Antes de olvidarte
- Marzo -
Ivy
Noah lleva una semana en Indianápolis y yo llevo una semana sin concentrarme.
Mi compañera de piso dice que parece que estoy en una cuenta atrás. Le digo que exagera pero, en realidad, tiene razón.
Intento repasar unos textos sobre Woolf y acabo subrayando sin leer. El teléfono vibra.
Eli, como siempre, detectando mis crisis por conexión telepática.
—¿Estás viva? —pregunta.
—Sí, técnicamente.
—¿Y emocionalmente?
—Desquiciada.
La oigo sonreír.
—¿El quarterback sigue corriendo y lanzando cosas?
—Está en el Combine .
—¿Y eso qué es? Ray me lo ha explicado cien veces, pero lo mismo si me lo explicas tú, consigo entenderlo.
—Una exhibición rara para posibles estrellas. Les hacen pruebas, los pesan, los miden, los entrevistan.
—¿Y así los equipos ven el material antes de ficharlos?
—Exacto. Como en la Feria Estatal de Ganado.
—Tú sí que hablas mi idioma, Brooks.
Reímos las dos.
Eli cambia el tono.
—¿Y tú cómo vas?
—Yo tengo clase a las cuatro y un examen el lunes. Odio el apretón antes de la primavera.
—No preguntaba por eso.
Apoyo la frente en el libro abierto.
—Estoy bien. Solo quiero que le salga bien.
—Te saldrá bien a ti también, tonta. Si lo eligen, te vas con él, ¿no?
—Sí. A donde sea.
—Entonces relájate. Lo elegirán. Es verdad que no sabes dónde, pero como tú dices, tú puedes dar clase en cualquier ciudad.
Cuelgo. Me quedo mirando el móvil.
Tengo una nota en la pantalla que dice: hacer la compra, entregar ensayo, no agobiarte .
Miro el reloj. Son casi las nueve de la noche allí.
Le escribo un mensaje corto a Noah:
Espero que no te rompas ninguna rodilla.
Tres minutos después, responde:
Todavía no. Te llamo cuando termine.
Lo espero. No llama.
Pero me manda una foto: un campo enorme, lleno de conos y focos, con su dorsal 217 pegado al pecho.
Debajo, solo dos palabras: «por nosotros».
Noah
El día empieza antes de que amanezca.
Uno de los entrenadores grita el horario por tercera vez y yo asiento como si lo tuviera todo controlado.
No lo tengo.
Solo pienso en no tropezar, en no parecer nervioso, en no mirar a las cámaras.
Corremos. Saltamos. Lanzamos.
No hay magia, solo mecánica.
Los ojeadores anotan cosas en sus libretas. Uno me pregunta si tengo novia. Respondo que sí. Otro me pregunta cómo gestiono la presión. Respondo que entrenando más. Otro me pregunta si tengo algún ídolo. Le digo que mi padre.
Al final del día, los pasillos del Lucas Oil Stadium están llenos de tipos con maletines que reparten tarjetas como si fueran billetes de lotería. Uno se me acerca.
—Noah Carter. De Stanford, ¿verdad?
—Sí.
—Gabe Walker. Represento a varios chicos de tu conferencia.
Me tiende una tarjeta.
—Tienes buena cabeza. No pierdas eso, incluso si no te eligen donde crees que deberías estar.
Asiento. No sé qué contestar.
Cuando me quedo solo, saco el móvil. Hago una foto rápida al campo y se la mando a Ivy.
No le digo que me tiemblan las manos, ni que cada vez que respiro pienso en lo que pasará si esto sale mal.
Solo escribo «por nosotros».
Ivy
Noah lleva toda la semana diciendo que está tranquilo, pero no lo está. Se le nota en cómo ordena las cosas, en cómo limpia sin motivo, en cómo da vueltas con el móvil en la mano. Han pasado casi tres meses desde el Combine y el Draft es el momento decisivo.
Yo tampoco estoy tranquila, pero disimulo infinitamente mejor.
La casa de los Carter huele a comida casera.
Abigail ha hecho tres bandejas de lasaña porque «no sabe cocinar poco cuando está nerviosa».
Wes pone la tele, Dar se pasea con una bandeja de pasteles y con su gatito Newman en el otro brazo, y mi padre llega con la gorra de los Lobos y un par de cajas de cervezas que deja en la encimera con un golpe suave.
—No quería perderme esto —dice.
Noah sonríe, pero no habla mucho.
Ray y Eli están sentados en el suelo, con los platos sobre las rodillas.
Yo estoy en el sofá, intentando no morderme las uñas.
El televisor muestra los nombres, uno tras otro.
Cada vez que mencionan un quarterback , la madre de Noah respira hondo.
—Tercera ronda —dice Eli, mirando la pantalla—. ¿Eso es bueno?
Noah está de pie junto al mueble, con Gabe, su agente, en videollamada desde el propio draft .
Se oye el murmullo de fondo, el locutor, los flashes. Gabe le hace un gesto de calma desde la pantalla.
—Tranquilo, chico. Se oye tu nombre para esta ronda. Respira hondo.
La siguiente pausa de la retransmisión dura demasiado.
El halcón azul de Seattle aparece en el borde inferior.
Y de pronto, el locutor lo dice:
«Con la elección número ochenta y ocho del Draft de la NFL de 2011, los Seattle Seahawks seleccionan a Noah Carter, quarterback, Universidad de Stanford».
No sé quién grita primero.
Abigail y Dar lloran abrazadas.
Mi padre se pone en pie con la gorra sobre el pecho.
Wes y Ray abrazan tan fuerte a Noah que casi lo tiran al suelo.
Eli graba un vídeo del momento con lágrimas en los ojos.
Yo me quedo quieta. Solo puedo mirarlo.
Él también me está mirando.
Y todo se detiene un segundo.
Ni la tele, ni los gritos, ni el ruido importan.
Solo eso: su cara de no creérselo y mi pecho lleno de orgullo.
Se escapa del abrazo de Ray y Wes, me levanta del suelo y me envuelve en sus brazos.
—Nos vamos a Seattle —dice contra mi pelo.
—Nos vamos —respondo, y no puedo ser más feliz.
Noah
Gabe sonríe desde la pantalla, con el ruido de la sala de fondo.
—Enhorabuena, Carter. Vas a ser muy grande.
Todos están eufóricos. Gritos. Lágrimas. Felicidad a raudales.
Miro alrededor.
Mi familia.
Mi hogar.
Mi vida, empaquetada en abrazos y ruido.
Y, en medio de todo, Ivy.
No llora.
Solo sonríe, una mezcla de orgullo y miedo que no necesita traducción.
Pienso en el chaval que empezó en el campo del instituto, con el entrenador Brooks gritándole que no se rindiera.
Pienso en Stanford. En mi entrenador. En todos mis compañeros que me han ayudado a llegar exactamente a este momento.
En las madrugadas con Ivy, las pizzas frías, los partidos bajo la lluvia.
Y siento, de pronto, que todo ha tenido sentido.
Suena mi teléfono. Un número que no conozco. Prefijo de Seattle.
El entrenador de los Seahawks. Mi entrenador.
—Nos vemos pronto, hijo —dice.
—Allí estaré.
Cuelgo.
Ivy me toca la mano.
—Lo hiciste.
—Lo hicimos.
El resto del día pasa entre llamadas, risas y promesas.
Cuando por fin la casa se vacía, mi madre se sienta frente al televisor apagado. Wes recoge todo el desastre que hemos dejado.
Solo quedamos Ivy y yo, sentados en el porche.
—¿Te da miedo? —pregunta.
—Mucho.
—A mí también.
—Te quiero.
Ella se ríe bajito.
Apoya la cabeza en mi hombro.
Y pienso que si todo se reduce a esto —a alguien que te acompaña incluso cuando ella también tiembla—, entonces vale la pena.
Si alguna vez lo olvido todo, que alguien me recuerde esto: la casa llena, mi madre riendo, Ivy a mi lado y mi nombre flotando en el aire como una promesa.