23 · Noah
D espués de varios días de lluvia tonta y cielo gris, por fin, ha salido el sol. El campo sigue húmedo, los conos se hunden en la tierra blanda y los chicos del equipo parecen llevar la energía en reserva.
Ray pita tan fuerte que hasta los cuervos se asustan. Los chicos se dispersan en todas direcciones y Wes, a mi lado, se encoge un poco dentro de la chaqueta.
—¿Siempre grita así?
—A veces más. Hoy está de buen humor.
—Madre mía.
El silbato de Ray suena como un disparo. Dos de los jugadores se chocan y caen al suelo.
—¡Nada de besitos en el barro! —grita él, mientras se agacha para recolocar un cono.
Wes suelta una carcajada y yo niego con la cabeza.
Al terminar el entrenamiento, nos quedamos los tres recogiendo el material. Ray sigue hablando sin parar, esta vez sobre las posibilidades estadísticas del equipo en el torneo regional.
Wes asiente con una seriedad teatral.
—¿Tú lo entiendes cuando habla así de rápido?
—Traducción —digo yo—: si seguimos así, llegamos a la final.
—¿Y si no?
—Nos consolamos con donuts. Y después los queman con treinta vueltas al campo—responde Ray—. Es mi filosofía de vida.
Cuando terminamos de cargar el último saco de balones, me limpio las manos en el pantalón y los miro a los dos.
—Oye Ray, ¿esta noche te puedes escapar de casa?
—Sep. Maisie está hoy con mis padres y Eli ha ido al fisio a Santa Clara. Agradecerá que le deje la casa para ella sola.
—Genial, pues nos vamos a cenar los tres por ahí. Yo invito.
—¿Algún motivo especial? —pregunta Ray, levantando una ceja.
—¿Tiene que haber algún motivo para que quiera cenar con mi hermano y con mi único amigo?
Los dos se miran y encogen los hombros.
—¿Y dónde vamos? —pregunta Wes.
—¿Fuera del pueblo? —sigue Ray—. ¿Eureka? ¿Arcata? ¿Las Vegas? ¡Oh! ¡Oh! Se me acaba de ocurrir un sitio perfecto.
Nos despedimos de Ray hasta dentro de unas horas y vamos a casa.
En el camino de vuelta, mientras Wes se pelea con la radio, yo pienso en lo que voy a decirles esta noche.
En cómo contarlo sin sonar como un idiota que se ha enamorado de alguien a quien hizo daño y a quien ya no recuerda.
No sé si quiero consejo o solo decirlo en voz alta. Pero sé que necesito hacerlo.
✽✽✽
El restaurante está a media hora de Crescent Hollow, uno de esos sitios de carretera con neones medio fundidos y olor a parrilla que se te pega a la ropa.
Ray lo elige porque «el beicon lo mejora todo».
Y, al parecer, aquí tienen mucho beicon.
No discuto, nada como un poco de colesterol para acompañar las conversaciones incómodas.
Nos sentamos en una mesa al fondo, con una ventana que da al aparcamiento y una camarera que parece haber nacido cansada.
Ray pide una cerveza. Wes, también. Yo, lo mismo. Necesito algo fresco porque noto que estoy sudando de los nervios.
Durante los primeros diez minutos hablamos de cualquier cosa menos de lo importante: del entrenamiento, del frío, del coche que quiero comprarme para sustituir el que estrellé.
Ray está contando una historia sobre un jugador que, hace unos años, confundió un cono con un balón cuando Wes lo corta en seco:
—Vale. Ya está —dice, dejando el vaso en la mesa—. ¿Qué pasa, Noah?
—¿Por qué tiene que pasar algo?
—Porque si esto fuera una cena normal, habríamos pedido pizza y estaríamos viendo un partido en vuestra casa —añade Ray.
Los dos me miran esperando que diga algo. Respiro hondo.
—Bueno… pues como sabéis, Ivy y yo fuimos a Seattle.
—Sí —contestan los dos al unísono.
—Pues después de ver a Gabe, fuimos a mi piso. No sé si llegasteis a verlo pero es enorme.
Los dos me miran con impaciencia. Estoy dando muchas vueltas.
—El caso es que… bueno… había muchas fotos. De mis padres, de nosotros —digo mirando a Wes —, pero el problema es que había muchas de Ivy. Y en una de ellas salíamos los dos y ella llevaba un anillo de compromiso.
—¡¡No me digas!! —exclama Ray, con un tono muy falso.
Wes se pasa la mano por la cara y empieza a mover la cabeza de un lado a otro, negando. Ray se hace el disimulado, cogiendo la carta del revés.
—Tú te sabes ya la historia, ¿no?
Ray se pone rojo.
—¿¿¿Yo??? Qué va.
—Madre mía… —susurra Wes.
—Ray…
—Que no.
—Ray…
—Que no, Noah.
—Ray.
—¡Vale, sí! Ivy llamó a Eli y se lo contó. Y Eli me lo contó a mí. Pero me hizo jurar por mi vida que no te diría nada. Y sabes el miedo que da cuando se enfada. No tenía elección.
Apoyo los codos en la mesa y me pongo las manos en la frente.
—¡¿Cómo cojones no me dijisteis que iba a casarme?! Por no hacer el ridículo ni parecer un capullo.
Wes levanta las manos.
—Primero: ella no quería que lo supieras. Segundo: ¿quién iba a pensar que tenías un altar de fotos suyo en casa?
—Dios mío esto es surrealista…
—Venga, no dramatices. Vale, lo del piso fue raro —admite Ray—. Muy raro. Un poquito psicópata, pero romántico.
—A ver, que no era un altar —replico.
—No te ofendas, pero sonaba un poco a altar —dice Ray—. Solo faltaban un par de velas y un coro de fondo.
Wes se apoya en la mesa.
—¿Y ella qué hizo?
—Pues se quedó muerta. Como es lógico. Y me lo soltó todo.
—¿Y tú?
—Pues me quedé ahí parado. Intenté acercarme a ella y consolarla pero se piró. No la culpo. No sé qué coño esperaba al ir al piso, pero no eso.
Ray asiente muy serio, aunque se le escapa una sonrisa.
—Bueno, técnicamente, has hecho historia. No mucha gente logra traumatizar a su prometida dos veces sin acordarse de la primera.
—Gracias, necesitaba ese apoyo —respondo.
—Para eso estamos.
Durante unos segundos, nadie habla. Solo el ruido de los platos y el murmullo del local.
—El caso es que… creo que he estado enfocando mal la situación con Ivy todo este tiempo.
—¿Cómo? —pregunta Wes.
—Llevo los últimos meses intentando descifrar lo que fuimos, en lugar de ver lo que podríamos ser ahora.
Ray levanta la mano.
—Vale, espera —dice—. Eso ha sonado profundo, pero lo voy a traducir. Quieres reconquistarla.
—Sí.
—¡Por fin! Esto me encanta. Plan de acción.
Wes se lleva la mano a la cara.
—No hay plan.
—Por supuesto que sí. Mira su cara, lleva semanas a medio gas. Necesita una estrategia.
—Lo que necesita es no cagarla —responde Wes.
—Las dos cosas no son excluyentes. Ya tengo nombre.
—Por favor, no.
—Operación «Reinicia tu romance».
—Horrible.
—Entonces «Proyecto Amnesia Positiva».
—Peor.
Los miro discutir y no puedo evitar reírme.
—Gracias por vuestro entusiasmo, de verdad, pero no estoy pidiendo un comité táctico.
—Demasiado tarde —dice Ray, sacando una servilleta y un boli—. Operación «Anti-Amnesia Romántica». Primera fase: contacto casual. Segunda: conexión emocional. Tercera: distracción irresistible.
—Madre mía... —dice Wes.
—Esto es infalible.
Yo niego, pero sonrío.
—Lo último que necesito es un plan de película.
—Y lo último que Ivy necesita es que la presiones —añade Wes, mirando a Ray.
—Lo sé —respondo—. No pienso hacerlo.
Ray resopla, recoge la servilleta y la guarda en el bolsillo.
—Bueno, pues si algún día cambias de idea, ya tengo el borrador.
La camarera llega con la comida. Las hamburguesas humean y el olor lo cubre todo. Mientras comemos, la conversación se relaja. Volvemos a hablar de tonterías, de anécdotas, de cosas que no importan demasiado pero que hacen que deje de pensar en Ivy.
Al salir, el aire está helado. Wes se ajusta la cazadora.
—Solo una cosa, Noah —dice, tendiéndome las llaves de la camioneta antes de subir—. Si lo vas a hacer, por favor, que sea porque lo tienes claro. Ivy no se merece que vuelvas a entrar en su vida para marcharte de nuevo. Si no te ves capaz, mantente al margen y déjala que siga su camino.
Asiento.
Ray levanta un dedo.
—Y avísame antes de cualquier movimiento importante. Tengo ideas.
—Eso me da miedo —respondo.
Cuando entro a la camioneta, dejo las manos sobre el volante un momento. No tengo claro qué va a pasar. Pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, tengo claro lo que quiero hacer.