Después de olvidarte 26 · Ivy
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26 · Ivy

N o sé muy bien cómo he llegado a la puerta de mi piso sin volver a llorar, pero aquí estoy, con Noah a un lado, Wes al otro y tres personas del seguro diciéndome palabras que no registro porque mi cerebro sigue en modo «techo derrumbado».

—La humedad ha subido hasta el forjado —dice uno.

—Habrá que levantar toda la tarima.

—Esto llevará varios días, quizá dos semanas.

—O tres —añade el último, demasiado alegre para mi gusto.

Yo asiento como si los entendiera, pero no me estoy enterando absolutamente nada. Wes, en cambio, pone las manos en las caderas y asiente con gesto serio.

—Perfecto. Necesito que nos digáis qué pasos hay que seguir para elegir el nuevo material y de cuánto tiempo estamos hablando —dice él, como si hubiera nacido para esto.

Yo lo miro en silencio. Es impresionante. También un poco irritante cuando utiliza ese tono, porque no se le puede rebatir nada. Pero sobre todo… es tranquilizador.

Noah me roza el brazo muy suave.

—Respira —susurra.

Intento respirar. No sé si lo consigo.

Cuando los del seguro terminan de hablar, Wes ya ha tomado nota mental de todo, ha hecho tres preguntas que yo jamás habría sabido formular y ha cerrado la conversación diciendo:

—Por favor, no vayáis estirando los plazos. Conozco a vuestro jefe.

Ellos tragan saliva. Y hasta Noah y yo lo hacemos.

✽✽✽

Estoy sentada en la habitación de Wes mientras hace la maleta. Tiene que volver a la base esta noche. Mi intención era despedirlo de forma normal, pero cuando me da un abrazo fuerte y me dice:

—Si necesitas algo, me llamas. Aunque sea a medianoche, ¿vale?

… y se me escapan las lágrimas como a una idiota.

Wes se ríe, claro.

—A ver, Ivy, tampoco me estoy yendo a la guerra ahora mismo. Y esto lo hago todos los domingos.

—Ya, pero… —me limpio la cara— estoy muy sensible. O lo mismo es que yo sé que te vas los domingos pero no te veo irte. A lo mejor no nací para las despedidas.

Él me despeina un poco, sonriendo.

—Tú no naciste para muchas cosas y aquí sigues, dando guerra.

Y luego, más suave:

—Te dejo en buenas manos.

Nos despedimos otra vez y se marcha.

Y yo me quedo en la casa con Noah. Solo con Noah.

Ups.

✽✽✽

Mi primer desayuno sola con Noah es… sorprendentemente normal. La cocina huele a tostadas y a canela, pero, sobre todo, no huele a humedad, a pintura levantada ni a desastre.

Noah está de pie junto a la cafetera cuando yo entro.

—Buenos días —dice con una sonrisa tranquila.

—Buenos días.

Me deja una taza de colores junto al azucarero.

—Con leche sin lactosa para usted, señorita. No quiero visitar el hospital más de lo que me obligan —añade, encogiéndose de hombros—. No sabía si poner azúcar, así que… sírvete.

Desayunamos en un silencio cómodo mientras él lee el periódico y yo repaso mentalmente si me traje los trabajos de los alumnos de noveno o se hundieron junto con mi techo. Pese a eso, me siento extraña estando tan cómoda en esta situación con Noah.

Pero lo estoy.

✽✽✽

El primer día que Noah dijo «te acompaño, tengo que pasar por ahí», le creo. El segundo, empiezo a sospechar. El tercero ya ni disimula.

—¿Otra vez tienes que pasar por ahí? —pregunto mientras caminamos.

—Eh… sí. Es mi ruta habitual —dice él.

—¿Tu ruta habitual pasa justo por el instituto, que está en la otra punta del pueblo?

—La vida es misteriosa.

Le doy un codazo suave.

Pero lo cierto es que me gusta que venga. No debería, pero me gusta.

Cuando abrimos la puerta del auditorio, todos gritan:

—¡Señor Carter, la columna se ha caído otra vez!

Yo cierro los ojos un segundo. Noah asiente con profesionalidad.

—Bien. Vamos a ello.

—¿Cómo?

—Soy el director de decorado.

—¿Te has ascendido tú solo?

—El comité ha votado —dice—. 1 a 0.

Los alumnos lo adoran. Eli me mira desde el fondo de la sala con una ceja alzada y un «¿me lo explicas?» tatuado en la frente. Yo finjo que no la he visto. La verdad es que Noah es bueno con ellos. Tiene paciencia. Calma. Presencia de líder.

Y yo… intento no observarlo demasiado.

Por las noches, después de los ensayos, llegamos a casa agotados. Y digo «llegamos» porque Noah viene a todos los ensayos conforme termina el entrenamiento con el equipo.

A veces Noah cocina. A veces yo ayudo. Otras veces terminamos cenando tostadas porque él se olvida de que la comida existe una vez entra en modo «proyecto creativo» y se nos va la hora mientras él boceta y yo leo.

Vemos series —algunas ya las hemos visto juntos, pero no le digo nada—, hablamos un poco o simplemente compartimos sofá en silencio. Y no sé cómo explicarlo, pero… ese silencio no es vacío. Es lleno. Es casa. Es incluso mejor que lo que teníamos antes.

Esta noche, mientras estoy colocando la ropa limpia que Noah me ha dejado doblada encima de la cama, él aparece por el pasillo. Se apoya en el marco de la puerta, con esa expresión suya tan tranquila que no me deja respirar del todo.

—¿Te apetece que mañana vayamos al cine? —me pregunta.

—¿Qué peli quieres ver?

— Crepúsculo. Creo que ya la has visto porque encontré unas entradas de cine y yo solito he caído en que fuimos juntos. Pero es el aniversario y han vuelto a poner todas las pelis. ¿Te apuntas?

Me quedo un rato callada. Recuerdo perfectamente el día que fuimos al preestreno. Noah consiguió las entradas para ese día en un sorteo al que le obligué a participar para «duplicar nuestras posibilidades».

—Está bien, Carter. Te acompañaré a ver Crepúsculo. Necesitarás mi apoyo cuando termine la película.

—No me asustes, Ivy. ¿Tan mala es?

—No que va, pero mañana me darás la razón.