Después de olvidarte 24 · Ivy
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24 · Ivy

E l decorado de Romeo y Julieta va… bueno, va como va: regular tirando a tragedia, que imagino que Shakespeare estaría encantado, pero yo no.

—Chicos, si esa columna se cae otra vez, hacemos la obra en versión minimalista y listo —digo, apoyando las manos en las caderas.

Julieta me mira como si le hubiera arruinado la vida. Romeo intenta recolocar la columna y casi se le cae encima. Dos Capuleto se ríen. La pistola de pegamento caliente lleva encendida más rato del recomendado por el fabricante. Lo normal.

Estoy revisando una escena cuando escucho la puerta del auditorio abrirse. No le hago mucho caso porque aquí entra medio instituto a esconderse del mundo, pero noto que mis alumnos se quedan… pasmados. El murmullo sube medio punto.

Y entonces lo oigo.

—¿Esto es normal?

Me giro.

Noah.

Con camiseta negra de manga corta, vaqueros y actitud de «pasaba por aquí».

—¿Qué haces aquí?

—He terminado el entrenamiento y me apetecía dar una vuelta por el instituto. ¿Sabías que hay un montón de fotos mías en la vitrina de trofeos? Salgo guapísimo.

—Noah, al grano.

—El caso es que he oído ruido al pasar por aquí y pensaba que se había declarado una guerra.

Se acerca a la columna medio desplomada y la mira como si fuera un paciente crítico.

—¿Esta cosa siempre ha estado así o ha decidido rendirse hoy? —pregunta.

—La escenografía tiene altibajos. Como todo el mundo —respondo.

Los alumnos se ríen. Yo lucho por no hacerlo.

Me fijo en él. «¿Por qué sus hombros ocupan media escena?». Me echo la bronca a mí misma.

Él da dos golpecitos a la estructura, la levanta como si fuera una pluma —una pluma de cincuenta kilos— y dice:

—Necesitáis ayuda.

—He dicho que vamos bien —protesto, porque tengo que mantenerme firme.

—Ivy, esta columna te está pidiendo auxilio.

—La columna no sabe hablar.

—Esta sí —dice mientras apoya la oreja—. ¿No la oyes?

Los chicos sueltan carcajadas. A mí se me escapa una sonrisa que intento esconder en la libreta.

Él ya está moviendo mesas, recolocando tablas, enseñando a uno de los chicos que estaban con el decorado a usar una taladradora sin perder un dedo.

Yo observo desde un lado, brazos cruzados, fingiendo absoluta calma.

«No lo mires tanto, Ivy. Es un ser humano normal. Un ser humano normal muy guapo. Pero normal».

—Profe —me llama Julieta, mientras mira fijamente a Noah como si fuese Harry Styles—, ¿de verdad está Noah Carter aquí? ¿Con nosotros?

—Sí —respondo—. Pero no gritéis mucho porque se asusta y sale corriendo.

En menos de treinta minutos, el escenario deja de parecer un crimen arquitectónico y se empieza a intuir como algo que no va a desmoronarse a mitad del primer acto.

—Listo —dice Noah, sacudiéndose las manos.

—Gracias.

—Nada. Total, tenía la tarde libre. Y me gusta ayudarte —añade, como quien habla del tiempo.

Y ahí está la contradicción: estoy súper zen. No me afecta en nada. Pero en mi estómago noto un movimiento que no sé si es que se está riendo de mí.

—Bueno —digo—, si te quieres quedar a ver el ensayo, siéntete libre. Pero no interfieras demasiado, que se me sublevan.

—Me quedaré atrás. Prometo portarme.

No sé por qué me sorprendo cuando, en cinco minutos, está sentado cerca, corrigiendo por señas la postura a Romeo mientras yo hago como que no lo veo.

El ensayo termina. Los alumnos recogen. Noah se estira como si hubiera montado diez decorados.

—Oye —dice antes de irse—, ha estado bien. Me gusta verte… así.

—¿Así cómo?

—Mandona —sonríe.

—Siempre he sido mandona.

—Ya. Pero yo no me acuerdo.

Y lo dice con una sonrisa plena. De oreja a oreja. De esas que si fuera un dibujo animado sería hasta inquietantemente enorme. Me doy media vuelta para no dejarle ver que sonrío.

—Bueno, gracias por la ayuda. Te debo una cerveza… o dos.

—Si me dejas volver, y no me gritas órdenes como a los chicos, me doy por pagado.

—No prometo nada.

Cuando se va, me quedo con mis alumnos recogiendo cables y herramientas. Y pienso, mientras guardo la pistola de pegamento:

Sí. Podemos ser amigos. De hecho, lo somos.

O algo así.

Soy una adulta funcional. Lo puedo manejar.

Pero, por si acaso, dejaré a mano una tila doble.