Después de olvidarte 9 · Ivy
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9 · Ivy

A parco mal. No sé por qué me esfuerzo en fingir que hoy sí lo voy a hacer bien.

La rueda delantera izquierda está peligrosamente cerca del bordillo y el ángulo general del coche sugiere que ha sido estacionado por alguien que conducía con los ojos cerrados o con el corazón agitado.

Lo dejo así. Total, es solo un momento. Como los errores. O los ex que reaparecen con amnesia.

Me miro en el retrovisor.

Error número dos: he vuelto a ponerme rímel de más. Otra capa más y podré espantar palomas a parpadeos. Pero ya que estoy aquí, me echo un poco de bálsamo en los labios y me recoloco el flequillo como si eso fuera a darme el equilibrio emocional que no tengo desde hace semanas.

Esto no es una cita. Esto es un trámite. Una gestión. Una ayuda técnica. Como acompañar a tu vecino a renovar el DNI, solo que tu vecino es tu ex y no recuerda que es tu ex. Detalles menores.

Me acomodo en el asiento, respiro hondo y me repito el mantra de las valientes: «Estoy bien. Lo tengo superado. Tengo una vida funcional. Un sueldo decente. Una planta que aún no se ha muerto. Esto no me afecta».

Spoiler: me afecta.

A lo lejos, la puerta de la casa de los Carter. Madera blanca, desconchada en una esquina. Un felpudo que lleva toda la vida diciendo BIENVENIDO con mayúsculas desgastadas. Dentro está él.

Y yo... yo solo vengo a acompañarlo al banco.

Me bajo del coche, cierro la puerta y me digo a mí misma que es solo un momento. Solo uno más. Y que puedo con esto.

Mentirme también se me da de maravilla.

La puerta se abre antes de que llegue a tocar el timbre. Como si lo hubiera invocado con el poder del pensamiento… o del sonido de mis pasos torpes en el porche.

Y ahí está.

Noah. Con vaqueros, una camiseta de esas que parece que lleva toda la vida en su cajón y una camisa de franela arremangada.

A veces pienso que sus camisas tienen más memoria que él.

En una mano lleva una carpeta azul abultada, con papeles que asoman por los bordes y una nota adhesiva en la portada que pone «Cosas importantes de Noah».

Me mira. Me sonríe. Y por un segundo, no sé si es el de antes, el de ahora… o una versión paralela en la que todo es fácil y nunca se rompió nada.

—Hola. Gracias por acompañarme.

—Es que no me apetecía ir a yoga —respondo, cruzándome de brazos—. Prefería un poco de tortura administrativa.

Él se ríe y nos quedamos ahí unos segundos de pie, frente a frente. Él con su carpeta de misterios y yo con mi dignidad en modo manual.

—¿Vamos?

—Claro. Pero conduzco yo. Tus últimos antecedentes con los coches no son muy buenos.

Asiente sonriente mientras cierra la puerta de su casa y va hacia el asiento del copiloto.

Noah va a mi lado, con la carpeta azul en las piernas y cara de que no sabe si esto es una excursión escolar o una cita con Hacienda.

Me recuerda a cuando íbamos a los partidos fuera de casa y se sentaba así, con los codos pegados al cuerpo y la mirada fija.

Solo que ahora no lo hace por superstición, sino porque no sabe si encaja en el asiento. O en su propia piel.

—¿Siempre conduces así? —pregunta Noah tras pasar por dos rotondas y un cambio de rasante con más estilo que educación vial.

—¿Así de bien?

—Así de… ¿decidida?

—Créeme, Noah, cuando pasas años haciendo malabares entre clases, tres trabajos y un autobús que se rompe cada dos por tres, acabas desarrollando instinto de persecución.

Él ríe bajito. Me mira de reojo.

—¿Dónde estudiaste? Me ha dicho Wes que trabajas en el instituto. ¿De qué trabajas?

Me sorprende la pregunta. No sé por qué, pero me tensa el cuello.

—¿En serio quieres saber eso ahora?

—Sep.

Me obligo a soltar el aire despacio. Está bien. No es una emboscada. Solo es Noah siendo un Noah sin recuerdos. Sin defensas.

—Estudié Literatura en Berkeley. Después volví aquí, porque soy una romántica sin remedio o una masoquista funcional, según a quién le preguntes. Y trabajo como profesora de Literatura.

—¿Y desde cuándo nos conocemos?

—Desde que tenías aparato y te quejabas de que no podías comer palomitas.

Noah suelta una carcajada y yo me siento bien.

«Mierda, Ivy».

—En realidad, de siempre, aunque fuera de vista. Pero empezamos a ser amigos cuando tenías diez años y yo nueve. Me caías mal. Ya tenías ego de quarterback .

—Bueno… al menos eso parece consistente.

Nos reímos los dos. No mucho. Pero lo justo. En el silencio que sigue, él se pone serio.

—¿Y yo fui a la universidad? Eso no se lo he preguntado a Wes.

—Sí, a Stanford. Te dieron una beca completa de fútbol americano. Estudiaste Arquitectura.

—Vaya… ¿y esas dos universidades son buenas?

«Joder cuánta pregunta. Me gustaba más cuando se emocionaba por el café».

—Sí. Las dos son muy buenas.

Noto que la mente de Noah está divagando en el hueco vacío de su cerebro.

—¿Y en qué equipo jugaba en la NFL?

—Oye Noah, ¿después del accidente te ha poseído un interrogador de la CIA o algo?

Le da la risa.

—No lo descarto. Total, ahora todo lo que me digas me vale y me lo creo.

Me tengo que reír. Es que es tan Noah… Aunque no lo sea en realidad. O sí lo sea. Ahora mismo es el Noah relajado, sin presiones, sin heridas…

—¿Tan malo era que no sabes el equipo? —dice, sacándome de mis pensamientos.

—Ay perdón. Sí, claro que lo sé. En los Seattle Seahawks. Estuviste ocho temporadas con ellos. Y no sigas preguntando, estamos a punto de llegar y yo solo llevo un café en el cuerpo.

Noah se ríe bajito.

—Vale vale. Me lo apunto: no hacer más de dos preguntas a Ivy antes del segundo…

—Tercer.

—Tercer café. Ya no se me olvida. Creo.

Y me guiña un ojo. Y yo quiero dejarlo tirado en medio de la carretera y pasarle por encima con el coche por lo que me hace sentir cuando lo hace.

Por suerte, ya hemos llegado al banco.

Aparco —muy bien, por cierto— y entramos. En la recepción nos encontramos con Sally Alderton que, casualmente, fue compañera de Noah en el instituto.

—Hola, Ivy, ¿qué tal? ¿Qué necesitas?

Mira a mi acompañante y noto cómo la cara se le desencaja un poco.

—Madre mía, ¿Noah? ¿Noah Carter?

—Eso me han dicho.

—Soy yo, Sally Alderton. Fuimos compañeros de laboratorio.

—Perdona pero no…

— Sally, querida. Tenemos un montón de prisa, que yo tengo clase en hora y media. Hemos quedado con Max, tenemos cita.

La pobre Sally se queda perpleja y no entiende nada. Se ve que es la única del pueblo a la que no le ha llegado ya el cotilleo de que Noah tiene ahora los mismos recuerdos vitales que un bebé recién nacido.

—Sí claro, pasad, pasad.

—Gracias Sally —decimos Noah y yo a la vez, lo que hace que nos miremos y a mí se me estruje el estómago.

Sacudo el nudo raro que se me ha quedado pegado en las tripas y tiro de Noah hacia la mesa de Max, que nos espera peleándose con el escáner.

—¡Hola Max!

—¡Ay! Hola Ivy, ya estáis aquí. Y hola Noah. Yo soy Max, Max Spencer. Soy amigo de tu hermano. Te bebiste tu primera copa conmigo —dice tan normal mientras le estrecha la mano.

—Pues encantado de volver a conocerte, Max.

Nos sentamos en las sillas frente al escritorio y le explicamos a Max lo que necesitamos.

Noah saca su carné de conducir y le enseña los papeles que lleva en la carpeta.

Max los revisa y comienza a meter datos en el ordenador.

Noah lo mira fijamente y noto que no deja de mover el pie derecho y me está poniendo negra.

Eso lo hace cuando está especialmente nervioso.

Pero claro, ¿quién va a culparlo? Yo también lo estaría si no supiera quién soy ni qué tengo.

Después de unos interminables veinticinco minutos en los que Max ha revisado la documentación veinte veces, tecleado más rápido que cualquier taquígrafo judicial y hecho unas cuantas llamadas —por fin—, dice algo.

—Bueno Noah. Tengo buenas noticias: he encontrado tres cuentas a tu nombre.

Por suerte, las abriste en el mejor banco del país: este.

Aunque tu oficina de referencia es la de Seattle, pero no pasa nada.

El único inconveniente es que tienes una caja de seguridad en el banco y el acceso es con llave, por lo que tendrías que ir a Seattle a regularizar eso.

—¿Pero puede tener acceso a sus cuentas?

—Sí claro, por supuesto. Se descarga la app del banco en el móvil y puede operar desde la banca online. Voy a pedir tarjetas nuevas y llegarán en los próximos días.

—Genial. Gracias, Max —dice Noah, por fin.

Noto cómo se le relajan los hombros y el movimiento de la pierna cesa. Supongo que esto es un pequeño paso para la nueva normalidad.

—Oye, Max… —dice Noah, sopesando si debe hacer la pregunta o no— ¿y puedo saber el saldo que tengo? ¿Tengo dinero?

Max sonríe y le noto la mirada divertida.

—Sí que se te ha olvidado todo, sí… Claro, Noah, mira, te enseño el saldo de tus cuentas.

Gira la pantalla del ordenador hacia nosotros y no quiero mirar, pero lo hago. Y madre mía. Me mareo.

«¿Pero cuántos ceros caben en esa pantalla?»

Noah baja la mirada. Se pasa la mano por la nuca. Parece que le cuesta tragar.

—¿Todo eso es mío?

—Si Noah, todo eso es tuyo. Y creo que tenías algo invertido en Bolsa. Deberíais buscar esa información también.

✽✽✽

—¿Quieres que tomemos algo? —le pregunto al salir del banco, sin saber si lo que necesita es cafeína, azúcar… o una ventana de escape.

—Prefiero caminar —dice él, sin mirarme. Se mete las manos en los bolsillos, como si no supiera qué hacer con ellas.

Asiento y empezamos a andar sin rumbo fijo, por una de esas calles que no llevan a ninguna parte, pero siempre acaban cruzando con algo: un recuerdo, una duda, un silencio.

—Hay demasiado dinero ahí —murmura de pronto, como si estuviera confesando un crimen leve—.

Y no tengo ni idea de qué he hecho para tenerlo.

Wes me ha contado cosas sobre mí y me ha enseñado muchos documentos, pero me frustra no recordar qué es lo que he hecho para haberlo ganado y que el resto del mundo sí lo sepa.

Ni siquiera sé si es mío. No sé dónde vivo, Ivy. No sé ni cómo es mi casa. ¿Tú lo sabes?

Me paro un segundo y niego con la cabeza.

—No, pero Wes sí. Él tiene tu dirección de Seattle. Podéis ir un día de los que venga.

Noah asiente, despacio. Como si le costara mover la cabeza.

Caminamos con calma un poco más. Y entonces, sin previo aviso, él se detiene y me mira.

—Gracias por venir conmigo, Ivy. Contigo me siento un poco menos extraterrestre. Contigo no me siento un intruso.

Me sale una risa tonta y me arrepiento.

«Mierda».

—Bueno, yo tengo cara de marciana. Debe de ser eso —añado, intentando que eso sirva para que no se note que me ha enternecido un poco (mucho).

—Qué va —contesta con una sonrisa.

Y eso me desmonta un poco más.

Seguimos caminando, más despacio. Estamos tan cómodos con el paseo que creo que es el momento de dejar que salgan las palabras que me bailan en la cabeza desde hace unos días.

—Oye, Noah, ¿llamaste a Ray la otra noche? —pregunto de pronto, rompiendo el equilibrio con la delicadeza de una patada en una pecera.

—Hablé con Dar —dice, metiendo la mano en el bolsillo trasero y sacando la foto del baile. La despliega con cuidado. Ya no está tan lisa como cuando la imprimimos—. Me dijo quiénes son Ray y Eli.

—¿Y cómo te sientes?

—Bien. Pero confundido.

Normal .

—¿Qué éramos los cuatro? ¿Qué éramos tú y yo, Ivy? No dejo de pensar en eso desde que vi esta foto. En la forma en que me miras. Como si supieras algo que yo no. Lo cual es obvio, dadas las circunstancias.

El aire cambia de densidad. Me cuesta respirar.

—Los cuatro… éramos inseparables —respondo.

—¿Por qué todo el mundo habla en pasado? Dar me dijo que Ray y yo éramos como hermanos. ¿Ya no lo somos? ¿Qué pasó?

No sé si es reproche o simple desconcierto. Pero me atraviesa igual.

—Noah, eso… eso tienes que preguntárselo a Ray. —Es lo único que me sale. Lo único que no se me atraganta.

Él me observa, con esa cara nueva que lleva desde que volvió. Una cara sin historia. Sin rencores. Sin nosotros.

—Ray quiere verte —añado—. Cuando te sientas preparado… llámalo.

Noah asiente. Dobla la foto de nuevo. La guarda. Y seguimos andando.

Pero algo ha cambiado. Y no sé si estamos más cerca… o más lejos que nunca.

Me pregunto si la volverá a mirar esta noche. Si se quedará despierto como yo, con más preguntas que respuestas.

✽✽✽

Aparco frente a la casa de Noah después de un trayecto de vuelta totalmente silencioso.

Sale del coche y se gira para despedirse con la mano y una sonrisa que no le llega a los ojos.

Sé que su cabeza está ahora mismo que echa humo.

Veo cómo cierra la puerta con cuidado y yo me quedo unos segundos más mirando la acera vacía, como si él aún estuviera ahí.

Arranco el coche. La radio se oye bajito y suena una canción cualquiera. No la escucho. No pienso. Solo conduzco.

Hasta que lo hago.

Esto no es amor.

Es solo un eco.

Una repetición emocional.

Una nostalgia con cuerpo.

Y con camisa de franela.

Eso me digo. Eso llevo repitiéndome estos últimos años.

Reduzco la velocidad. Un semáforo en rojo. Me miro en el retrovisor. El rímel sigue en su sitio, pero yo no tanto.

A lo mejor lo nuestro no era una historia.

A lo mejor solo fue un prólogo.

Pero todos estos pensamientos me dan mucho vértigo.

¿Y si un día, de repente, lo recuerda todo?

¿Y si vuelve a irse y yo vuelvo a romperme por algo que parece un espejismo?

Jenkins dice que su evolución es buena, y la Dra.

Monroe, que todavía hay que ir con cautela y que es posible que no pueda recordar nunca nada.

Yo digo que... no tengo ni idea. Y no sé qué es lo que prefiero.

El semáforo se pone en verde. Sigo adelante. Me espera una clase, una rutina que funciona y me apetece un café con canela.

«Maldita sea» .