Después de olvidarte 20 · Ivy
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20 · Ivy

Me meto dentro y pulso la planta baja con una furia muy poco acorde al diseño escandinavo del panel. El ascensor desciende a velocidad slow motion mientras yo intento no hacerme un ovillo.

Respiro. Inspiro. Mal respiro.

Y cuando salgo a la calle, lo primero que hago es… no saber a dónde ir. ¿Izquierda? ¿Derecha? ¿Al coche? ¿A por una pala para cavar un agujero y esconderme hasta el juicio final?

Al final solo camino. Sin rumbo. Con el paso rápido de quien intenta escapar de algo que lleva dentro.

—Maldito seas, Noah Carter. Maldito seas tú, tu amnesia, tu puta cara de cachorro perdido y la sonrisa nueva que me está desarmando —mascullo entre dientes, mientras esquivo a una señora con carrito de bebé.

Y ya que estoy:

—Y maldito el accidente de coche. Y el sistema sanitario estadounidense, que me llamó a mí en vez de a tu hermano. ¿Qué clase de protocolo es ese? Poner a la ex como contacto de emergencia. ¿En serio, Noah?

Sigo andando.

—Y maldito el universo. Que claramente me odia. ¿Tan mala fui en otra vida? ¿Qué pasa, fui Cruella de Vil? ¿La persona que inventó los sobres sorpresa de la feria con una moneda y un tatuaje cutre?

Un tipo me mira raro al pasar y le sostengo la mirada. No tengo miedo. Tengo trauma.

—¡¿QUÉ?! ¿Nunca has visto a una mujer al borde de un ataque de nervios?

Por fin me siento en un banco junto a una fuente, con las palmas sudadas y la garganta hecha un nudo. Me duele el pecho, no de pena, sino de agotamiento. De haber contenido demasiado durante demasiado tiempo.

Saco el móvil. Abro WhatsApp. Selecciono el chat de Eli.

Pulso el micro y hablo.

«Vale tía, a ver… necesito… necesito no sé, que me ayudes, que me pegues una hostia, no lo sé.

Porque como sabes, tuve la brillante idea de decirle que sí a Noah.

Acompañarlo a Seattle, ayudarle, ser buena persona.

(suspiro hondo) ... Pues nada, hemos ido a su casa.

Y resulta que está llena de fotos mías. Llenísima.

Fotos mías. O sea, estoy en todos lados.

Solo falta que salga en la puñetera factura del gas.

Pero espérate, que lo mejor viene ahora.

¿Estás preparada? ¿Estás sentada? Estaba la foto.

La foto, Eli. La de cuando me pidió que me casara con él.

Sí. COMO LO OYES. Ya puedes flipar igual que yo, que todavía no sé si estoy al borde de un aneurisma, de una crisis o de tirarme delante de un tranvía.

¿Crees que un autobús de línea sería efectivo para acabar con mi sufrimiento? Porque igual me lo planteo».

El mensaje no lleva ni diez segundos enviado cuando el móvil empieza a vibrar.

Eli. Por supuesto. Mi dedo va directo al botón verde.

—¿Qué coño ha pasado? —dice sin saludar.

Intento responder, pero el nudo en la garganta me traiciona.

—Eli, tía… —Me llevo una mano a los ojos. Están húmedos. De pena. De rabia. De frustración. De una década contenida saliendo por donde puede.

—Ivy cariño... —Su tono baja un poco. Más suave. Más ella cuando me cuida de verdad—. Respira. Venga, tranquila. Dime cómo te sientes.

—Estoy... tan harta. De mí, sobre todo. Porque soy idiota.

Porque sé lo que pasó y me costó mucho salir de ahí.

Ya sabes la cantidad de dinero que he gastado en helado y en terapia.

Y yo no soy la misma de antes y aún así, como soy masoca, voy y me meto en un coche para acompañarlo a su casa.

Una casa que, por cierto, fliparías. Solo el mármol del hall del edificio cuesta más que nuestros préstamos universitarios.

Cojo aire y me limpio los mocos.

—El caso es que he visto las fotos y me ha venido todo de repente. Y me siento tonta, Eli. Me siento tonta porque pensaba que esto estaba superado y no, no he superado una mierda.

Ella guarda silencio unos segundos. Y entonces lo suelta. Directa al pecho. Como siempre.

—Ivy, tienes que tomar una decisión.

—¿Qué?

—Que tienes que elegir. O te dejas llevar por esto: por lo que estás sintiendo, por lo que te remueve, por la posibilidad de que ese Noah que tienes delante no sea el mismo de antes, sino uno nuevo con quien construir algo diferente…

o cortas. De raíz. Porque si sigues así, enganchada entre lo que fue y lo que no sabes si puede ser, te vas a hacer daño.

—Pero no sé qué quiero… —susurro. Ya no lloro, pero me cuesta sacar la voz sin sentir que me están desgarrando la garganta con un cuchillo.

—Lo sé, cariño. Y de verdad que no me quiero ni imaginar lo difícil que debe ser todo esto.

Pero tienes que pararte a pensar un momento y decidir si quieres respuestas (que, por cierto, no las vas a tener porque ni él mismo recuerda qué pasó), o si quieres segundas oportunidades.

Pero no te sigas castigando por ser humana, Ivy.

Nadie sale ileso de una historia así. Bastante bien lo estás llevando.

Cierro los ojos. El ruido de la ciudad de fondo. Un autobús pasa a lo lejos y me dan ganas de saludarlo con el dedo corazón.

—Gracias, tía.

—No tienes que darme las gracias. Pero como sigas con esta actitud, te lo juro, me planto en Seattle y te arrastro de los pelos hasta Crescent Hollow. ¿Entendido?

Sonrío. Me limpio la cara con la manga y tomo aire para llenarme de oxígeno nuevo.

—Entendido.

—Y ahora respira. Límpiate los chorretones de rímel (que seguro que se te ha emborronado), y vuelve con la cabeza bien alta a esa maldita casa.

—Te quiero Elizabeth Swan.

—Te quiero, Ivy Brooks. Llámame en cuanto llegues al pueblo. Y no te tires delante de un autobús.

Colgamos.

Me quedo mirando la pantalla del móvil unos segundos hasta que vuelve a bloquearse. Luego levanto la cabeza, respiro hondo y me digo a mí misma: «vale, Eli tiene razón. Tengo que decidir. Pero no tiene que ser ahora mismo».

Así que me quito las lágrimas y los restos de rímel mirándome con la cámara del móvil.

Y echo a andar.

No sé cuánto tiempo he estado fuera, pero el café que he comprado mientras intentaba despejarme ya se ha enfriado.

Noah me ha escrito un mensaje: «¿Estás bien?».

Solo le he puesto un emoji con el pulgar hacia arriba y he seguido caminando.

Cuando vuelvo al edificio, el portero me saluda con una sonrisa amable. Qué majo.

Si no me sintiera tan mal, me pararía a hablar con él.

Subo en el ascensor. Esta vez no me da tiempo a arrepentirme de nada, solo a respirar hondo y prepararme para… lo que sea.

Cuando se abren las puertas del ascensor, Noah está ahí, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Triste.

—¿Cómo estás? Iba a salir a buscarte —pregunta con voz baja.

—Bien —miento. No me lo creo ni yo, pero lo digo igual.

Él no insiste. Asiente también. Y durante unos segundos compartimos un silencio raro en el que ambos sabemos que hay demasiado por decir.

Dentro, la casa sigue igual. Ordenada, silenciosa, pero con algunas cajas abiertas y todo lo que no somos capaces de tocar.

Noah cierra la última caja con cinta. La aparta, suspira.

—He llenado algunas cajas vacías que he encontrado. Quiero llevarme algunas cosas a casa. Creo que ya está.

Asiento.

—He visto que te has dejado las llaves del coche aquí y lo he sacado del parking. Espero que no te importe. El portero me ha dicho que tengo dos plazas en el garaje del edificio y he bajado un par de cajas ya.

—Perfecto —respondo, fingiendo que esto es una mudanza y no una trinchera.

Cerramos con llave la puerta de la casa y bajamos hasta el garaje. Metemos las cajas que faltan en el maletero sin hablar.

—¿Quieres que conduzca yo? —pregunta, con un tono que mezcla tacto y cansancio.

Asiento y me voy hacia el asiento del copiloto. Cuando lo veo encender el motor entra en mi cabeza una idea estúpida y brillante:

«A ver si tengo suerte y nos comemos un guardarraíl y a mí también se me borra la memoria. Total, así al menos dejaría de darle vueltas a todo esto».

Lo pienso y casi me río. Pero solo por dentro. Por fuera me limito a mirar por la ventana como si no hubiera nada en el retrovisor que mereciera recordar.

El camino de vuelta a Crescent Hollow es largo, silencioso y tenso.

Noah conduce con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera resolviendo un problema de física cuántica en su cabeza. Conecta la radio por inercia y entonces empieza a sonar: You Make My Dreams (Come True).

Esa absurda canción.

Su favorita.

O lo era.

Porque ahora no reacciona como antes, aunque sí noto cómo va siguiendo el ritmo con los dedos contra el volante. Como si su cuerpo sí la recordara.

Ya no la tararea, pero veo cómo sonríe y asoma la misma cara de idiota que ponía siempre cuando sonaba el estribillo.

Y yo me lo quedo mirando de reojo.

Él no lo sabe. No recuerda que ésta era su canción. Que se la sabía de memoria. Que me la cantó borracho en mi baile de graduación. Que le ponía la piel de gallina.

Y entonces lo entiendo: no puedo culparlo.

A este Noah no.

Porque el que iba en el asiento del conductor cuando esta canción sonaba hace unos años ya no está, no es el mismo que tengo a mi lado ahora.

Éste no tiene memoria ni rencores. Éste no tiene nada que defender ni que esconder.

Solo está aquí. A su manera e intentando aprender a vivir de nuevo.

Así que no puedo esperar que él me dé las respuestas que yo necesito.

Tengo que ser yo la que tome la decisión.

Si quiero pensar en este Noah. O si prefiero seguir guardando los restos del anterior.

Miro por la ventana. La carretera desfila sin avisar. Y yo sigo sin tenerlo claro. Pero al menos sé que no voy a encontrar la respuesta en él, sino en mí.

Al final, yo también soy como esa canción. Algo que su cuerpo reconoce como familiar, pero que no recuerda por qué.