Después de olvidarte 18 · Noah
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18 · Noah

D ar llega tarde.

Otra vez.

Y yo estoy a punto de entrar en pánico.

—¿Cuánto tarda en ponerse una visera de lentejuelas? —pregunto por tercera vez mientras doy vueltas por el salón.

—Depende de si la está planchando o si ha decidido coserle luces LED —responde Wes desde el sofá, con el mando de la tele en la mano y una calma que debería ser ilegal.

—No tiene tanta purpurina en casa.

—Hermano, Dar tiene purpurina para decorar un estadio.

Vuelvo a asomarme a la ventana. Nada.

El reloj marca las once y cuarto. A las doce tenemos que estar en casa de Ray y aún no hemos cargado la casita.

La casita. Mi obra maestra. Mi posible desastre.

—¿Y si no le gusta? —murmuro—. ¿Y si la pintura se ha cuarteado? ¿Y si el cartel se cae?

—¿Y si respiras un poco?

Le lanzo una mirada. Wes sonríe, encantado de su propio ingenio.

Noto como me observa mientras meto en la mochila un paquete envuelto en papel de regalo.

—¿Y eso? —pregunta, levantando una ceja.

—Nada.

—Ya. Nada —repite, con esa cara suya de «me lo vas a contar igualmente en diez minutos».

Veinte minutos después, el ruido del motor de Dar se oye antes de que aparezca su coche color turquesa, un Chevrolet Impala descapotable del 66.

La puerta se abre y ahí está ella: pantalones de lentejuelas plateadas, visera brillante y una camiseta con el eslogan brILLA O MUERE .

—¡Buenos días, criaturas del brillo! —anuncia, subiendo los escalones con energía.

—No puedo con esto —murmuro.

—Sí puedes, cariño. Y te va a encantar.

De su bolso saca dos camisetas.

—Regalo de la tía Dar. Versión oficial de « La brigada purpurina» . Siguiendo instrucciones de la cumpleañera.

Nos las enseña: dinosaurios con purpurina.

—Ni de coña —dice Wes.

—Te la vas a poner —dice Dar.

—Ni muerto.

—Perfecto, combinas con el tema. Otro animal extinguido.

Mientras discuten, Newman aparece con un collar lleno de pequeños brillantes y una correa plateada. Un miau de aprobación.

Yo ya ni protesto.

—Vale —digo, respirando hondo, mirando nuestro reflejo en el espejo con las camisetas puestas—. Carguemos la casita.

—¡Por fin! —responde Dar, dando palmas—. Llevamos dos semanas sin hablar de otra cosa.

Salimos al jardín. La F-150 de Wes espera, impoluta.

La casita brilla al sol, todavía con algún toque húmedo de pintura.

Wes se coloca los guantes y me pasa los míos.

—A la de tres —dice.

—¡Cuidado con el tejado! —grito—. ¡Por la izquierda, por la izquierda! ¡No tanto! ¡Más despacio!

Wes suelta una carcajada.

—Hermano, si esto pesa menos que una caja de cereales.

—Pues trátala como si fuera una reliquia, por favor.

Finalmente, la casita queda bien sujeta en la parte trasera de la camioneta. Yo inspecciono los bordes como un cirujano. Dar me da una palmada en la espalda.

—Relájate, Van Gogh. Le va a encantar.

Wes se limpia las manos.

—¿Listos?

—Listos —respondo.

Mando un mensaje a Ray:

—Operación Castillo lista. Abre la pista de aterrizaje.

Dar sube al asiento del copiloto con Newman en el regazo y un termo rosa en la mano. Yo me quedo en la parte de atrás, vigilando la casita como si fuera una bomba nuclear.

Wes arranca el motor.

La camioneta se aleja por la carretera, dejando un rastro de polvo, purpurina y mis nervios hechos confeti.

El jardín de Ray y Eli parece un set de rodaje. Globos, serpentinas, un castillo hinchable y al menos una docena de niñas y niños corriendo de un lado a otro dejando un rastro brillante allá por donde van.

Yo estoy sudando más de lo que admitiría jamás.

Wes aparca finalmente en la puerta de la casa y apaga el motor. Yo sigo de los nervios.

Miro la casita como si fuera una criatura viva.

—Vale, equipo, con cuidado. Que no roce el lateral. Que no se raye el tejado.

—Noah, la casa va a llegar intacta. Pero, como no te relajes, tú vas a aparecer con un ojo morado.

—Niño, ten cuidado con el estrés, no te vaya a freír la parte del cerebro que te funciona —añade Dar, haciéndome reír y relajándome un poco los hombros.

Ray aparece por el porche con las manos en la cabeza.

—Madre mía, Carter. Maisie va a flipar.

Entre los tres descargamos la casita bajo el mando de Dar y Newman y la llevamos a la parte de atrás. La dejamos en medio del jardín, justo bajo el árbol grande.

El cartel azul Castillo de Maisie brilla al sol.

Y ahí, como si el universo esperara su entrada triunfal, aparece ella.

Maisie se queda parada con la boca abierta cuando ve su regalo. Va envuelta en un tu-tu lila y unas alas de hada que parecen tener vida propia.

Lleva purpurina hasta en las pestañas.

Le sonrío y le hago un gesto con la mano para que venga a verla.

Sale corriendo hacia mí y, antes de que pueda reaccionar, se lanza a mis brazos.

—Gracias, tío Noah —dice en un susurro—. Es el mejor regalo del mundo.

Me abraza con fuerza, y el mundo se reduce a eso: a sus risas, su pelo lleno de brillo y el calor que me sube a los ojos sin permiso.

Parpadeo rápido, pero ya es tarde.

Una lágrima me traiciona.

Wes lo ve y me da una palmada en el hombro mientras veo a Maisie explorar la casita con sus amigos.

—Estás acabado, tío. Te ha adoptado oficialmente.

—Sí —respondo, con una sonrisa estúpida.

Eli se acerca a nosotros con cervezas en la mano.

—Es alucinante, Noah. De verdad.

—Gracias —digo, aún con la voz medio atascada.

—Maisie no va a salir de ahí en semanas.

—Entonces ha merecido la pena.

Tras unos largos minutos en los que me presentan a un montón de gente nueva —pero nueva de verdad— y a otros que ya conocía pero que, como al resto, no recordaba, veo a un hombre alto, de hombros anchos y sonrisa franca que se acerca con paso firme.

Lo reconozco antes de que nadie me lo diga.

El padre de Ivy.

El entrenador Brooks.

Mi entrenador.

Me quedo un segundo sin saber cómo actuar.

He visto fotos suyas en álbumes, en recortes, incluso en vídeos, donde me daba una palmada en el casco antes de cada partido.

Pero en persona impone mucho más.

—Entrenador —digo, intentando sonar natural.

Él me mira con una mezcla de orgullo y emoción contenida.

—Buen trabajo con el castillo —dice, asintiendo hacia la casita—. Parece que se te da mejor el bricolaje que el fútbol americano.

Hace una pausa y sonríe.

—Bienvenido a casa, Carter.

No tengo tiempo de contestar porque me da un abrazo. Uno de esos con palmada incluida.

Firme, cálido, de esos que no se olvidan aunque la cabeza quiera.

Cuando se aparta, deja la mano en mi hombro.

—Sé que estás ayudando a Ray con el equipo. Estoy orgulloso de ti, hijo.

—Gracias, entrenador —acierto a decir.

Y lo pienso de verdad.

El jardín está lleno de ruido y conversaciones cruzadas. Alice, la madre de Eli, reparte bebidas, Eli supervisa el caos con una eficacia digna del ejército, y Ray intenta evitar que los niños usen la parrilla como campo de experimentos.

Wes, el entrenador y yo estamos frente a la nevera con hielo llena de cervezas y vamos saltando de un tema a otro. De vez en cuando me quedo un poco al margen, observando.

Gente riendo, niños corriendo, música sonando.

Y en medio de todo, la casita brilla bajo el sol, con dinosaurios, estrellas y purpurina plateada.

Maisie está dentro, dando órdenes a dos primos que fingen ser caballeros.

Y entonces la veo.

Ivy.

Cruza el jardín con una caja del Sweet Hollow que supongo que contiene la tarta. El pelo suelto que brilla bajo el sol y esa sonrisa que me desarma.

Todo el ruido se apaga.

Solo la música de fondo, el aire cálido y ella.

Ray se acerca a cogerle la tarta mientras le da un abrazo de lado y la felicita. Todos se van a acercando a abrazarla y felicitarla y yo pienso que, si hay un lugar en el mundo donde quiero quedarme, es exactamente este.

Veo como Maisie corre por el jardín con unas alas gigantes en la mano y se las da a Ivy, porque son «las protagonistas».

Yo respiro hondo y me acerco a la mochila, que he dejado en una silla a un lado de la pérgola de madera.

Me acerco a Ivy justo cuando veo que se ha colocado las alas

—Feliz cumpleaños, hada vieja —digo.

Ella sonríe.

—Gracias. Pero siempre seré un año más joven que tú. Así que la vieja no soy yo.

—Eso dicen todos los viejos. —Cojo aire de nuevo—. A Maisie le he traído el castillo. Pero… —Saco el paquete de detrás de mi espalda y se lo tiendo— éste es para ti.

Su gesto cambia y me mira fijamente a los ojos.

Lo coge con cuidado, le tiemblan un poco las manos.

Abre el papel despacio, como si no quisiera romperlo. Cuando ve lo que hay dentro, el mundo se queda en silencio.

Es el dibujo que hice de ella.

La misma línea que empecé aquella noche, con el cuaderno en las piernas y la luz encendida. Ahora está completo. Enmarcado. Su rostro, su expresión, esa mezcla de serenidad y algo que no sé nombrar.

Ivy se queda quieta, con los ojos fijos en el retrato. Su respiración cambia.

—Noah… —susurra.

Y antes de que pueda contestarle, se pone de puntillas y me abraza.

Sus brazos alrededor de mi cuello, el olor a champú y a lo que creo que es canela, el latido de su corazón que me deja sin saber si respirar o no. La abrazo también, por la cintura, sin pensar. Noto que mi cuerpo se despierta por ella.

Y durante un segundo, no necesito más.

El ruido, la gente, el jardín, el día entero.

Todo parece tener sentido.

—Eh, pareja —grita Ray desde la parrilla—, que se enfría la carne.

Ivy se separa de mí entre risas, con las mejillas encendidas.

Yo solo puedo sonreír e intentar quitarme la sensación de que me arde la piel.

Durante la comida, me siento entre Wes y Ray.

El entrenador Brooks se une a la conversación; hablamos del equipo del instituto, de los nuevos jugadores, de cómo algunos lanzan el balón como si fueran granadas.

Yo intento no pensar demasiado en que el hombre que tengo enfrente es el padre de Ivy.

Después de lo que me ha despertado ese abrazo, he sido más consciente de ello.

Maisie aparece de repente, con el pelo pegado a la frente por el sudor y con una determinación heroica.

—¡Noah, tienes que firmar el castillo!

—Oído, jefa.

Me levanto entre risas y cojo un rotulador del bolsillo de la chaqueta de Dar.

Maisie señala el cartel azul.

—Aquí, al lado del dinosaurio que parece un gato.

—No parece un gato —respondo—, es un dinosaurio en plena evolución.

Ella me lanza una mirada seria.

—Firma igual.

Escribo despacio:

«Para Maisie, que siempre construya su propio mundo. – Noah»

Maisie sonríe, satisfecha.

—Perfecto.

Luego se va corriendo hacia el castillo, dejando una estela de purpurina detrás.

Me quedo mirando el cartel, la casa, a ella dentro riendo, y a Ivy al fondo, con el dibujo apoyado sobre las rodillas mientras habla con Eli.

Y pienso que ojalá todo en la vida fuera tan simple como esto.

Como un trozo de madera convertido en un castillo, o un dibujo convertido en un recuerdo nuevo.

El sol ya empieza a bajar por detrás de la casa. Ray está repartiendo trozos de pastel mientras Eli intenta evitar que Maisie le pinte la cara con rotulador, y Dar ha improvisado un taller de tatuajes temporales con brillos en el porche para todos los niños.

Yo estoy junto a Wes, con una taza de café en la mano y observando cómo el entrenador Brooks le enseña a Ray un vídeo del último partido del instituto.

—Haskins, este chico lanza como un francotirador —dice él—. Pero necesita más control de muñeca.

Ray asiente, concentrado.

—Lo pondremos con Noah en los entrenamientos. —Me da un codazo—. Para que le enseñe cómo controlarlo.

Todo parece fluir. El mundo entero parece ir al mismo ritmo que yo.

Hasta que suena el móvil de Wes.

Contesta con una sonrisa, pero su expresión cambia en segundos.

—Sí, señor. Entendido. Estaré de vuelta esta noche —hace una pausa, luego asiente—. No hay problema, señor.

Cuelga.

Yo lo miro.

—¿Todo bien?

—La base —responde—. Uno de los instructores se ha puesto enfermo. Tengo que cubrir su turno. Me voy ya mismo si quiero llegar antes de medianoche.

—¿No ibais a ir mañana a Seattle? —pregunta Ray.

—Sí. Lo siento, tío —responde, dirigiéndose a mí—. Habla con Gabe y vamos la próxima semana.

Lo miro diciéndole «no pasa nada», luego vuelvo la vista a Ivy de manera instintiva.

Ella me sostiene la mirada apenas un segundo antes de hablar.

—Yo te llevo.

Se hace un pequeño silencio.

—¿Segura?

—Sí. Total, tengo el día libre. Y una lista de reproducción excelente.

La miro con agradecimiento y gesticula con los labios «me debes la vida».

Todos los que la han visto se ríen.

Yo también.

Pero por dentro, el pulso se me dispara.

Wes recoge sus cosas mientras Eli le prepara un táper con tarta y Dar lo despide agitando su visera plateada como si fuera un estandarte.

Cuando vuelve la calma, me quedo junto a Ivy, mirando el jardín iluminado por las guirnaldas. Nos quedamos en silencio un momento, viendo cómo Maisie corre alrededor del castillo con su espada de gomaespuma.

Ivy se cruza de brazos, el pelo le brilla con la luz del atardecer.

—Salimos temprano, Carter.

Da media vuelta y se aleja hacia la casa. Yo la miro embobado.

La idea de Seattle me aterraba.

Y no sé si la sensación que tengo en el pecho es porque con Ivy va a ser más fácil…

o porque en esa ciudad me espera algo que lo cambiará todo.