Después de olvidarte 25 · Noah
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25 · Noah

Ú ltimamente Ivy y yo pasamos bastante tiempo juntos, y cada vez que la veo me reafirmo un poco más en la idea —optimista, quizá absurda— de que puedo conseguir que me vea como un hombre de bien y quiera que estemos juntos.

Lo bueno es que ella está cómoda conmigo. Relajada. Natural. Y yo… estoy intentando no parecer un idiota enamorado de manual.

Hoy tenemos cena en casa de Eli y Ray. Max y Claire, la amiga de Ivy y Eli con la que se supone que he ido al instituto, también han venido.

Wes está en el sofá, vigilando que no me descomponga en directo.

Estoy nervioso. Ivy debería haber llegado hace veinte minutos.

Intento no mirar la puerta. Es la tercera vez que lo hago en un minuto.

Ray se acerca, cuchillo en mano —lo cual nunca es una buena señal—, y me da un golpe con el codo.

—Como mires la puerta otra vez, me corto un dedo y te echo la culpa.

—No estoy mirando la puerta.

Los dos se quedan mirándome.

—Estoy tranquilo —digo, sin estarlo.

Ray asiente como si estuviera estudiando un animal en peligro de extinción.

—Claro que sí. Pero aún no tienes poder de invocación, Carter. No va a llegar antes porque la mires fijamente.

Estamos los tres cuchicheando cuando Max se acerca con su vaso de cerveza.

—¿Puedo preguntar qué demonios tramáis? —murmura.

—Nada —contesta Wes demasiado rápido.

—Nada —repite Ray igual de rápido.

Max nos observa. Luego mira a Eli en la cocina cortando pan y dice:

—Vale. Estáis planeando atracar un banco o escapar por la ventana.

Hace una pausa.

—Si es lo segundo, os aviso: es imposible. Eli nos está vigilando como un halcón desde hace un rato.

Los tres giramos la cabeza al mismo tiempo hacia la cocina.

Eli levanta la vista. Nos pilla. Levanta una ceja.

Ray, Wes y yo levantamos la mano a la vez con una sonrisa completamente falsa.

—¡Hola, cariño! —canta Ray.

—¡Hola, Eli! —decimos Wes y yo, sincronizados como idiotas.

Eli entrecierra los ojos, pero sigue con el pan. Por ahora.

Max se cruza de brazos.

—Bien, ahora que ya habéis hecho el idiota, ¿qué pasa?

Ray suspira como si no pudiera evitarlo.

—Estamos hablando de lo pillado que está Noah por Ivy y de cómo está a punto de entrar en combustión porque no llega.

Yo niego.

—¡Tío! Mira que eres bocazas.

—A ver, Noah. Eso no es un secreto —dice Max, directo, sin rodeos.

Abre la cerveza.

—Todo el mundo comenta que estás otra vez loco por ella.

Cierro los ojos un segundo.

—No me jodas. ¡No se me nota nada!

Max me mira como si acabara de decir que la lluvia no moja.

—Amigo, se te nota desde el parking.

Wes intenta contener una sonrisa. Ray ya ni lo intenta.

—Tú solo respira —dice Wes—. En cuanto llegue, intenta no parecer un cachorro hiperactivo moviendo el rabo. Nada más.

Y justo entonces llaman a la puerta.

Nos giramos los cuatro hacia la entrada de la casa mientras Eli va a abrir.

Cuando abre, la cara de Ivy hace que nos quedemos todos quietos: tiene los ojos hinchados, la nariz roja y la expresión de alguien que lleva demasiado rato intentando ser fuerte.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Eli, ya con las manos en sus hombros.

Claire deja el vaso en la mesa y se acerca también.

—Ivy, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño?

Yo doy un paso sin pensarlo. La bolsa que trae colgando gotea.

—¿Qué ha pasado? —repito.

Ella inspira temblando.

—La… la… tubería del vecino… —dice a trompicones—. Ha reventado. De repente ha empezado a caer agua… por todas partes… —se le quiebra la voz—. He intentado limpiar el agua, pero… el techo se ha abierto.

Ray deja el cuchillo en la encimera. Max suelta el aire con un «joder…» bajito. Wes se acerca también, serio, protector.

Ivy sigue intentando contar:

—Y mis libros… la lámpara… ¡El sofá! Y todo… y olía fatal… —aprieta los ojos—. No sabía qué hacer.

En mitad de la frase se rompe. Y mi cordura también.

Ella deja caer la bolsa al suelo y se engancha a mi cintura sin pensarlo. Los brazos rodeándome. La frente contra mi pecho.

Me quedo congelado. Completamente rígido. Los brazos en el aire como si estuviera esperando que alguien me avisara de qué hacer.

Eli frunce el ceño, acaricia la espalda de Ivy desde el lado.

—Tranquila, cariño. Ya está, ya estás fuera de ahí.

Claire asiente, muy seria.

—Lo importante es que tú estás bien. Lo demás se arregla.

Wes me mira, luego a Ivy, luego a mí otra vez. Intentando no decir en voz alta lo obvio: que estoy tan quieto que parezco un perchero humano.

Max murmura:

—Eh… igual alguien debería decirle a Noah que respire.

Yo trago saliva. Y muy despacio, con la delicadeza de quien sostiene una pieza de porcelana, la rodeo con los brazos y noto como afloja los hombros. Siento cómo tiembla. Cómo respira contra mi camiseta.

—Ey… —susurro, bajito—. Tranquila. Estás aquí. Ya está.

Ella no contesta. Solo aprieta un poco más. Y yo siento cómo el suelo se me mueve un poco bajo los pies.

El grupo la rodea, arropándola. Y yo, en medio, intentando disimular lo feliz que estoy de tenerla entre mis brazos.

Ivy sigue apoyada contra mí, respirando entrecortado, mientras Eli y Claire la arropan por los lados. Ella intenta recomponerse un poco.

—Los del seguro… —dice, sorbiendo— me han dicho que no puedo volver a la casa esta noche. Que mañana me llamarán para decirme cuándo empiezan las obras… y cuántos días van a tardar.

Eli le pasa un pañuelo.

—Ivy, cariño… ¿has avisado a tus padres? —pregunta Claire.

—Pensé en llamarlos —continúa ella—, pero se van mañana de viaje y si se enteran sé que no se irán, y no quiero fastidiarles las vacaciones.

Eli asiente despacito y le aprieta el brazo.

—Bueno, pues te quedas con nosotros —dice con toda la ternura del mundo.

Ivy abre la boca para contestar, pero...

—¡NO PUEDES QUEDARTE! —salta Ray de golpe, demasiado alto.

Todos lo miramos.

Eli lo mira como si acabara de anunciar que ha vendido la casa.

—¿Perdona? —pregunta, peligrosamente calmada.

Ray traga saliva.

—Es que… —se señala a sí mismo— van a venir mis padres.

Hace un gesto absurdo con las manos.

—Ayer. Digo… hoy. Me lo… acaban de decir. Ahora mismo. Por mensaje.

Eli entrecierra los ojos.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Y cuándo ibas a decírmelo? —pregunta ella, clavándolo al sitio.

—En… algún momento. Cariño.

Se nota a kilómetros que miente. Wes baja la cabeza para que no se le vea la risa. Ivy parpadea, perdida.

—Oh… lo siento, Ray. No quiero molestar a nadie.

—No, no, no —dice él, moviendo las manos—. Molestar, no. Tú nunca.

Se gira muy descaradamente hacia mí y Wes.

—Pero… la casa de Noah y Wes tiene habitaciones de sobra.

Sonríe como quien resuelve un problema matemático brillante.

—Y Noah está solo toda la semana. Muchísimo sitio libre. Un lujo —añade, guiñándome un ojo.

Eli lo mira con la ceja arqueada.

—¿Qué estás tramando?

Ray sonríe más todavía, sudando.

—¿Yo? Nada. Nada. Soluciones. Soy un solucionador.

En ese momento, Ivy se separa un poco de mi pecho, todavía con el pañuelo en la mano, sorbiendo.

Mira a Wes primero. Luego a mí.

—¿En serio no os importa? —pregunta, bajito—. No quiero ser un estorbo.

A mí se me aprieta todo por dentro. Sin pensarlo, la abrazo otra vez, esta vez yo a ella.

—Pues claro que no eres un estorbo, Ivy —le digo, suave—. Para eso están los amigos.

Ella asiente, los ojos brillantes, como si eso fuera justo lo que necesitaba oír.

Y ahí estalla la escena silenciosa alrededor.

Ray, con cara de triunfo absoluto, como si hubiera ganado un mundial de estrategia emocional. Wes se lleva una mano a la frente y murmura algo tipo:

—Esto no va a salir bien…

Pero lo dice riéndose por dentro.

Max resopla entre dientes, mirando la sonrisa que se me ha quedado en la cara. Creo que se me ven hasta las muelas.

Eli y Claire se miran entre ellas, totalmente confundidas, intentando descifrar qué demonios acaba de pasar y por qué tres hombres adultos parecen estar celebrando algo.

Y yo…

Bueno.

Yo estoy intentando no parecer el hombre más feliz del mundo mientras Ivy sigue apoyada en mí.

Después de cenar, y ya con Ivy más tranquila, vamos los tres hacia su piso: Ivy en medio, y Wes y yo a los lados como escoltas improvisados.

Cuando subimos las escaleras y ella abre la puerta, el olor a humedad nos golpea de lleno.

El techo del salón está literalmente hundido.

Las placas rotas, la tubería abierta, el agua ya retirada pero el desastre evidente.

El suelo… la tarima está empezando a hincharse en varios puntos y las molduras no van a poder salvarse.

Los muebles húmedos, algunos aún chorreando agua.

Y el sofá que parece haber absorbido medio océano.

Ivy respira hondo, con gesto de «no voy a llorar otra vez». Wes le pone la mano en la espalda.

—Vamos a coger todo lo que necesites, ¿vale?

Ella asiente.

Vamos a su habitación. Aquí el caos es menor, pero aun así se nota la humedad. Abre el armario y mira hacia arriba, al altillo.

—La maleta grande está ahí… pero no… —se estira pero no llega, ni de lejos.

Yo ya estoy de camino antes de que termine la frase.

—Déjame.

La cojo sin esfuerzo y se la bajo. Ella murmura un «gracias» bajito, y me dedica una sonrisa triste que no le llega a los ojos.

Los tres empezamos a meter ropa, un neceser, su portátil, un par de libros que no han quedado dañados. Ivy guarda las cosas rápido, casi sin mirarlas, con el cansancio de quien ha mantenido la compostura demasiadas horas.

Wes sale al salón a coger una bolsa y comenta:

—Tu vecino va a tener que rezar para que no me cruce con él. Solo digo eso.

—Déjalo, Wes —responde Ivy desde el cuarto—. Ha sido un accidente.

Cuando terminamos, salimos los tres con bolsas, maletas y una Ivy que parece haberse quedado sin batería.

Llegamos a casa pasadas las once. Wes enciende las luces, cierra cortinas y suspira como si se hubiera quitado ya un peso de encima.

—Voy a prepararte la habitación de invitados.

Ivy asiente despacio, como si no pudiese procesar ya nada más.

Entramos los tres a la habitación. Está limpia, ordenada, con una colcha azul y una mesita de noche vacía. Wes y yo comenzamos a poner las sábanas limpias. Ella deja la maleta al lado de la cama y se pasa una mano por la cara.

—Gracias. De verdad. Ha sido un día… —se ríe sin humor— intenso.

Wes la abraza sin dudarlo. Un abrazo de verdad, fuerte, protector. Luego le da un beso en la frente.

—Descansa, ¿vale?

Ella asiente.

Wes nos deja solos y se va hacia su cuarto.

Quedamos ella y yo. Me mira y yo no sé si acercarme más o dejar espacio. No sé si decir algo o callarme. No sé si debería tocarle el brazo o si eso sería demasiado.

Así que me quedo quieto.

—¿Necesitas algo? —pregunto al final.

—Solo… dormir. Gracias.

Asiento. Me siento idiota por no saber qué hacer. Algo que me empuje a quedarme un segundo más.

—Buenas noches, Ivy.

—Buenas noches, Noah.

Salgo despacio, cierro la puerta muy suave. Me quedo un momento en el pasillo, respirando.

Estoy feliz. Y preocupado. Y nervioso. Y agotado. Pero sobre todo… me siento un poco egoísta porque me encanta que ella esté aquí.

Me meto en mi cuarto, sabiendo que Ivy está a solo unos pasos de distancia.