Después de olvidarte 7 · Noah #2
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7 · Noah #2

Cuando el doctor me llama, me levanto como si fuera a juicio. Dar me guiña un ojo y dice que me espera con premio si me porto bien. No sé si habla en serio o si me está vacilando.

El Dr. Jenkins es de los que se visten como si fueran a jugar al golf después de verte: polo beige, pantalón con pinzas, sonrisa tranquila. Me da la mano con entusiasmo y me dice que tiene buenas noticias:

—Hoy no hay que sacarte sangre ni conectarte a ninguna máquina. Solo vamos a charlar.

Menos mal.

—¿Recuerdas algo sobre mí? —bromea mientras se sienta.

—No, pero creo que eso juega a tu favor —le respondo.

Se ríe. Primer punto para mí.

Empieza con las preguntas de rigor: sueño, ánimo, dolor de cabeza, nivel de frustración con la vida en general del uno al diez. Le digo que depende del desayuno.

—¿Has tenido algún recuerdo nuevo? —pregunta mientras anota algo.

—Pues he descubierto que odio las escaleras. Y que tenía una sospechosa inclinación por las películas cursis. Pero no lo contaría como recuerdo.

—Anotado —dice sin levantar la vista.

—Y también que no soy alérgico a los gatos. De momento.

Hacemos unos juegos rápidos: repetir palabras, dibujar una figura, completar una secuencia de números.

No tengo problemas en hacerlo todo y descubro que dibujo bien.

Me anoto mentalmente explorar el tema del dibujo, a ver hasta dónde llego.

Me enseña fotos de lugares que se supone que conozco, pero no los identifico.

—Tu memoria sigue sin novedades, pero te estás recuperando muy bien de las secuelas físicas —me dice—. Poco a poco. Lo importante es mantener el ritmo.

Asiento. Pero no digo nada. Porque lo que quiero preguntarle es si un día voy a despertarme y recordarlo todo. O si esto es lo que seré. Pero no quiero sonar dramático. Así que simplemente digo:

—¿Puedo irme ya? Dar me ha prometido un dulce si no me desmayaba.

El doctor suelta una carcajada, me da unas recomendaciones de rehabilitación para casa y añade algo sobre visitas futuras. Yo asiento todo el rato como si fuera un experto en neurología.

Salgo de la consulta y Dar me espera ya lista para irnos.

—¿Todo bien?

Asiento y veo que Newman se está intentando tirar del carro.

—Pues vamos a la pastelería. Luego tú te sientas y comes tarta de zanahoria… ¡Eh! No pongas esa cara de asco, que te encanta. O te va a encantar. O bueno, yo qué sé. Tú te sientas y te la comes.

✽✽✽

Por fin llego a casa después de todo el día fuera. He conocido a Helen, la sobrina de Dar. Era mi niñera y, la verdad, me ha caído genial. Es una versión de su tía con veinte años menos.

La casa está en silencio. Solo se oye el tic-tac del reloj de la cocina y algún crujido de madera que aún no he decidido si me tranquiliza o me inquieta. Me he calentado una taza de algo que creo que es chocolate, pero estoy tan cansado que podría ser sopa de sobre y no sabría distinguirlo

Me siento en el sofá, con la foto del baile de graduación sobre la mesa.

La he alisado un poco con la mano. No sé si es porque quiero verla mejor o porque me da rabia que esté arrugada.

En uno de los cajones del mueble del salón he encontrado una libreta.

Una de esas con espiral, hojas arrancadas, y bolígrafos que cambiaron de color a mitad de los nombres.

La letra no es la de Wes, pero tampoco sé si es la mía porque aún no he probado a escribir.

Me da un poco de miedo, la verdad. Me armo de valor, arranco una de las hojas y comienzo a copiar. Vale. Es la mía. Repaso la lista:

Dar – fijo, móvil y pastelería

Ivy – casa y móvil

Ray – número tachado y otro nuevo al lado

Eli – subrayado con un «no llamar a menos que esté muriéndome»

Beale Air Force – extensión de Wes

Paso el dedo por el nombre de Ray. Me quedo un rato ahí, sin saber si quiero marcarlo. No quiero parecer un loco que llama sin presentarse. Aunque, sinceramente, soy un loco que llama sin presentarse.

Estoy tan metido en mis pensamientos que, cuando suena el teléfono, me asusto. Me estiro en el sofá para coger el teléfono fijo que está en la mesa auxiliar y descuelgo:

—¿Sí?

—Hola, tío. ¿Cómo vas?

La voz de Wes suena levemente distorsionada por el altavoz. El cable del auricular hace espirales sobre el sofá, como si también estuviera esperando respuestas.

— Bien. Prácticamente acabo de llegar a casa. He ido al médico, he pasado el día con Dar y he probado la tarta de zanahoria.

—¿Entonces, qué tal el día? —pregunta Wes. Su tono es tranquilo, pero reconozco el matiz de «quiero saber si has roto algo o si has llorado».

—Bueno… raro. Subí por fin a mi habitación. Encontré cosas. Una foto del baile. Algunas entradas de cine. No recordé nada, pero… no sé. Ha sido como encontrar pruebas de que existí antes de todo esto.

—Eso es un gran paso, Noah. Me alegro. ¿Y la tarta de zanahoria?

—No está mal. Aunque Dar me amenaza con hacerme comer glaseado hasta recuperar la memoria por pura glucosa.

—Táctica sólida.

Sonrío.

—Wes… tengo una pregunta un poco tonta.

—Dispara.

—¿Tenemos alguna grabadora en casa? No sé, una vieja. O algo donde se puedan hacer grabaciones. De voz.

Hay una breve pausa. No es incómoda. Solo está pensando.

—Papá tenía una minicadena en mi habitación. No sé si sigue funcionando, pero creo recordar que grababa voz también. Mira en el último cajón de mi escritorio, creo que hay CDs vírgenes. ¿Para qué la quieres?

—Pues… quiero empezar a contarme quién soy. Por si acaso. No me fío aún del todo de que esto no me vuelva a pasar.

Wes no dice nada durante unos segundos. Después, su voz suena un poco más suave.

—Buena idea. Me gusta.

—También… he estado pensando. Necesito un teléfono. Algo con lo que estar localizado. Y no tengo ni idea de cuál es mi número, ni mi banco, ni si tengo una cuenta en este estado o en otro. No quiero estar dependiendo siempre de ti o de Dar.

—Vale. Eso también tiene solución. Mamá tenía papeles tuyos guardados.

Contratos, cosas de la NFL, informes de patrocinadores.

En alguno tiene que aparecer tu banco. Y sobre lo del móvil...

no hay problema. Cuando vaya para allá vamos a la tienda y a lo mejor pueden hacerte un duplicado de la tarjeta.

Yo tengo tu número de teléfono más reciente. Y ya vamos viendo qué más necesitas.

—Gracias.

—Noah... estás haciéndolo bien, ¿vale? No hace falta que lo hagas todo ya .

—Lo sé. Pero quiero empezar a sentirme un poco menos «extraño», no sé si me entiendes.

—Pues entonces adelante. Y cualquier cosa, me llamas. Cuando lo necesites.

Nos despedimos hasta mañana y cuelgo. Me doy cuenta de que no me siento tan perdido.

Me siento... empezando algo.