Después de olvidarte 27 · Noah
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27 · Noah

R ay me lanza la pelota como si quisiera arrancarme el hombro.

—Te veo… extraño —dice.

—Entrenando —respondo, porque es literalmente lo que estoy haciendo.

—No, no —dice él, acercándose con esa cara de «voy a decir algo que no te va a gustar»—. Hablo de eso que tienes en la cara. Brillas, pero no a lo vampiro.

—¿Sudor?

—Cara de enamorado, campeón.

Yo paro el balón con demasiada fuerza. Wes, que ha venido a ver el entrenamiento, suelta una carcajada desde el banco.

Ray me rodea como un ave carroñera olfateando drama.

—Desde que Ivy vive en tu casa, vas más suave —dice—. Te veo caminando más lento, casi como si flotaras, sonriendo más… duermes incluso. Estás… mono.

—¿Mono? —protesto.

—Monísimo —insiste—. Como un golden retriever que se ha enamorado de su paseador.

Wes no puede aguantar más y su carcajada resuena en el campo. Los chavales empiezan a mirar.

Perfecto.

Justo lo que necesito: reputación cero.

Ray chista y grita a los chicos:

—¡A correr! ¡Que aquí algunos necesitan despejar la mente antes del partido!

Me lanza una mirada divertida y un beso al aire. Yo suspiro. Lo quiero matar.

Estoy enamorado.

Sí.

Vale.

Lo admito.

Pero que no lo grite por el campo, por favor.

✽✽✽

Aún no me acostumbro a toda la parafernalia que implica un partido en casa, aunque sea un amistoso. El instituto está irreconocible. Banda de música, caras pintadas, niños corriendo con perritos calientes en la mano, padres gritando como si estuvieran apostando miles de dólares.

La grada vibra. Todo está lleno de carteles y el equipo de animadores sigue dejándome flipado con los lanzamientos al aire y los mortales que hacen.

El logo de los Lobos brilla en todas partes. Y yo… yo siento algo en el pecho. No es memoria —eso ya no lo espero—  pero sí… pertenencia.

Ray me entrega una gorra del equipo.

—Póntela. Y no te quejes

—Ray, por favor. Odio las gorras.

—¿Por favor QUÉ? —responde con voz de animadora—. ¡Que esto es AMÉRICA, Noah Carter! ¡No hay colores más importantes para lucir con orgullo que los de la bandera y los de nuestro equipo!

Me la planta en la cabeza sin dejarme replicar.

Cuando salgo al campo con el equipo para hacer los ejercicios previos, todos aplauden. Yo me siento ridículo. Pero también… orgulloso.

En la grada, entre la multitud, veo a Ivy.

Aunque en realidad la localizo porque Wes destaca entre el resto de los espectadores, con su casi metro noventa y cinco.

Ella lleva una gorra hacia atrás, camiseta del equipo con el número 12 —«¿se ha puesto mi camiseta?

»— y el pelo suelto movido por la brisa.

No debería mirarla tanto, pero es inevitable.

Ella me saluda levantando la mano. Me sonríe. Y yo me siento completamente idiota. Pero un idiota feliz.

Ray me ve y suelta:

—Ay Dios, si te brillan los ojos. Voy a tener que sentarme.

El partido empieza fuerte. Nuestros chicos están nerviosos pero concentrados. Yo les grito indicaciones. Ray grita aún más alto. Creo que podría competir profesionalmente en gritar.

Cada vez que hago un gesto o doy una orden, escucho a la grada reaccionar. Nunca pensé que podría sentir algo parecido. Entiendo por qué me dedicaba a esto antes. Me encanta. En el descanso, voy hacia la banda a por agua. Ivy está abajo con Maisie y Eli, apoyada en la valla.

—¿Qué tal voy, enana? —le pregunto a Maisie.

—Genial. Pero la gorra te queda fatal.

Me da un beso en la mejilla y se va corriendo con Wes.

«La madre que la parió».

Miro a Ivy y Eli y ella se están partiendo de risa.

—Lo estás haciendo genial, Carter.  Se te ve feliz.

—Lo estoy —respondo, sin poder evitarlo.

Ella baja la mirada un segundo. Y luego vuelve a subirla.

—Me alegro.

Segundos después, Ray aparece entre medias de los dos como un bulldozer:

—OYE, CARTER, MENOS TONTEO Y MÁS ATENCIÓN A TU EQUIPO, ¿EH?

Ivy se ríe. Yo quiero morirme. Ray está encantado de sí mismo.

El partido termina con victoria.

Los chavales me abrazan, se suben encima de Ray, Eli grita desde la grada como si fuera la madre de todos ellos. Ivy aplaude con esa emoción que ya reconozco a kilómetros.