Después de olvidarte 14 · Noah
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14 · Noah

N o debería estar tan nervioso. No voy a saltar desde un avión, ni a firmar un contrato millonario, ni a pedirle matrimonio a nadie. Solo voy a cruzar un campo de entrenamiento para hablar con alguien que, según todos, fue mi mejor amigo durante años.

Fácil, ¿no?

Pues no.

Tengo las manos sudadas, la camiseta pegajosa por culpa del sol, y un nudo en el estómago del tamaño de una sandía.

Ivy me ha acompañado hasta la entrada. Me ha señalado con la barbilla hacia donde está él, ese hombre al que no recuerdo pero que lleva mi historia en los ojos.

Y luego se ha ido. No sin antes quedarse unos segundos observándome, como si quisiera asegurarse de que no salgo corriendo.

No lo haré. Lo prometo. Aunque las piernas me estén sugiriendo lo contrario.

Respiro hondo. Intento parecer natural mientras avanzo por el césped. No sé si saludar de lejos, levantar una mano, hacerle un gesto de «eh, colega, cuánto tiempo sin vernos», aunque sea cierto en un sentido absolutamente literal.

Me planteo darme la vuelta, volver al coche, decir que me he equivocado de campo. Pero no lo hago.

Me obligo a avanzar.

Ray está de espaldas, hablando con dos chavales que parecen recién salidos de un anuncio de cereales. Tiene la cabeza rapada, el cuerpo de alguien que ha pasado media vida en campos como este, y una presencia que impone aunque no diga nada.

Justo cuando estoy a punto de girarme y hacerme el muerto en mitad del césped, uno de los chicos me ve.

Lo noto enseguida, porque se le congela la cara como si acabara de ver un fantasma con camiseta de los Seahawks.

¿Por qué me habré puesto esta camiseta? Quizá tendría que haber intentado pasar un poco más desapercibido.

Bien por ti, Noah, un 10 en espionaje.

—Tío… ¿ese es Noah Carter? —le dice al otro, sin ningún disimulo.

El segundo se gira también. Me quedo flipando con sus cejas.

—No puede ser. Es él. Es Noah Carter.

Ray se gira al oír a los chicos.

Sus ojos se clavan en los míos. Ni una palabra. Solo ese gesto leve de sorpresa contenida. Como si no supiera si está viendo a un fantasma, aunque en cierto modo es así, la verdad.

No sonríe. O sí, pero tampoco frunce el ceño.

Los chavales se hacen a un lado, como si intuyeran que estaban presenciando el tipo de escena que no se explica fácil.

—Vaya... —dice Ray al fin—. Mira quién ha vuelto.

Trago saliva. Me esfuerzo por no parecer un niño perdido.

—Hola, Ray.

Silencio.

—No sabía si al final querrías verme. Me hiciste la llamada perdida y ya no volviste a llamar. Pensé… no lo sé. Pensé muchas cosas.

—Yo también. O lo intenté, al menos. Pero ya ves, tengo más lagunas que certezas.

Él asiente. No se acerca. Tampoco se aleja.

—Esto es raro —dice, sin rodeos—. No sé si darte un abrazo o un puñetazo. O ambas cosas.

—Preferiría no empezar con el puñetazo.

Ray suelta una risa por la nariz. Nuestros ojos se cruzan y entonces pasa algo raro. No lo reconozco. Pero tampoco me parece un extraño.

—No estoy enfadado, Noah. Ya no. Aunque fueron años muy jodidos, la verdad. Pero ya está superado.

—Lo sé —susurro—. Bueno… no lo sé. Ya me entiendes. En cualquier caso, lo siento.

Ray asiente de nuevo. Y esta vez, da un paso hacia mí con una sonrisa.

—¿Quieres ver el campo? Está más cutre que antes. Aunque para ti será nuevo —dice, pasándome el brazo por los hombros.

Levanto la mirada. Al fondo, las gradas. El olor a césped y adolescencia. Y esa punzada extraña en el pecho, que me dice que esto fue mi casa.

—Me encantaría.

Ray me da una vuelta rápida por el campo, aunque lo llama « tour nostálgico». Me presenta a los chicos uno a uno —Tyler, Max, ese tal Jalen que tiene nombre de estrella y cara de quedarse dormido en clase— y todos me miran como si fuera una mezcla entre leyenda urbana y Pokémon legendario.

—¿Vas a entrenarnos tú también? —pregunta uno, con los ojos abiertos como platos.

—Solo si queréis lesionaros el primer día —respondo, con una sonrisa que me sale sola.

Ray suelta una carcajada. Y yo noto cómo se me afloja algo en el pecho.

Después, nos sentamos en las gradas, con un par de botellas de agua y esa comodidad rara que solo se da con la gente que, aunque no recuerdes, parece haber estado ahí siempre.

—Me alegra que hayas venido.

—A mí también. Ivy me empujó, en parte. Aunque no literalmente. Todavía no ha llegado a eso.

—Conociéndola, dale tiempo —dice, con una sonrisa torcida—. Me alegra que sigáis en contacto.

—Sí. Bueno. Lo estamos… de una manera rara. Como todo ahora mismo.

Ray asiente. No pregunta más. Solo mira al campo, como si en ese rectángulo de césped estuvieran escritas todas las respuestas que no se atreve a darme.

—¿Y tú qué tal? —pregunto—. ¿Qué ha pasado todo este tiempo? O bueno. Qué ha pasado, así en general.

—Demasiadas cosas. Me rompí la pierna con la moto en el tercer año de la uni, así que se fue todo al garete a nivel profesional.

Pero me ofrecieron entrenar aquí al terminar la universidad y…

no sé, encontré la vocación que no sabía que tenía.

Me casé. Tengo una hija maravillosa e inquietante a partes iguales que ya me han chivado que conoces.

Y una hipoteca que me hace llorar en silencio por las noches.

—Hostia —susurro—. ¿Qué se siente al tenerlo todo y no perder la cabeza?

—Lo mismo que perder todo lo que tienes en la cabeza y tener que montarlo desde cero. Solo que con menos glamour —dice, encogiéndose de hombros.

Nos miramos. Y esta vez sí lo sé. Este tío me conoce. Aunque yo no le recuerde, me conoce.

—¿Te apetece una cerveza? —pregunta al cabo de un rato—. Eli está en casa de sus padres con la cría y van a volver tarde, y yo tengo una terraza con vistas y seis latas frías esperando a que alguien me saque de la rutina.

La terraza de Ray es pequeña pero muy bien cuidada. Tiene farolillos colgados, una zona de chill out junto a unas tumbonas de madera y una mesa baja con botes de cristal decorados con dibujos de dinosaurios.

Brindamos. Las primeras cervezas caen rápido.

Me habla sobre cuando estábamos en primaria y nuestro primer día de instituto.

De las pruebas para entrar al equipo de fútbol americano y de cómo el entrenador, que me confirmó que era el padre de Ivy, nos tuvo dando vueltas al campo para bajarnos los aires de gallito en nuestro primer partido.

Cuando empezamos a aflojar, me sale una pregunta sin pensar:

—Oye Ray, necesito que me aclares una duda que tengo.

—Dispara.

—¿Cuál es la versión correcta de cómo nos hicimos amigos? ¿La del muñeco o la de los mocos?

La carcajada de Ray hace que me vibren los huesos.

—Pues… la de los mocos. Dijiste que eso era mejor que cualquier promesa de meñique. Ahí supe que eras mi gente.

Levanto la cerveza y brindamos en silencio.

Y por primera vez en semanas, me permito pensar que quizá no necesito recordar nada para volver a pertenecer a algo.