7 · Noah
M e despierto con la sensación de haber dormido dentro de una caja de zapatos. Una muy pequeña. Y con clavos. El sofá tiene la culpa. O el ángulo. O los cojines, que parecen diseñados por alguien que odia las vértebras. Me estiro con cuidado y noto cómo cruje algo que no debería crujir.
Wes se fue anoche. Me dejó una nota sujeta con un imán de un gato bebiendo café y una lista de teléfonos de «emergencia». Nada grita «vas a estar genial solo en casa» como eso.
Recuerdo cómo me abrazó en la puerta. El uniforme de calle, la mochila al hombro.
—Te llamo cuando llegue. La tía Dar viene esta noche a cenar. Ivy también se pasará mientras yo no estoy. No la asustes con tus arrebatos cafeinómanos.
Asentí. No supe qué decir. Y él se fue. La puerta se cerró y, por primera vez desde que me desperté en el hospital, me quedé solo.
Dar vino más tarde con un cargamento de comida y me estuvo contando cosas de cuando éramos pequeños. También me contó cómo se conocieron mi madre y ella y cómo montó Sweet Hollow, «la mejor pastelería del estado, muy a pesar de la cotilla de Enola Smith». Sus palabras, no las mías.
Después de cenar se fue y quedó en que hoy vendría a recogerme para salir a pasear.
La noche fue larga. El sofá parecía más corto. El insomnio, más ruidoso de lo que debería. Así que esta mañana he decidido subir por fin.
Miro hacia las escaleras. Hace más de una semana que estoy aquí y todavía no me he atrevido. No sé si por pereza, por comodidad o por el simple hecho de que la idea de enfrentarme a una habitación que debería decirme quién soy y no dice nada… me da pavor.
Cada escalón parece llevar un nombre: duda, pasado, vértigo, incertidumbre.
Cuando llego arriba, me encuentro con dos puertas cerradas. Una es el baño. La otra… tiene una pegatina medio despegada que pone QB #12 en letras blancas sobre fondo azul. Supongo que esa es la mía.
Empujo la puerta.
La habitación está perfectamente recogida.
Como si se hubiera parado el tiempo. En cierto modo, así es.
Hay una cama de matrimonio con una colcha gris.
Una estantería con libros alineados por tamaño.
«¿Soy un psicópata?». Dos cascos de fútbol americano en una balda.
Una guitarra apoyada en la pared, con una cuerda floja.
«¿Sé tocarla o es simple decoración?». Una silla y un escritorio con cajones.
Abro la cómoda sin pensar mucho.
Primer cajón: calcetines. Muchos. Algunos sin pareja.
«Genial». Segundo cajón: ropa de deporte.
Varias equipaciones de fútbol americano.
Cojo una camiseta y la estiro frente a mí.
Es azul, con el lobo que ya se ha hecho mi amigo, y las letras del equipo bajo el número 12.
La giro y veo CARTER en la parte superior. Un escalofrío me recorre la columna.
Reviso el resto de cajones y solo veo ropa algo desfasada pero que me gusta. Quizá Wes tenía razón y hacía tiempo que no dormía aquí. Esta habitación se nota en pausa.
Me acerco al escritorio y abro un cajón sin mucha esperanza: me encuentro con una maraña de papeles doblados y una caja con entradas de cine. Muchas. Dobladas, arrugadas, grapadas en parejas.
Y así decenas de entradas.
Paso los dedos por ellas. Algunas tienen anotaciones en bolígrafo. Otras pequeños dibujos. Me detengo en una con una carita sonriente pintada con tinta roja.
«¿Con quién fui a verlas?».
En el fondo del cajón hay algo más: una foto. Papel brillante, un poco doblado por las esquinas. La saco con cuidado.
Cuatro personas. Dos chicos y dos chicas. Fondo decorado con luces y un cartel que dice «Promoción de 2007» en letras plateadas. Trajes de fiesta. Una bola de espejos colgando del techo.
Yo estoy a la izquierda. Sonrío. Tengo la chaqueta abierta, una flor en la solapa y cara de haber contado un chiste muy malo. A mi lado, una chica con vestido azul y cara de estar aguantándose la risa.
Ivy. La reconozco sin dudar.
Está guapísima. Apoyada en mi hombro, con una flor en la muñeca que va a juego con la mía.
A la derecha, dos desconocidos. Un tío alto, pelirrojo, con pinta de haber sido el alma de la fiesta. Y una chica morena, con expresión de «me estáis robando minutos de vida con esta foto».
No los reconozco. Pero hay algo en la forma en que Ivy me mira. En la postura, en el gesto… No sé. Es como si estuviera mirando una versión de mí, la de la foto, que sabe exactamente quién es y qué quiere. Y como si ella también lo supiera.
Me quedo mirando la imagen durante un rato y, sin pensarlo mucho, la guardo en el bolsillo trasero de los vaqueros.
En cinco minutos he encontrado más pistas que en las últimas dos semanas. Y, por primera vez, tengo ganas de preguntar.
Y sé perfectamente quién va a darme las respuestas que necesito.
✽✽✽
Estoy revisando por quinta vez la foto del baile cuando aporrean la puerta. No tocan, no. Aporrean. Como si fueran a derribarla los S.W.A.T.
—¡Abre, niño! Que si tengo que subir esas escaleras para buscarte, me da un infarto y te quedas sin postre.
Abro la puerta y ahí está Dar: chándal fucsia, zapatillas con plantillas ortopédicas, una riñonera floreada y actitud de presidenta del club de fans de sí misma.
Empuja un carrito de bebé en versión mini con una mano, y en la otra lleva una correa que sujeta al gato más gordo que he visto en mi vida.
—¿Eso es un gato?
—Claro que es un gato, alma de cántaro. Se llama Newman. Como Paul Newman. Tiene sus mismos ojos azules y actitud de actor retirado. Y ahora, a caminar. Que el aire bueno no se respira solo.
Me pongo la chaqueta y la sigo. La brisa es fresca pero agradable. A los pocos pasos, Dar ya ha saludado a tres vecinos que se alegraban muchísimo de verme y que sentían que no me acordara de nada. Yo he sonreído lo más natural posible y no he abierto la boca.
También le ha gritado a un coche que iba «demasiado rápido» —iba a veinte— y ha saludado con la mano a un niño que no sé si existe o si lo ha confundido con alguien de hace veinte años.
Por no hablar de que Newman ha hecho huelga de patas flojas varias veces y me ha tocado llevarlo en brazos casi todo el camino, porque tampoco quería meterse en el carrito que llevaba Dar, que era para él.
Al menos he descubierto que no soy alérgico a los gatos. Bien.
—Entonces, ¿cómo lo llevas? —pregunta, esquivando un aspersor con alma de francotirador.
—Voy sobreviviendo. Hoy he subido a mi habitación. He encontrado ropa. Muchas entradas de cine. Y… una foto.
La saco del bolsillo y se la enseño.
—¿Recuerdas algo?
—No. Y me está matando… Sé que estos dos somos Ivy y yo. Pero estos no lo sé. Es frustrante —digo, señalando a la pareja que aparece con nosotros—. ¿Quiénes son?
—Esta es Eli —dice, señalando a la chica morena—. La mejor amiga de Ivy. Y este es Ray.
Cuando dice su nombre noto una pequeña sacudida en el pecho. Como si mi cuerpo intentara recordarlo antes que mi cabeza. Dar continúa:
—Ray era tu mejor amigo. Os hicisteis inseparables a los cuatro años, en la escuela infantil. Vosotros siempre contabais que compartisteis un Action Man, pero la señorita Mills dice que lo que compartisteis fueron los mocos. Y, la verdad, le doy más credibilidad a ella.
Miro al Ray del baile de graduación. Intento con todas mis fuerzas recordar esa anécdota, pero solo consigo acentuar el dolor de cabeza. Me aprieto el puente de la nariz con dos dedos, intentando aliviar la presión.
—Bueno, niño, creo que por hoy es suficiente clase de historia. Vámonos, que después te voy a llevar a la pastelería y así te tomas algo. A Helen, mi sobrina, le va a encantar verte. Te hacía de canguro cuando eras pequeño.
Mientras paseamos, me fijo en todos los detalles de las fachadas. En cada uno de los negocios. Este sitio tiene algo especial. Quizá es solo su encanto natural. O quizá es especial para mí. O para la otra versión de mí.
Continuamos y pasamos por The Hollow Bean. Desde fuera huele a café y pan tostado. En la terraza, dos señoras mayores me saludan con la efusividad de quien ha hecho apuestas sobre mi estado mental.
—Hola, Noah. Qué alegría verte. Estás más delgado, ¿no? ¿Es que se te ha olvidado comer?
—Venga, cotillas. A otra cosa, que tenemos prisa —les espeta Dar mientras me tira de la chaqueta para que siga andando.
Frente a la tienda Dawson’s, una chica adolescente en patines choca contra una estantería de chicles y ni se inmuta. Todo tiene vida propia.
—¿Es normal sentirse como un visitante en tu propio pueblo?
—En realidad no. Pero tú tienes excusa. Lo bueno es que llevas ventaja: aquí la gente ya te conoce y te quiere. Ahora solo te falta empezar a quererlos tú.
Me quedo en silencio un momento. Hay algo en la manera de hablar de Dar que me remueve. Como si me estuviera contando cosas que ya sé, pero en otro idioma.
—Dar, ¿todo el mundo sabe lo que me ha pasado?
—Sí, pero te van a tratar con respeto. Algunos también con tarta. Y otras, como esas dos cotillas, se intentarán meter en todo. Dependerá del día.
Seguimos caminando un rato más. Newman se revuelca en una zona de césped y luego decide sentarse en mitad del paso de peatones.
—¿Y tú? ¿Tú me querías?
—Y te quiero, Noah. Wes y tú sois para mí mucho más que algunos miembros de mi propia familia. Pero si no vuelves a ayudarme a hornear como prometiste con once años, te quito el título.
Le sonrío. No tengo otra respuesta. No recuerdo nada, pero sí reconozco el calor en el pecho cuando ella habla.
—¿Y ahora qué?
—Ahora toca ver cómo está ese cerebro en huelga tuyo.
La consulta del Dr. Jenkins es menos aséptica de lo que me imaginaba. Está llena de fotos del doctor más joven, en lo que creo que son viajes de voluntariado con Médicos Sin Fronteras. Hay decenas de fotos en diferentes países.
Dar ha conseguido mantener a Newman el resto del camino en su carrito y lo aparca en la esquina de la sala de espera como si fuera un bebé real. Incluso le ha traído una manta. Rosa. Con flamencos. No pregunto.