Después de olvidarte 10 · Noah
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10 · Noah

A bro los ojos antes de que el sol entre por las rendijas de la cortina. Con suerte, el mundo no se acordará de que existo.

Mi cuerpo ya ha decidido que el horario militar le va bien. Como si la memoria muscular fuese lo único que no se me ha borrado. Me levanto, me pongo las zapatillas del fondo del armario —esas que huelen a esfuerzo y a rutina— y bajo las escaleras en silencio.

La casa duerme. Dar no vendrá hasta el mediodía. Wes vuelve esta noche. Hasta entonces, esto es mío.

Me estiro en el porche. Rotación de hombros. Cuello. Brazos. Tobillos. Nada cruje tanto como el jueves pasado, lo cual supongo que es buena señal.

Salgo a correr.

No muy lejos. Dos manzanas. Lo justo para cansarme sin destrozarme. Para no pensar sin dejar de hacerlo.

A cada paso, repaso la escena de ayer con Ivy: la conversación en el coche, el banco, la caminata.

Su voz cuando dijo «los cuatro éramos inseparables», como si le doliera todavía.

Y esa otra frase que me perfora como un eco: «Eso tienes que preguntárselo a Ray».

Ray.

El nombre retumba en mi cabeza igual que mis zapatillas en el asfalto. Y no tengo ni idea de quién es. Solo que, según Dar, fue mi mejor amigo. Mi hermano. El de la foto, el del brazo apoyado en mi hombro como si fuera lo más normal del mundo.

Y yo no recuerdo nada.

Respiro más fuerte. El frío de la mañana se cuela por la camiseta y la piel me arde. No sé si por el esfuerzo o por la rabia de no saber quién era yo. Quién soy ahora.

Cuando vuelvo a casa, me meto bajo la ducha como si el agua pudiera aclararme algo. No lo hace.

Subo a mi habitación con el pelo empapado, la camiseta limpia pegada al cuerpo y una pregunta martilleándome las sienes: ¿Qué más hay aquí que no he visto?

Me detengo delante del armario. Luego delante del escritorio. Y entonces recuerdo la estantería del pasillo del piso de arriba. Donde Dar dejó unas cajas «con tus cosas, por si quieres mirar».

Hoy quiero.

La estantería del pasillo tiene pinta de no haber sido tocada desde la administración Bush.

La primera. Hay cajas etiquetadas con rotulador desvaído: NAVIDAD 2001, COSAS DE WES, FOTOS MAMÁ y una que simplemente pone NOAH en letras mayúsculas, gruesas y seguras.

La bajo con cuidado. Pesa más de lo que esperaba.

La dejo sobre la cama y levanto la tapa: recortes.

Folletos de partidos. Entradas grapadas a papeles.

Cartas con membretes que parecen importantes. Y, en el fondo, un álbum.

NOAH – ÚLTIMO AÑO

Escrito con rotulador negro en la tapa. Me tiemblan un poco los dedos cuando lo abro.

La primera imagen soy yo. En el campo. Uniforme completo. El balón en las manos, los ojos fijos en algo fuera de plano. Sonrío sin darme cuenta. No sé si por reconocimiento muscular o por la sensación de que esa versión mía tenía claro qué estaba haciendo.

Paso las páginas.

Ahí está Ray. Mil veces. Abrazándome tras un touchdown . Tirándome agua encima. Con el casco en la mano y una expresión de «ya la hemos liado otra vez».

Hay una foto en la que nos estamos chocando el puño. Otra donde salimos riéndonos con la boca abierta, completamente empapados bajo la lluvia. Y una más, en la que estamos sentados en el bordillo frente al campo, muertos de risa, con una bolsa de patatas entre los dos y una Coca-Cola compartida.

Lo conozco. No lo recuerdo, pero lo conozco.

Paso otra hoja.

Hay varias fotos con el equipo. En el lago. En una salgo pintando un cartel para la graduación y tengo las manos manchadas de azul.

Y entonces la veo. A ella.

Ivy.

Lleva un vestido granate y una sonrisa que no sé cómo describir. No es grande, pero sí real. Estamos los dos de pie en un evento —«¿Una entrega de premios? ¿Una fiesta de fin de curso?»— y estamos cogidos de la mano. Como si fuera lo normal.

Mi pulso se acelera. Miro con más atención.

En esa misma hoja hay una foto donde estamos bailando.

Y otra en la que ella me pone cara de «no me líes» mientras yo la señalo con cara de «demasiado tarde».

Hay algo en esa dinámica que me resulta demasiado familiar.

Como si mi cuerpo supiera cómo se siente al quererla, aunque mi cabeza aún no lo entienda.

La última página me deja sin aire.

Estoy con un hombre que aún no conozco. Pero hay algo en su postura, en su energía…

que me resulta distinta. Él tiene la mano en mi hombro, y yo estoy sonriendo con orgullo.

Llevamos el mismo chándal. Él tiene arrugas en la frente y unas gafas colgando del cuello.

En el pie de foto, escrito a mano con bolígrafo azul, leo: «Con el entrenador Brooks. Último partido en casa».

Brooks.

Ese apellido suena más fuerte que los demás y una pieza encaja con un clic brutal en mi cabeza.

Ivy Brooks.

«¿Es su padre?»

Después de las fotos con el entrenador, avanzo una página más. Y ahí está.

Mi madre.

Mi cuerpo reacciona a ella y noto cómo me da una punzada cálida en el pecho.

Cómo me coloco mejor sin darme cuenta, como si pudiera reñirme por no tener la espalda recta.

He memorizado su cara durante todas las noches.

La de los dos. Porque, desde que llegué a esta casa, duermo con la foto de ellos dos al lado, como si pudieran cuidarme.

Hay una foto en la que salimos en la grada del campo, yo aún con el casco en la mano y ella aplaudiendo como si acabáramos de ganar la Super Bowl. Lleva una bufanda con los colores del equipo y una sonrisa que podría apagar una tormenta.

En otra, salgo abrazándola. Es después de un partido y estoy cubierto de tierra y de gloria. Ella lleva un ramo de flores y me agarra de la camiseta como si no quisiera soltarme nunca. Ojalá no lo hubiera hecho nunca.

Miro sus ojos. Son iguales a los de Wes.

Hay otra más. Estamos los tres: Wes, ella y yo, en la cocina de esta misma casa. Hay una tarta con el número 18 y yo estoy a punto de soplar las velas mientras ella me toca la espalda. Parece tan normal. Tan de verdad. Tan imposible.

Odio no poder recordar nada de esto, pero mi cuerpo me dice que sí lo he vivido.

✽✽✽

Cuando Wes entra por la puerta, ya sé que lo ha notado. No dice nada, pero me lanza esa mirada suya de hermano mayor rescatador. Ni me inmuto. Estoy demasiado cansado para fingir normalidad.

—Ey, hermano. —Deja la mochila junto al perchero, como siempre—. ¿Todo en orden?

—Sí. Más o menos. —Nos damos un abrazo corto, automático, pero cómodo.

—¿Has dormido bien? —pregunta mientras va directo a la cocina, como si supiera que necesito una excusa para seguirle.

—No mucho. —Lo sigo—. Pero he entrenado. He hecho todo lo de la lista.

Él me mira por encima del hombro mientras abre la nevera. Saca dos cervezas. Me lanza una sin preguntar. La cojo al vuelo.

Nos sentamos. Yo bebo. Él espera.

No doy más rodeos.

—Wes... creo que necesito ir a mi casa de Seattle.

Él parpadea. Pero no se sorprende.

—¿Sí?

—Sí. No sé si estoy preparado. Pero… tengo que hacerlo. Tengo que ver qué hay allí. Quién fui. Qué dejé. Si era feliz. Si me gustaba mi sofá. O si tenía uno, siquiera.

Wes asiente, lento.

—Lo haremos cuando tú digas. No hay prisa.

Yo asiento también. Pero me muevo inquieto en la silla.

—Y creo que quiero ver a Ray.

Eso sí le cambia un poco la cara. No mucho. Pero lo suficiente para que lo note.

—¿Estás seguro?

—No. Pero necesito saber por qué parece que… que no tenía relación con nadie. Por qué hay tanto vacío. Por qué todo el mundo habla en pasado. Como si no hubiera habido un presente.

Wes le da un trago a la cerveza y se queda mirando el suelo un rato. Cuando por fin habla, no me espero esa respuesta:

—Porque no lo había, Noah.

Me quedo parado y no sé cómo reaccionar a esa revelación.

—¿Qué hice?

Wes no dice nada.

—Wes… por favor… ¿qué pasó?

Oigo como traga saliva.

—Cuando mamá enfermó, empezaste a cambiar. No sé por qué decidiste comportarte así, pero te fuiste distanciando de todo el mundo. Estos últimos años la única relación constante que tenías era conmigo.

Respiro y trago saliva como puedo.

—¿Cómo eran? —pregunto, casi en susurro—. Mamá y papá. ¿Me querían? ¿Yo los quería?

Wes no responde enseguida. Se pasa una mano por la nuca. Aprieta la anilla de la lata y bebe otro trago antes de contestar.

—Papá era... el tipo de hombre que llenaba cualquier sitio. Policía del pueblo, veterano del ejército. Tenía esa mezcla entre rectitud y ternura que hacía que todos le respetaran y le quisieran a la vez. Tú lo idolatrabas. Él te enseñó a lanzar en el jardín.

Toma aire. Yo intento que no se me caigan las lágrimas.

—Papá murió de la noche a la mañana. Le dio un infarto y fue un palo muy gordo para todos. Tú tuviste unos años muy complicados. Mamá hizo todo lo que pudo. Y lo hizo muy bien con los dos, la verdad.

—¿Y cómo era mamá? —consigo preguntar sin que se me quiebre la voz.

—Mamá... mamá era el corazón de esta casa. Dulce. Fuerte. Una de esas personas que sabían escuchar incluso cuando no decías nada. Era responsable de la biblioteca del instituto. Tú eras su debilidad. Papá siempre te chinchaba con lo de ser «el niño de mamá».

—¿Y qué pasó después?

—Cuando ella enfermó…

Noto como le cuesta seguir. Cómo está buscando las palabras adecuadas para no hacerme daño y para no romperse él.

—Cuando ella enfermó tú ya eras una estrella.

Te volcaste y te encargaste de todos los gastos médicos, la vieron los mejores especialistas gracias a tí.

Ella era tu vida. Pero al final… te volviste un apoyo «instrumental»: Estabas ahí, pero realmente no estabas.

Y cuando murió… tú no estabas, Noah. Estabas en un partido y no llegaste a tiempo.

Y te hundiste… Un año después te retiraste y te aislaste aún más. Incluso te alejaste de mí.

Silencio.

Noto como se me rompe algo. No consigo procesarlo. Y ver a Wes así, teniendo que volver a revivirlo para contarme cómo me alejé de la gente que me quería y cómo lo abandoné a él, es aún más duro de lo que podía imaginarme.

—Wes… Wes, lo siento mucho. No sé cómo reparar algo que no recuerdo haber roto —digo al fin, en voz tan baja que apenas la reconozco.

Él no responde enseguida. Solo me mira, y en sus ojos no hay reproche. Hay algo que me destroza más: hay cariño. De ese que permanece incluso cuando el otro no lo merece.

—No tienes que repararlo, Noah. Pero la vida, aunque de una manera muy macabra, te está dando otra oportunidad. No vuelvas a huir.

Y entonces se levanta. Va hasta un cajón del aparador, rebusca un momento y vuelve con una fotografía en la mano. La deja sobre la mesa, sin añadir nada.

En la foto estamos mamá, Wes y yo. Ella lleva un pañuelo en la cabeza y una sonrisa imposible. Yo la tengo abrazada como si fuera un escudo y no un ser humano. Wes está al lado, más joven, más entero. Como si todavía no supiera cuánto iba a doler lo que vendría después.

—Buenas noches —susurra él, mientras me da un apretón en el hombro.

Y se va a su habitación.

Cojo la foto con cuidado. La miro una última vez y la dejo en la mesilla. Justo al lado de la otra. Para no olvidarme de lo que no recuerdo.

Ojalá pudiera recordar su voz. O lo que sentí la última vez que me abrazó.

Pero no puedo. Y sin embargo, duele.

Mucho.