amigos.

Amigos.

AMIGOS.

Por favor, que alguien pare la música, porque yo ya no sé ni respirar.

Y justo, JUSTO en ese momento, entra Wes en la cocina.

«Gracias, universo».

Se queda quieto.

Muy quieto.

Con el móvil en la mano.

Mirándonos.

A mí.

A Noah.

A la pala.

A nuestros cuerpos pegados en un baile NO-comprometido pero que es demasiado comprometido para mi estabilidad emocional.

Silencio.

La canción sigue sonando a todo volumen detrás.

Wes parpadea.

Abre la boca.

La cierra.

Y finalmente dice, con la voz más plana del universo:

—¿En serio? Pensaba que con lo de no tener memoria por fin nos habíamos librado de esta canción.

Yo me separo de Noah como si me hubieran tirado un cubo de agua fría.

—¡No estábamos…! —empiezo a decir.

—No —responde Wes sin un ápice de emoción—. Clarísimo. No estabais bailando como dos dementes. A las nueve de la mañana de un sábado. Con una pala como micrófono.

Se lleva un dedo a la sien como si le doliera.

Noah intenta salvar la situación.

—Solo estábamos… calentando.

—¿Los dos? —pregunta Wes—. ¿A la vez?

Noah levanta la pala, como si eso fuera a explicarlo todo.

Wes suspira.

—No quiero saber nada más. Voy a tomarme un café. Y voy a fingir que no he visto esto —dice mientras se llena la taza—. Y por favor… —nos señala con la taza— …si vais a seguir con el musical de La La Land versión rural , avisadme para ponerme tapones.

Se gira y sale.

Yo me quedo estática.

Noah también.

Nos miramos.

Y los dos… nos echamos a reír.