22 · Ivy
N o sé si hace calor o soy yo. He abierto un poco las ventanas y aun así parece que falta aire. Treinta adolescentes escribiendo al mismo tiempo, los bolígrafos suenan como un enjambre.
Intento concentrarme, pero mi cabeza no para de saltar de una cosa a otra: los exámenes, el festival de Primavera, el correo que tengo que enviar, el mensaje que no he contestado.
Camino entre las filas con las manos a la espalda.
Amanda me pide otra hoja. Se la doy sin mirar.
Alan levanta la mano solo para preguntar si puede ir al baño.
Asiento y casi se tropieza con la silla al levantarse.
Pero recuerdo que estamos en un examen y que no puede salir, así que le digo que se aguante, que sólo quedan diez minutos.
Yo también estoy torpe.
El reloj sobre la pizarra hace un ruido seco cada vez que pasa un minuto.
Contar el tiempo nunca ha servido para hacerlo pasar más rápido.
Pero aquí estoy yo, obsesionándome con unas agujas.
Me remango las mangas de la blusa hasta los codos y me voy a mi mesa a mirar unos papeles.
No leo nada, solo finjo que me interesan.
El timbre suena y todo explota.
Mochilas, sillas, voces. Un «gracias, profesora» que suena a pura supervivencia mientras me entregan los exámenes. Uno, dos, tres… Pierdo la cuenta porque mi cabeza hoy va por su cuenta y se ha olvidado de las mates básicas.
Cuando me quedo sola apilo los papeles, pero la goma se parte y todo se esparce por el suelo.
«Perfecto».
Respiro hondo, me agacho, empiezo a recogerlos. En uno, alguien ha escrito en el margen:
«El amor no se olvida, solo cambia de lugar».
Me quedo mirándolo.
Me tiemblan un poco las manos, no sé si de cansancio o de otra cosa. Creo que tengo que cambiar de tema y mandarles un trabajo sobre Doctor Faustus . Nada de amor, solo pactos con el diablo. Mucho más práctico y realista.
Cojo la hoja y la meto al final de la pila. No necesito pensar en eso ahora.
Sujeto los exámenes contra el pecho y salgo del aula. El pasillo es un hervidero de nervios y cansancio a partes iguales. Yo solo quiero llegar a la sala de profesores y quedarme quieta un momento.
Cuando por fin llego, la sala parece un campo de batalla: pilas de exámenes, restos de galletas y un microondas que lleva toda la mañana pitando de manera intermitente sin que nadie se digne a abrirlo.
Suelto mis papeles sobre la mesa y me dejo caer en la silla como si me hubieran apagado. Eli entra con la taza que le regalé en Navidad —la del reno con gafas de sol— y me lanza una mirada rápida antes de hablar.
—Tienes la cara de alguien que ha corregido cien exámenes o ha matado a alguien.
—¿Y si han sido las dos cosas?
—Entonces hoy pago yo el café.
—Ya llevo tres.
—Perfecto. El cuarto es el que te hace confesar.
Me río sin ganas pero por puro reflejo a su comentario. Eli se sienta enfrente, cruza una pierna sobre la otra y se queda mirándome. Yo no digo nada.
—¿Has contestado ya? —pregunta.
—¿A quién?
—A Obama, claro. ¿A quién va a ser?
Apoya los codos sobre la mesa y la barbilla sobre las manos. Me mira esperando que le conteste algo. Yo solo entrecierro los ojos y la miro con todo el odio que puedo reflejar. Es decir: ninguno.
—Noah.
—No me digas. No tenía ni idea de a quién te referías. Un par de investigaciones más y te llaman para el FBI.
—Gracias, me esfuerzo. ¿Le has contestado?
—No.
—¿Por?
—Porque no sé qué decir.
—Podrías empezar por un «hola».
—Muy arriesgado.
Eli se ríe por lo bajo. A mí me dan ganas de tirarle la grapadora.
—Llevas una semana pasando de su mensaje. Vivís en el mismo pueblo minúsculo. ¿Cuánto tiempo más crees que vas a poder evitar encontrartelo? Hasta ahora te…
—Me ha salido fenomenal —la interrumpo.
—Ya. Pero me temo que se te va a acabar el juego del escondite más pronto que tarde.
No respondo.
—No voy a decirte lo que tienes que hacer —añade—, pero si sigues esperando el momento perfecto, se te va a pasar el momento. Porque no existe.
—No quiero hacer el ridículo.
—Tarde, eso ya lo has hecho. Todos lo hemos hecho. Supéralo.
Hago una bola con una servilleta y se la lanzo a la cara.
—Anda, sal un rato. Tienes cara de necesitar oxígeno o una botella de vino. Y eso que son solo las once de la mañana.
—A estas alturas, me da igual cuál de los dos.
—Entonces elige el que manche menos.
Decido salir a despejarme antes de que Eli empiece a citar proverbios motivacionales.
Salgo al patio con los brazos cruzados sobre el pecho y el aire se me cuela por la blusa. Esto me recuerda que me he dejado la chaqueta en clase, por supuesto, porque mi instinto de supervivencia brilla por su ausencia. El cielo está despejado y parece que todo el mundo tiene prisa menos yo.
Los chicos del equipo de fútbol americano entrenan al fondo mientras el grupo de atletismo da vueltas a la pista.
Ray grita algo que suena a «¡más rápido!
» o «¡más fuerte!», y Noah está allí, claro.
Sudadera azul del equipo —pero de la promoción de Wes—, gorra, manos en los bolsillos.
Sin abrir la boca ni moverse consigue que todo el mundo sepa que está ahí.
Siempre me ha sorprendido lo grande que parece en los espacios cerrados pero aquí, con todo ese cielo encima, es justo al revés: se funde con el paisaje.
Me paro un segundo nada más a mirarlo, lo suficiente para que se me desordene el corazón.
Como si supiera que estoy allí, él se gira y nuestras miradas se encuentran.
Levanta la mano con un saludo breve, tímido.
Yo hago lo mismo, medio segundo tarde, torpe, como si la coordinación emocional y motora fueran con retraso.
Y de repente me acuerdo del «no-beso» de Seattle.
De cómo me rozó la mejilla con los dedos, de cómo se quedó demasiado cerca y de lo que habría pasado si yo no hubiera dado un paso atrás.
«No, Ivy. Nada de besos ni de recuerdos románticos. Céntrate. El presente está justo aquí, con adolescentes gritando, frío y barro. No en una foto borrosa de lo que pudo ser».
Jeremy se cruza delante de mí, cargado de carpetas.
—¿Profesora Brooks, ha corregido ya mi examen?
Salgo de mi ensimismamiento.
—Todavía no, Jeremy. Lo hiciste hace dos horas —respondo. Mi voz suena normal, lo cual ya es un logro.
Cuando vuelvo a mirar hacia el campo, Noah ya no me está mirando. Está hablando con el quarterback , supongo que comentando una jugada o corrigiéndole algo.
Yo sigo mi camino. Pienso en la razón que tenía Eli cuando me dijo que me lo cruzaría tarde o temprano.
Noah está aquí. Es de aquí. Y yo tengo que asumirlo y hacer frente a todo esto.
En realidad, si lo pienso fríamente, este Noah no me da problemas.
El que me los daba era el otro. Así que debo ser justa con el hombre que está ahora en el campo, entrenando a un equipo de adolescentes.
Sí.
Tengo mucho en lo que pensar.
✽✽✽
Eli y Maisie han venido a recogerme para pasar la mañana en el centro comercial de Santa Clara. «Dar una vuelta y hacer algunas compras», según Eli. «Repasar los regalos para recordarle a Santa», según la niña.
Maisie va en el asiento trasero cantando una canción inventada sobre un reno deprimido que «solo quería ser un unicornio». Eli levanta los ojos al cielo.
—Te juro que no sé por qué le ha dado por cantar villancicos en abril. Antes de tener hijos me gustaban.
—Y ahora sobrevives a ellos —digo.
—Exacto.
Maisie ha decidido que no es justo que las dos fiestas «más chulas» sean a finales de año, por lo que ha decidido que es apropiado que Santa Claus y el Conejo de Pascua compartan fechas.
—Tía Ivy, ¿tú crees que los renos pueden tener crisis existenciales? —pregunta, asomándose entre los asientos delanteros.
—Depende. ¿Cuántos años tiene el reno?
—Siete, como yo.
—Entonces sí. A esa edad empieza lo complicado.
Eli resopla.
—No la animes, por favor. Bastante trauma tiene ya con las multiplicaciones.
—No es trauma, mami —protesta Maisie, con una seriedad cómica impropia de su edad—, es falta de motivación.
El centro comercial está decorado hasta arriba con flores de temporada, colores pastel y carteles de ofertas para la primavera.
Maisie se queda embobada mirando una fuente llena de flores artificiales y mariposas que han colocado en el centro.
Tras un rato, nos encontramos con Melissa y con Emma, su hija, que es amiga de Maisie.
Melissa le pregunta a Eli si puede llevarse a Maisie a dar una vuelta.
Eli duda medio microsegundo y luego asiente.
—Vale, pero si intenta conducir el tren, disimulad.
—Mamá —dice Maisie, con tono serio—, solo los irresponsables conducen sin carnet.
Nos quedamos solas y buscamos refugio en una cafetería. Ella pide un espresso , yo un té chai con leche sin lactosa.
—Bueno, ya lo he decidido.
—¿El qué?
—El tema de Noah.
—A ver. Sorpréndeme —comenta Eli, mientras se apoya en el respaldo de la silla.
—Voy a ser su amiga.
—Claro. Y yo voy a correr una maratón.
La miro. Ella sonríe con ese gesto tranquilo que usa para desmontarme sin esfuerzo.
—Lo digo en serio —insisto.
—Lo sé. Y también sé que lo dices para convencerte.
—¿Y si lo consigo?
—Entonces me callo y te invito a un vino. Pero si no, pienso repetírtelo con todas las letras: A-M-I-G-O-S no siempre significa lo que tú crees.
Me río, aunque me cuesta.
—A veces odio lo mucho que te gusta tener razón.
—Y a veces yo odio lo poco que me equivoco.
Bebemos en silencio un momento, pero enseguida cambiamos de tema.
Las luces del escaparate parpadean y por un instante pienso que sí, que puede que Eli tenga razón. Pero no se lo diré jamás.
✽✽✽
No sé en qué momento me he dejado convencer por una niña de siete años, puesta hasta las cejas de azúcar, de que el mejor plan para la tarde de un sábado de abril es decorar toda mi casa con su arte conceptual navideño.
Ahora tengo purpurina en el pelo, pintura en la camiseta y un árbol de Navidad de plástico que parece el resultado de un concurso entre Picasso y un elfo hiperactivo. Maisie lo ha bautizado como Lucy , «porque tiene muchas luces y brilla». Yo no tengo argumentos para discutirlo.
Eli y Ray han aprovechado la emboscada que me ha hecho su hija para ir al cine y «lo que surja».
A media tarde mis padres han pasado por casa a saludar y se han quedado a cenar.
Mi madre ha llevado lasaña y mi padre, una botella de vino con burbujas que me gusta, con la firme intención de «ayudar con el árbol “de fuera de temporada”».
Media hora después, tenía las uñas pintadas de purpurina roja porque no ha podido resistirse a los encantos de Maisie, que ha sacado todo su arsenal de halagos al bigote de mi padre, que ha catalogado como «bigote de detective con licencia para comer helado antes de cenar».
Mi madre y yo no podemos parar de llorar de la risa.
Cuando se marchan, la casa queda llena de restos de papel de regalo, olor a salsa de tomate y una sensación de hogar que no recordaba desde hace tiempo.
Maisie está subida a una silla colocando una estrella torcida en la punta del árbol mientras habla sin parar.
—Le he pedido a Noah que me haga un adorno de Navidad para mi habitación —dice de pronto, tan tranquila, como si acabara de comentar el tiempo.
—¿A Noah?
—Sí. ¿Tú viste el castillo que me hizo? Dibuja súper-súper bien. Hay que aprovechar por si de nuevo le explota la cabeza y se le olvida pintar, tía Ivy. Así que quiero que mi habitación tenga un adorno suyo. Y yo le voy a hacer uno para él —añade, sentándose en el suelo, con las tijeras en la mano.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Va a ser un muñeco de nieve con orejas de gato. Porque los gatos son mágicos y los muñecos de nieve, también.
No hago preguntas. Aprendí hace tiempo que intentar comprender la lógica de esta niña es como intentar explicarle álgebra a una galleta.
Más tarde nos metemos en mi cama —la única cama que hay en esta casa— con un bol de palomitas y Encantada puesta de fondo. A los veinte minutos, Maisie está dormida sobre mi brazo, con la boca entreabierta y restos de rotulador y purpurina en los dedos.
La miro y sonrío. No hay silencio como el de un niño dormido, sobre todo si no se calla ni debajo del agua como ésta.
Cojo el móvil de la mesilla. El último mensaje de Noah sigue ahí:
Ha pasado una semana. Podría dejarlo sin responder. Pero no lo hago y decido que es mejor hacerse la loca y contestar como si me lo hubiera enviado dos minutos antes.
Escribo:
Dudo un segundo.
Lo envío.
El doble check aparece enseguida y, apenas un respiro después :
Sonrío. Lo suyo con los emojis deberíamos comentarlo con el Dr. Jenkins en la próxima visita.
Apago la tele y me acomodo entre las sábanas.
Maisie murmura algo entre sueños, algo que suena a « Lucy brilla mucho » . La tapo un poco más y le quito el pelo de la cara.
Puedo hacerlo.
Le demostraré a Eli que este Noah va a ser mi amigo. Que es una persona nueva. Y que no estoy enamorada de él.
Estuve enamorada de su gemelo dramático y emocionalmente incompetente. Ese ya no existe. Así que, técnicamente, estoy curada.
O casi.