13 · Ivy
—¿Bronx tipo In the Heights o Bronx tipo West Side Story ? —pregunta Jamie, que claramente ha hecho los deberes y quiere impresionar.
—Bronx tipo «no parecemos millonarios con espadas, sino adolescentes con TikTok y problemas reales» —respondo, recogiendo una peluca azul del suelo con cara de «¿por qué está esto aquí?».
Los ensayos de las cinco de la tarde son como fiestas de pijamas con deberes. Hay olor a pizza recalentada, sudor nervioso y purpurina que nadie ha traído pero está por todas partes.
Evelyn, nuestra Julieta, se coloca los auriculares y empieza a ensayar su monólogo como si estuviera grabando un directo en Instagram. Parker, por supuesto, graba un vídeo en segundo plano y dice:
—Me vais a dar el Óscar por esto. Lo siento por Zendaya.
—Zendaya hace de Rue, no de Romeo —le corrige Sophie desde el lateral, sin levantar la vista de su libreta de apuntes.
—¿Y tú qué sabes, jefa de vestuario?
—Sé que llevas la cremallera bajada desde hace media hora, drama king .
— Touché —dice Parker, guardando el móvil y colocándose bien el pantalón.
—Vale, fuera peleas. Evelyn, recuérdame, ¿qué estilo de Julieta estás interpretando hoy?
—Estaba pensando en rollo Olivia Rodrigo con trauma amoroso pero que canta y se empodera.
—Perfecto. Parker, a ver si puedes seguirle el ritmo sin caerte del escenario esta vez.
—Solo me caí una vez —protesta él—. ¡Y fue por método!
—No hay ningún método que justifique que aterrices encima de la máquina de humo —le respondo, mientras marco en el guion: «Revisar efectos especiales antes de que Parker los convierta en pirotecnia no autorizada».
Estoy escribiendo eso cuando oigo una voz aguda:
—Señorita Brooks, mi padre dice que usted salía con Noah Carter cuando eran jóvenes. ¿Es verdad?
Me giro. Es Travis, el más pequeño del grupo. Lo quiero matar.
—Tu padre ve demasiados documentales, Travis.
—No es un documental. Me lo dijo durante un partido de los Seahawks.
—Pues dile a tu padre que se centre en el partido la próxima vez —respondo con una sonrisa tensa.
Risas generalizadas.
—Entonces, ¿salieron o no salieron? —insiste Sophie, por supuesto.
—Vamos a centrarnos en el amor trágico de los Montesco y los Capuleto, ¿vale? Mi vida sentimental no está en cartelera. Y ahora… Acto I, escena 5. ¡Vamos allá!
Jamie se coloca al piano eléctrico, Evelyn empieza a recitar su línea… y suena un beat . Uno moderno. El monólogo entra con ritmo y sinceridad. La música acompaña. Yo me cruzo de brazos, en la esquina del escenario.
Vale. Esto empieza a parecer teatro.
Y sí. Me encanta.
El ensayo acaba entre aplausos falsos, un intento de «coreografía espontánea» que casi termina en tragedia y un debate filosófico sobre si Romeo debería llevar gafas de sol o no.
Yo finjo que todo está bajo control mientras cierro mi libreta con el triple de anotaciones que tenía al empezar.
Estoy metiendo los folios desordenados en mi mochila cuando se abre la puerta lateral del aula.
—¿Ya has terminado de domar adolescentes hormonados o aún queda alguien recitando versos en estilo libre? —dice Eli, apoyada en el marco de la puerta.
—Recuérdame que el año que viene no diga «sí» a ayudar en la obra. Estoy agotada. Quiero tirarme al suelo y hacerme una bola.
—Por eso estoy aquí. Porque sé que después de un ensayo de Romeo y Julieta Reloaded , necesitas tres cosas: comida, alcohol y no hablar de alumnos durante al menos una hora.
—¿Maisie?
—Han ido mis suegros a casa. Ray está de guardia con ella.
Dice que aproveche y me relaje, que no quiere que vuelva a romperle el sacapuntas con forma de unicornio.
Así que… noche de chicas. He escrito a Claire y a Natalie pero a Claire le tocaba guardia y Natalie tenía que quedarse en San Francisco esta semana.
—Echo de menos la época en la que todas vivíamos a dos calles y siempre estábamos disponibles para irnos por ahí.
—Ya, querida, pero eso no pasa desde que nos fuimos a la universidad y ya podrías tenerlo superado.
Me rio por no matarla.
—Asi que nos vamos a Willow Creek. He reservado mesa en The Velvet Vine . Vino, tacos pijos y camareros guapos con camisetas ajustadas —añade.
—¿Has dicho Willow Creek?
—He dicho vino. Pero sí, también Willow Creek. El pueblo donde nadie te mira raro por tener una cita contigo misma o bailar una ranchera en vaqueros de lentejuelas. Venga, Ivy, arreglo rápido y nos vamos. El drama adolescente puede esperar.
No lo pienso mucho. Porque sí. Porque necesito esto. Necesito una noche con mi mejor amiga sin pensar demasiado en nada.
—Dame diez minutos —digo, cogiendo la mochila—. Y espero que lleves maquillaje para arreglarme esta cara.
—Me he traído el pintalabios rojo. El de las grandes ocasiones.
Me giro hacia ella y le planto un beso en la mejilla antes de salir del aula de Teatro rumbo a arreglar el mundo.
✽✽✽
El local tiene exactamente el tipo de iluminación con el que podrías confesar un crimen menor o enamorarte por accidente. Las lámparas son de cristal, el vino llega en copas de vidrio de colores y el camarero se parece a uno de los hermanos Hemsworth pero con menos vergüenza y más tatuajes.
—Vale —dice Eli, soltando el bolso sobre la mesa con un suspiro—. No he gritado en todo el día. Ahora es mi momento.
—¿Quieres que te dé pie o te lanzo un tema al azar? ¿Tipo política o entramos en el debate de si el café descafeinado es realmente descafeinado?
—No necesito pie, cariño. Solo alcohol. Y que no nombremos a cierto «personaje» en las próximas dos horas. Lo tengo prohibido. Como el gluten y los grupos de WhatsApp del AMPA.
Yo levanto las manos.
—Lo intento, lo intento. Pero no garantizo nada si se me cruza algún jugador de fútbol americano retirado con pinta de no saber freír un huevo.
—¿Freír un huevo? Ese hombre no recuerda ni la talla de zapato que tiene.
Me da la risa. Eli es afilada como un cuchillo de chef y yo me siento más ligera a su lado. Como si todo lo que pesa se redistribuyera en carcajadas.
—¿Y qué tal tu día? —pregunto mientras el camarero nos deja la carta.
—Tienes delante a la mujer que ha sobrevivido a una reunión de padres de alumnos de noveno, ha entrevistado a cuatro jardineros y ha tenido que solicitar permiso a la junta del distrito escolar para poder organizar una charla de educación sexual.
—¿Y aún sigues cuerda?
—Eso creo—continúa, apoyando los codos en la mesa—.
¿Y sabes lo más divertido del día? Uno de tus alumnos, ese que lleva siempre chaqueta vaquera aunque estemos a treinta grados, me ha dicho que ha decidido ser crudivegano los lunes, miércoles y algunos jueves.
Me ha presentado un dossier explicando los alimentos y cómo cocinarlos.
Me atraganto con la aceituna de mi vermú.
—Convicciones alimentarias selectivas por los días de la semana —digo aguantando la carcajada—. ¿Y tú qué le has dicho?
—Pues que ya tenemos opciones veganas en el menú y que si su abuela ya lo sabe. Le ha cambiado la cara cuando he nombrado a la abuela.
—Qué mala directora eres.
—Creo que realmente quieres decir «Eli, tienes una paciencia infinita y te mereces una estatua conmemorativa».
Levantamos las copas y brindamos. En este momento aparece el camarero para tomarnos nota. Le dejamos que nos recomiende algo y al irse me guiña un ojo.
—Tía, ¿has visto cómo te ha guiñado el ojo?
—Tendría algo metido que le picaba.
—¿Pero qué dices? Desde que hemos llegado no deja de mirarte. Cuando nos traiga la comida dile algo. Dale tu número de teléfono ¡o tu Instagram! Como hacen los jóvenes ahora.
Me quedo mirándola mientras niego con la cabeza. Eli da un trago a su vino y me mira de una manera que no sé si me da miedo o risa.
—Querida mía, ¿hace cuánto que no tienes una cita?
—Pues…
—Yo te lo diré: desde el fracaso de cita Tinder de hace cinco meses con el enfermero que decía que teníais una conexión espiritual porque, según él, los dos erais personas altamente sensibles.
—Madre mía, qué desastre de cita. Hasta te escribí para que me llamaras por una «emergencia».
—Exacto, amiga. Creo que toca renovar la agenda del teléfono.
—Pero a ver. Es que el mercado está fatal. Y he quedado con más tíos. ¿No te acuerdas del chico que conocí en el Starbucks de Santa Clara? ¿O el monitor del gimnasio? Me lo pasaba muy bien con él, hasta que descubrí que sólo miraba su reflejo en mis gafas de sol. Además, sigo hablando con Jake...
—Pues con más razón. Jake está en la otra punta del país y no tenéis nada serio. El camarero es guapo y sabes que te mira a ti porque no llevas gafas de sol. ¡Date una alegría al cuerpo!
Doy un trago y me quedo un segundo pensando. Me cuesta seguir justificando.
—Es que… no me apetece.
—No, Ivy.
—«No, Ivy» ¿qué?
—Pues que te conozco como si te hubiera parido. ¿No será porque Noah ha vuelto, no?
Me remuevo en la silla. La música cambia. Una chica en el fondo pide un mojito. Todo me parece un poco demasiado.
Un hilo de vino se refleja en mi copa y por un segundo veo su cara. Me sobresalto.
—No… —digo con la boca pequeña.
—Joder. Cómo odio a Noah Carter.
Me río por la nariz y doy otro sorbo a mi copa.
—Es distinto, Eli. Lo miro y no veo al Noah que me rompió el corazón. Veo al Noah del que me enamoré. Está… cambiado.
—No está cambiado, Ivy. Está en blanco. Y eso te gusta porque no duele.
Me gustaría decirle que se equivoca. Pero no puedo. Porque en el fondo, tiene razón.
Y aunque él no recuerde nada y todo parezca nuevo… yo no sé si podría llegar a olvidar lo que me destrozó.
—Solo quiero poder respirar sin que todo lo que pasó me aplaste.
—Pues bebe —dice Eli, levantando su copa—. Y recuerda que si se atreve a hacerte daño otra vez, me lo cargo.
Brindamos.
Y por esta noche, no volvemos a pronunciar su nombre.
✽✽✽
Salgo del instituto por la puerta trasera, la que da al aparcamiento de los profesores y huele a tabaco a partir de las cinco. No quiero cruzarme con ningún alumno, ni con Eli, ni conmigo misma, si pudiera evitarlo.
He dormido mal y estoy de resaca. Y no por el vino. No dejo de pensar en lo que dijo Eli anoche: « Odio a Noah Carter» .
Ojalá yo pudiera.
Cruzo el pasillo hacia el aparcamiento como una ninja sentimental, pero cuando empujo la puerta metálica del fondo, ahí está.
Noah.
Apoyado en la valla del aparcamiento, con el móvil en la mano, como si estuviera descifrando algo.
—¿Estás vigilando el instituto? —pregunto.
Él levanta la vista y sonríe. No debería hacer eso.
No con esa cara.
No con esa boca.
—Estoy decidiendo si entrar o huir. Estoy en el minuto de oro.
—¿Minuto de oro?
—Ese en el que todavía puedes fingir que no has llegado, dar la vuelta y volver a casa.
Se ríe solo. Un poco. Pero me mira de una forma que me descoloca. Con cariño. Incluso con un poco de miedo.
—He venido a buscar a Ray. Wes dice que suele estar aquí a estas horas.
—Lo está. Campo de entrenamiento. Al fondo, cruzando las gradas.
Noah asiente, pero no se mueve. Y entonces lo entiendo. Le tiemblan las piernas aunque su cuerpo esté quieto.
—¿Quieres que te acompañe? —pregunto, sin pensarlo demasiado.
—¿No es raro que me dé miedo esto? —dice él, casi riendo, y niega con la cabeza.
—No tanto —respondo.
Él duda un segundo. Luego asiente. Y empezamos a andar.
Atravesamos la valla lateral que da acceso al campo. A lo lejos, los chicos del equipo entrenan bajo el sol. Ray está de espaldas, con una camiseta negra y un silbato que parece tener el poder de un Dios menor en este pueblo.
—Ahí lo tienes —le digo, señalando con un gesto suave.
Noah traga saliva.
—¿Seguro que no es raro?
—Lo único raro sería que te fueras sin hablar con él —respondo. Y entonces lo miro—. Estás aquí. Él también. Yo que tú, aprovecharía.
Él asiente, más para sí mismo que para mí.
—Bueno, pues… voy. Gracias por… esto.
—No hay de qué —me obligo a sonar natural—. Yo ya me voy.
Me giro, doy unos pasos, pero no puedo evitar detenerme antes de salir del campo.
Me apoyo en la verja de hierro como quien no quiere la cosa y lo veo acercarse.
No escucho lo que dicen, pero sí veo cómo Ray se da la vuelta y se queda quieto.
Cómo Noah dice algo y cómo, de repente, Ray suelta una carcajada mientras le da una palmada en el hombro.
Y entonces me voy. Porque eso es lo que vine a hacer: acompañarlo. Solo eso. O eso es de lo que intento convencerme, pero el corazón me tiembla igual que a él las piernas.