Después de olvidarte 8 · Ivy
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8 · Ivy

N o estoy segura de por qué he venido. Bueno, sí. Café gratis. Y tostadas con mantequilla de verdad. Pero también porque no quería desayunar sola. Otra vez. La cocina de mis padres sigue oliendo a infancia y a crema antiarrugas. Mi madre tiene una obsesión con la lavanda y los milagros en frasco.

—Hola, cielo —me saluda ella, sin girarse, mientras remueve algo en la olla que tiene en el fuego.

Son las siete y diez de la mañana. Es martes. Y yo no tengo clase hasta segunda hora.

—Hola —respondo dejándome caer en la silla de siempre, esa que cojea un poco si te inclinas hacia la izquierda.

Mi padre asoma por la puerta del salón con una taza de café humeante y expresión de «esto ya me lo sé». Lleva sus zapatillas de cuadros y la camiseta del equipo del instituto con un agujero en la axila. Nostalgia en estado puro.

—¿Ha vuelto el huracán Noah? —pregunta sin rodeos, sentándose frente a mí.

Yo finjo indignación.

—¿Qué? ¿No puedo venir a ver a mis padres sin que haya un drama de fondo?

Mi madre me pasa una tostada y me da un beso en la cabeza, al mismo tiempo. Una multitarea emocional muy suya.

—Podrías. Pero no lo haces. Cada vez que apareces antes de las ocho de la mañana sin avisar y con esa cara de «me he peleado con mis pensamientos», es por él.

Me miro las manos. Me como media tostada. No respondo. Porque saben que tienen razón y yo también lo sé.

Mi padre suspira, de ese modo que parece que le está pesando el alma.

—Mira, Ivy… solo te pido una cosa. Ten cuidado.

Ese chico… bueno. Tú sabes que yo le tengo un especial cariño, lo he entrenado durante cuatro años.

Pero tú eres mi hija, y sé lo que él ha significado para ti.

Y cada vez que ha vuelto, te ha removido.

No lo digo por él. Lo digo por ti. El pobre ahora no tiene ni idea de nada y no se acuerda de lo que habéis sido.

Pero tú sí, Ivy. ¿Vas a poder soportar eso?

Levanto la vista. Lo dice con cariño. Con una preocupación tranquila, nada invasiva. Como cuando entrenaba y le decía a sus jugadores que si salían a jugar lesionados, iban a acabar llorando en el vestuario. Tenía razón entonces y la tiene ahora.

—Estoy bien —miento con todo el descaro del mundo.

Mi madre me coloca la segunda tostada con una cucharada generosa de mermelada encima. Ni siquiera pregunta. Solo la deja ahí. Supongo que eso es amor en su idioma.

—Estamos preocupados por ti. Por lo que esto está suponiendo en tu vida.

—¿Vais a desayunar o a psicoanalizarme hasta que me funda con la silla?

Mi padre ríe. Mi madre se encoge de hombros y me recuerda que tengo que pasar a recoger la ropa pequeña de mi prima Carol para llevársela a Maisie. Yo me sirvo otra taza de café y aparto a Noah de mi mente durante el resto del desayuno.

Después de haber sobrevivido a una intervención parental demasiado temprano para ser legal, sigo mi camino al instituto para comenzar con mis clases. Camino tranquila con la música sonando a todo volumen por los auriculares e intento concentrarme en seguir con mi vida.

Sí, Noah está aquí. Y encima con amnesia. Pero eso puede ser bueno, porque ahora me transmite más pena que rabia. Lo que significa que el Sheriff no va a volver a detenerme por tirarle una silla de plástico del cine de verano a la cabeza. Así que creo que es algo positivo.

Una mierda, sí.

Pero una mierda positiva.

✽✽✽

La tercera fila del aula 204 se está desmoronando.

Literalmente. Justin Blake ha apoyado la mochila con tanta fuerza en su pupitre que la pata derecha ha cedido con un crujido digno de película de catástrofes naturales.

Y por supuesto, eso ha provocado un efecto dominó de risas, gritos y algún que otro «¡Yo no he sido! » en estéreo.

—Justin, si lo que querías era cambiar de sitio, bastaba con pedirlo —digo, sin levantar mucho la voz.

Estoy en modo zen funcional. O eso intento.

La primera clase que tengo hoy es Literatura Universal con los de último curso, y ahora que estamos con Shakespeare estoy en mi salsa. Los dramas son lo mío.

—¡Pero señorita Brooks! ¿Podemos hacer la escena del balcón con música trap? —dice Ari Thomson con esa sonrisa que utiliza para conseguir días de entrega extra.

—Si alguien me aparece con cadenas de oro, os cancelo la obra y hacemos Sonrisas y lágrimas . Aviso.

Las risas vuelven, esta vez más ligeras.

Marco en la pizarra las escenas que vamos a preparar este mes.

Aunque no sea un proyecto de clase y haya sido decisión de los alumnos, voy a echarles una mano como hice con mi clase del año pasado.

Ya hemos decidido que en lugar de representarla entera, haremos una selección de escenas y algunas reflexiones entre ellas.

Adaptación contemporánea, claro. Con algo de rap, con suerte.

Y cero suicidios explícitos, que esto es un instituto público y quiero conservar mi empleo.

Cuando suena el timbre que anuncia el descanso para comer, salgo al pasillo con mis carpetas bajo el brazo y un hambre que podría clasificarse como crisis humanitaria.

Ahí están Eli y Ray, como si hubieran sincronizado los relojes.

Él, con la chaqueta del equipo y su eterna gorra hacia atrás.

Ella, con gafas de sol aunque estemos en interior.

—Comemos fuera. Paso de comer aquí hoy. El especial del día de la cafetería no tiene nada de especial —dice Eli, andando hacia la salida sin esperar respuesta.

—Ese menú lo has supervisado y aprobado tú —replico.

—Porque me lo exige la junta directiva. Los chicos serían más felices comiendo solo hidratos de carbono, pero hoy les toca falso risotto de brócoli.

—Joder Eli. A mis jugadores los vas a matar de hambre —añade Ray, mientras nos dirigimos a la cafetería de Sue.

Al entrar, Sue nos saluda con entusiasmo y nos sentamos en la mesa del fondo, la que está al lado de la ventana. La misma que llevamos ocupando desde que íbamos al instituto. Aunque en esa época éramos cuatro.

La camarera nos conoce y nos deja el pan sin preguntar. Ray comprueba que los botes de las salsas estén llenos. Es su ritual.

—¿Algún avance con Romeo y Julieta? —pregunta mientras alinea la etiqueta del ketchup.

—Los Montesco ahora son youtubers. Julieta está enfadada porque no tiene followers. Todo en orden.

—Cero drama adolescente, entonces.

—Cero —respondo—. ¿Y tú? ¿Has obligado ya a algún jugador a limpiar los baños?

Ray da un sorbo a su té frío y mira a Eli antes de hablar. La mirada me pone nerviosa.

—¿Qué pasa? —pregunto, en un tono una octava más agudo de lo normal.

—Recibí una llamada de casa de los Carter. Ayer por la noche. No me dio ni tiempo a descolgar. Cuando devolví la llamada, no contestó nadie.

Dejo el cuchillo a medio camino de untar mantequilla. Me tenso, pero intento que no se note demasiado.

—¿Crees que fue Noah?

—No sé quién más llamaría desde ahí. Dar tiene móvil y además, duerme en su propia casa. Wes no está y el fijo de los Carter no llama a nadie desde 2007. Literalmente, aún tienen el contestador que dice «estamos en el partido, deja el mensaje después de la señal. ¡Vamos Lobos!».

—¿Habrá empezado a recordarte? —pregunta Eli.

—Pues no lo sé. Hablé justamente ayer con Wes y me dijo que seguía sin saber nada. Tampoco sé de dónde sacó mi número de teléfono. Por lo que nos dijiste, no tiene teléfono móvil.

Miro mi servilleta. La doblo. La desdoblo. La vuelvo a doblar.

—El jueves vamos al banco a primera hora. Ivy la guía espiritual… Le preguntaré.

Ray sonríe. Pero no dice nada más durante un momento.

—Me gustaría verlo.

—¿Por qué? —le espeta Eli atragantándose con la Coca-Cola.

—Pues porque era mi mejor amigo. Era un hermano para mí. Y yo para él. Al menos hasta que decidió que estaba demasiado ocupado para contestar mensajes o llamadas de teléfono.

Se me encoje el alma al ver a Ray así. Creo que nunca antes había sido tan consciente de que fuimos muchos los que perdimos a Noah, no solo yo.

—Ahora es una persona nueva. Literalmente. Está perdido y solo. Creo que nos necesita —se gira hacia su mujer —. ¿O acaso tú pasarías de Ivy si le pasara algo parecido? Aunque llevarais tiempo distanciadas, ¿la dejarías sola?

Eli no dice nada. Para sorpresa de todos.

Comemos en silencio un rato, cada uno con su propia versión del caos, con su propio intento de entender qué demonios está haciendo Noah.

Y qué demonios vamos a hacer los demás.

✽✽✽

Por la tarde tengo una cita muy especial y me preparo para ello.

La casa de Eli y Ray está en su versión habitual: apocalipsis nivel medio. Rotuladores sin tapa, calcetines huérfanos en sitios improbables y un rastro de huellas rosas que no parecen de nadie real.

Maisie aparece en el pasillo con una corona mal colocada, alas de hada del revés y un dinosaurio al que claramente le falta un trozo.

—¡Tía Ivy! ¡Llegas tarde! Rexie ya va por la tercera taza y la paciencia no es su punto fuerte.

—Perdón, majestad. El tráfico interdimensional está fatal últimamente. Se ha montado un atasco de diplodocus en la rotonda.

—Normal. Siempre la están liando —dice muy seria, mientras me guía al salón como si yo fuera una embajadora en visita oficial.

Va directa al baúl de la esquina y la veo rebuscando en un mar de telas de colores chillones, hasta que se gira hacia mí con unas alas de hada con purpurina lila y un gesto triunfante.

Me las da y dice que me las ponga. Yo obedezco a la pequeña dictadora que tengo como sobrina postiza y me siento en una silla de plástico rosa que me deja las rodillas a la altura de las orejas.

Ella se acomoda con solemnidad frente a mí y empieza a servirnos té (zumo de manzana) en unas tacitas de unicornio.

En la mesa, cinco dinosaurios y un Playmobil sin cabeza nos observan desde sus puestos protocolarios.

Cojo uno de los muñecos. Tiene media cola y marcas de dientes en la cabeza.

—¿Y este pobrecito? ¿Qué le ha pasado?

Maisie le está peinando el flequillo inexistente a un velociraptor mientras contesta, como quien comenta el tiempo:

—A Rexie se le acabaron las cabras.

Me quedo callada. La observo con una mezcla de fascinación y respeto absoluto. Eli, que acaba de entrar con un bol de galletas de ositos, se apoya en el marco de la puerta.

—¿Pero se puede saber por qué le dejáis ver Jurassic Park ? Deberían quitaros el carnet de padres.

—¡No fue cosa nuestra! —dice con los ojos en blanco— Nos quedamos durmiendo en el sofá mientras la veíamos y, cuando nos despertamos, la encontramos delante de la tele con los ojos como platos. Se ve que se despertó en mitad de la noche y la tía no dijo nada.

Maisie se inclina hacia su estegosaurio y le susurra:

—Tú vigila. Si Rexie se pone otra vez a comer invitados, me avisas.

No puedo evitar sonreír. Esta niña tiene más imaginación que todo el claustro de profesores junto. Además de ser inquietantemente inteligente para tener seis años. Y aunque me duelan las lumbares, los días con ella son los mejores.

—Tía Ivy, ¿cuándo vas a traerme un libro nuevo? —pregunta, sin apartar la vista de su ejército jurásico.

—Ya tengo uno pedido, enana. En cuanto llegue a la librería, te lo traigo.

—Vale. Me lo puedes leer y puedes quedarte a dormir. Pero sin roncar. Y sin arrugar las alas. Que eso lo hace papá y luego llora.

—Vale. Prometo comportarme.

Maisie asiente, dándome oficialmente el sello de aprobación del Reino Dino-Fada. La ceremonia continúa.

Y yo, entre un trago de zumo y una galleta mordida, respiro tranquila por primera vez en días.