21 · Noah
E l sábado amanece igual que todos los demás desde hace tres meses. No tengo grandes planes, lo cual es un plan en sí mismo.
Salgo a la calle con una sudadera que he robado del armario de Wes, unas botas que también he sacado de su habitación —posiblemente me mate— y las manos en los bolsillos.
Me cruzo con Sam, el cartero. Tucker Morales me recuerda que a la camioneta de Wes le toca pasar la revisión la próxima semana y Mabel Finch, al pasar por delante del invernadero, me insiste en que debería comprar flores de temporada para el porche, «aunque sea una sola, Noah, que vivo enfrente y me deprime esa entrada».
Le digo que lo pensaré, pero sé que lo haré. Aunque solo sea por la salud de mi vecina.
Al abrir la puerta, el Sweet Hollow me recibe con un bofetón cálido y un olor a mantequilla que podría reanimar a un muerto.
Dar levanta la vista de las galletas al escuchar el sonido de la campanita que hay sobre la puerta y me apunta con una espátula, como quien identifica a una persona sospechosa.
—Llego tarde a mi turno imaginario —digo, levantando las manos como si me estuvieran arrestando.
—Muy tarde. Ya he despedido a la versión de ti que trabajaba aquí. Era vago, pero muy guapo.
Me deja un café y una porción de tarta Red Velvet que hace que me rujan las tripas.
No hablamos, y se lo agradezco. Mi cabeza lleva desde Seattle como un horno mal programado: mucho calor, cero lógica y una alarma pitando de fondo sin motivo aparente.
Y este silencio de azúcar y café… no lo cura, pero lo calma.
Al menos un rato.
Lo justo para no desbordarme.
Después paso por el campo y cuando los chicos terminan el entrenamiento Ray y yo recogemos el material en silencio.
—Ha sido un entrenamiento… interesante —le digo.
—Se nota que ya piensan en las vacaciones.
—O en las novias.
—Mismo resultado: distracción.
Nos reímos los dos, aunque noto cómo Ray me mira con cautela.
—¿Y tú? ¿En qué piensas?
—En que deberíamos cambiar el sistema defensivo —respondo, sin levantar la vista.
—No me refería a eso.
—Lo sé.
No dice nada más. Tampoco hace falta. Me conoce y me da mi espacio. Cuando esté preparado hablaré con él. Pero primero tengo que ordenar mi cabeza.
✽✽✽
Los fines de semana que Wes se queda en la base aprovecho para hacer experimentos culinarios sin correr el riesgo de intoxicar a nadie más que a mí, pero hoy no estoy para innovar en la cocina.
Hago una llamada y en cuestión de minutos el repartidor llega con mi hamburguesa doble con boniato frito para cenar.
Mientras ceno, miro de reojo el móvil cada pocos minutos, como si así pudiera invocarla.
Abro el chat de Ivy. El último mensaje que le mandé hace unos días sigue ahí, leído.
Escribo algo:
¿Cómo van los ensayos?
Lo borro.
Te debo un café. ¿Te viene bien mañana?
Lo borro también.
Hola.
Demasiado comprometido.
Treinta y seis años y me comporto como un adolescente.
Cierro la conversación y meto el móvil debajo de un cojín. Sí, ahí está bien. Así no pienso en él.
Enciendo la tele y hay un partido viejo de los Green Bay Packers contra los Chicago Bears. El campo está completamente blanco y me da un escalofrío solo con la imagen.
Llevo dos minutos con la mirada fija en la televisión, intentando olvidar el teléfono, cuando el sofá empieza a vibrar. Es una llamada.
Me da un vuelco el estómago.
¿Será Ivy?
Cojo el cojín y lo lanzo por los aires antes de que el móvil deje de sonar. Ni siquiera miro la pantalla.
—¡Hola!
—Hola, hermano. Madre mía qué saludo. Yo también te echo de menos.
—Ah… eres tú.
—¿Estás esperando la llamada de otra persona?
—No, que va.
—Ya… Bueno, tío. ¿Qué tal vas? ¿Cómo han ido estos días?
Respiro y me repongo de la decepción. Que sí, que Wes es mi hermano y me encanta hablar con él, pero preferiría escuchar a otra persona ahora mismo.
—Bien. He estado ayudando a Dar en la pastelería, he arreglado el banco del porche y estoy planteándome aprender ganchillo. La señora Remington me ha dicho que puede enseñarme.
Él suelta una carcajada y me anima con lo del ganchillo.
Me habla sobre la nueva promoción de cadetes que ha llegado a la base y sobre el hijo de su compañera, que acaba de nacer y dice que es «tan gordito que cuando lo coges parece que estás abrazando un pan brioche con permiso para babear».
Me asombra lo específica que es esa comparación y sonrío al imaginarlo.
Antes de despedirnos me recuerda que la próxima semana tiene días libres y que llegará a casa el miércoles por la noche en lugar del viernes.
Al colgar, entro en WhatsApp y miro la conversación con Ivy.
Sin respuesta desde hace una semana.
Bloqueo el teléfono y pongo el móvil boca abajo sobre la mesa, como si eso pudiera convencer al universo de que estoy pasando olímpicamente del mundo y de los sentimientos en general.
La hamburguesa se ha enfriado un poco pero tampoco estoy para grandes éxitos esta noche. Doy un mordisco y vuelvo a mirar la pantalla apagada.
Nada.
Solo mi reflejo en negro y mi cara de «este plan funciona genial, crack».
En la tele, los Packers marcan. La grada ruge. Yo solo mastico, trago, y decido que quizá mañana será más fácil… o al menos menos ridículo. Por si acaso, dejo el móvil a la vista.
Que uno puede ser digno, pero no idiota.