Después de olvidarte 16 · Ivy
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16 · Ivy

C onduzco con una mano en el volante y la otra jugueteando con la radio hasta que Eli me la quita de un manotazo.

—Por el amor de Dios, Brooks, ¿puedes dejar una canción quieta dos minutos para que dejen de salir anuncios? —gruñe.

—Es que no me gusta lo que está sonando.

—Pues paga el Premium y deja de torturarme.

—Es mi coche, mis normas.

Desde atrás, Natalie suelta una carcajada.

—Sois igual que mis padres cuando discuten por el mando de la tele.

La miro por el espejo retrovisor. El nuevo tono cobrizo que se ha puesto en el pelo le favorece muchísimo. Siempre ha sido guapísima. Tuvo varias ofertas para ser modelo cuando íbamos al instituto, pero ella siempre ha preferido los videojuegos y el cosplay .

El restaurante aparece al final de la calle principal de Arcadia, con un cartel de luces amarillas que parpadea y un murmullo de gente en la terraza.

Aparco. Las tres bajan del coche con el ímpetu de quien sale a conquistar un continente.

—¿Sabes lo mejor de salir de Crescent Hollow? —pregunta Eli mientras se ajusta la chaqueta.

—Que no hay alumnos.

—Exacto. Ni padres. Podemos comportarnos como personas normales.

—¿Y cuándo te has comportado tú como una persona normal? —le suelta Claire.

—Nunca, y mira qué bien me va —contesta Eli, abriendo la puerta del restaurante.

Hace meses que no salíamos las cuatro juntas.

Entre trabajo, horarios imposibles y kilómetros de por medio, organizar una cena con Eli, Claire y Natalie es casi tan difícil como ver un eclipse.

Pero hoy, milagrosamente, ha pasado.

El sitio es pequeño, con luces cálidas, música suave y olor a albahaca.

Eli se ha pedido vino tinto «porque el cuerpo se lo pedía», Claire y Natalie han pedido margaritas «porque el alma se lo exigía», y yo tengo delante una botella de agua con gas y una rodaja de limón que me recuerda lo triste que es conducir.

—Por favor, alguien que me confirme que esto no es un funeral —dice Claire, alzando su copa.

—No lo es —responde Natalie, riéndose—. Pero Ivy ha decidido ser nuestra chófer responsable.

—Sí, bueno, alguien tiene que devolveros a casa sanas y salvas. Mi padre ya dijo cuando cumplimos los dieciséis que no volvía a meternos a las cuatro juntas en el mismo coche.

Reímos.

Es fácil con ellas. Siempre lo ha sido. Las observo y no puedo evitar pensar en lo diferentes que somos las cuatro y lo triste que sería nuestra vida si no nos tuviésemos.

—Vale, atención —dice Claire de pronto, sacando el móvil—. Os tengo que enseñar algo.

—¿Qué has hecho esta vez? —pregunta Eli, desconfiada.

—No he hecho nada. Bueno, sí. Estoy conociendo a alguien.

—¿Otra vez Tinder? —pregunto.

—No, fisioterapia —nos enseña la pantalla—. Esta es ella.

Natalie silba.

—Uf, qué guapa.

—Y tiene un gato que se llama Señor Darcy.

—Ya está —dice Eli—. Claramente, es el amor de tu vida.

Claire sonríe y bebe un sorbo de su margarita. Lleva el pelo corto y negro recogido en dos moñetes ridículos que, en ella, funcionan. Siempre ha sido la optimista del grupo, esa que ve arcoíris en mitad de una tormenta.

—No me quiero precipitar, pero podría ser. Esta vez siento algo diferente.

—Dijiste lo mismo de la enfermera, de la azafata y de la chica del puesto de batidos.

—Esa me hizo ghosting . No cuenta.

La conversación se va deslizando como si los meses no hubieran pasado.

Natalie cuenta que en la empresa le han ofrecido viajar a la sede de Japón y que está valorando ir unas semanas. Y Eli —con su sarcasmo habitual— hace comentarios que podrían considerarse delito en algunos estados.

—Si alguien me vuelve a preguntar si me siento realizada por dirigir un instituto, le clavo el portaminas en el ojo —dice entre sorbo y sorbo de vino.

—Esa sería una charla de motivación muy inspiradora —respondo.

—La titularemos «Encuentra tu propósito y deja de darme el coñazo».

Me dejo llevar por sus voces, por el caos maravilloso de interrupciones, anécdotas y bromas que solo funcionan entre nosotras.

Hasta que, inevitablemente, alguien dice su nombre.

—Vale, y ahora —dice Claire, inclinándose hacia mí—, háblanos del huracán Noah .

—Ni huracán ni tormenta tropical —respondo—. Está tranquilo. Muy tranquilo, de hecho.

—¿«Tranquilo» Noah Carter? —pregunta Natalie, alzando una ceja—. ¿Estamos hablando del mismo tío que tiraba globos de agua desde el tejado del gimnasio?

—El mismo. Pero ahora es la versión zen. O beta. Como quieras verlo. Incluso ayuda a Ray con los entrenamientos del equipo y parece que disfruta. Está bastante integrado.

—¿Y tú? —pregunta Claire con esa sonrisa suya que no anuncia nada bueno.

—Yo estoy bien. Ya no me necesita constantemente como su guía espiritual.

—Oh, vaya —dice Natalie, con fingida decepción—. Justo cuando pensaba que ibas a abrir una consulta de «Apoyo emocional para exnovios amnésicos».

—JA. JA —respondo, dándole una patada por debajo de la mesa.

—Yo lo estoy evitando con todas mis fuerzas —añade Eli, dando un trago de vino—. No porque me caiga mal, aunque en realidad sí, los últimos años Noah me ha caído fatal, sino porque no sé si podré controlar mis impulsos asesinos.

—Eres un encanto —dice Natalie.

—Soy realista —contesta Eli—. Además, si le digo lo que pienso, igual se estrella de nuevo para olvidarlo.

Se me sale el agua por la nariz de la risa. Eli es única para soltar comentarios. Claire sonríe y da un sorbo a su margarita.

—Ya, pero… ¿no sería bonito que os volvierais a enamorar?

Nos quedamos las cuatro en silencio mirándola. Creo que ninguna puede parpadear. Claire continúa.

—Es que lo pienso y digo: si esto fuera una peli, aquí empezaría la parte bonita. Es tan de Todos los días de mi vida… —añade con un suspiro.

—Claire, por favor —resopla Eli.

—¿Qué? Alguien tiene que ser la romántica de este grupo.

Me rio, aunque por dentro noto un pellizco.

Es curioso cómo algo que una vez fue mi vida ahora es una historia que se puede contar entre risas y un posible guion de película.

Natalie da un golpe en la mesa.

—Vale, propongo un brindis. Por nosotras. Por seguir siendo las cuatro idiotas del lago.

—Y por Ivy, que no se ha dado a la fuga. —Eli alza su copa con una sonrisa torcida.

—Y por Natalie y Claire, para que vengan más a menudo a sacarnos de nuestra rutina con adolescentes.

—Y por los finales felices —añade Claire.

Brindamos tan fuerte que la mitad del margarita de Claire nos baña las manos. Nos reímos tanto que el camarero nos mira raro, y eso nos hace reír aún más.

El bar de enfrente tiene luces de neón y el suelo pegajoso. Huele a alcohol y humanidad, pero están poniendo música remember y estamos en nuestra salsa.

Claire nos arrastra a la pista de baile en cuanto suena una canción de los Backstreet Boys.

Eli se resiste, pero acaba moviendo la cabeza al ritmo; Natalie graba stories ; yo intento mantener la compostura… hasta que Claire me agarra de la mano.

—Vamos, querida. Te sabes el baile. Dámelo todo.

Y ahí estoy, bailando Everybody con mis tres mejores amigas, con el pelo suelto, la risa floja y el corazón un poco menos encogido.

A veces la felicidad se parece mucho a esto: a un viernes por la noche, a la gente que te conoce desde siempre, y a la sensación de que, por fin, no hace falta pensar en nada más.

✽✽✽

Prometer ayudar un sábado por la mañana fue un error de principiante. Son casi las diez y mi cuerpo funciona por pura inercia, sostenido a base de café e ibuprofeno.

Mi madre lleva media hora organizando tornillos y mi abuela está en la caja, contándome el último cotilleo de cada persona que entra.

Yo intento sobrevivir a la mañana con la dignidad de quien ha dormido cuatro horas.

La campanilla suena.

Alzo la vista y lo primero que veo es un gato naranja con correa.

—No puede ser —murmuro.

Newman entra caminando como si fuera el dueño del local, seguido de Noah y Wes.

Él lleva gafas de sol, camiseta gris y la cazadora de cuero que le regalé cuando cumplió los veinticinco.

Seguro que él no lo sabe.

La abuela aplaude como si acabara de llegar Santa Claus a la ciudad.

—¡Ay, si es el animalito más guapo del condado!

—Gracias —dice Wes, muy serio.

—No tú, criatura. El de cuatro patas.

Veo como Newman se contonea con más elegancia, como si supiera que están hablando de él.

—¡Ay, por todos los santos! —exclama la abuela— ¡Mira quién ha vuelto a esta tienda!

Deja el trapo, cruza el pasillo y se lanza a abrazar a Noah. Lo estruja con fuerza y veo como se le empañan un poco los ojos.

—¡Mi niño! —dice, dándole un beso en cada mejilla—. Estábamos muy preocupados por ti. ¿Estás bien?

—Eh… sí... —responde él, un poco incómodo, pero con una sonrisa tímida.

Está claro que no sabe cómo procesar lo que está pasando.

—¡Ay, pero qué torpe soy! Yo soy Margaret, pero tú siempre me has llamado Peggy. Soy la abuela de Ivy, y bueno, ¡la tuya también lo he sido!

—Vale, vale, mamá. Ya es suficiente —dice mi madre al ver la cara de intriga de Noah—. Hola Noah —dice ella, dándole un pequeño abrazo—, yo soy Cecilia. Me alegro mucho de que estés de vuelta.

Él les dedica una sonrisa cariñosa a las dos y coge a Newman del suelo. Más por no saber qué hacer con todo esto que porque el gato lo necesite.

—Y bueno, ¿qué os traéis entre manos los Carter? —pregunta mi madre.

—Clavos para madera. Muchos —dice Wes—. Y galletas para Su Divinidad Gatuna.

Mientras mi madre rebusca en las estanterías, la abuela le ofrece a Newman un trozo de pan de maíz y pregunta a Noah si quiere café. Lo coge del brazo y le enseña la tienda. A lo lejos oigo anécdotas aquí y allá.

Yo sigo doblando bolsas como si aquello fuera crucial para la supervivencia del negocio y no estuviese nada interesada en lo que están hablando esos dos por los pasillos.

—Tenéis suerte —dice mi madre—, me quedan justo los tres últimos paquetes de clavos. El pedido no llega hasta el mediodía.

—Eres un ángel, Cecilia—responde Wes.

—No seas tan zalamero, Wes. Llevas treinta años robando chicles de este mostrador.

—Estaban a la altura de mis manos. No podía resistirme.

—Aún no sé cómo te dejaron alistarte, ni cómo siguen pensando que eres una persona responsable y de fiar.

Wes se ríe y le da un beso cariñoso a mi madre en la mejilla.

Veo aparecer a la abuela con Noah detrás, los dos riéndose. Llevan brochas de diferentes tamaños y pintura en spray.

Mi abuela siempre ha sentido debilidad por Noah, y ahora mismo no sé si Noah la recuerda o no, pero creo que sabe que él también la quiere a ella.

—Límpiate, que estás babeando.

Salgo bruscamente de mis pensamientos.

—Cada día te odio más, Wes. De verdad.

Wes paga partiéndose de risa, Noah nos dedica una enorme sonrisa a las tres y Newman se despide con un maullido breve y altivo.

Cuando la puerta se cierra, mi madre me mira.

—Parece el mismo de antes.

—Sí —respondo, doblando la última bolsa—. Lo parece. Pero no lo es, mamá.

—Pues yo creo que sigue siendo el mismo que venía a cenar en Acción de Gracias —añade la abuela, sin girarse, con la voz bajita.

Quizá debería creerla.

✽✽✽

Los domingos tienen un ritmo específico.

He puesto música —una lista de esas que prometen concentración y solo consiguen que tararees—, y llevo toda la mañana alternando entre limpiar, corregir trabajos y prometerme que la próxima vez pondré las notas más rápido.

Algunos están tan mal que me planteo seriamente cambiar de profesión.

Hago una pausa para apuntar mentalmente que necesito comprar más rotuladores rojos.

En teoría hoy no tengo planes. En la práctica, tampoco los quiero.

El portátil está lleno de pestañas abiertas: notas de exámenes, un Excel que odio y una web con recetas que nunca haré.

Cuando suena el móvil, lo agradezco como si fuera una llamada para salvarme.

Es un audio de Maisie desde el móvil de Eli:

— Tía Ivy, ya he decidido cuál es el tema para nuestro cumple: la purpurina.

Pero no la de los rotus que tiene la señorita Bolton en clase.

Purpurina de la que no se cae. Como la que me pusisteis mamá y tú en Halloween.

Tenemos que avisar a nuestros amigos. Acuérdate de avisar a los tuyos. Yo no quiero trabajo extra.

Sonrío sin poder evitarlo al escuchar esa vocecita.

Le contesto con un corazón y prometiendo que seré responsable y avisaré a mis amigos de que el dress code es básicamente el brillo.

Segundo mensaje: Natalie.

Le contesto rápido:

Dejo el móvil sobre la mesa y vuelvo a mis correcciones.

Diez minutos después, vibra otra vez.

Noah Carter.

El corazón me da un microbrinco que intento ignorar.

Solo eso.

Un aguacate.

Ni texto, ni contexto.

Nada.

Miro la pantalla como si fuera un jeroglífico egipcio.

¿Será una metáfora? ¿Un código secreto? ¿Se habrá equivocado?

Antes de que me dé tiempo a pensarlo demasiado, llega otro.

Parpadeo.

Suelto el rotulador.

Cierro los ojos un segundo.

—No puede ser…

Abro WhatsApp y escribo:

Tarda un poco.

Lo leo tres veces y me entra la risa floja.

—Me rindo —murmuro, dejándome caer en el sofá.

Dejo el móvil en la mesa y sigo corrigiendo, pero ya no estoy concentrada. Tengo una sonrisa absurda pegada en la cara, como si alguien hubiera abierto la ventana y hubiese entrado aire nuevo.