Después de olvidarte 17 · Ivy
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17 · Ivy

L a semana ha empezado sorprendentemente bien. El tipo de bien que te hace desconfiar un poco, como cuando el portátil deja de hacer ruido y temes que explote.

Los ensayos de Romeo y Julieta van viento en popa. Los alumnos ya se saben sus frases, no hay lágrimas ni dramas excesivos —al menos, no fuera del guion— y el decorado empieza a parecer menos un escenario de ciencia ficción y más un balcón veronés.

Hasta el equipo de luces funciona. Un milagro en toda regla.

En el instituto, todo está en su sitio: los alumnos me saludan sin miedo, el proyector de mi clase ha decidido no morirse esta semana y la máquina de café no ha hecho huelga aún.

El pueblo también parece respirar mejor.

Mi abuelo ha vuelto a llenar la puerta de la floristería de macetas, y Sue ha colgado en la pizarra de su cafetería el cartel de «Mañana tarta de manzana casera», lo que básicamente convierte este martes en víspera de festivo local.

Me cruzo con Noah alguna mañana cuando voy a trabajar —suele ser cuando para a comprarse el café después de salir a correr—, otras lo veo en la pastelería de Dar con harina en la camiseta o ayudando a Ray con el equipo. Pero ya no me sobresalto.

Forma parte del paisaje. Como si Crescent Hollow no estuviera completo sin él.

Al parecer, cada pueblo necesita un gato con personalidad, una panadería y un habitante que vuelve con amnesia.

Supongo que esto es la normalidad: todo sigue en su sitio, incluso las cosas que una vez desordenaron tu mundo.

Por la tarde reviso los horarios de los ensayos y termino de preparar mis clases de mañana con la satisfacción de quien ha sobrevivido al inicio de semana sin dramas.

Antes de apagar el ordenador, le mando un audio a Eli:

— Mañana comida en Sue’s. Van a hacer tarta de manzana .

Su respuesta llega enseguida:

— Perfecto. Pediré que me la pongan de primero, de segundo y de postre.

✽✽✽

—Te lo juro —dice, señalando el plato de macarrones con queso con el tenedor—, si algún día desaparezco, búscame aquí. Enterrada bajo una montaña de esta maravilla.

—Lo tendré en cuenta —respondo—. En tu lápida pondré «murió feliz y con carbohidratos».

Ray ha escrito hace diez minutos para decir que se retrasa «un poco». Conociéndolo, eso puede significar desde cinco minutos hasta una hora y media.

Eli se recuesta en la silla con su vaso de té helado.

—Por cierto, Sue ha dicho que la tarta de manzana la saca del horno a las dos.

—Entonces será mejor que pidamos tres porciones antes de que lleguen los...

Suena la campanilla de la puerta.

Miro instintivamente y veo a Ray entrar.

Hasta ahí, todo normal.

Pero justo detrás de él aparece Noah.

Eli se queda congelada con el vaso a medio camino entre la mesa y su boca.

—Oh, genial —murmura—. Y yo sin la capa de invisibilidad.

Ray nos lanza esa sonrisa suya de no haber roto un plato en su vida y mira a su mujer con cara de «no me mates, por favor».

Noah, algo más torpe pero con ese encanto natural suyo, levanta la mano en un saludo amistoso y devuelve sonrisas a todo el que lo mira de camino a nuestra mesa.

—Hola.

—Vaya, Carter —dice Eli sin pestañear—. Has tenido que perder la memoria para ser puntual.

Ray se tapa la cara con las manos, pero Noah se ríe.

—Si lo sé, me doy el golpe antes —contesta, tan tranquilo.

Yo intento no atragantarme con la Coca-Cola.

Ella lo mira un segundo, deja el tenedor sobre el plato y lo señala con un dedo acusador.

—Vale, Carter. Te perdono. O no. Te tolero. Pero te estaré vigilando —le dice, mientras se mueve en el asiento para hacerle hueco.

La tensión se disuelve como el azúcar en el café.

Ray se sienta a mi lado, Noah frente a él. Sue aparece con dos platos más sin que hayamos pedido nada; ella siempre sabe quién necesita comer.

La conversación fluye con naturalidad. Ray cuenta que el equipo tiene un jugador nuevo de noveno que corre como si lo persiguiera la policía, Eli habla de la exposición de arte que van a hacer en el gimnasio, y Noah escucha, interviene con chistes suaves, y consigue que hasta Sue se ría desde la barra.

Por un momento, todo parece como antes. Como si no hubiera pasado una eternidad desde la última vez que estuvimos así los cuatro.

La misma mesa, las mismas risas, la misma sensación de estar en familia.

Ray deja el tenedor y me da un golpecito en el brazo.

—Por cierto, Carter. Recuérdale a Wes que el sábado hacemos barbacoa en casa por el cumple de Maisie —hace una pausa, sonriendo—. Y por el de Ivy, claro.

Levanto la vista justo cuando Noah también lo hace.

Él sonríe, leve, como si estuviera procesando el dato.

Yo me aclaro la garganta.

—Y te aviso que el tema es la purpurina. Son órdenes de Maisie.

Nos reímos todos.

Incluso Eli, que finge indignarse con Ray porque ha cogido el último trozo de tarta que le quedaba en el plato.

La escena termina con cuatro platos vacíos, el murmullo de la cafetera y esa sensación tibia de los días en que todo parece encajar.

Un nuevo equilibrio.

Aunque algo dentro de mí me dice que esto… solo acaba de empezar.

✽✽✽

En el salón de actos, los focos parpadean, alguien prueba un micrófono que no funciona y en la primera fila hay tres mochilas abiertas con pelucas de colores dentro.

Pero el ensayo va bien.

Dentro del caos general, mis alumnos ya se saben sus frases y algunos hasta las dicen sin mirar el móvil, lo cual considero un triunfo pedagógico.

—Vale, chicos, repetimos la escena del balcón —digo desde el borde del escenario—. Pero esta vez, sin leer. Sin leer, Romeo. Si me traes el texto impreso, te lo plastifico para que no lo pierdas, pero no lo uses.

Él asiente, resignado.

Julieta suspira como si cargar con el peso del amor eterno fuera menos agotador que soportar a un Romeo incapaz de aprenderse tres párrafos seguidos.

Les dejo repasar entre ellos y salgo un momento al pasillo.

El aire fuera del salón está más limpio, y yo necesito refrescarme un poco.

Camino distraída hacia el baño, repasando mentalmente la lista de la compra, cuando alguien sale de un pasillo lateral y casi chocamos.

—Vaya —digo, echándome hacia atrás—, no sabía que seguías aquí.

Noah lleva la camiseta de chándal del equipo algo manchada de césped y las manos metidas en los bolsillos.

—Estaba ayudando a Ray con el material para el entrenamiento. He oído voces y he pensado que había una revuelta.

—Más o menos —respondo—. Es una adaptación moderna de Romeo y Julieta .

—¿Moderna tipo cómo?

—Tipo que Julieta usa zapatillas y Romeo consulta el texto con Siri.

—Eso suena… fiel a la obra original, ¿no?

Sonrío.

—¿Puedo verlo?

Cuando llegamos a la puerta del salón de actos, los chicos están riéndose por algo que ha dicho uno de ellos.

Noah se apoya en el marco de la puerta, mirando el escenario. Por suerte, los alumnos no se han dado cuenta de que está ahí; si lo hicieran, tendríamos el ensayo revolucionado.

—Bueno… tengo que seguir. Sólo tenemos el salón veinte minutos más.

Vuelvo al escenario para seguir el ensayo.

De reojo lo veo quedarse un rato más, observando cómo los alumnos improvisan, cómo corrijo una entrada o cómo apago el micro que chirría.

Cuando me giro un poco, ya no está.

Solo queda la luz de los focos encendidos y ese eco ligero de algo que no sé si ha sido real o imaginación.

✽✽✽

La tarde del viernes la paso entre pedidos, clientes y la voz de mi abuela dando conversación a todo el que pasa.

Estoy ordenando un estante de velas aromáticas cuando suena la campanilla de la puerta.

Levanto la vista y ahí está Noah.

Pero no el Noah impecable que uno esperaría ver en un anuncio, sino una versión que parece haber acabado desorientado en medio de una partida de paintball: lleva los vaqueros manchados, una camiseta vieja, el pelo despeinado y restos de pintura por todas partes.

Y, aun así, le queda bien.

Lo odio un poco por eso.

—¿Pero qué demonios has hecho? —pregunto, con los brazos cruzados mientras lo sigo por los pasillos—. ¿Te has apuntado a una guerra de pintura?

—Algo así.

Deja sobre el mostrador barniz, clavos y dos botes enormes de pintura.

—¿Puedo preguntar para qué es todo esto?

—Un proyecto personal.

—Vale, pero ¿qué clase de proyecto personal implica barniz, clavos y pintura morada?

—Nada ilegal.

—Eso es lo que diría alguien que está haciendo algo ilegal.

Mi abuela se ríe desde la caja.

—Ivy, déjalo en paz. Noah, cariño ¿has venido en coche? No tenemos reparto hasta dentro de una hora.

—Pues la verdad es que no… Pero puedo esperar a que llegue Wes, no te preocupes.

—¡Nah! Tonterías. Te lleva mi Ivy.

—Abuela…

—Ni abuela ni nada. Lo acompañas a llevar las cosas y lo ayudas a descargar y listo. Las velas van a seguir en el mismo sitio.

Y así acabo yo, metiendo en el maletero de mi coche bolsas llenas de pintura y misterio.

Durante el trayecto, Noah apenas habla. Yo hago lo que mejor se me da: llenar el silencio.

—Espero que no estés construyendo un búnker o algo.

—No.

—¿Una barca?

—Tampoco.

—¿Una escultura en homenaje a Newman?

Él sonríe.

—Ya lo verás.

Cuando llegamos, descargamos y me hace un gesto para que lo siga por el lateral de la casa.

Y entonces lo veo.

Una casita de madera, todavía sin terminar.

Tiene dibujos de dinosaurios, huellas de gato pintadas a mano, una explosión de purpurina plateada y, en una esquina del tejado, algo que parece un big bang lleno de colores.

En el suelo, un cartel pintado con letras azules: Castillo de Maisie .

Me quedo sin palabras.

Solo puedo mirarlo.

—Noah… —susurro—. Es preciosa.

Él se pasa una mano por el pelo, manchándose aún más.

—Cuando Maisie me invitó a su cumpleaños quise hacerle algo especial y que durara toda la vida. Aunque lo olvide.

Me lo quedo mirando.

Tiene pintura en los dedos, serrín en los zapatos y un brillo en los ojos que me desarma por completo.

—¿Te apetece quedarte a cenar? —pregunta, sin apartar la vista del suelo.

No lo dice con insistencia, pero hay algo en su voz. Una nota suave, casi suplicante.

—Podemos pedir japonés —añade—. Wes me dejó el número de un sitio que lo trae a casa.

No añade nada más.

Solo me mira, con una mezcla de timidez y esperanza.

Y eso basta.

La cena es un desastre glorioso. El hombre capaz de construir una casita de madera con sus manos no consigue atrapar un trozo de sushi con los palillos.

Después de varios intentos fallidos, decide que lo más lógico es comer con las manos y jura que ha leído en algún sitio que es una tradición milenaria en Japón.

No puedo parar de reír. Hacía mucho que no me reía así, con él, sin pensar, sin medir.

Entre una risa y otra hablamos muchas cosas pequeñas: de sus proyectos, del día en que su madre me regaló mi libro favorito, aunque todavía no lo era. De mis alumnos. De la vida normal.

Y en algún momento, sin preámbulos, dice algo que me deja sin aire:

—¿Sabes, Ivy? Debía ser muy idiota para no haber intentado ligar contigo en el instituto.

No lo dice con intención ni con nostalgia.

Solo con una honestidad limpia, tan simple que me desarma.

No sé qué contestar.

Así que cambio de tema y saco el helado del congelador.

Cuando llego a casa, el silencio me recibe con el mismo orden de siempre. Dejo las llaves en el aparador, me recojo el pelo en un moño y me desmaquillo frente al espejo.

El algodón arrastra el rímel y el pintalabios y, con él, los restos de la noche.

Noah.

Sus manos manchadas, la pintura en el pelo, la forma en la que ha mirado la casita como si hubiera construido un milagro.

Hay algo en él que me desconcierta: esa mezcla entre lo que fue y lo que podría ser, entre lo que recuerdo y lo que él ya no tiene.

Y, aun así, me hace sentir ligera.

Como si todo fuera a empezar por primera vez.

Apago la luz del baño, me pongo el pijama y me tumbo en la cama.

Le mando un audio a Eli:

—Acabo de volver de cenar con Noah. No sé quién está más perdido, si él o yo.

Y ahí lo dejo.

El móvil, la noche, y todo lo que aún no me atrevo a decir en voz alta.