Después de olvidarte 12 · Noah
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12 · Noah

Hago mis ejercicios diarios. Me gusta ver que estoy en forma y que mi cuerpo recuerda hacer los ejercicios que, supongo, hacía antes de que mi cerebro decidiera rebelarse. Después de una hora de entrenamiento me ducho y voy a desayunar.

Wes ya está en la cocina cuando bajo. Está cortando fruta como si el destino del país dependiera de ello.

Creo que lo ha hecho varias veces en la base.

Me apunto preguntarle por eso. Lo observo en silencio un par de segundos, hasta que me mira sin necesidad de levantar la vista.

Tiene ese superpoder de hermano mayor activado por defecto.

—¿Plan para hoy? —pregunta, sin dejar de cortar.

—Pues de momento tomar café.

Se ríe para sí mismo.

—¿Y después del café?

—¿Podemos ir a la tienda? —digo, aún medio dormido—. A por un móvil.

Wes asiente, como si lo hubiera estado esperando.

—Claro. Pediremos un duplicado de la tarjeta. Recuerda coger el carné de conducir y la cuenta bancaria donde te cargan la factura.

Asiento mientras me echo el café en la taza y me pongo a buscar la canela.

Noto que me tiembla la mano. Espero que Wes no se haya dado cuenta.

Estoy nervioso. ¿Cuándo me den la tarjeta empezarán a llegar mensajes?

No tengo ni idea de nada. Y ya me empieza a dar vergüenza preguntar cosas que se supone que debería saber.

Pero claro, yo no soy alguien de treinta y seis años normal: yo tengo el cerebro frito.

—¿Sigue en pie lo de ir a Seattle? —dice Wes, como si lanzara la frase al aire, sin presión.

No digo nada. El simple nombre me revuelve algo por dentro. Como un resorte. Siento cómo se me cierra un poco el pecho, como si alguien me apretara los pulmones con un puño invisible.

—Ey —dice Wes, mirándome de lado—. No tiene que ser hoy.

Asiento, tragando saliva.

—Es solo que… me estoy agobiando un poco, Wes. La rehabilitación, las pruebas médicas que no dicen nada nuevo ni bueno, el móvil, la casa…

—Ey —dice acercándose a mí. Me pone una mano en el hombro—. Noah, no tienes que hacerlo todo ya. Tienes todo el tiempo del mundo. Una cosa cada vez. Lo estás haciendo muy bien.

No digo nada. Pero le dedico una mirada de «gracias».

Nos preparamos y salimos al coche. Música bajita. Las colinas al fondo. El mundo sigue.

Wes lleva una mano en el volante y otra en el café gigante que ha comprado nada más salir. Lleva una gorra que siempre parece nueva, aunque estoy convencido de que debe tenerla desde antes de que yo supiera andar. Yo voy en el asiento del copiloto con una lista escrita a mano que dice literalmente:

Cosas que necesitas para ser alguien normal:

1. Móvil nuevo

2. Duplicado de tarjeta

3. Fundas chulas (opcional)

4. Que te enseñen a usar el móvil nuevo (obligatorio)

—Oye, Wes, ¿seguro que no te importa venir conmigo?

—¿Y perderme tu cara entrando en una Apple Store? Ni de coña.

—Podrías haberme mandado solo. Pero diciéndome primero qué es una Apple Store.

—Claro. Como la última vez que fuiste al supermercado y volviste con tres aguacates duros como piedras y una piña inflable.

—¡Era una oferta!

—Era una decoración de piscina, Noah. No tenemos piscina.

Wes se ríe y yo también. Su risa siempre es un poco más baja que la mía, pero creo que la identificaría en cualquier lugar.

—Además… ya sabemos lo que pasó la última vez que cogiste un coche.

—¡Ehhhhh! Eso ha sido un golpe bajo.

Él estalla en una carcajada. Me gusta estar con él. Y me gusta que bromee con esto. El resto de personas, excepto Ivy, me miran con cara de pena y me hablan con más pena aún.

—¿Sabes que he descubierto que tengo como una especie de reflejo muscular que me hace buscar el móvil en el bolsillo del pantalón cuando oigo uno?

—¿Y lo encuentras?

—Solo decepción.

—Lo mismo te pasaba con las lavadoras, si mal no recuerdo.

—Menudo cromo soy.

El paisaje va cambiando. Más tráfico. Más carteles. Menos árboles. Entramos en Santa Rosa con la radio encendida y el sol pegando en el parabrisas. Me da por pensar que tal vez nunca he estado aquí, pero todo me resulta familiar.

Aparcamos algo lejos de la puerta principal porque «todo el mundo quiere aparcar en la puerta y así evito encontrarme un golpe en la puerta».

Cuando entramos al centro comercial me asusto un poco al ver tanta gente y tanto ruido a la vez. Me siento abrumado. Creo que aquí hay más gente ahora mismo que en todo Crescent Hollow.

Tengo un acto reflejo y agarro a Wes del codo. Los fluorescentes parpadean más de la cuenta. Un carrito me roza el brazo y tardo demasiado poco en saltar como si me hubieran pinchado.

Odio esto.

Él me mira para tranquilizarme y comienza a contarme lo que vamos a hacer, para entretenerme:

—¿Te has acordado de traer la documentación que te dije?

—Sep.

—¿Y llevas la cartera con la tarjeta de crédito?

—Sep.

—Así me gusta.

Noto que me he destensado un poco cuando un niño se queda mirándome y abre los ojos como platos:

—¿Eres Noah Carter?

Miro a Wes medio asustado y lo encuentro sonriendo.

—Tranquilo… —me dice en voz baja.

Noto la garganta seca y carraspeo.

—Eh… Pues depende del Noah Carter que busques.

—¡El quarterback de los Seahawks! ¿Puedes firmarme un autógrafo?

—Eh…

Pero no me da tiempo a contestar. La madre del niño saca una libreta del bolso y me ha dado el boli para que le firmara algo «con cariño» al pequeño Tommy.

Después llega otra familia que quiere hacerse una foto conmigo.

E incluso una niña lleva una camiseta de los Seattle Seahawks con mi número 12.

Temo que me hagan sentarme en un trono como a Santa Claus y se pongan en cola, pero Wes les dice a los que se acercan que nos tenemos que ir y creo que, o bien ha sido su encanto natural, o la pinta intimidante de teniente del ejército que tiene, pero se han ido sin problema.

—Wes… ¿qué cojones ha sido eso? —digo por fin cuando me siento «a salvo».

—Pues eso, hermano, era tu vida. Y esto no es nada a como era hace unos años, o como es en Seattle.

—¿Y lo soportaba?

—Te encantaba.

—Vaya…

—Oye. Eso no es malo, ¿eh? Has sido alguien con fama, un jugador muy bueno. Viene en el pack, tío. Solo tienes que acostumbrarte a que pase, sobre todo fuera del pueblo.

Pedir el duplicado de la SIM ha sido menos traumático de lo que esperaba: enseñar el carnet, que comprueben que, efectivamente, soy el propietario de esa línea, firmar un papel y fingir que entiendo lo que dice el dependiente.

Luego llega la odisea de elegir móvil. Me dejo llevar por Wes porque, sinceramente, si fuera por mí, compro uno de esos que se doblan y tienen botones, como el que hay en el cajón del aparador de la entrada de casa, pero Wes me dice que estamos en el siglo XXI y que me deje de tonterías.

Salimos con una bolsa blanca y brillante que parece contener mi nueva identidad. Wes dice que ahora solo me falta una funda que grite «hombre adulto que no ha perdido el móvil nunca», pero yo escojo una transparente. No por elegancia. Es que aún no he decidido cuál es mi color favorito.

Ponemos fin a nuestro día de compras y, mientras salimos, me miro en el reflejo de un escaparate. No sé quién es ese tío. Pero por un segundo… no me cae tan mal.

Llegamos a Crescent Hollow justo a tiempo de encontrarnos a Dar en la puerta de nuestra casa vestida con un chándal amarillo chillón y una visera verde.

Newman está panza arriba bajo la sombra del árbol de la entrada.

Tengo que fijarme muy bien en si respira porque, por un momento, me entra el pánico de pensar que se ha ahogado con sus propios michelines, que se le suben al cuello en esa posición.

—¡Ya era hora, niños! —chilla levantando las manos— por poco no nos morimos aquí mi pobre Newman y yo mientras os esperamos.

—Eso no te pasaría si te acostumbraras a llamar antes de aparecer en casa de la gente —dice Wes mientras se baja del coche y va hacia nuestra «tía».

—De verdad, Wesito. No sé que voy a hacer contigo.

¿Wesito?

Es que me encanta esta mujer.

Entramos a la cocina y Dar comienza a desplegar su arsenal de recipientes llenos de comida: quesadillas, ensalada de arroz, algo que creo que es una lasaña pero que es de color verde, y tarta de queso al horno.

Comemos sin parar de hablar y Dar nos pone al día de los cotilleos del pueblo. Newman parece que quiere apuntarse a la fiesta y se acerca a nosotros pidiendo atención.

Después de tomarnos la tarta y hacer un poco de café, Dar se despide de nosotros —no sin antes dejarnos la cara marcada por su pintalabios rosa— porque dice que tiene que prepararse para la noche de bingo del Hollow Bean.

—Oye, Wes, me apetece ver una peli —le digo mientras recogemos la cocina.

—Claro. ¿Qué te apetece ver?

— Princesa por sorpresa.

Debo haber dicho algo muy gracioso porque a Wes le falta tirarse al suelo para seguir riéndose de mí.

—¿Qué es tan gracioso?

—¿Puedes explicarme cómo es posible que, de entre todos los géneros y todas las películas del mundo, a ti te apetezca ver Princesa por sorpresa ?

—Yo que sé. No sé de qué va. Bueno, supongo que de alguien que se convierte en princesa sin esperárselo, pero es que vi en mi habitación las entradas del cine y quiero verlas todas.

—¿Y qué más entradas tenías?

—Había una que se llamaba A todo gas o Tokyo sin gas , o algo así.

— A todo gas: Tokyo Race . ¿Y no prefieres ver esa? —me pregunta casi suplicante pero todavía riéndose.

—No. La princesa.

No sé si es por la seguridad con la que lo he dicho, porque estoy muy serio o porque le doy pena, pero por fin Wes dice:

—Vale, vale. Pues vamos a ver a tu princesa. Pero para tragarme eso necesito azúcar. Vamos al súper a comprar guarrerías.

Aparcamos la camioneta en la puerta del Hollow Mart y de camino a la entrada me saludan cuatro personas que creo que no conozco y dos a las que sí recuerdo porque las he visto en el último mes. Bien por ti, Noah. Reteniendo información.

Wes va directo al pasillo de los cereales y el chocolate y yo me quedo flipando porque hay un paquete de un kilo ¡un kilo! De cereales con malvaviscos que hace que mi estómago resurja de las cenizas tras la comilona con Dar.