Después de olvidarte 12 · Noah #2
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12 · Noah #2

Veo a Wes valorando si es mejor el chocolate con galletas Oreo o el chocolate con caramelo, cuando oigo una voz aguda e infantil gritando su nombre. Miro en dirección al grito y veo a mi hermano con una niña pequeña con trenzas en brazos.

Observo la escena. Esta niña —Maisie, según le he escuchado decir a Wes— es como un huracán con botas de agua y sin filtro.

Y entonces la veo.

Ivy.

Y sé que mi cara lo refleja. Se me escapa una sonrisa antes de que pueda frenarla.

Hay algo en ella que siempre me deja descolocado.

No sé si es la forma en la que mira a Maisie, o el movimiento de su mano al ponerse el flequillo largo tras la oreja, o la forma de subirse las gafas cuando se le bajan hasta la punta de la nariz.

Me gustaría decir algo con gracia, pero no me da tiempo.

Noto cómo una pequeña duende ya me está escaneando.

Me agacho a su altura por instinto, para no parecer un gigante desubicado. Ella me mira sin miedo. Más bien con curiosidad profesional.

—Hola.

—¿Tú cómo te llamas?

—Noah.

Silencio. Me mira. Entorna los ojos como si estuviera haciendo cálculos.

—Ah… Pues mi papá tiene un amigo que se llama Noah. Pero yo no lo he visto. Creo que se fue de viaje mucho tiempo y ahora ha vuelto. A lo mejor sigue deshaciendo la maleta.

BOOOM . La niña ha disparado una flecha directa a mi hueco existencial y ni se ha despeinado.

Wes y Ivy me miran como si temieran que me hiciera pequeño y me escondiera detrás del carrito, pero no. Me río. Me sale solo, y le digo que soy lentísimo para deshacer maletas.

Maisie me evalúa. Decide que he pasado su prueba y me hace algunas preguntas más. De pronto estamos hablando de cereales con chocolate, dibujos y dinosaurios con capas.

Me encanta.

Creo que acabo de ser adoptado por una niña de seis años sin haber firmado ningún papel.

Wes y yo nos alejamos, y yo todavía tengo esa sonrisa tonta en la cara.

—¿Quién era? —pregunto, sin mirar atrás.

—Maisie. La hija de Eli y Ray.

Asiento pero no digo nada. La hija de Ray. Que dice que soy muy lento deshaciendo la maleta.

Quizá es hora de que termine con el equipaje y vaya a ver a mi amigo.

✽✽✽

Anoche al final vimos dos películas: Princesa por sorpresa , por supuesto, y Princesa por sorpresa 2. Y lo mejor es que fue Wes el que dijo de poner la segunda porque «seguro que al final Mia va a ser reina». Y claro, quién soy yo para dejar que mi hermano se acueste con esa duda.

Hoy me he tomado un descanso de mi entrenamiento matutino y he decidido intentar probar a hacer el desayuno.

Pero no tostadas —que para eso no necesito tener memoria— sino tortitas.

Quiero ver si sé cocinar y si mi cuerpo lo recuerda como hace con otras cosas.

Busco en la libreta de recetas que hay en uno de los cajones y me pongo manos a la obra.

Pues bien, ya puedo confirmar que no tengo gracia para la cocina.

Se me han quemado cinco tortitas, aunque la sexta ha salido medio decente y la masa estaba rica —he seguido la receta al pie de la letra—, así que para cuando Wes ha aparecido por la cocina yo ya tenía unas ocho tortitas decentes y he sacado de la nevera todo lo que me parecía que podía servir de acompañamiento.

—¿Y este festín? —dice Wes sentándose en su sitio habitual.

—Estaba probando una teoría.

—¿Y la has confirmado? —pregunta mientras echa caramelo encima de una tortita.

—He confirmado que la cocina no es lo mío, pero que me defiendo, aunque solo sea porque soy muy cabezota.

—Buen descubrimiento. Y acertado —dice sonriendo mientras se mete un trozo a la boca.

Cuando acabamos de desayunar Wes me propone ir al lago a pasar la mañana antes de tener que volver a la base.

Preparamos una nevera con cervezas y algunas bolsas para picar algo y cruzamos el pueblo hasta llegar a nuestro destino.

Creo que decir que el paisaje es precioso es quedarse corto.

Me transmite paz al instante. El agua cristalina, el silencio que solo lo rompen los pájaros…

bueno, y mi hermano, que se ha puesto a sacar las cañas de pescar de la parte de atrás de la camioneta y lo ha tirado casi todo.

Wes dice que pescar es terapéutico. Yo digo que es sentarse muy quieto a mirar el agua mientras algo te pica, y no me refiero al anzuelo.

Estamos en el embarcadero del lago pequeño, ese que se esconde entre árboles y parece de postal si no miras demasiado de cerca.

—Caña. Gusano. Paciencia —dice Wes, dándome todo como si fuera un kit de superviviencia.

—¿No hay versión digital de esto? —pregunto, y él suelta una risa por la nariz.

—La versión digital te da ansiedad y mala postura. Ésta te equilibra los chakras.

El silencio no me molesta. Me da miedo, un poco. Porque en el silencio aparecen cosas. Imágenes. Preguntas.

—Oye, Wes… ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Crees que si voy a ver a Ray, él querrá hablar conmigo? Ivy me dijo que quería verme pero no sé.

Wes deja la caña en el soporte y se gira para mirarme.

—Noah, Ray es de los mejores tíos que conozco, y de los más sinceros. No va a decirle a Ivy que quiere verte si no es verdad. No va a hacer nada por compromiso, y menos después de la cantidad de años que llevabais sin contacto.

¡Auch! Eso ha dolido.

—¿Y donde puedo encontrarlo?

—Es el entrenador del equipo de fútbol americano del instituto. Siempre está allí.

—No sé si estoy preparado para ir al instituto.

—Pues yo creo que estás más que preparado. Has hecho muchos progresos. Ya te vas manejando por el pueblo solo y conoces a más gente. Además, el instituto era uno de tus lugares favoritos, y creo que puede gustarte verlo.

—No sé…

—Además —añade Wes— si te pierdes, puedes llamar a Ivy. Ya sabes que ella trabaja allí.

Me guiña un ojo y sonríe como si él supiera algo que yo no sé —lo que, dada la situación, es lo más lógico— y siento que quizá se me nota más de lo que pienso que Ivy me hace sentir… cosas.

Y ahí, en ese lago, me siento un poco menos asustado por ir a un instituto que no recuerdo. Porque sé que estará ella.