11 · Ivy
L a casa huele a plastilina y a colonia de Ray. Un olor reconocible, doméstico. Eli y yo decimos que es colonia de «hombre-hombre», como la que vende Joey vestido de vaquero en uno de los capítulos de Friends.
—Vale, repaso rápido —dice Eli, mientras se pone unos pendientes minúsculos delante del espejo del recibidor—.
Tiene media bolsa de galletas de dinosaurios para merendar.
Puedes darle una. Solo una. Si te pide más, tú le das un pepino en forma de estrella.
Le hace gracia y cuela. En la nevera hay pasta, fruta cortada y helado. Pero no todo a la vez.
—Anotado —respondo, dejando mi bolso en el banco del pasillo—. ¿Y si se convierte en un gremlin después de las seis?
Maisie resopla, como si no pudiera creerse que su vida esté en manos de gente como nosotros.
—Ah, y no la dejes ver esa peli de los ponis mutantes si quieres dormir tranquila. Cada vez que la ve se convierte en uno de ellos. Y créeme, no quieres ver a una Maisie mutante que dice que le salen rayos arcoíris de los ojos.
—Tachada de la lista —digo, alzando las manos como si firmara un pacto solemne.
Ray aparece en el umbral con una mochila rosa. La deja a mis pies con la delicadeza de quien manipula dinamita.
—Ropa de repuesto, peluches, una linterna que no necesita pero exige, y el unicornio parlante de los infiernos. Por si decidís dormir en tu casa.
—Ese unicornio me odia —comento.
—Ese unicornio odia a todo el mundo. Está poseído.
Eli suelta una carcajada que parece un milagro entre tanto caos.
—Gracias, Ivy. En serio —dice, ya con la chaqueta puesta—. No sabes lo que significa para nosotros poder salir un día sin llevar juguetes en el bolso.
—Por supuesto que lo sé. Los he visto. Están en vuestra mochila. Literalmente.
Ray le da un beso a Maisie, que ya está sentada en el sofá con sus calcetines desparejados y su peinado de estrella de rock desquiciada.
—Pórtate bien, terremoto. No hagas explotar nada.
—Claro, papi —responde ella muy seria, con una galleta en la mano y una diadema con orejas de gato en la cabeza.
Ray se ríe y le guiña un ojo. Eli me lanza una mirada de esas que dicen «suerte, soldado». Y entonces, se van.
Se cierra la puerta.
Y empieza el día.
Me giro hacia Maisie. Ella me mira como si acabara de firmar un contrato vitalicio con su universo paralelo.
—¿Jugamos a que soy una veterinaria y tú un gato que tiene dolor de tripa y solo se cura con palomitas?
Suspiro.
—¿Puedo ser un gato que hace acrobacias?
—No. Solo con la tripa suelta.
✽✽✽
—¡No te muevas! —dice Maisie con una seriedad quirúrgica—. Tienes el bazo inflamado y si no te opero ahora, te puede dar una fiebre de 700 grados.
—¿Eso es médicamente posible?
—Yo soy la doctora. Tú eres un gatito enfermo, tía Ivy.
Asiento obediente y suelto un «miau» que haría llorar a cualquier gato callejero. Estoy tirada en la alfombra, con una mantita encima como si fuera un quirófano improvisado, mientras Maisie me coloca plastilina en la frente «para el escáner cerebral».
No sé cuánto tiempo llevamos así. Podrían ser quince minutos o tres horas. El reloj está prohibido en el Reino de las Veterinarias Intergalácticas.
—¿Te duele algo más? —me pregunta.
—Solo el alma —respondo, sin pensar.
Maisie asiente, como si lo entendiera perfectamente.
—Eso no se cura con plastilina.
—¿No?
—No. Mi mamá dice que eso se cura con abrazos y dibujos de dinosaurios que dicen cosas bonitas.
Sonrío. Porque esta niña me desarma. No porque sea mona, sino porque a veces siento que ve más que muchos adultos.
—¿Quieres que dibuje uno para ti?
—¿Un dinosaurio?
—Un diplodocus de los sentimientos.
—Vale. Pero que tenga gafas.
—Obvio —dice, como si fuera una exigencia básica para cualquier criatura con empatía.
Se levanta a por folios y rotuladores, y yo me estiro en el suelo, con los ojos cerrados, dejando que el mundo pese un poco menos por un rato.
Así transcurre la mañana: entre dibujos que hablan, meriendas improvisadas con galletas de animalitos, y preguntas como «¿a qué huelen los sueños?», a las que contesto lo primero que se me ocurre: a canela.
Por la tarde cogemos todas las mantas de la casa, las pinzas de la ropa y nos ponemos a montar una cabaña textil con todos los cojines dentro. Maisie dice que esta noche vamos a dormir allí y a mí me parece la mejor idea que he oído en mucho tiempo.
✽✽✽
—¿Vamos al pasillo de los cereales? —pregunto mientras empujo el carrito, aunque ya sé la respuesta.
—¡SÍ! ¡Pero no los de mayores! ¡Los de colores y que llevan juguetes dentro!
Maisie camina a mi lado con paso firme, las trenzas rebotando a cada salto calculado. Lleva puesta una camiseta de dinosaurios que brilla en la oscuridad y unas botas de agua aunque hace sol. Porque estilo es tener convicción, no meteorología.
Giramos la esquina del pasillo número cinco, y ahí están.
Wes, con una cesta en la mano y pinta de no saber si busca leche o la salvación, y Noah… bueno. Noah lleva el carrito y parece estar decidiendo si los cereales con nubes son una broma o un reto.
Maisie se para en seco.
—¡WEEEEEEES! —grita como si lo hubiera visto después de años de guerra intergaláctica.
Wes se gira justo a tiempo para recibir el impacto de una Maisie en modo koala y consigue dejar la cesta en el suelo antes de que ocurra un desastre.
—¡Hombre, pero si es mi persona favorita de menos de un metro veinte! —dice él, atrapándola con habilidad y haciéndola girar sobre sí misma.
—¿Me has traído alguna chapa nueva? —pregunta, con la naturalidad de quien pregunta si ha salido el sol.
—Por supuesto —responde Wes, sacando del bolsillo trasero una chapita redonda con forma de planeta. Se la da con gesto solemne—. Edición limitada. Solo para astronautas entrenadas.
—¡YES! —Maisie se la pone en la camiseta como si le hubieran otorgado una medalla al valor.
Y entonces Noah se gira hacia mí. Me ve. Me sonríe. Luego baja la vista a Maisie, que ahora lo mira con interés. Se agacha delante de la niña y se pone a su altura. Maisie lo mira con esos ojos de «tú eres nuevo y yo soy la alcaldesa no oficial de este pueblo».
—Hola —le dice Noah.
—¿Tú cómo te llamas?
—Noah.
—Ah… —dice ella, pensativa, sin dejar de mirarlo—. Pues mi papá tiene un amigo que se llama Noah. Pero yo no lo he visto. Creo que se fue de viaje mucho tiempo y ahora ha vuelto. A lo mejor sigue deshaciendo la maleta.
Wes y yo nos miramos temiéndonos lo peor, pero Noah se ríe.
—Puede ser. Soy muy lento para deshacer maletas.
Maisie está encantada con él. Noah Carter siendo Noah Carter. Encantador de mujeres. Aunque tengan seis años.
—¿Te gustan los cereales con chocolate? Porque a mí sólo me dejan comer chocolate los sábados. Y hoy es sábado.
Maisie baja la voz y se acerca a Noah.
— ¿Sabes qué significa eso? —le dice tapándose la boca de lado, como si fuera un secreto entre los dos.
—¿Día de cereales con chocolate? —responde Noah.
—¡Exacto! —grita de repente Maisie— Y dibujos. Pero elijo yo. La tía Ivy no sabe elegir bien.
—Eso es completamente falso —replico indignada.
Nos despedimos de los hermanos Carter, no sin antes haber sido cordialmente invitados por la señorita Maisie a una fiesta del té jurásica.
✽✽✽
La espuma le llega hasta la barbilla y el agua está llena de criaturas: dinosaurios flotantes, un pato con gafas de sol y lo que juraría que es una taza convertida en barco pirata.
Maisie me lanza un poco de agua con su triceratops rosa.
—Tía Ivy… ¿Noah del súper es el novio de Wes?
Me atraganto con mi propia risa.
—¿Qué? ¡No! —respondo entre carcajadas—. Noah es su hermano.
—Ahhh… —dice, como quien descubre que Santa no es de verdad—. Pues Noah, el hermano de Wes, es muy guapo. ¿Tiene novia?
—No que yo sepa.
Maisie asiente con solemnidad.
—Y tú, tía Ivy, ¿tienes novio?
—No, cariño. No tengo novio. ¿Cómo iba a tener novio y no presentarle a mi sobrina favorita?
—Pues Noah y tú podríais ser novios. Como ninguno tiene, pues ya está.
—¿Cómo que ya está?
—Claro. Si quieres, se lo digo a Wes cuando lo vea. Para que os podáis ver en el parque.
—¡No! —digo demasiado rápido, resbalando con una esponja traicionera—. ¡Nada de decirle nada a Wes!
Maisie me mira, completamente imperturbable, como si ya hubiera anotado mi histeria en su libreta de estrategias
—Vale. Entonces se lo digo a Noah.
—¡Maisie, no!
—¿Por qué no?
—Porque… no se dice eso así. No se empareja a la gente así, sin más.
Me mira con cara de: pues vaya norma nueva .
—Pero si tú no tienes novio. Y él tampoco. Ya está.
—Maisie…
—Vale, vale. No digo nada.
Se queda en silencio cinco segundos exactos.
—¿Y si se lo digo bajito?
—¡Maisie!
Ella se encoge de hombros. Y sonríe.
—Solo era una idea.
Y se mete bajo el agua tan tranquila, como si no acabara de desmontarme la vida entera desde la bañera.
Maisie duerme dentro de la cabaña textil que hemos construido con mantas, cojines y más imaginación que sentido común.
Respira profundo, con una pierna fuera del saco de dormir y un peluche de unicornio en la cabeza.
Después del baño, la cena y la película —en la que no salían ponis mutantes— ha caído rendida.
Recojo un poco. Cierro los rotuladores. Doblo la toalla de la ducha. Apago luces. Y entonces lo veo, sobre la mesita baja del salón: el dibujo. Un diplodocus con gafas enormes, una sonrisa rara y los brazos abiertos como si esperara un abrazo.
Debajo, escrito con rotulador morado y letras torcidas: «Tía Ivy» y un corazón al lado.
Lo doblo con cuidado. Lo guardo en el bolsillo interior de mi mochila y me siento un segundo en el sofá, en silencio.
Tal vez no se me pase con helado, pero con un diplodocus abrazable todo parece un poco menos difícil.