19 · Noah
E l coche de Ivy huele a chicle de fresa y menta (sé que se mete en la boca uno de cada, aunque ella lo niegue). Conduce con la expresión relajada y golpea los dedos en el volante al mismo ritmo que la música.
A su lado, yo intento comportarme. No hablar demasiado. No pensar demasiado. No enamorarme demasiado pronto. O demasiado tarde, dadas las circunstancias.
—¿Seguro que quieres conducir todo el camino tú? —pregunto, porque llevo ya un rato sintiéndome copiloto decorativo.
—Sí. Me relaja —dice sin apartar la vista de la carretera.
—¿Relaja o distrae?
—¿Vas a cuestionar a la única persona de este coche que sabe dónde estamos y cómo llegar?
—Jamás. Solo pregunto por si te apetecía dormir y dejarme a mí el volante. Tengo carné, ya sabes. Y cero multas. Que yo recuerde —le digo mientras que guiño el ojo.
Ella resopla, pero sonríe un poco. Lo noto.
—No me fío de ti. Quiero seguir sabiendo cuál es mi talla de zapato después de este viaje.
—¡Oye! Eso es una ofensa gratuita. Y probablemente cierta.
Y ahí, justo ahí, ocurre ese pequeño milagro: Ivy se ríe. Pero se ríe de verdad. Y noto como mi mundo se tambalea y se llena de luz.
«Dios mío, tengo que dejar de ver pelis de princesas».
Aprovecho el momento distendido y de ensoñación para lanzarme a decirle lo que llevo desde hace días aguantándome.
—Ivy… ¿puedo hacerte una pregunta?
—Mientras no sea sobre física cuántica o el origen del universo, sí.
—He visto el anuario. Y he visto lo que tú escribiste.
Ivy frunce el ceño y se gira levemente para mirarme. Noto cómo traga saliva.
Y entonces lo suelto:
—¿Estuvimos juntos en el instituto?
—Sí.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
—Porque pensé que era menos traumático ser tu «amiga Ivy» que tu ex.
No esperaba esa respuesta y, la verdad, aunque ya lo tenía más que claro, oírlo de su boca hace que sea más real.
No sé si estamos tres segundos o una hora en silencio, pero mi ansiedad por romper la tensión está creciendo. Así que me aclaro la garganta.
—Oye, Ivy…
—Noah me vas a desgastar el nombre. Y cada vez que lo dices así, tiemblo.
—¿Y cómo de irresistible era para que te enamoraras de mí en el instituto?
Ella suelta una carcajada y noto como me destenso.
—Irresistible irresistible… no sé qué decirte.
—¡Anda ya! No seas mentirosa. He visto fotos mías y estaba para comerme.
—No estabas mal, no.
—¿Qué fue lo que más te gustó de mí?
Ivy se queda un segundo pensando y veo como sonríe para sí misma.
—Que siempre llegabas a las estanterías altas del súper.
Y ahí soy yo el que empieza a reírse y continuamos el resto del camino a Seattle gastando bromas.
Cuando veo el cartel de «Bienvenidos a Seattle» me gustaría decir que me resulta familiar.
Pero no. Ni el cuerpo me manda señales. Ivy va siguiendo las indicaciones del GPS que nos llevan a un parking público cercano a la dirección que Wes nos ha dado, entre mi casa y la cafetería en la que hemos quedado con mi agente.
Entramos al Starbucks y el aire acondicionado nos golpea con la misma intensidad que el aroma a caramelo y galletas con nombres innecesariamente largos. Estoy a punto de preguntar a Ivy si este sitio es famoso o simplemente una parada segura cuando lo veo.
O mejor dicho, él me ve primero.
—Noah Carter —dice una voz grave, con una mezcla de alivio y entusiasmo.
Levanto la mirada y reconozco al instante su cara. La he visto en fotos. En WhatsApp. Pero en persona impone más: unos cincuenta años, pelo entrecano bien cuidado, camisa azul claro, sonrisa de esas que parecen entrenadas para cerrar acuerdos.
—Gabe Walker —digo, adelantándome a su presentación.
Él se ríe, sincero.
—Así que todavía me recuerdas. Bueno, más o menos —me da una palmada en el hombro y añade, más despacio—. Es bueno verte, Noah. De verdad.
—Gracias —respondo, algo incómodo pero agradecido.
Nos sentamos en una mesa al fondo. Ivy deja su bolso en la silla de al lado, observando en silencio mientras Gabe me estudia con una mezcla de curiosidad y ternura.
—Wes me contó que estás mejorando —dice—. No te voy a soltar el discurso de «todo pasa por algo», pero me alegra verte bien.
—Eso dicen todos —respondo, intentando sonreír.
Gabe asiente, con esa media sonrisa profesional que ahora parece más humana.
—Y tú, Ivy —dice, girándose hacia ella—. Vaya sorpresa. Sigues igual de impresionante. ¿Qué tal estás?
—Bien, gracias. Solo he venido a hacer de guía —responde ella.
—Siempre tan modesta —ríe él. Luego me mira de nuevo—. Por si no lo sabes, esta mujer te robaba titulares. La gala del acuario, ¿te acuerdas, Ivy? People sacó una foto vuestra con el titular «La profesora de California que conquista la Ciudad Esmeralda». Fue una noche… especial.
Ivy asiente con una sonrisa leve
—Sí, lo fue.
Yo me quedo callado. Intento encajar esa imagen mental: Ivy con vestido, flashes, aplausos. Yo a su lado. Suena tan ajeno que casi duele.
Gabe ha dicho «profesora», así que eso no fue en el instituto. Me guardo la pregunta para después.
Hablamos un rato más. Gabe hace preguntas suaves: cómo me encuentro, si estoy retomando rutinas, si recuerdo algo del equipo. No presiona, pero no evita el tema. Es un equilibrio extraño entre lo profesional y lo afectivo.
—De todos modos —dice finalmente, abriendo su tablet—, quería comentarte algo. Se acerca el evento anual de la Fundación. Siempre fue importante para ti. No te pido que hables si no te apetece, pero tu presencia ayudaría. Y —hace una pausa—, creo que te haría bien.
Ivy lo mira, atenta.
—No sé si está preparado —dice.
—Lo sé —responde Gabe—. Pero a veces hay que hacer cosas para saber si estamos preparados. Como siempre, —añade— puedes traer a quien quieras.
El silencio que sigue pesa, pero no resulta incómodo.
—Lo pensaré —digo.
—Perfecto. Solo quería oír eso. —Cierra la tablet y sonríe, satisfecho—. Y oye, si necesitas ayuda con cualquier cosa, llamadas, gestiones, o simplemente alguien que te recuerde que sigues siendo tú, cuenta conmigo.
Nos despedimos con un apretón de manos firme y un abrazo breve. En la puerta, Gabe me dice en voz baja:
—Te debo un café de verdad, no de franquicia. Cuando quieras.
Asiento. Me gusta saber que hay una persona fuera del pueblo con quien puedo hacerlo.
Ivy me empuja con suavidad hacia la calle.
—¿Estás bien? —pregunta.
—No tengo ni idea.
Pero una parte de mí sonríe.
Tras unos minutos siguiendo el GPS del móvil, nos paramos delante de un edificio lujoso y el portero me saluda con un «Bienvenido de nuevo, Sr. Carter.
Nos alegramos de tenerlo de vuelta». Yo me giro hacia Ivy para ver si mirándola entiendo algo.
Ella se encoge de hombros como diciendo «a mí no me preguntes».
Cogemos uno de los ascensores y pulso el número 15. Última planta.
«¿Vivo en un ático?».
Cuando se abren las puertas del ascensor nos encontramos un pasillo blanco con moqueta gris y veo que sólo hay dos puertas en esta planta.
Vamos a la derecha, que se supone que es la mía.
Meto la llave en la cerradura, temiendo habernos equivocado y tener que dar explicaciones a la policía por intento de allanamiento de morada.
Giro la llave hacia la izquierda y me relajo cuando la cerradura cede y la puerta se abre.
La casa es más grande de lo que imaginaba. Bastante más grande de lo que imaginaba.
La cocina tiene las encimeras de color negro y está integrada con el salón. Un salón en el que probablemente se podría jugar un partido de baseball . A la izquierda, unas cristaleras ocupan casi toda la pared y dan acceso a una terraza enorme.
Todo está ordenado, intacto. Minimalista. Casi sin personalidad. Como si aquí viviera alguien con una agenda llena y poco tiempo para complicarse. No la siento mía. Pero hay cosas… cosas que me miran.
Ivy entra detrás de mí y se queda en el umbral. No dice nada. Ni siquiera sé si ha llegado a cerrar la puerta.
Yo avanzo, torpe. No sé qué busco. Hay cuadros con marcos oscuros, una planta que ha sobrevivido milagrosamente, y un par de estanterías con libros que no reconozco pero que juraría que le gustarían a ella.
Y entonces lo veo.
Una estantería baja con fotos.
En el primer marco estamos Wes y yo, sonrientes, en una base militar. Wes va con su uniforme y yo voy bien vestido. Quizá fue en algún acto del ejército. Se nos ve bien. Felices y relajados.
El segundo es una foto con mis padres en lo que parece un sitio donde vive Mickey Mouse. Al lado, una Dar más joven y sonriente con un gorro de cumpleaños ridículo y una versión de Newman más cachorro y con menos kilos.
Sonrío con esas imágenes y maldigo al universo por no poder acordarme de esos momentos.
Sigo avanzando y la veo.
A Ella.
Ivy en el lago, pero una Ivy que no tendría más de dieciocho años.
Luego Ivy y yo en el campo de fútbol, después de un partido de Los Lobos.
Y después ella sola, en una playa. Con el pelo recogido y gafas de sol.
Llevando una camiseta de los Seahawks que probablemente era mía. Está sonriendo a la cámara. A mí.
Me giro. Ella está parada frente a otra estantería. Con otra foto en la mano. La está mirando como si acabara de encontrarse a sí misma en un sueño ajeno.
Camino despacio como si fuera un explorador acercándose a un león herido, con miedo de que en cualquier momento le ataquen.
Y en cierto modo es así. Creo que ella está aún más en shock que yo.
—¿Por qué tienes esta foto? —dice en un susurro ahogado cuando nota que me estoy acercando a ella.
Se da la vuelta y me la enseña.
Somos nosotros dos. Ella mira a la cámara enseñando la mano y yo la miro ella, como si no importara nada más en el mundo en ese momento.
Me fijo en su mano: lleva un anillo. Un anillo que parece de compromiso. Cuando reparo en él, noto como el corazón se salta dos o tres latidos —lo cual es bastante peligroso—, pero pronto vuelve a latir, aunque siento que se me va a salir por la boca.
O quizá es sólo que voy a vomitar.
—Ivy, yo… —empiezo a decir. Pero me muerdo la lengua. Porque ¿qué coño voy a decir? «¿Perdona por no recordar que nuestra relación había sido tan seria como para estar prometidos? O peor aún, para haber estado casados» . Madre mía, ¿estuvimos casados y no lo recuerdo?
Definitivamente creo que voy a vomitar. Si me acordara de dónde está el puto cuarto de baño, ya lo habría hecho.
Me sudan las palmas de las manos. Noto el pulso en las encías. Es absurdo, pero estoy… asustado.
Ivy camina despacio. Se detiene junto al sofá, aún con la foto en las manos. No dice nada. No parpadea. Solo aprieta los labios, como si le costara no romperse en pedazos.
—Tú viviste aquí, ¿no? —le pregunto.
Ella niega con la cabeza.
—Pero estás en todas partes.
—Eso ya lo veo. —Su voz suena baja. Y rota.
Hay una pausa. De esas que hacen eco.
—Esta casa la compraste tú hace unos años. Yo no he estado nunca aquí. Y sin embargo… pusiste fotos mías. ¿Por qué, Noah? Oh joder, ¿cómo lo vas a saber?
Me acerco despacio a ella y me siento a su lado.
—Ivy, tengo que hacerte una pregunta.
No contesta. Pero tampoco me detiene.
—¿Cuánto tiempo estuvimos juntos?
Ella tarda en responder. No por falta de memoria. Sino porque está eligiendo si decírmelo o no.
—Mucho.
—¿Cuánto es mucho?
—Casi trece años.
No lo esperaba. De verdad que no. Noto como se me paraliza el cuerpo.
—¿Estuvimos casados?
—No, Noah. No llegamos a casarnos —dice, casi en un suspiro.
El aire se me queda atrapado en la garganta.
—¿Y qué pasó?
—Que se acabó.
—Hasta ahí llego. Si no estamos juntos es porque se acabó. Pero quiero saber por qué.
Se levanta del sofá. Está dudando. Lo veo en la expresión de su cara, de sus hombros. En cómo cambia el peso del cuerpo de una pierna a otra.
—Noah creo que no es el momento…
—Sí es el momento.
Replico, de una manera cortante.
—Estoy cansado de que todos me digáis que no es el momento. ¿Pero cuándo vais a decidir que es el momento ?
Me falta el aire.
—Es mi vida, aunque me parezca tan ajena que es como si la hubiera interpretado otra persona. Y quiero saber qué es lo que pasó, joder. Creo que tengo derecho a saber qué cojones viví —escupo en un tono algo más desesperado del que quería.
Ella toma aire. Siento que puedo ver cómo su cerebro está funcionando sin parar para escoger las palabras.
—Cuando tu madre enfermó te aislaste. Te volcaste en el equipo y en los compromisos sociales, y simplemente ya…
Sabía que me había comportado como un imbécil, pero no podía imaginar haberle hecho eso a ella. Aunque no termine la frase, creo que puedo imaginarme el resto.
—¿Te fuiste tú? —pregunto, casi en un hilo de voz.
Entonces sí que me mira. Y no es un reproche. Es… algo más triste. Más honesto.
—No Noah. Te fuiste tú —dice. Y después de un silencio tan largo que casi lo podría tocar, añade—: Pero lo hice yo.
Ivy se gira hacia la estantería, con la foto aún en las manos, y la coloca donde estaba.
—Pensaba que lo tenía superado, ¿sabes? Pensaba que a estas alturas me reiría de todo esto.
Que tendría a alguien. Una vida nueva. Y tú sólo serías un recuerdo.
Pero luego te vi en la cama del hospital.
Con esa mirada de cachorro perdido y me preguntaste si era tu hermana.
Te juro que te hubiera matado si no hubieses estado con la cabeza vendada.
Involuntariamente sonrío. Pero no, esto no tiene gracia.
Ella continúa, cada vez más nerviosa.
—Y desde que has vuelto me estoy volviendo loca.
Porque por un lado estás tú, el de ahora, inocente, divertido y que no le tiene rencor a la vida, y eres lo más parecido al Noah Carter del que me enamoré de lo que lo has sido en años.
Pero te miro y también veo todo lo que pasó.
Y como soy una masoquista de primera, estoy aquí, a tu lado.
Y yo... —se lleva una mano al pecho, sin terminar la frase.
Me levanto instintivamente cuando veo que está luchando por aguantar las lágrimas. Me acerco a ella y la cojo suavemente por encima de los codos.
—Lo siento —susurro. No sé qué más puedo decir. No tengo recuerdos para discutir nada de eso.
Veo cómo le cae una lágrima. Me tiemblan las manos, pero las subo hacia su cara y la atrapo con la yema del pulgar antes de que siga deslizándose por su mejilla.
Ella cierra los ojos e inclina un poco la cara hacia mi mano. Noto su calor. El corazón me late con fuerza.
Solo pienso en lo mucho que me odio por hacerla sentir así. En lo preciosa que es. En todas las cosas que me hace sentir y que no sé cómo explicarle.
Quiero besarla. Pero no es el momento. Sé que no lo es.
Aun así, me inclino un poco y…
—Necesito un momento —dice ella, dando un paso atrás—. Necesito salir. Solo… cinco minutos.
Y yo me quedo ahí parado, viendo cómo desaparece por la puerta sin hacer ruido.