15 · Noah
H oy me despierto sin que suene el despertador y sin esa sensación de que la cama me está tragando. Me levanto de un salto con una energía que me asusta y voy directo al armario. Me pongo las zapatillas, la sudadera gris de la universidad que he encontrado al fondo de un cajón y salgo a correr.
Las luces de las farolas parpadean como si estuvieran desperezándose conmigo y me acompañan al ritmo de la música que suena por los auriculares de diadema que me ha regalado Wes. Estoy ridículo con ellos, pero no se me caen. Así que, propósito conseguido.
Desde que estoy aquí he descubierto que estoy en buena forma, a pesar de haberme retirado hace años y de las secuelas del accidente.
Lástima que mi cerebro no esté por la labor, pero intento pensar lo menos posible en eso y hacer lo que siempre me dice la Dra.
Monroe cuando la visito en el hospital: «Crea nuevas rutinas y no te ancles en lo que no recuerdas ».
Lo que sí he estado haciendo desde hace unos días es investigarme.
He buscado mi nombre en internet —estoy aprendiendo a manejar el portátil que he comprado— y lo que he encontrado no me desagrada, pero tengo claro que ese no soy yo de verdad.
Me siguen gustando más las historias que me cuentan Dar, Wes y Ray, aunque también sé que me cuentan lo bueno y lo regular, pero se guardan cosas en las que la cagué, no sé si por no hacerme daño o por no remover mierda.
Ya llevo treinta minutos corriendo cuando mi estómago protesta y decido parar en The Hollow Bean.
Brian, que jugó conmigo un par de años en el equipo del instituto, ya está preparando mi café antes de que me acerque al mostrador a pedir.
Cuando voy a pagarle veo unos pretzels recién hechos que parecen llamarme desde la vitrina, así que me llevo uno y veo el cielo en cuanto le doy un mordisco.
Decido volver a casa caminando tranquilo —me he venido arriba con los treinta minutos de carrera— y, cuando llego, Dar está en el porche con Newman.
Ella lleva una visera verde fosforita con flores azules y una sudadera con un cupcake de purpurina. Newman, en cambio, parece un calcetín con vida propia rodando sobre sí mismo para encontrar los rayos de sol.
—Buenos días, Forrest Gump —dice ella sin apartar la vista del gato.
—Aún no sé quién es Forrest Gump, pero buenos días para ti también —digo mientras me agacho para darle un beso en la parte alta de la cabeza.
—Estábamos discutiendo un tema importante —señala a Newman—. ¿Tú crees que los gatos pueden tener depresión post vacacional?
—Depende. ¿Tú le obligas a limpiar la pastelería después del verano?
—No.
—Entonces está salvado.
Dar resopla y me lanza un pañuelo para que me seque el sudor.
Después de pegarme una ducha y desayunar, Dar decide que «ya que estás tan lleno de energía, podrías gastarla en algo útil», lo que traducido del dialecto Dariano significa ser su esclavo en la pastelería.
Paso la mañana allí, rodeado de harina, bandejas y olor a mantequilla. Ella va de un lado a otro con su visera fosforita y yo sigo órdenes como un soldado en entrenamiento: bato, relleno, decoro. Helen y yo aprovechamos para mover unas estanterías del almacén que a Dar le fastidian el feng-sui.
Cuando por fin nos sentamos a comer, tengo azúcar hasta en las pestañas.
—No lo has hecho mal —dice ella con la boca llena de sándwich—. Podrías venirte más a menudo y hacer algo de provecho con esos músculos. Aunque no sé si los clientes están preparados para tus galletas «conceptuales».
—Era un homenaje al expresionismo —respondo.
—Ni siquiera se parecían a una galleta.
—Exacto.
Por la tarde, en lugar de volver a casa, me desvío hacia el instituto. Ray me mandó un mensaje por WhatsApp esta mañana —que ya sé lo que es— y me dijo que el entrenamiento empezaba a las 3, por si quería pasarme.
Los chicos del equipo ya están entrenando cuando llego. Algunos se quedan mirándome como si acabara de salir de un póster. Supongo que ser la única estrella del pueblo hace que me conozcan todas las generaciones.
Ray, al verme, frunce una sonrisa de medio lado y me lanza el balón que tiene en la mano. Por puro instinto, lo atrapo.
Sin pensar.
Solo lo hago .
Y durante un segundo, el campo desaparece.
El estadio que no recordaba se llena de algo que sí reconozco: una sensación limpia y perfecta de saber exactamente quién soy. Me siento en casa, y en el fondo sé que ésta ha sido mi casa, más allá de las cosas que me han contado.
Ray se acerca, apoyando las manos en las caderas.
—Reflejos decentes para un jubilado.
—Creo que podría darte una paliza cuando quisiera —le digo mientras observo la postura de mis dedos agarrando el balón.
—Eso ya lo veremos, Carter. Ya lo veremos.
El equipo se ríe. Yo también.
Ray me dice que me quede y me da instrucciones para ayudarle con los ejercicios. Corrijo posturas por instinto, lanzo pases más que decentes, marco líneas en el campo.
Durante un rato, todo encaja: el ruido, el movimiento, el sudor, las voces.
Ray sonríe desde la banda y me mira con lo que creo que es orgullo.
Cuando termina el entrenamiento, los chicos se acercan.
—Está un poco oxidado, entrenador Haskins —dice uno.
—Sí, va a tener que ponerse a jugar con nosotros para recuperar nivel —añade otro, burlándose.
—Dadme dos semanas —respondo, pasando el brazo por encima del hombro de uno de los chicos—. Y os enseño lo que es correr de verdad.
Ray silba, dando por finalizado el entrenamiento, y nos ponemos a recoger el campo, aún con el eco de las risas de los chicos.
Y entonces la veo.
Ivy está cruzando el aparcamiento, el pelo recogido, el bolso colgado del hombro.
Levanto la mano para saludarla. Ella me devuelve el gesto, sin prisa, con una sonrisa enorme que me deja ahí clavado.
Por un momento, todo el ruido desaparece.
Solo quedan el cielo, los balones y un olor a canela que no sé si viene de algún lugar o sólo está dentro de mí.
A media tarde, cuando el cuerpo ya me pide sofá y una segunda ducha tras el entrenamiento y haber limpiado toda la casa, escucho el claxon de una camioneta.
Ray baja del coche y, en el asiento trasero, veo una cabeza cobriza que se asoma por la ventana.
—¡Noah! —grita Maisie—. ¿Te vienes al parque con nosotros? Traigo galletas.
—¿De chocolate?
—No, son de avena. Todavía no es sábado. Pero están ricas.
Ray se encoge de hombros y le coge una galleta a su hija.
—Eli tiene planes con Ivy y las chicas, así que este demonio y yo estamos solos —dice él mientras le revuelve el pelo a Maisie y ella se ríe.
—Me apunto.
Acabamos en el parque del barrio, con el sol cayendo entre los árboles y un grupo de niños colonizando cada columpio disponible.
Maisie sale disparada hacia la estructura de juegos antes de que Ray termine de cerrar el coche.
—Tiene turbo —digo.
—Y no viene con botón de apagado —responde él, con resignación paternal.
Nos sentamos en un banco, pero dura poco.
—¡Papi! ¡Noah! ¡Venid! —grita Maisie desde lo alto del castillo de madera—. ¡Mirad cómo me tiro por la barra!
En cuestión de minutos, estamos los tres metidos en la zona infantil: Maisie enseñándome cómo columpiarme «correctamente» para poder «tocar el cielo con los pies»; Ray haciéndose el héroe pasando por el puente con los ojos cerrados; y yo comprobando que no me lo había pasado tan bien desde que me desperté en el hospital.
—¿Y si te caes? —le pregunto mientras ella sube por la rampa del tobogán.
—Noah, si me caigo, me levanto —responde con esa seriedad diminuta suya—. Así funciona la vida.
—Ah, claro. Qué tonto, se me olvidaba.
—Te pasa porque has tenido un big bang —añade mientras se da la vuelta para sentarse en lo alto del tobogán.
—¿Un qué?
—Un big bang, como los dinosaurios.
No sé qué contestar.
—Explotó algo en tu cabeza y te borró los recuerdos, pero tú no te extinguiste. Tuviste suerte.
Ray se tapa la boca con la mano para que no veamos cómo se ríe.
—Visto así, sí que tuve suerte.
La miro encantado mientras se tira por el tobogán y sale corriendo a jugar con unas amigas que ha visto.
—Esta niña me desmonta. ¿Seguro que es hija tuya? Es demasiado inteligente.
—Es una Eli 3.0. Temo el momento en el que sea adolescente. O en el que decida profesión. Creo que podría ser presidenta. O abogada.
—Yo la contrataría —respondo.
—Mejor tenerla en tu equipo que estar contra ella.
Nos reímos.
El parque huele a hierba y a galletas medio deshechas.
Una madre me saluda desde un banco. Algo en su cara me resulta familiar pero no sé si es porque la he visto por el pueblo o porque realmente debería conocerla.
—¡Noah Carter! —me dice, sonriendo—. ¿Qué tal estás? Soy Melissa, fuimos vecinos cuando éramos críos.
Ray silba.
—Y también fue la novia de Wes.
—Eso es un detalle sin importancia. Aunque aún me debe un CD de Bon Jovi —responde ella, divertida, aunque no me pasa desapercibido un pequeño brillo al decirlo.
Ray se ríe, yo me la guardo para más tarde. Una futura conversación con Wes que promete ser gloriosa.
Maisie se acerca corriendo con un diente de león entre los dedos. Me agacho para ponerme a su altura.
—Con esto puedes pedir un deseo —me dice—. Cierras los ojos, piensas algo y soplas.
—¿Y funciona?
—Depende. Si lo dices en voz alta, no. Pero si lo piensas muy fuerte, a veces sí.
—¿Qué has pedido tú?
—Si te lo digo no se cumple, Noah. ¿Es que no quieres que se cumpla mi deseo?
—No me atrevería a pensar en eso.
—Bien. Entonces piensa muy fuerte en lo que quieres y sopla.
Cierro los ojos, notando la mirada inquisidora de Maisie a través de los párpados.
Deseo algo «muy fuerte».
Cojo aire y soplo, con la esperanza de que realmente se llegue a cumplir.
✽✽✽
Cuando Wes llega por la noche, la casa está impoluta —he encontrado la aspiradora de mano— y suena la banda sonora de Los Aristogatos.
Deja la mochila en el suelo y se quita las botas con un suspiro de alivio. Cuando entra, me encuentra en el sofá tumbado, con Newman en el regazo.
—¿Qué hace Su Majestad con nosotros?
—Dar va a pasar el fin de semana en San Francisco con su hermano y dice que Newman se marea en el coche, así que nos toca hacer de niñeros.
—Qué suerte hemos tenido —añade él mientras Newman se gira y estira ronroneando para que le rasque la barriga.
Tras pegarse una ducha, Wes baja las escaleras con una camiseta de los San Francisco 49ers puesta y mi camiseta de los Seahawks en la mano.
—¿Pollo frito y partido? —dice él, lanzándome la camiseta.
—Vale. Pero no pidas las alitas picantes otra vez. No quiero pasarme la noche dando vueltas en la cama.
Media hora después, tenemos la mesa del salón llena de cubos de pollo, latas de cereza y servilletas que rezuman grasa.
La tele ilumina la estancia con el rojo y dorado de los 49ers enfrentándose a los Seahawks.
El logo azul y verde parpadea en la pantalla y siento algo parecido a un escalofrío.
El Lumen Field aparece brillante bajo las luces y algo se me enciende dentro. El ruido del público, el rugido grave de la grada, incluso el eco del locutor… todo vibra en algún lugar que no sé nombrar.
Wes me mira de reojo, sin decir nada. Solo alarga una servilleta y me la tira a la cara.
—No te pongas sentimental, Carter —dice mientras choca su hombro contra el mío.
Nos reímos y el ruido de la tele llena todo el espacio.
Estamos absortos con el partido. Wes hace su estúpido baile cada vez que anotan los 49ers y sé que lo hace sólo para verme rabiar. Yo me dejo llevar y celebro cada punto de mi equipo como si estuviera yo en el campo.
El narrador comenta una jugada y, sin pensarlo, suelto:
—¡EH! —le chillo a la tele— Eso era holding clarísimo, el 72 lo engancha por dentro del hombro.
Wes se gira, pestañeando.
—¿Perdona?
—¿Qué? He estado leyendo. Y viendo partidos antiguos.
—¿Partidos tuyos?
—Algunos.
—Vaya, vaya —asiente despacio, con media sonrisa—. Ya decía yo que estabas preguntando poco.
Seguimos mirando el partido. Comentamos jugadas, decidimos pasarnos a la Coca-Cola y nos reímos de la publicidad absurda entre tiempos.
—Ah, por cierto —digo, entre un bocado de pollo y otro—. Hoy he visto a Melissa.
Wes se queda quieto un segundo.
—¿Melissa Wheeler?
—Supongo que sí. Estaba en el parque con su hija. Me ha dicho que era nuestra vecina —hago una pausa para ver su reacción — y también me he enterado de que era tu novia.
Enfatizo esa palabra con un tono algo tonto.
Wes se ríe mientras da un trago a su refresco.
—Hace mucho que no la veo.
—Me resulta extraño, viviendo en un pueblo que tiene pocas calles.
Veo algo en la cara de Wes que me hace soltar una alarma.
—¿No la has estado evitando, verdad Wesito ?
—¡Qué va! Aunque quizá he cruzado de acera sin darme cuenta y casualmente así no la he saludado.
—Vaya, vaya, Weston Carter —digo pinchándole—. Parece que no soy el único que tiene fantasmas que lo persiguen.
Él se ríe mientras me saca un dedo precioso que interpreto como un «te quiero» de hermanos.
Volvemos al partido.
El público ruge en la pantalla cuando los Seahawks marcan un touchdown en el último momento y yo salto del sofá, lo que hace que Newman se mueva por primera vez en toda la noche y nos mire con odio por sacarlo de su descanso.
Recogemos el salón mientras seguimos comentando todo el partido y Wes me dice que se va ya a la cama para poder ser persona mañana por la mañana. Coge a Newman en brazos y veo cómo se alejan escaleras arriba.
Ya en mi cuarto, estoy sentado en la cama con el cuaderno de dibujo sobre las piernas y la caja metálica de lápices a un lado. Empiezo a garabatear. Una curva, una sombra, un mechón que se escapa del trazo anterior. El grafito mancha el borde de mi mano y empiezo a ver manchas en el papel.
Las líneas empiezan a tomar la forma de un rostro. Vago, borroso, pero reconocible para mi cuerpo. Y para este Noah.
Ivy.
O quizá solo el recuerdo de cómo me hace sentir verla sonreír.
O una imagen que hay guardada en algún lugar de mi cerebro.
Me quedo un rato así, con el lápiz entre los dedos, mirando esa cara y pensando si sería muy inoportuno escribirle un mensaje. Rápidamente deshecho la idea. Tiene «plan de chicas», no quiero molestarla.
El móvil vibra sobre la mesilla. Paro de dibujar.
«¿La he invocado?».
Desbloqueo la pantalla.
Gabe Walker Agente: Noah, soy Gabe. Wes me comentó que ya estás mejor. Me alegro mucho. Cuando tengas un momento, llámame. O si vienes a Seattle, avísame y nos vemos. Tenemos que hablar de varias cosas y quiero saber cómo te encuentras. Pero cuando tú puedas. Un abrazo.
Lo leo una vez.
Luego otra.
Y otra.
Me quedo mirando la palabra «Seattle». Está claro que ya no puedo alargar mucho más reencontrarme con mi vida de allí.
Dejo el móvil boca abajo.
El dibujo sigue delante de mí.
La cara de Ivy me mira desde el papel.
Cierro el cuaderno despacio y apago la luz de la mesilla mientras me tumbo.
No tengo sueño, pero por primera vez en mucho tiempo, tampoco tengo prisa.